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lunes, 15 de diciembre de 2008

Las llaves del sótano


Pasaba del baño hacia la cocina, cuando me llamó desde la puerta de su cuarto. No recuerdo de qué quería hablarme. No le estaba haciendo mucho caso porque, nada más acomodarme en el marco de la puerta para hablar, me había perdido mirando a la maleta que estaba a medio hacer sobre su cama. Ya me había fijado, unos días antes, en que la maleta estaba en la esquina, junto a la ventana, en lugar de estar en su sitio habitual, el hueco libre bajo el armario. Intuía lo que significaba y por eso se me iban hacia ella los ojos, como queriendo encontrar signos que corroboraran lo que estaba pensando.

Aunque el gesto seguramente fue demasiado directo y poco disimulado, porque en cuanto se dió cuenta se calló, miró también hacia la maleta y dijo algo así como "... vaya, sí; de eso tenemos que hablar."

Lo esperaba; así que no dije nada, sólo le miré y asentí levemente con la cabeza.

-"Es posible que me vaya en unos días... "- me dijo sonriendo levemente, por cortesía.
-"Estará bien si eso es lo que necesitas, y estará mejor si tú estás mejor así... "- y me resultó extraño darme cuenta, pero lo estaba diciendo en serio. -"¿Será pronto, verdad?"
-"No lo sé"- también me resultó extraño darme cuenta de que respondía completamente en serio -"Puede ser muy rápido, y entonces no sé si me quedaré, o puede ser lento, y entonces no podré adelantarte lo que ocurrirá hasta que ocurra... "

Sabía de qué hablaba. No era la primera vez que le había visto hacer la maleta. Y deshacerla. El trato había sido que podría disponer del cuarto hasta que me hiciera falta a mí, o hasta que encontrara algo mejor, más estable.

Miré hacia el interior del cuarto. No era muy grande, pero era cómodo, o eso me parecía. Había pocos muebles, pero cómodos. La ventana dejaba pasar bastante luz. Y no era muy ruidoso, salvo a la hora de las comidas, en la que subía por el patio todo el ritual de comida recién hecha o elaborándose (huevos batiéndose en un plato, carne chirriando en una sartén, ollas a presión dejando escapar su silbido... ), de gritos llamando a la mesa o recordando que hay que lavarse las manos, distintas radios emitiendo distintos informativos, como compitiendo por mostrar todo el espectro del dial... pero a esa hora no solía haber nadie en casa. Y las cenas, curiosamente, eran mucho más silenciosas. El silencio de un bocadillo, quizá, o de la sopa de fideos de sobre.

Miré el interior del cuarto y lo imaginé vacío. O decorado de otra forma. ¿Ocupado por otra persona? ¿Y si lo dejo libre para poder montar bien mi taller de casas de muñecas?

¿Lo quería vacío? Volví a mirar. Posiblemente lo cerraría una temporada, por detener cierto comportamiento rutinario. Esperaría una temporada, antes de pensar si lo alquilaría a otra persona o si lo dejaría así para usarlo yo.

Realmente, no me hacía falta el dinero del alquiler. Tenía que pensar, sin embargo, si necesitaba no sentirme sola en aquella casa, si era de mi tamaño o si necesitaba compartir las paredes con alguien. Si necesitaba compartir las paredes con alguien, con alguien que sí quisiera tener las llaves del sótano y no necesitara sólo las del portal...

domingo, 26 de octubre de 2008

Tú lo puedes decidir



El acceso de tos le obligó a incorporarse súbitamente; se sentó, quedando al borde de la cama, intentando contener con las manos esas explosiones que parecían que iban a vaciarle el pecho... expectoraciones que sonaban demasiado rudas, demasiado cavernosas, como si todo por dentro estuviera demasiado seco, demasiado hueco, como si se hubiera vaciado. Al mismo tiempo, creando un contrapunto monótono y exasperante, podía oír un murmullo gangoso, ronroneando dentro del tórax, como si un pequeño gato se hubiera empeñado en crecer dentro de sus pulmones... Y en cada arranque de tos su cabeza estallaba con fuerza, sintiendo como si su cerebro fuera una masa esponjosa, lanzada con fuerza hacia las paredes de su cráneo.

Paró, por fin; la tos le dio una tregua y cayó sobre el colchón, cediendo a un agotamiento súbito. Aún no se atrevía a separar las manos, pero no sabía si era tanto por contener nuevos ataques, si para protegerse dentro de esa ilusión de estar recibiendo un abrazo. Se sentía bien sintiendo ese abrigo, aunque fuera falso, aunque fuera una ilusión, un paraguas contra la soledad. Contra la soledad que le había acompañado durante la noche y que seguía allí cuando había abierto los ojos, unos minutos antes, sin poder evitar un escalofrío en todo su cuerpo a pesar de la tibieza del lecho. Notaba la cama vacía, incluso a pesar de su propia presencia.

No había dormido bien; primero le echó la culpa al ruido que subía de la calle. Por algún motivo -¿realmente lo necesitaban en aquella ciudad?- a medianoche habían decidido celebrar algo con una ráfaga de cohetes. Ese ruido le había despertado. La insolencia de la farola, tan amarilla, y las conversaciones que subían enredadas en su luz, habían servido de excusa para mantener sus ojos abiertos de par en par. El malestar del pecho, esa piedra que parecía oprimirle el abdomen contra el estómago, ese estómago que parecía estar comprimido hasta desaparecer, las tripas que parecían estar entretejidas como en una urdimbre orgánica... todo su cuerpo tratando de expulsarle; y no podía dormir, y las conversaciones parecían meterse hasta la almohada y la luz se estaba haciendo casi sólida en los pequeños resquicios de la persiana. Y tampoco podía llorar. Y no sabía muy bien cuánto tiempo estuvo así, notando todos y cada uno de sus síntomas y pensando si debía arrepentirse de la decisión tomada... Había perdido la cuenta de las campanadas que el reloj de la sala había cantado mientras permanecía inmóvil e insomne.

Pero eso había sido anoche. No podía demorarse más. No quería demorarse más. Debía decidirse.

Imaginó que era fuerte, que estaba fuerte. Quizá, durante el ataque de tos había expulsado algo más que aire, babas y regusto de mocos. Puede que, incluso, su cerebro se hubiese reacomodado en uno de aquellos lanzamientos.

Ocurrió. No habría vuelta atrás, no habría otro más. Se disfrazó de falsa serenidad, se sentó de nuevo al borde de la cama y lanzó un pie inspeccionando el suelo, a la caza de unas zapatillas que nunca estaban en su sitio; se las calzó y se levantó. Fue a la ventana y abrió la ventana. Por fin había amanecido un día azul...


Final alternativo (a):

... y no lo dudó más: del bolsillo de la chaqueta cogió el móvil, lo conectó con un gesto algo dramático y se dispuso a marcar aquel número por última vez.


Final alternativo (b):

... y no lo dudó más: del bolsillo de la chaqueta cogió el paquete de tabaco, lo arrugó con un gesto algo dramático y lo tiró a la basura.


lunes, 20 de octubre de 2008

Helado de chocolate



Saborear un helado de chocolate. Sentir el terciopelo en la boca, fundiéndose despacio mientras relames el pequeño pliegue junto a los labios -no quieres desperdiciar nada-. Pegar un chillidito de alegría cuando encuentras la veta de chocolate fundido entre la crema helada. Ir notando como se satisface la gula, como poco a poco se calma el hambre, el hambre egoísta, el que no está provocado por la necesidad, sino por las ganas de disfrutar, de sentir una caricia dulce en la boca. Hambre egoísta, que se satisface sin grandes cargos de conciencia. Hambre egoísta, que se satisface con avaricia, cuando decides tapar la tarrina y dejar otra ración para disfrutar en otra ocasión, igual de dulce, igual de breve, igual de intensa, igual de grata.

Hambre egoísta, que se empeña en dar vueltas con la cuchara rascando en una tarrina vacía...


