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domingo, 2 de noviembre de 2008

Tarta de chocolate


Como tengo amigas que saben cocinar, me da mucha rabia poner recetas en el blog. Pero llevo una temporadita en la que, entre hablar metafóricamente de helados de chocolate y chivarme del desayuno de cumpleaños de mi hija, pues no resulta nada de extrañar que acabe publicando esto... Además, es que me lo han pedido.

La receta de la tarta del desayuno de María, como tantas otras cosas de mi vida, salió de la varita mágica de Merxe. Cuando compró su microondas, ¡oh, maravilla de las maravillas!, descubrió que venía con un librillo de recetas. Y entre esas recetas estaba esta tarta. He perdido la fotocopia maravillosa que me dio en su día... y bien que lo lamento, porque era muy completa y traía indicaciones según la potencia máxima del microondas que se fuera a utilizar. La que yo os voy a contar es para el mío, en el que la potencia máxima es de 850 W. Si usáis uno de 700, lo normal es que tengáis que añadir algo de tiempo (del orden de un minuto cada cinco) y si es de 900, que tengáis que restar muy poquito (del orden de 20 segundos cada cinco minutos). De todas formas, con hacer un par de pruebas seguro que lo podéis adaptar a vuestro horno... y sale tan buena que yo creo que es realmente difícil que no salga comestible.

La lista de ingredientes es esta:

  • 125 gramos de chocolate de tableta, cuanto más puro mejor. Yo suelo pillar una tableta de chocolate de repostería o, incluso, del de hacer a la taza.

  • 125 gramos de mantequilla, y una poquita más para untar el molde.

  • 125 gramos de azúcar.

  • 3 cucharadas de leche.

  • 3 huevos.

  • 80 gramos de harina.

  • Medio sobre (o una cucharadita) de levadura.

  • Opcional: si os gustan, podéis añadir nueces picaditas (unos 50 gramos).



Elegid un molde válido para microondas (plástico, vidrio o porcelana) y untadlo con mantequilla y, después, espolvoreadlo de harina. Cortar los 125 gramos de chocolate en trocitos, ponedlos en un bol con una cucharada de agua (importante: si no, puede quemarse) a máxima potencia durante un minuto y veinte segundos. Una vez que ya tengáis el chocolate derretido, poned también la mantequilla, que habréis cortado en trocitos, en otro bol y metedla en el microondas durante veinte segundos a máxima potencia (ojo, que la mantequilla al ser grasa pura enseguida se cuece dentro de estos hornos). Mezclad bien el chocolate y la mantequilla; y resistid a la tentación de meter el dedo en la mezcla, no olvidéis que están calentitos...

En otro recipiente poned los huevos y batidlos con el azúcar hasta que quede todo blanquito y espumoso. Después se añade la leche y la harina junto con la levadura. Mezclad (con la harina cuesta un pelín más, ¡ánimo!) y añadid a continuación la mezcla del chocolate y la mantequilla. Y las nueces, si es que optáis por echarle. Mezcladlo de nuevo todo muy bien y vertedlo en ese molde que habéis untado y enharinado al empezar.

Entonces, se mete en el horno durante seis minutos a máxima potencia. No sé si estáis muy acostumbrados a cocinar en el microondas. Yo tengo que reconocer que, durante mucho tiempo, apenas lo usé para otra cosa que para calentarme el desayuno. Y, la primera vez que hice esta tarta, me quedé flipada mirando. Le cuesta un poco, pero a partir del minuto tres (o así) el bizcocho empieza a crecer. Y una, que sólo había hecho bizcochos en el horno tradicional, se quedó embobada, como si estuviera viendo un vídeo en time-lapse: ver cómo iba subiendo me dejó hechizada. Si os pasa lo mismo, resistid la tentación de abrir el microondas nada más sonar el timbre, que hay que dejarlo reposar dentro del horno cinco minutos más.

