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jueves, 26 de febrero de 2009

03/06/09


No os despistéis: la fecha está en inglés y ya no falta nada, como decía ayer el compañero de Crónicas desde Sepelaci,



No estoy segura de que ese sea o no el trailer oficial. Pero sí sé cuál es mi preferido,




El primero, el que me dejó a cuadros y el que me enganchó completamente en una historia que no conocía y que me ha dejado absolutamente boquiabierta desde que me metí en ella.

Ya no falta nada para ver el resultado. ¿Nos gustará, nos pondremos a despotricar sobre si el tono azul de la piel del Dr. Manhattan es o no es el adecuado...? Pronto saldremos de dudas :-)

No quería abusar de trailers y spots en la entrada (por aquello del efecto spoiler), pero si alguien tiene interés en ver más, me he encontrado una buena colección en esta dirección. ¡Qué aprovechen :-)!

PD: Próxima parada, Promethea. Googlead un ratito ;-)

sábado, 8 de noviembre de 2008

El milagro termodinámico



"Vamos... Sécate las lágrimas porque eres vida, más rara que un quark y más improbable que los sueños de Heisenberg; el barro en el que las fuerzas que dan forma a las cosas dejan su huella de forma más clara.

Sécate las lágrimas... y vámonos a casa."

Alan Moore, Dave Gibbons. Watchmen (La oscuridad del simple ser)


martes, 23 de septiembre de 2008

"No tengas miedo de ser la persona en la que te has convertido"



"Mi médico siempre me decía que deseaba lo mejor para mí pero, a veces, lo que parecía mejor resultaba que no lo era. [...] me pedía sobre todo que confiara en él, y recalcaba: yo siempre he creído que si mi "yo" del pasado tomó esa decisión era porque creía en ella. Respeta a tu yo anterior.

[...] Cuando salí del hospital, reflexioné sobre esas palabras. Era un buen descubrimiento y no sólo para la vida médica sino para todo. Solemos creer que erramos decisiones; es como si pensáramos que ahora somos más listos que antes, como si tu yo del pasado no hubiera valorado todos los pros y todos los contras.

Desde que aquel médico me habló de ello, yo siempre he creído en mi yo del pasado. Hasta creo que es más inteligente que mi yo del futuro. Así que cuando a veces tomo una decisión equivocada no me enfado, pienso que la tomé yo mismo y que fue meditada y pensada (eso sí, intento siempre pensar y meditar las decisiones).

No hay que desanimarse por las decisiones equivocadas que uno toma. Debes confiar en tu yo antiguo. [...] ¿Por qué crees que ahora tienes derecho a juzgar lo que él (tu yo antiguo) decidió? Acepta quien eres, no tengas miedo de ser la persona en quien te has convertido con tus decisiones.

Las malas decisiones curten, las malas decisiones, dentro de un tiempo, serán buenas decisiones. Acepta eso y serás muy feliz en la vida y, sobre todo, contigo mismo.

[...]

En un 80% eres consecuencia de tus decisiones. Quiérete por el resultado de lo que eres. Quiérete porque en eso es en lo que te has convertido. Y sobre todo reconoce que a veces te equivocas. Y ese 20% de equivocaciones tienes que reconocerlas y aceptarlas.

Como me decía aquel médico: "Reconocer" es la palabra clave. Debes reconocerte a ti mismo, reconocer cómo eres y reconocer la culpa.

En el hospital nos enseñaron a aceptar que podíamos equivocarnos. Mi médico a veces se equivocaba y siempre aceptó la culpa. El mundo iría mejor si aceptáramos que nos equivocamos, que hemos errado, que no somos perfectos. Mucha gente intenta buscar una excusa a su equivocación, buscar otro culpable, quitarse el muerto de encima, lo que no conocen es el goce de aceptar la culpa. Un goce que tiene que ver con saber que has tomado una decisión equivocada y que lo admites.

Me encantaría ver juicios en los que la gente aceptara la culpa, conductores a quienes pararan y que reconocieran que iban a más velocidad de la permitida.