Gracias por descubrirme esta canción, Alicia.



sábado, 27 de septiembre de 2008

Sueños de tarde de otoño



El capitán Howlett echó hacia atrás su sombrero. Todavía jadeaba por el esfuerzo de subir las escaleras; pero si estaba en lo cierto, tenía que aparecer la marca que había dejado en la pared la última vez que había recorrido aquel mismo pasillo. Enfocó con la linterna la pared izquierda y la buscó con la vista. Efectivamente, allí estaba. Se permitió una sonrisa al ver que parecía confirmarse el plano de la biblioteca que había ido dibujando en su cabeza, mientras recorría pasillo tras pasillo y subía y bajaba interminables tramos de escalera... tamborileó ligeramente con los dedos en la pared, como si estuviera comprobando que la marca no era una ilusión. Podía tomarse un respiro. Se dejó caer en el suelo y allí, sentado y algo más relajado, procuró fijar mentalmente el esquema del edificio.

La planta principal tenía forma de X. Pero le había parecido mucho más complicado al comenzar a recorrer los pasillos que surgían de los extremos del aspa y que unas veces llevaban a otro piso distinto y otras, le mantenían en el mismo. Ahora que había podido orientarse, reconoció que no era tan difícil de recorrer, pero también era cierto que le costó no caer en las mil pequeñas trampas que se escondían en recovecos y esquinas. Se había encontrado espejos curvos, puertas cegadas, y tramos aparentemente ascendentes que, al doblar una esquina, cambiaban bruscamente y le devolvían a pisos inferiores. En muchos tramos, a la oscuridad y el polvo se unía la sensación asfixiante de falta de aire, como si aquellos pasadizos no hubieran sido recorridos por el aire fresco en años. Pero una vez localizadas las escaleras de caracol en uno de los laterales, la sensación de estar perdido desapareció y fue capaz de orientarse sin equivocaciones. Fue cuando comenzó a dejar marcas e inició un último recorrido de reconocimiento, el que acaba de finalizar en ese momento.

Allí sentado en el suelo, bajo la marca que acababa de confirmarle que tenía razón, el capitán trazó mentalmente un itinerario que le permitiera recorrer de forma sistemática el edificio. En esa biblioteca tenía que estar el libro perdido del Dr. Jackson, y sin el libro no cabía esperanza... debía barrer todos los anaqueles sin dejar ni uno y procurar no pasar por alto ni una sola de las pequeñas salas que se abrían ocasionalmente en ángulos y que no siempre se distinguían en una primera ojeada. Ahora lamentaba no haber prestado crédito a aquel extraño individuo que se ofreció a venderle información sobre cómo encontrar el libro. Y de nada le sirvió arrepentirse; cuando volvió a buscarlo y pudo verle por última vez, no tenía muy buena cara... después de que alguien lo hubiera tomado como blanco al vaciar el cargador de su pistola.

Alguien quería que el libro no apareciera pero, ¿quién? Tenía un buen montón de preguntas, además de ésta. Ni siquiera sabía cómo era aquel libro, qué aspecto tenía; ni siquiera estaba muy seguro de qué haría con él cuando lo encontrara, quién podría interpretar la información que almacenaba y si ésta serviría realmente para construir la nave, pero si querían...



-"¡Niño! Baja, ya está la cena."

Hubo un movimiento muy lento bajo la ventana, al tiempo que se oía un pequeño bufido. La ventana dejaba pasar la luz amarilla de una farola y, bajo esa luz tenue y cálida, el libro dejó de ser la puerta interdimensional a un mundo paralelo y la página volvió a ser un rectángulo de papel blanco con pequeñas letras negras, entre las que el capitán Howlett podría estar tan perdido como lo había estado en aquella biblioteca. La llamada de la abuela volvió al niño a la realidad y abandonó el hueco bajo la ventana para bajar a la cocina. Su hueco bajo la ventana, el hueco iluminado por esa luz cómplice que le acompañaba como pasaporte a otros mundos, cuando desaparecía el Sol y no le permitían encender la bombilla. Y es que, en otoño, los días son más cortos. Pero una farola puede alargar los sueños.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Sé que puedo hacerlo


No era la primera vez que la idea le pasaba por la cabeza. Y, además, intuía que no sólo le pasaba a ella. Tal vez no era muy lógico, pero allí estaban los hechos que parecían confirmar aquella extraña teoría. Y tenía que ver si era capaz de probarse a sí misma, para confirmarla o para rebatirla.

La sala estaba como en penumbra. Cerró los ojos, intentó ordenar aquellas pequeñas piezas, sin saber aún si estaban todas las que necesitaba para resolver el puzzle, y procuró despejarse. Permaneció así, callada, tranquila, ignorando hasta el ruido del tráfico que se colaba por la ventana entreabierta. Casi podía notar como una idea iba creciendo y dibujándose dentro de su cabeza. Y decidió no concederle el beneficio de la duda: se levantó, muy decidida. Estaba muy segura de hacia dónde dirigir sus movimientos y cómo hacerlo para evitar que sus pensamientos pudieran desordenarse en el traslado.

Primero subió ligeramente la persiana y, a continuación, fue a la mesa y encendió el pequeño ordenador. El saludo del startup animó la idea, como si fuera levadura en un soufflé. Tenía que comenzar ya a probarla, si no quería que se desinflara y se perdiera el efecto. Con la soltura que da la práctica, abrió el navegador y accedió a la página donde encontraría la prueba que habría de ayudarle a llegar a alguna conclusión. La prueba que abría, o cerraba, la puerta de su hipótesis. Y comenzó la búsqueda...

La búsqueda. La búsqueda más fascinante. La búsqueda de las palabras que sirvieran para hilvanar esos pensamientos, para expresar sus emociones, para desarrollar sus ideas. La búsqueda de las frases adecuadas con esas palabras, la búsqueda de la cadencia de esas frases, la búsqueda de los signos de puntuación que enmarcaran palabras, frases y cadencia, complementándolos y redondeando el proceso.

Un arranque, un desarrollo, un final. Sólo necesitaba eso y arroparlo con calor, con un trocito de su aliento, intentando que unos trazos más o menos caprichosos, abstractos y que sólo adquieren sentido en los ojos de quien sabe interpretarlos para vivirlos, para hacerlos suyos, formasen una historia.

Aunque eso sólo sirviera para rebatir su teoría. No necesitaba sentirse triste, también podía escribir pequeños relatos siendo feliz...

viernes, 29 de agosto de 2008

Una última copa



"No te vayas aún, vamos a pedir otra copa. No quiero volver ya a casa. No recuerdo tu nombre... tampoco recuerdo el mío, ni siquiera sé si volveré a utilizar un nombre... estoy harta de palabras. No, no necesito saber cómo te llamas, ni necesito saber cómo me llamo... tampoco necesito las palabras. Lo que necesito es que me vuelvas a coger la mano y después, quizás, que me beses... pero ahora sólo necesito tu mano apretando la mía, mientras callo todo lo que intento olvidar y mientras olvido todo lo que tenía pensado callar. ¿Raro? No, no es raro, casi todas las relaciones se basan en los silencios, cuando estos te lo dicen todo. O cuando lo que callas dice más que lo que dices. O cuando expresa lo que piensas a pesar de lo que dices. Y las relaciones se joden cuando empiezan a basarse en lo que dices, a pesar de lo que piensas... o a guiarse por lo que dices, a pesar de lo que sientes... Sí, seguramente tienes razón y es una tontería... no olvides que estoy borracha. Pero borracha he aprendido que no sé manejar mis sentimientos. Que no sé ordenarlos, como no sé ordenar mis papeles. Que no quiero ordenarlos porque amor siempre va el primero en orden alfabético, pero después siempre se queda atrás y le pasan los otros por delante y acaban todos desordenados... No sé manejar mis sentimientos, nunca me han enseñado, nunca he querido aprender... y me quedo a solas con mis silencios... sin saber decir lo que siento y diciendo cosas sin sentido... O pensando cosas sin sentido...