Cuando se saca del microondas, se puede desmoldar. Y, entonces, no sé que os pasará a vosotros, pero a mí se me suele estropear... siempre me queda un mogolloncito pegado al fondo del molde. Pero la solución a este problema viene a ser la parte más estupenda de la receta: ¿lo bañamos en chocolate? ;-)

El baño es opcional, pero altamente recomendable. Además, es que las tabletas de chocolate suelen ser de 200 gramos... y como sólo hemos usado 125... pues ¡¡a la carga!!. Para el baño necesitamos la misma cantidad de chocolate que de mantequilla. Os recomiendo 50 gramos. Los derretís como antes, en trocitos, cada uno en su bol, un minuto y veinte segundos el chocolate (con una cucharada de agua, no lo olvidéis) y veinte segundos la mantequilla. Los mezcláis y lo vertéis encima del bizcocho (¡¡eh, os he visto!! poned el trozo que se había pegado al molde en su sitio, sobre la tarta y no hagáis trampa, no lo comáis... aún) y, si eso, con un cuchillo plano ayudáis a que quede bien repartido, extendiéndolo. El toque maestro, según mi santa hija, es decorar todo con Lacasitos o con fídeos de chocolate de colorines...

A la nevera. Mañana estará perfecto para comer. Hasta que llegue ese momento siempre podéis consolaros "limpiando" los boles que hayáis ido usando para las mezclas... ¡¡Buen provecho!!

lunes, 13 de agosto de 2007

Costillas agridulces


Pues me han pedido que cuelgue una receta. Y me da mucha vergüenza porque no soy muy cocinitas yo... eso sí, las costillas quedan de muerte y cada vez que las hago María me declara "mamá del año". Si eso, os cuelgo la receta oficial (para puristas) y luego os digo el destrozo que hago yo.

La receta se la encontró una compañera de piso en una revista, años ha, cuando estudiábamos y dice así:

Para cuatro personas,

- Un kilo y medio de costillas de cerdo troceadas,
- 3 cucharadas de aceite,
- 1 cebolla grande,
- 2 dientes de ajo,
- 2 cucharadas de zumo de limón,
- 4 cucharadas de zumo de naranja,
- 2 cucharadas de miel,
- 4 cucharadas de salsa de soja,
- 1 cucharadita de mostaza,
- 1 vaso de caldo de carne,
- sal, pimienta.

Separar las costillas; colocarlas extendidas en una fuente de horno. Colocar en una cacerola el aceite y rehogar la cebolla picada y los ajos machacados. Cuando esté blanda (no dorada), añadir los demás ingredientes y dejar hervir unos minutos. Verter la salsa sobre las costillas y asarlas en el horno a calor moderado durante una hora y media, rociándolas con la salsa a menudo. Servirlas escurridas y bien calientes.


Bueno, pues la primera en la frente. No me gusta que las recetas midan los ingredientes en cucharadas, vasos y similares... No sé si soy una fanática del sistema métrico decimal, pero es que yo no hago más que comparar mis vasos y cucharas con los que hay en otras casas y veo que cada uno es hijo de su padre y de su madre en cuanto a capacidad se refiere. Así que la lista anterior más bien la utilizo como regla para guardar las proporciones entre ingredientes. Vamos, el doble de naranja que de limón, tanta salsa de soja como naranja... Bah, mejor os digo la liada que monto.

Empiezo haciendo el caldo. Pastillita de concentrado, sí de ese que mejor que no nos cuente nadie los ingredientes. En lugar de deshacerla en el litro de agua habitual, le pongo sólo tres cuartos de litro y además lo dejo que se evapore y se consuma... y eso que me ahorro después echando sal. Mientras espero a que hierva y llegue el puntito del ¡chup, chup!, voy extendiendo las costillas... nada de "en una fuente": la propia bandeja del horno (¡bien fregadita!) es la medida perfecta para hacerlas. Coloco las costillas y aunque parezca que no caben, no pasa nada: acaban menguando de tamaño y sobrando sitio. Cuando ya tengo hecho el caldo y colocaditas las costillas, paso al resto.