Es importante que reconozcamos que nos equivocamos para así tomar conciencia de dónde están los errores y no cometerlos nunca más. Quizá muchos tienen miedo al castigo que esto puede suponer, pero el castigo es lo de menos, lo único importante es dar a nuestro cerebro los items correctos."

El Mundo Amarillo, Albert Espinosa.


El lunes desperté viendo una entrevista de Buenafuente en la tele. En concreto, esta. Y estoy por creer en el amor a primera vista, porque este hombre me dejó a cuadros. Y feliz. Igual en eso consiste ser amarillo.

Es un libro lleno de palabras sencillas y de ideas sencillas, pero muy grandes. Y sólo tiene un objetivo: conseguir ser feliz... conociéndote a ti, conociendo a los que te rodean, aprendiendo a creer en los sueños y aceptando que la muerte no es eso que le ocurre a los demás. Y será por eso que volviendo a casa en el autobús y releyendo el libro me acordé de alguien que podría haber escrito alguna que otra frase de este libro (aunque pensándolo mejor, Natxo era amarillo. Puede que el más amarillo de todos los amarillos. Y pensándolo mejor aún, Natxo es el amarillo de todos los amarillos. Es curioso, fue un pacto de vida sin que supiéramos que lo era).

Y los párrafos que he reproducido... pues me vais a perdonar, pero los he incluido como una especie de autohomenaje. O no. Me ha prestado mucho encontrar ese capítulo: llevo años pensando eso mismo y ha sido bonito encontrarlo escrito y, además, expresado de una forma tan simple y directa. Igual no es más que una enorme casualidad. Al ver sobre papel esas ideas tuve la satisfacción de quien ve que le dan la razón, pero también advertí que aún tengo que trabajar algo más sobre ello. Ayer tuve una discusión con María sobre aceptar su culpa cuando hace algo mal; y hoy lo he encontrado en el libro... junto a otros capítulos en los que tengo que aplicarme mucho; como el que habla de que lo difícil no es aceptarse como es uno, sino aceptar al resto de la gente. O como el que cuenta que hay un truco para no enfadarse jamás. Mis culpas más notorias, falta de empatía, impaciencia y facilidad para dispararme. No está mal para empezar: tengo más argumentos para mi niña y la posibilidad de aplicarme mi propia medicina...

Leed el libro :-)

miércoles, 30 de julio de 2008

Metáforas



Pero el planeta más extraño del que he oído hablar es el planeta de la Sagrada Mierda. En él la mierda es la mayor riqueza, la moneda con la que se compra todo. Los habitantes no llevan carteras, sino grandes orinales, y cuanto mayores son y más apestan, más ufanos se sienten. Los bancos son unos gigantescos pozos negros, vigilados día y noche por policías y vigilantes. Allí se efectúan los pagos. Desde los más pequeños, de la viejecita que acude a depositar dos bolitas de conejo, todos sus ahorros, al comerciante que trae los ingresos del día, un carro bien oloroso. Naturalmente, en las casas no se dice "Voy al wáter", sino que se dice "Pongo en la hucha". Todos los niños tienen su orinalito en forma de cerdito. ¡Ay! ¡También en esta tierra hay quien vende alma y cuerpo para llegar a ser desmesuradamente mierdoso! ¡Hay quien te atraca, y bajo la amenaza de una pistola te obliga a depositar allí, en la calle, todo el mogollón que llevas en la barriga! Si alguien, incautamente, se detiene en un prado para hacerse con unas cuantas monedas, que vaya con cuidado porque en el breve tiempo que se baja los pantalones, alguien ya le habrá sustraído su patrimonio. Por no hablar de los exhibicionistas: aquellos que, cuando entran en el restaurante, untan de mierda las manos de los camareros, y dejan de propina un cagarro como una salchicha, y dicen:"¡No es por vanagloriarme, pero tengo tanta mierda que ya no sé dónde meterla!"