Pero cómo vas a enterarte de lo que estoy pensando si estoy aquí callada sin hablarte... coge mi mano, abrázame, no te vayas y quédate conmigo. Por lo menos hasta que me venza esa última copa o hasta que explote en tus brazos. Mañana con la resaca te habré olvidado, no temas..."

18/03/07, 01:10



Me lo he encontrado entre los borradores. Lo escribí en marzo de 2007 y al verlo sólo he pensado en que era un curioso ejercicio de narrativa dramaticoide. Me he sonreído al leerlo y he sido rotunda al marcar el tag de estoyMintiendo. Después, he vuelto a sonreír y al levantar la vista me he fijado en lo azul que está hoy el cielo. Se está bien aquí, metida en mi vida... Gracias por ayudarme a no perdérmela.

domingo, 17 de agosto de 2008

Gracias por los besos


"Ayer recordé aquella época en que creía que moriría sin darte siquiera un beso; me parecía algo tan triste...

Pero más tarde caí en la cuenta de que podría haber ocurrido algo mucho más horrible y mucho más triste: podría haber muerto sin haber sentido nunca la necesidad de besarte."

domingo, 10 de agosto de 2008

Y ya puestos...



"Y ya puestos, si hay que morir, pues no sé si elegir la forma o si elegir el modo. La forma puede ser más discreta, puede hasta ignorar el hecho de seguir vivo; se puede elegir la forma de un pobre diablo y dejarse el alma olvidado en un rincón oscuro de un armario. Se puede elegir la forma de una estrella y brillar lejos donde nadie pueda molestarte. Se puede elegir la forma de un gorrión y dejar pasar todo desde las ramas de un árbol, sin bajar por miedo a vivir. Se puede elegir la forma de un rayo y cegar a todos para conseguir que nadie te mire. O construir todo un universo paralelo y vivir rebozado en deslumbrantes y hermosas paranoias... El modo lleva implícita violencia, lo quieras o no. No deja de ser una auto agresión... aunque, bien pensado, ¿no lo es también cualquiera de las formas anteriores? Pero los modos físicos están mal vistos; molestan a los demás y por ello los tachan de indiscretos. Nadie desea encontrar un cadáver, nadie se alegrará si te encuentra tendida boca abajo en el agua, o en la calidez de un bañera tintada; nadie se alegrará por alegre que sea tu mueca tras el salto desde el balcón o tras beber un mal trago amargo. Y nadie le encontrará la gracia al balanceo de la cuerda, aunque recuerde a los columpios del parque, aquellos con los que te gustaba tanto volar en otro tiempo... Cuántas formas, cuántos modos de morir...

Y ya puestos, si hay que vivir, pues sólo hay una forma de vivir y de un único modo.

Y ya puestos, elijo."


martes, 15 de julio de 2008

Depilando a Ansel Adams


Estaba depilándose sentada en el suelo de la cocina. No había encontrado un sitio mejor, a esta hora de la mañana en la que el sol convertía el patio en un horno y parecía más recomendable permanecer de este lado de la puerta. Total, igual quedarían cuatro pelos indiscretos en el sitio más visible... Bueno, sabiendo que el hotel del congreso disponía de piscina, merecía la pena estar allí, flexionándose en mil posturas increíbles, mientras se depilaba. Al fin y al cabo, era una forma de mimarse.

Mientras tarareaba alguna melodía imposible, al ritmo del runrún del motorcillo de aquel pequeño aparato, empezó a pensar, de nuevo, en su situación. Hacía menos de una semana que había vuelto a su casa. Si es que era su casa. Llevaba fuera un año. O tal vez más. Dios santo, otra vez iba a empezar con sus talveces. Hechos, necesitaba hechos. Necesitaba blancos y negros, no necesitaba... ¿cómo era la frase que había utilizado ayer Sofía? "las maneras de exponer el negativo y el positivo para obtener el máximo de niveles de gris que hay en la vida real". ¡Qué bonita frase! Pero, por algún motivo, le aturdía. Había escuchado en algún documental que los niños tenían una época en la que todo era blanco o todo era negro. Todo estaba bien o todo estaba mal. Que era en la adolescencia cuando comenzaban a entender que ciertas cosas que podían estar mal, eran justificables y que ciertas cosas que podían estar bien, no eran deseables. Empezaban a distinguir matices de gris.

¿Cuál es el máximo de niveles de gris que hay en la vida real? ¿Había hecho bien al irse de aquella casa, al dejar a su marido? ¿O hubiera debido seguir aguantando esa situación incómoda, esperando un milagro? ¿Entendería alguien de verdad sus motivos, el que hubiera dejado allí a su niña? Ella misma tenía respuestas contradictorias según el día. Y, seguramente, cada una era un matiz de gris. Como sus piernas, casi depiladas, pero siempre con algún pelillo rebelde asomando en el sitio más inoportuno. ¿No habría forma de conseguir un depilado perfecto? ¿No habría forma de conseguir estar segura sobre qué hacer? ¿Existía el blanco y el negro, o debía conformarse con los grises? Tal vez es que no exista el depilado perfecto... tal vez es que no existe el blanco y el negro más allá de la niñez...

Pero estaba de vuelta en su casa. Estaba allí, en el suelo de su cocina, aplicándose con su pierna izquierda. Después le tocaría a la derecha. O no. Al fin y al cabo, una de sus novelas favoritas empezaba con un mujer medio depilada. Una mujer de cuarenta y tres años con una pierna depilada y una pierna sin depilar que empieza a descubrirse. Curiosa asociación de ideas: piernas a medio depilar, matices de gris en la vida real.

No. Gris, no. Ni blanco. Ni negro.

Se había ganado la luz naranja y el cielo azul. Y descubrir sus piernas, más allá de sus pelos.

Estado: Ausente (Nos hemos perdido en el ciberespacio)


Me quedé un rato mirando, curiosa, como el pato movía furiosamente las alas. Eso anunciaba que era el momento de hacer caso al chat, sobre todo si había quince mensajes pendientes... "Vaya, ¿qué habrá pasado?"

Ah, mi último comentario no había pinchado en hueso. Estupendo. Un pequeño momento para disfrutar de razonamientos apasionados, exclamaciones variadas y hasta chincha-rabias con la idea de provocarme y hacerme cambiar de opinión...

No me gustaría que se me entendiera mal: no acostumbro a hacer rabiar a la gente, y el comentario que dejé era completamente inocente y sin malas intenciones. No había calculado que el resultado fuera éste; pero, cuando mantienes una relación por chat, agradeces esos pequeños momentos pasionales que trascienden a una frase leída, a un smiley (por muy animado que esté) y que dejan pasar sentimientos. Como cuando bailamos juntos. O como cuando intercambiamos esos secretos que parecen olvidársenos cuando nos vemos de verdad...

No sé bien cómo definir esta forma de relacionarse, ¿me habrá pillado ya mayor? En ocasiones me parece un pobre sustitutivo, en ocasiones lo mejor que me ha pasado en años. Es curioso notar celos cuando un silencio prolongado por su parte me hace preguntarme "¿qué estás haciendo ahora?". Es más curioso todavía notar como me sonrojo de placer cuando me ofrece un enlace a una canción, como quien ofrece una flor. Y es casi humillante describir esa sensación de adolescente primeriza, intentando alargar el momento antes de cerrar el chat y de decir "¡buenas noches, hasta mañana!... te quiero...". Muchas veces, demasiadas, noto que falta una mano que coger, una caricia -con los ojos, con la boca, con los dedos... - y querría que todo resultase más humano. No es fácil apasionarse ante un teclado, por mucha imaginación que le eche. A veces, intento pincharle, pero su arma natural es la ironía. Y me gusta reírme y disfruto con sus ocurrencias. Pero en estos pequeños momentos... cuando sin saber bien por qué, se rebota y tiene esta reacción, se me coloca una sonrisa traviesa en los labios y le dejo seguir, y dejo que esa pequeña ventana del chat siga trayéndomelo...