Una cebolla grande. Vale. Afortunadamente, con esto de la vida moderna, casi todas las cebollas de la malla son del mismo tamaño, así que pillo una cualquiera y eso que me ahorro de que las demás se sientan ofendidas. Para picarlas, a mí me gusta pegarle un corte longitudinal, de abajo -donde están los pelillos- hacia arriba -donde están las barbas-. Y cada una de esas dos mitadas, la voy cortando en rodajitas, pero sin que se deshaga la forma... y cuando acabo vuelvo a hacer rodajitas perpendiculares a las primeras. Y, es curioso: nunca lloro picando cebollas. También tengo la manía de picar el ajo y echar ajo y cebolla juntos en la sartén. Picar el ajo requiere más puntería (¡son más pequeños!) pero, más o menos, hago lo mismo. Bueno, como los ajos no se separan en aros, hay que pegar una tercera ronda de tajos para conseguir picarlos en cuadraditos.

Tres cucharadas de aceite. ¡Y dale! Coged la sartén honda o la cacerola que vayáis a usar y cubrid el fondo de aceite. Vamos, que haya aceite en todo el fondo de la sartén, pero sin hacer charquito. Y a quitarle el orgullo a la cebolla: a dejarla hacer a fuego muy lento y que se vaya ablandando hasta que quede casi transparente. Mientras a por las naranjas y los limones.

Que por culpa de ellos, por cierto, surgió mi rebeldía contra las cantidades de la lista de ingredientes de la receta. Dos cucharadas, cuatro cucharadas... ¡pero bueno! ¿y qué hago con el resto del zumito? Creo que la primera vez que hice la receta, ya decidí que echaba el zumo de un limón y dos naranjas... y a completar la salsa con lo que dieran de sí los demás ingredientes. A ver: cuando la cebolla está transparente, echo un poco de caldo; más o menos, como para doblar el volumen de lo que haya en ese momento en la sartén. Y echo las tres cuartas partes del zumo que me haya salido y luego voy echando el resto de cosas de poquet a poquet... la cucharadita de mostaza (de la de verdad, de Dijon, no de la del burguerquín) sí que la respeto, que no tengo ganas de que pique mucho. De miel, pongo un pelín más de la que toca... echo y mezclo, echo y mezclo... hasta que deja de picarme el limón (normalmente, tres cucharadas que se salen por los lados). Y luego cojo la botella de salsa de soja y echo tanta como zumo he echado. Entonces lo pruebo. Si ha dejado de saberme al zumito, echo un pelín más, que para eso he guardado un poco. Si lo noto soso, o echo un pelín de sal y pimienta, o echo algo más de caldo (eso si noto que me sabe mucho a la salsa de soja). Cuando veo que me gusta, lo dejo cocer un poquito más, lo vuelvo a probar (tranquilos, por mucho que probemos ¡quedará bastante salsa! ;-) ) y, ya, lo echo encima de las costillas... toda la salsa que puedo, hasta que amenace con salirse de la bandeja. Lo normal es que sobre algo, pero reservadlo por si hiciera falta para añadir mientras se asan las costillas...

El horno lo tengo a tope desde un ratito antes de meter la bandeja. En mi horno eso son 250 grados... cuando meto las costillas bajo la temperatura hasta unos 200 grados durante tres cuartos de hora y luego vuelvo a ponerlo a tope hasta que están hechas. Para mí están hechas cuando están churruscadas y casi toda la salsa se ha consumido (bueno, se ha transformado en algo espeso y caramelizado por la miel, que está de vicio...). No olvidéis coger de vez en cuando una manopla de horno y una cuchara, abrir el horno y empezar a regar, con la salsorra que sobra por los lados, las costillas por encima mientras se asan. Ojo, que puede quemar: la manopla de horno es para ponerla en la mano que vayáis a meter en él.

Si todo ha ido bien, os podéis beber el zumo de limón y naranja que ha sobrado (¿ha sobrado?). Y fregad los cacharros. No olvidéis los consejos de Colette en Ratatouille: el puesto de trabajo tiene que estar limpio.

¡Qué aproveche!