Así pues, dejé que siguiera provocándome, aunque no supiera que lo que provocaba no era mis ganas de discutir, precisamente.

sábado, 26 de abril de 2008

Zelig


Estaba mirando la escena como si la viera desde fuera. Como si yo hubiera quedado sentada a aquella mesa pero al mismo tiempo me hubiera levantado y pudiera verlo todo desde fuera. Y dentro de mi cabeza oía caer, uno a uno, todos los naipes del castillo... con un ruido sordo. Sería porque se me estaba rompiendo el alma.

Aquella tía se estaba destapando. Muy maja me había parecido cinco meses atrás: decidida, con las ideas claras, sabiendo lo que quería y diciéndolo sin morderse la lengua. Qué bien me cayó. Al poco de conocernos me comentó lo de los cursos del INEM, cómo habían montado aquella academia y habían comprado los ordenadores y que necesitaban a más gente para poder cubrir más horario y amortizarlos. A mí me venía muy bien el dinero; con un cursillo de tres meses tendría para mantenerme todo el curso, así que enseguida le dije que sí. Qué maja, la tía. Hasta pensamos -ella, su marido, un par de amigos y yo- en montar una sociedad anónima laboral. Menos mal que había quedado en nada.

Lo que estaba oyendo me estaba alterando. Caramba, qué divertido es escuchar a la gente cuando el alcohol le desata la lengua y no está midiendo sus palabras para causar justo el efecto que pretenden conseguir. Qué experimento tan curioso. Esa tía tan legal era el perfecto ejemplo de lo que en unos meses se iba a transformar en el prototipo perfecto de ejecutor de pelotazo de la primera era psoecialista de este país, progres de familia bien, muy solidarios y muy rojetes, poniéndose morados de paté y cava mientras calculaban mentalmente cuanto exprimir del último "arreglillo" que se le había ocurrido. Mayormente, porque necesitan redecorar su vida: acababan de descubrir el minimalismo, la arquitectura orgánica y los diseños de Alvar Aalto.

Pues como decía, la mujer se estaba descubriendo y yo me iba quedando sin habla, sin ganas de hablar, a medida que iba soltando frases graciosas sobre la educación pública, la sanidad pública y demás miserias a malmantener para dejar contenta a la plebe.

Pero lo que me estaba dando ganas de vomitar era la actitud de él, ¿cómo diantres era posible que le estuviera dando la razón en todo? ¡¡Pero si iba en contra de tantas ideas que compartíamos, de tantos argumentos compartidos en discusiones, de tantas causas que habíamos defendidos en manifestaciones y concentraciones... !! ¿De qué se estaba riendo, de qué? ¿Dónde podía ver la gracia a reírse de todo lo que me decía que compartía conmigo?

Él, simplemente, era así. Su único afán era caer bien, ser agradable, ser encantador. No tenía ideas propias: estaba cómodo con las tuyas y en cuanto se las explicabas un poco, incluso te prestaba argumentos, te ayudaba a defenderlas.

Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, va y resulta que una pobre imbécil se enamora y se ciega y en esa ceguera cree encontrar -¡por fin!- un alma gemela, alguien que suspira exactamente por las mismas cosas, que tiene exactamente los mismos intereses, que tiene exactamente los mismos gustos y que tiene exactamente las mismas aspiraciones. Las mismas ideas políticas, las mismas ideas religiosas, las mismas ideas sociales, las mismas ideas sobre el matrimonio, la educación, la paz, la ecología, los militares... Los mismos objetivos, el mismo destino, los mismos temores, los mismos temblores... el mismo golpe de latido cuando te inunda el deseo y la misma risa de satisfacción después de colmarlo. Los mismos gustos para la comida, para la bebida, para el tabaco... Hasta eso: acabó tomando cortados en lugar de café con leche, bebiendo gin tonic en lugar de gin kas y fumando Ducados en lugar de Winston...

No quería ver como era en realidad, no quería quitarme la máscara de los ojos. Era más fácil pensar en la pareja perfecta, pensar en que estábamos hechos el uno para el otro. Qué suerte, y qué empatía para con todos. Qué tío tan sociable, da gusto hablar con él, siempre te entiende, siempre te da la razón... siempre sabe exactamente qué estás pensando, siempre compartiendo tus argumentos.

Compartiendo tus argumentos... sí, incluso en contra de él. Es el riesgo que corres por ser encantador: el riesgo de perderte, de confundirte entre otros. De perder tu propia vida...

Supongo que aquel día se empezó a caer la máscara y empecé a abrir los ojos. Sí, qué tío tan sociable. Qué tía tan afortunada yo, ¿verdad?. Siempre dándome la razón...

Lo malo es que yo no quería la razón, quería un compañero.

jueves, 24 de abril de 2008

L'homme au coeur blessé


Yo era mayor y más grande que él. De hecho, casi era más grande que su padre. Sin embargo, yo tenía ocho años y había muchas cosas que una niña de ocho años tenía prohibidas. Una de ellas, cuestionar la actuación de un adulto. Incluso una como aquella. Nos educaban así: siempre que un adulto nos castigaba era porque nos lo merecíamos. Y siempre era por nuestro bien.

Pero aquella bofetada quedó flotando en el aire mucho tiempo. Su padre había salido ya de la cocina y yo veía caer las lágrimas de mi primo, que se había quedado con las gafas torcidas y una mueca de dolor dibujada, callado muy callado. Yo también estaba callada y, en el silencio que reinaba, aún podía oír el estallido, no sé si del golpe de la mano contra la cara o si de la rabia contenida... rabia de cobarde, cobarde por no atreverme a decir lo que pensaba, cobarde por no atreverme a protestar porque a los mayores no se les podía recriminar sus arbitrariedades.

Y allí estaba yo, con los palillos del xilófono en la mano, sin atreverme a mirarle directamente. Seguía llorando y lo único que se me ocurrió fue intentar demostrarle que era alguien importante, que me había aprendido aquellas notas que acaba de enseñarme, mientras escuchaba asombrada la melodía que arrancaba del xilófono sin saber cómo. Él, que era más pequeño y mucho más bajito que yo, tenía un poder que a mí siempre se me ha negado; no sabía música, pero la música vivía dentro de él. La música estaba a gusto con él y él con la música... formaban una extraña pareja, un niño tocando canciones que nadie le enseñaba, en instrumentos que nadie le enseñaba a tocar.

Y sin ritmo y dudando, recordé todas y cada una de las notas que él me repetía unos minutos antes. Nunca nadie habrá recibido un homenaje tan torpe...







... y han pasado tantos años, y sigo sin poder olvidar aquella tarde en aquella cocina. Sigue doliéndome aquella bofetada, como tantas más que le habían de pegar. Sigue doliéndome el que nunca le dejaran expresarse, el que nunca le pidieran su opinión.

No me vio en Navidades. Nos cruzamos por la calle. Iba con la mirada perdida, caminando solo bajo la lluvia -un adulto a la fuerza al que robaron su alma siendo niño-, y me quedé mirando, sin llamarle, porque aún no se me ha ocurrido qué decirle para consolarle de aquella bofetada. Y tampoco puedo olvidar que me regaló parte de su música, de esa música que ha ido perdiendo a medida que iban minando su espíritu...

lunes, 31 de marzo de 2008

Los niños de la paz


Más allá del muro del patio de la escuela se veían unas majestuosas montañas pardas cubiertas de nieve. Era lo único que se veía magnífico en aquel entorno.

El edificio del colegio estaba derruido en sus tres cuartas partes; los niños se hacinaban en las escasas aulas que aún estaban en pie. Los cascotes cubrían casi todo el patio y ocultaban toda la mitad trasera del muro. En teoría, no deberían jugar allí, pero era fácil escapar al control de los maestros. Más difícil era escapar a las miradas de las patrullas, atentas a cualquier indicio de que no se cumplía la ley, la sharia; nada escapaba a sus miradas, que medían la longitud de una barba, escrutaban tras los burkhas y hasta parecían desconfiar de los juegos de los niños...

Aún así, el patio del recreo se llenaba de vida cuando los niños salían y comienzaban a jugar... gritos, carreras, risas, llantos, saltos y más risas, más carreras... hasta jadear satisfechos y sentir que el pecho se ha llenado de aire gracias al esfuerzo y ya se puede bajar el ritmo. Y, seguramente por ello, el día que apareció el extranjero ninguno se fijó en él hasta ese momento en que ya avanzaba por el patio. No tenía barba; y sonreía.

Los niños son curiosos. Y no muestran temor ante las sonrisas y las manos abiertas: fueron hacia el desconocido, y le miraron fijamente, como sólo saben mirar los niños, dando la impresión de que no parpadean. Fueron hacia él, y le miraron impertinentes, como sólo saben mirar de frente los niños, demostrando toda su curiosidad. Y siguieron examinándole, mientras esperaban a que el desconocido iniciara la conversación. Pero él se había parado en mitad del patio. Sólo les miraba y sonreía.

Por fin, el pequeño Qamir se decidió; miró al desconocido, y el desconocido le devolvió una mirada risueña y feliz. Entonces, el pequeño avanzó hacia aquel extranjero que había llegado tan de repente. Avanzaba a pequeños saltos, apoyándose en su muleta y, en cada salto, la pernera vacía de su pantalón, se agitaba como una pequeña bandera. Llegó a su lado, le observó con más descaro descaro todavía y sonrió más abiertamente.

El extranjero se giró hacia él, le miró primero a los ojos y luego a su pierna, a su pierna que no estaba, su pierna que había volado al volver del colegio a casa, por no saber lo que significaba aquel cartel, por no saber que bajo el suelo de un campo se pueden cultivar armas antipersona... y le volvió a sonreír y le dijo: "Tú ya sabes como de malo puede llegar a ser el virus de la guerra... ¿te gustaría formar parte del virus de la paz?"

Y se dirigió hacia los otros niños. "A veces, los adultos parecen estar poseídos de un curioso virus maligno, que hace que todo parezca feo, que todo haga daño, que todo sea mortal; cuando ese virus te contagia todo parece volverse sucio, todo parece ser malo, todo puede volverte vulnerable... y a los adultos les hace ser posesivos, irracionales; intentan imponer sus ideas por la fuerza, hacen locuras y hasta cometen crímenes por demostrar su razón... cuando lo único que pueden demostrar es su sinrazón. Se vuelven autoritarios, se vuelven violentos, y no se paran ante las consecuencias de sus acciones; prefieren que haya heridos, no les importan las mutilaciones, hasta justifican que haya muertes, con tal de conservar unos ciertos aires de grandeza que, en lugar de convertirles en esos grandes personajes históricos que ellos creen ser, les transforma en pequeñas lagartijas... con la diferencia de que no exponen su propio rabo para escapar de los peligros: son tan cobardes que exponen los cuerpos, las vidas de aquellos a los que deberían defender y cuidar..."

Se interrumpió y los niños siguieron su mirada, que fue del patio del colegio a la carretera vecina; como invocada por su discurso, apareció la nube de polvo que anunciaba la llegada del jeep de una patrulla. Cinco hombres armados con una metralleta, más un conductor. Seis hombres armados de sinrazón que se dirigían hacia la escuela, si bien sus miradas y sus ojos ya estaban escrutando lo que ocurría en aquel patio. Y sus manos, dirigían sus armas hacia allí, imponiendo su gesto, ignorando las miradas de miedo de los niños. Ignorando la mirada, mezcla de curiosidad y de burla, de aquel extranjero.

Llegaron y no necesitaron apenas palabras para intentar imponer su amenaza. Los niños estaban asustados, pero también estaban demasiado acostumbrados a situaciones como aquella. En cuanto al desconocido, lejos de amilanarse por la situación, se limitó a sonreír, de nuevo, ante el requerimiento de una identificación, ante la orden de identificarse y de callar y de acompañarles sin mostrar resistencia. Sonrió y les dijo: "No podéis impedirme hablar, porque no podéis hacerme daño."

Y se giró hacia los niños y siguió hablando: "Y a vosotros tampoco podrán haceros daño, no os podrán contagiar con ese virus maligno, si realmente lo deseáis. No importa lo estúpidos que puedan ser los adultos en sus juegos de guerra. No importa lo fanáticos que puedan ser en sus creencias y cómo pretendan adoctrinaros para proseguir en su sinrazón y perpetuarla a través de vosotros. No importa el egoísmo que demuestran cuando sólo piensan en su propia gloria y no en vuestro futuro."

Los hombres de la patrulla, que no habían parado de imprecarle y de gritarle, exigiendo de nuevo su silencio a medida que se acercaban, comenzaron a rubricar sus amenazas preparando sus metralletas, haciendo ostensibles gestos y exagerando el ademán, y el ruido, que dejaba claro que sus armas ya no contaban con el freno de un seguro y que estaban preparadas para disparar.

Pero el desconocido apenas sí los miró, entre divertido y condescendiente. Suspiró brevemente y continuó hablando con los niños: "La mejor forma de demostrar que no se tiene razón es usando la fuerza para imponer las ideas, o usar el miedo para ocultar las ideas ajenas... eso no ocultará que es un miedo más profundo el que mueve a quien así se comporta. Si tienen que apuntaros con un arma para convenceros de una idea, esa idea no es sagrada; si tienen que taparos la boca para que no expreséis dudas sobre una idea, es que esa idea es una idea equivocada..."

Nadie dio una orden, pero una metralleta comenzó a escupir balas y otras le siguieron. Pero algo ocurrió. No llegaron a tocar al desconocido: a menos de díez centímetros de su cuerpo, todas cayeron de repente, con un curioso ruido metálico, rítmico, como gotas de lluvia de plomo, chocando entre ellas y contra el suelo.

Ni siquiera se había girado. Continuó hablando, ajeno a las caras medio irritadas, medio incrédulas de aquellos hombres que se empeñaron en seguir disparando, negándose a la evidencia. "Les dije que no podrían hacerme daño. Os lo dije a vosotros también, y os lo sigo diciendo. No sólo existe ese virus maligno. Podéis dejaros contagiar de un virus que os hará inmunes a sus ataques como yo lo soy. Basta con creer en que es posible confiar en las personas, en que es posible arreglar conflictos, y en desearlo de verdad. Basta con creer en la propia libertad y en la libertad de todos los hombres, y en la grandeza de dejar que cada cual pueda expresar sus ideas en la confianza de que será escuchado y valorado justamente. Podéis dejaros contagiar de este virus y ayudarme a propagarlo, a contagiarlo entre todos los que crean de verdad que un nuevo modo de vivir en este mundo es posible; creedme, no podrán haceros daño. Nunca más podrán hacer daño a los que estamos contagiados de este virus, aun cuando lo intenten."

Una mirada se cruzó entre los niños y el extranjero, sellando un pacto al que eran ajenos los hombres de la patrulla, que discutían entre ellos, buscando a quien culpar del fracaso de su amenaza, del fracaso de su crimen. Quizá nunca se dejarían contagiar del nuevo virus, quizá sí. Allí estaban los niños, envueltos de un nuevo aura, para intentarlo.

Qamir saludó con su mano al extranjero. Comenzó a andar, al ritmo de sus pequeños saltos, apoyado en su muleta, y en unos minutos se perdía por la carretera. Los demás niños también emprendieron su camino. El extranjero prosiguió el suyo. Aquel patio se iba a convertir en el foco de una nueva epidemia; con suerte, en el foco de una pandemia, si ellos querían y creían...

lunes, 10 de marzo de 2008

Déjame que te cuente...


Buscaba un enlace bonito que te hiciera olvidar el cansancio y las prisas y que te hiciera sonreír... y como no lo encontraba, pensé en contarte una historia que leí hace tiempo.

Dice la historia que una princesa nacida en un planeta de color azul, pequeño pero muy bello, debía volar a menudo, en misión diplomática, a una estación interplanetaria. En esas misiones debía tratar con gentes muy diversas y de muy diversos planetas y razas, con distintas culturas, gustos y costumbres; eso solía ponerla nerviosa y usaba el rígido protocolo imperante en la estación como escudo protector. Normalmente, sus misiones consistían en largas reuniones que presidía con una sensación ambigua, producto de la formación que había recibido. Disfrutaba, le gustaba intercambiar información con todos los allí reunidos; pero también velaba constantemente por el cumplimiento del protocolo. Así que solía permanecer seria... aunque en ocasiones no podía evitar reírse y, en otras, no encontraba otra salida que enfurecerse para reconducir una situación difícil. En la corte en la que se había educado ambas reacciones estaban mal vistas: sus institutrices e instructores siempre le recordaban que el secreto de un buen gobernante era mantener las distancias y no perder los papeles. La princesa lo intentaba, pero no podía evitar implicarse.

En una de sus misiones, conoció a un diablillo nativo de un planeta rojo, algo más pequeño que aquel del que provenía ella. Este diablillo debía de ser de alguna raza especialmente comunicativa: comenzó a dejar su impronta hablando, opinando, preguntando, bromeando, molestando, cantando y hasta bailando, tan extrovertido era... Y la princesa torcía el gesto ante tamaña falta de respeto al protocolo imperante. Aunque dicen que cuando nadie la veía, se reía de las bromas y los comentarios del diablillo.

En cualquier caso, aquella misión acabó y la princesa siguió ejecutando otras... misión tras misión, en aquella estación interplanetaria que tan bien conocía ya. Conocía tanto las hermosas avenidas reservadas al descanso, como los túneles subterráneos de mantenimiento... Se perdía por las zonas destinadas al personal de servicio y solía pasear de incógnito por rincones escondidos, huyendo de la rigidez que imperaba en aquellas reuniones a las que había sido destinada por la corte de su padre. Y permanecía largos ratos perdida en la sala de las grandes cúpulas que mostraban las estrellas allá fuera, y su propio planeta, como una pequeña perla en la distancia, y tantos y tantos mundos y tantas y tantas galaxias. Casi odiaba ser una princesa, siempre inmersa en aburridas misiones diplomáticas, siempre diseñando planes para que los ejecutaran los demás. Soñaba con ser un cadete espacial, soñaba con recorrer estrellas y nuevos planetas en lugar de quedarse en aquella estación, lejos de su propio planeta y más lejos aún de los mundos que querría visitar, siempre parada a medio camino entre el todo y la nada. Pero tenía un papel que cumplir y debía conformarse con despedir (¡y envidiar!) a los que podían volar lejos de allí.

Deambulando por la estación conoció a mucha más gente de la que había conocido en sus misiones oficiales. Aunque lo que más le gustaba era poder hablar con quienes habían compartido tantas reuniones con ella, lejos del rígido ambiente de trabajo. Olvidaba quien era y podía comportarse como quería, más que como esperaban que lo hiciera. En alguna ocasión, se encontró varias veces con el diablillo y se pudo reír abiertamente de sus bromas. Le hablaba de las nuevas misiones que estaba cumpliendo y le escandalizaba con sus comentarios, o le enfurecía con alguna crítica al protocolo imperante en la estación; pero también encontraron opiniones que compartían y gustos comunes. Llegaron a intercambiarse guiños de complicidad.

Pasó el tiempo; las cosas no iban bien en el planeta de la princesa. Su padre murió asesinado y se sintió muy desdichada en su corte, llena de asechanzas y de desconfianzas. Sentía que era una corte revuelta, descompuesta, y cada vez más y más rígida. Le asfixiaba, pero siguió representando su digno papel, el que se esperaba de ella, representante diplomática de su planeta, aunque en su corazón cada vez encontraba menos sentido a todos esos detalles que le exigía el protocolo. Seguramente, eran cuestiones que alguna vez le habían importado, pero que con el tiempo se le iban revelando como huecas y sin sentido, a medida que se sentía desligada de esa corte que ya no reconocía como su hogar. Y en una de sus misiones volvió a encontrar al diablillo.

Se había vuelto más serio y estaba más tranquilo, pero seguía burlándose de todo lo que no consideraba importante. En aquellos tiempos, ya la escala de la princesa se había transformado, y ya no creía tanto en el protocolo y ya no consideraba tan importante lo que dijeran en la corte. Aprendió a reírse y encontró en la risa un aliado mucho más adecuado para garantizar el éxito de las reuniones y de la propia misión. Aprendió que es más fácil confiar en un camarada que en un superior y que la confianza suele ser amiga del éxito.

Diablillo y princesa firmaron el armisticio y se hicieron amigos. Siguieron al tanto de sus respectivas misiones, cada vez más rutinarias las de la princesa, cada vez más intensas y lejanas las del diablillo: ella cada vez estaba más desligada de su planeta y más anclada a la estación; él cada vez saltaba más alto entre las estrellas y, de vez en cuando, le contaba sus aventuras.

Y pasaron algunos eones, en los que se mantuvieron en contacto. Por una casualidad, volvieron a coincidir en una pequeña misión de avituallamiento. Se notaron cambiados. La princesa, a fuerza de mantener desencuentros con la corte de su planeta y con la aristocracia que gobernaba la estación, se había sumido en una melancolía que sólo mitigaban las reuniones con sus camaradas para trazar nuevos planes, para compartir sus ideas e impresiones sobre su preparación para el salto a las estrellas y, sobre todo, la narración de sus aventuras cuando volvían esporádicamente de sus viajes interestelares. El diablillo también le confío su tristeza; en alguna de sus misiones había perdido el diamante que remataba la empuñadura de su sable de oficial... y cuando creía haberlo recuperado, lo volvió a perder. Seguía peleando con su sable cuando la situación lo requería, pero echaba de menos el brillo que le guiaba y que le devolvía la confianza cuando la oscuridad parecía latir y crecer, tapando todo resquicio de luz...

La princesa no soportaba verlo triste. No podía ofrecerle ningún diamante... sólo había tenido uno y lo había arrojado con furia en la tumba abierta de su padre, cuando este murió asesinado, tal era la rabia que había invadido su corazón.

Pero tenía una caracola. Y una mariposa que aleteando en el aire, lo inundaba todo de colores, igual que un beso aletea en la boca, igual que ese ligero polvillo de sus alas se puede confundir con la luz de la tercera luna del planeta Danen. "Toma", le dijo, "esta caracola es lo único que pude rescatar de mi planeta azul, al que nunca más volveré. Puede oírse en su interior la fuerza de los océanos que lo cubren. No te iluminará en la oscuridad, pero el sonido podrá guiarte y, además, sabrás que siempre estarás acompañado. Tómalo mientras sigues buscando tu diamante; a cambio, recuerda regalarme mariposas, mariposas que aleteen en mi boca y me traigan reflejos de la luz de mi planeta perdido..."

El diablillo tampoco soportaba ver triste a la princesa. Tomó la caracola y le correspondió con mariposas. Y, al poco tiempo, salió a cumplir con una nueva misión. La princesa esperaba siempre su vuelta; él volvía con sus ojos brillantes y pícaros, haciéndole reír y soñar y ofreciéndole tantas mariposas como podía...

La princesa sabía que ya nunca podría salir de allí, que se quedaría por siempre en aquella estación en la que había cumplido tantas misiones diplomáticas, en la que había planeado tantos vuelos e incursiones que otros habían realizado de verdad. Se sentía como un niño perdido de Neverland, que nunca crece. Mientras, aquel diablillo volvía, de tarde en tarde, casi siempre agotado, pero cada vez más sabio, más curtido de sus misiones, de sus paseos persiguiendo estrellas. Aunque también pudiera ser que siempre hubiera sido igual de sabio para quienes hubieran sabido mirar bien hondo en aquellos ojos brillantes y pícaros: no en vano era un diablillo.

Y colorín, colorado... ¿Cómo dices? ¡Ah, no! Pues claro... ya sé que no he contado el final, pero ¿quién te ha dicho que ha acabado la historia?

miércoles, 5 de marzo de 2008

Testigo muda


Estaba aferrada al embozo de la cama, sin atreverme casi a respirar, mientras contemplaba el baile de las cortinas en la ventana. La ventana estaba cerrada, la persiana estaba baja; pero el viento era tan fuerte, allá afuera, que conseguía mover las cortinas, allí dentro. Aprovechando los resquicios, cualquier grieta, cualquier hueco, conseguía abrirse paso hasta mi habitación. Exactamente igual que los gritos y los gemidos de ellos se abrían paso hacia mi cerebro, a pesar de tener la puerta de mi habitación cerrada, a pesar de intentar ocultarme bajo el edredón y el embozo de la cama.

Los había dejado en la sala; en realidad, había huido de ellos. Él tenía un extraño brillo de macho exaltado en sus ojos verdes. Su pelo, rubio cobrizo, brillaba bajo la luz y podría haber contado sus músculos, completamente contraídos bajo su piel.

A ella se la adivinaba pálida bajo su pelo negro, y sus ojos, azules, estaban húmedos. Se la veía rendida por agotamiento, sumisa de cansancio, como susurrando con su vocecilla aguda, muy despacio y muy bajito, mientras desgranaba derrota y hastío.

Pero eso no parecía preocuparle, a él. Su voz se alzó en algo parecido a un rugido y sus ojos verdes volvieron a brillar mientras la contemplaba, evaluándola como a una presa.

Ambos me ignoraban. Yo estaba allí, testigo muda de una escena que me estaba superando, en medio de una tensión sexual mal resuelta que no me atañía, en la que yo era claramente un elemento ajeno, pero que me estaba envolviendo y que me hacía sentir azorada. Volví a mirarlos, primero a él, luego a ella. Creo que grité antes de salir corriendo, buscando refugio en mi cuarto, con la puerta cerrada y oculta bajo el edredón, para no oírles.

Y aquello debió de ser una señal para que todo empezara otra vez. Porque a pesar del fuerte viento podía escucharles, podía escuchar los gritos, la discusión áspera que se estaba desarrollando allí fuera: de la sala a la cocina, de la cocina al pasillo... los adivinaba corriendo, ella intentando escapar de su acoso, él saltando sobre ella son miramentos... mientras gritaban, gemían y volvían a gritar y a jadear. ¿No iban a callarse nunca? ¿No iba a parar nunca ese maldito viento?

Y ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de traer una gata adulta al territorio de un gato de ocho meses?


martes, 5 de febrero de 2008

How young are you?


El anciano caminaba sin prisas, con el periódico bajo el brazo, como todos los días. Llevaba un traje de chaqueta de lana de color gris oscuro, quizás demasiado grueso para la época del año, y lucía orgulloso un viejo borsalino de fieltro, también gris, que siempre inclinaba, coqueto, hacia la izquierda. Al llegar a la plazuela, y tras comprobar que estaba libre, se dirigió a su banco preferido, bajo un laurel que protegía su cabeza del sol, pero dejaba el resto del cuerpo preparado para recibir una inyección de rayos solares. Llegó, pegó un par de manotazos con el periódico al banco, más por rutina que por intentar limpiarlo, se sentó y se dispuso a leer: sacó del bolsillo sus gafas, las limpió con gran protocolo, se las ajustó sobre la nariz y abrió, por fin, el diario.

No tuvo tiempo de salir de Internacional, ya que al poco tiempo de haber comenzado a leer, oyó una vocecilla,

-"Hola, señor, ¿quiere galletas?"

Levantó la vista del periódico y la dirigió sobre las gafas, para poder ver a quien le había hablado. Se encontró con una niña de unos 4 años, con el pelo castaño oscuro, muy corto, y con una cara todo sonrisas... allá donde no estaba oculta por el barro. Se notaba que la niña había estado muy ocupada: llevaba un cartón entre sus manos, como una bandeja, y sobre el cartón al menos una docena de deliciosas galletas del mejor barro de aquel parque: las había redondas, cuadradas, triangulares... todas ellas adornadas convenientemente con los toppings más variados: gravilla fina, arenilla, pétalos de margarita, diminutas flores de color azul, trocitos de hierba, semillas de diente de león...

Y el anciano sonrió y mientras lo hacía, volvió muchos años atrás a su pueblo, junto a la ría, a la ribera en la que jugaba de niño. Y recordó una tarde en que había estado cocinando mil delicatessen con su hermana pequeña: exquisitas empanadas de barro, rellenas de junquillos y unas semillas que ellos llamaban cebollinas, filetes artesanos escogidos con amor de entre los pedruscos de esquisto que se amontonaba por la zona y aliñados con el zumo lechoso que salía de una planta que su madre nunca les dejaba tocar porque podría provocar que se mearan en cama, y ¡cómo no! grandes tartas hechas con el barro del jardín de la casa, que era mucho más oscuro y consistente que el de la ribera. Decorar esas tartas era un gran reto y valía cualquier flor hermosa, cualquier piedra blanca brillante como de azúcar, cualquier trozo de cristal verde como de menta... realmente se habían emocionado y cuando estaba casi listo el festín, su hermana tuvo una gran idea, ir a casa a por su patito para invitarlo a la merienda. Le costó mucho convencer a su madre, que siempre temía que el pato, demasiado pequeño, se perdiera por la ribera pero ella le convenció con el argumento de que no estaría sola, que su hermano estaba también y el patito no podría perderse. Conseguido el permiso, volvió a donde estaba dispuesta la merienda y empezaron a reír mientras jugaban con todo el barro, mientras fingían que comían, mientras -ya sin ningún disimulo- comenzaba la batalla de barro y los trozos de empanada y de pastel se convirtieron en proyectiles que más valía esquivar... Hasta que sobrevino la tragedia: en medio de la batalla, al perder pie y dar un paso rápido atrás, la nena pisó al pato en la cabeza.

Se quedaron como congelados y sin entender qué pasaba. El pato comenzó a moverse haciendo eses, pero cayó antes de avanzar apenas un metro, con uno de sus ojos completamente lleno de sangre. Su hermana estaba tan aterrada que no podía ni llorar y él se sintió particularmente mal, porque se suponía que era el mayor y había sido la garantía de que el pato iba a estar bien... Les dolió tanto que su madre apenas tuvo corazón para otra cosa que ayudarles a enterrar al pequeño pato en la misma ribera en la que jugaban; nunca les riñó por el incidente, y no fue capaz de mencionarlo delante de la niña en una buena temporada. En cuanto a él, el golpe le sirvió como una dura entrada hacia el mundo de los mayores. Aprendió cada una de las letras de la palabra responsabilidad, de golpe, y sin que nadie tuviera que deletreársela.

-"Señor, están muy buenas... ¿de verdad que no quiere?"

La misma voz que le invitó a recordar el pasado, le devolvió al presente. Con gesto serio, dobló el periódico, se quitó las gafas, las metió en el bolsillo y estiró la mano. Cogió una galleta enorme, con enormes cookies de gravilla, semirrellena de hierba y con un toque de florecillas por arriba, y fingió que la comía. La niña sonrió feliz y cogió, a su vez, una pequeña galleta triangular, rebozada en arena y con pétalos de margarita dibujando un corazón. Mientras merendaban, el anciano comenzó a contarle una historia:

-"Verás, érase una familia de siete ratoncitos que eran muy golosos, y siempre hacían unas meriendas riquísimas: galletas de chocolate, tostadas con leche condensada y con mantequilla y miel, polvorones de canela, bocaditos de nata y grandes pasteles de manzana. Pero había también un gato bigotón que pasaba mucha hambre y vivía cerca de la casa de los sietes ratoncitos y no veía la forma de echarle mano a sus meriendas. Y que cada vez que pasaba por allí y olía lo que cocinaban, se quedaba sin aliento. Una tarde, mientras espiaba a los ratones, se le ocurrió un truco..."

sábado, 2 de febrero de 2008

The book of love is long and boring


Es un libro viejo, pesado e incómodo, que se desmonta en cuanto pasas páginas sin el debido cuidado. El papel es fino, la letra pequeña y no tiene dibujos. El índice está incorrecto y no valen las referencias. A veces huele a moho, a veces se desencuaderna y, como todos los libros, se acaba... No es el libro de arena.

Fui a las bibliotecas y no lo encontré. Me miraron con cara rara cuando rebuscaba entre libros y más libros, recorriendo estantes y más estantes. Saludé a don José cuando encontré el libro con todos los nombres -mientras él seguía su propia búsqueda-, incluso hojeé un libro de Carax... y vi cientos, miles de títulos de auto ayuda. Qué pequeños somos...

Con el tiempo, crecí y aprendí a esperar. Tenía que venir, no es posible buscarlo.

Y empecé a leer mientras tú lo sujetabas. Y aprendí a vocalizar mientras tú escuchabas. Y contuve la respiración mientras tú leías. Empecé a entender cada párrafo, sin buscar líneas entre líneas, sin buscar ilustraciones que no estaban, sin saltarme páginas para llegar antes al siguiente capítulo...

... hasta que llegué a entender porque era tan viejo, pesado e incómodo. No hay que manipularlo, sólo deslizarse por él y disfrutar de la lectura. Desde el principio hasta el final. Y saber cerrarlo cuando acaba, para poder volver a abrirlo.





lunes, 28 de enero de 2008

Disculpa, no siempre te tomo en serio


-"¿Le conocías?"

Tardé bastante en darme cuenta de que me estaban hablando; la voz había resonado por mi cabeza, como un ruido sin sentido, como una banda sonora poco afortunada. Aparté la vista de la punta de mis zapatos -resultaba muy curiosa la forma del pegote de barro que tenía en la punta de la bota izquierda- y levanté la cabeza hacia la persona que me hablaba. ¡Total, para qué...! No podía enfocar bien, había estado llorando. Y, para colmo, el sol me deslumbraba, convirtiéndole en una sombra anónima.

Volví a bajar la vista; estaba aturdida y la postura, forzada a mirar hacia arriba, me mareaba aún más. Y malditas las ganas que tenía de hablar con nadie. Y más malditas aún las ganas de hablar de él.

Las personas no mueren de forma épica, no pueden dar discursos de despedida; es más, normalmente no pueden ni despedirse. Sólo están y, de repente, ya no están nunca más. Qué curioso que me lo hubiera dicho precisamente a mí, con mi pequeña colección de despedidas sin despedidas. A mí no tenía que contármelo, me lo sabía ya de memoria. Aunque eso no impedía que cada vez volviera a sentir rabia, una quemazón en la boca del estómago y un acceso repentino de ira que normalmente se diluía al notar el nudo en la garganta y empezar a llorar. Lloros por prescripción médica, para evitar un ataque de nervios, para evitar que el dolor me anulara, para agotar ahí las fuerzas y no caer en la tentación de golpear las paredes, ahogando la impotencia en un estallido de adrenalina... Y despertar, después de haber llorado, vacía y forrada con plomo en mi interior.

Hacía sol, tenía frío... la punta de la bota estaba bordada en barro y alguien quería saber por qué lloraba, por qué miraba sin mirar y qué hacía allí sentada en el escalón de un mausoleo horrible, del que salía un aire helado. Y me preguntaba lo más obvio. Preguntar por el muerto en su entierro, es tan inútil como hablar del tiempo en la parada del autobús.

Obviedades. Pero yo también había caído en lo obvio, a pesar de sus burlonas advertencias.

Volví a levantar la vista y -de nuevo, la luz del sol- mis ojos se llenaron de pequeñas moscas bailando alrededor de esa sombra, desperdigadas por el cielo azul, moscas que me hacían pensar en un microscopio trucado para hacerme reír con un baile de acelerados estreptococos.

-"No, no le conocía. Y tú, tampoco."

Daba igual con quien pudiera estar hablando porque, obviamente, yo tenía razón. Si le hubiéramos conocido, no habríamos estado allí.

martes, 22 de enero de 2008

Y, por fin, quedamos...


No sé quién emborrachó a quien, si fue premeditado, si fue espontáneo, si de verdad lo deseábamos o si lo pusimos en marcha porque ya tocaba. Eso sí, hasta que no estuvimos borrachos los dos, no nos dimos el primer beso.

Puede que por eso fuera tan duro y quizás por eso tengo un recuerdo bronco de aquella noche. Demasiadas luces, demasiado humo en aquel garito... demasiado ruido en el ambiente. Y los besos fueron demasiado violentos, como embestidas, como choques... lenguas que parecían pelearse más que acariciarse. Manos que apretaban apresuradas, que manoseaban impacientes, en lugar de explorar y disfrutar. Notaba el olor del alcohol, del tabaco y del sudor y no me reconocía. Pero te seguía mordiendo, seguía respondiendo a tu cuerpo con mis propias acometidas sin saber muy bien dónde me metía. Llegó un momento en que me notaba a punto de perder el sentido y todavía no sé si era producto del alcohol o de un deseo medio reventado y mal satisfecho. Te miré y me invadió una sensación de error, de la que no conseguí librarme. Te tenía ganas, te tenía tantas ganas... Pero en un momento dado me asustó la expresión violenta de tus ojos. Me dio la sensación de que habías pensado "Bien, quieres jugar, júguemos, ven aquí..." y me asusté. Cerré los ojos, no quise volverme atrás para aparecer como una chiquilla cobarde. Pero me asustaste y el alcohol hizo el resto...

Recuerdo a duras penas qué pasó cuando salimos del local. Caminábamos con dificultad; yo casi no podía estar en pie, tú me arrastrabas y te tambaleabas tanto como yo al andar. Llegamos al coche, me acomodaste en el asiento. Arrancaste. Te cargaste un piloto del coche de delante. Maldeciste y completaste la maniobra con una marcha atrás y un volantazo que tuvo como consecuencias un hermoso bollo en tu viejo Talbot. Ni siquiera sé cómo quedó el coche que estaba atrás. Me desmayé. Y sigo sin saber si fue la borrachera o la expresión de tu cara.

Lo siguiente que recuerdo es tu voz, gritando quedamente a Lola; yo ya estaba en cama y tú parecías muy enojado con ella. Lo único que acerté a pensar fue que ella no tenía la culpa de que tú hubieras salido conmigo, en vez de con ella.

Al día siguiente, en la facultad, te hubiera podido confundir con el hombre de hielo. Te acercaste a mí, me hablabas de tonterías, pero no me mirabas. Fuimos al césped del ágora a dormir lo que nos quedaba de resaca y estábamos tumbados allí como hubieran podido estar dos muñecos de corcho. O no. Dos muñecos se hubieran demostrado más afecto que nosotros.

Nunca volvimos a salir. De hecho, conseguimos acabar con nuestra amistad. Primero se diluyó, pero eso sólo fue el principio, en seguida comenzó a corroerse. Nos empeñamos en mostrarnos nuestros lados más desagradables y nos especializamos en dirigirnos comentarios mordaces con singular puntería. Conseguimos hacer diana en más de una ocasión, justo donde más dolía. Hubo un momento en que sentí la necesidad física de odiarte, tanto como antes había sentido que quería amarte. Con el tiempo me di cuenta de que tan difícil me resultaba un empeño como el otro, así que dejé de gastar fuerzas inútilmente... me dejé mecer al fin en la indiferencia y conseguí volver a sonreírte en el último año de la carrera.

Hoy he recordado todo eso al ver la foto. Al ver tu cara, he pensado que no he sabido nada de ti en veinte años. Y, ¿sabes?, realmente no me importa nada. Qué bien supimos hacernos daño...

jueves, 27 de diciembre de 2007

Pluguiera (o pluguiese)


Se lo montaba tan mal, que en el pueblo solían decir que tenía disnegativos en lugar de dispositivos. Pero es que Usebio Fari Guiri tenía graves problemas de comunicación y nunca conseguía conectar.