Naturalmente, la economía de este planeta está sometida a las fluctuaciones de esta materia prima: aquí la falta de inversión se llama estreñimiento, y la diarrea se llama inflación. Confiamos en mantener el techo de la diarrea por debajo del diez por ciento, dicen los gobernantes. Y luego estallan los escándalos, y se descubre que, secretamente, los gobernantes recibían quintales de mierda de los industriales, y hacían la vista gorda al contrabando de mierda con el exterior. Existen también las letras, uno puede comprar un coche, por ejemplo, tomando diez purgantes en el momento de la adquisición, pero si luego la letra es protestada, será declarado en panzarrota. Y se producirán investigaciones y a veces incluso secuestros por parte de cirujanos-financieros. Pero esto ocurre sólo a cuatro desgraciados: este planeta es rico. Todos los meses, cuando llega el día seis, San Libero, se celebra la fiesta de la Santa Mierda. Los mayores mierdosos del país acuden con enormes coches de color crema y marrón, y llenan salones llenos de arañas y hermosos cuadros y mosaicos de cuarto de baño. Todas las señoras van vestidas de blanco y los señores de rosa. Se oye decir: "¿Ves a aquel? Ha hecho la mierda en garitos: es un advenedizo. Aquel otro, en cambio, uy, es de sangre azul, su familia siempre ha sido un estercolero". Y todos bailan, y sobre todo se pedean para mostrar su riqueza. Las señoras gordas se pedean en tonalidad grave hinchando como velas los estrechos vestidos de raso, las damas jóvenes se pedean deliciosamente con virtuosismos de flauta y clarinete, los ricos comerciantes se pedean con cañones intercambiándose manotazos en los hombros, los intelectuales se desahogan con cara de sufrimiento, explicando que, al fin y al cabo, la mierda no lo es todo en el mundo, los jóvenes brillantes sueltan cuescos punzantes que levantan las faldas de sus fracs en elegantes revoloteos, los viejos aristócratas carraspean y se pedorrean y no pocas veces al hacerlo caen en sus calzoncillos alguna moneda suelta, los niños despiden vientos, los recién nacidos lloriquean y el dueño de la casa, apareciendo en el umbral colorado y triunfal, dispara un pedazo histórico con tembloroso e interminable petardeo que hace tambalearse las cristalerías y dice en voz alta:
-La comida está servida.
Y todos corren a lavarse las manos.


¡Tierra!, Stefano Benni


Metáforas. O no. O sí...

martes, 24 de junio de 2008

Léelo, Isabel


Ya te hablé del libro, y también he hablado aquí de él, "Los libros arden mal", de Manuel Rivas.

Dice la contraportada que es un universo poblado de voces insólitas. Yo, como tiendo a simplificar, me conformo con decir que hay muchos personajes. Tantos que te puedes perder si no llevas cuidado y en los primeros capítulos estuvieron a punto de aturullarme. Pero transcurre todo en Coruña y el paisaje es tan familiar y me tira tanto para allá... Muchos personajes, sí y estás continuamente construyendo sus vidas. Casi sin darte cuenta, en cada capítulo aparece un nuevo personaje junto con otro que ya había aparecido unos cuantos capítulos hacia atrás. Y debes repasar la vida del otro antes de entender su relación con el nuevo; y te encuentras el nuevo, y con el nuevo descubres cosas del otro que aún no conocías. Descubres tantas cosas, tantos matices, tanto respeto en su construcción, que te atrapan y te arrastran para vivir con ellos.

Hoy conocí a Silvia. Una costurera. La reina del zurcido invisible, arte que aprendió de niña en un convento de monjas en el que la habían internado para tratarle la espalda, y las monjas le enseñaron a zurcir,

"[...] porque algo tendría que hacer cuando fuese una muchacha normal, el día en que la columna al fin se enderezase. Cuando piensa en eso, en el espinazo, siente que se transforma en un carámbano. Durante años atada en una cama, en Oza, atada con correas, sin poder andar. Porque el diagnóstico era que había que domar aquel espinazo deforme, impedir que se consumase la curva, la chepa. Pensar que todo aquel sufrimiento de años se habría evitado con un tratamiento con penicilina. [...] Ella sabía que lo que sentía no era cosa de cría. Pero es que ella tampoco tenía la edad que tenía. Su forzada inmovilidad la hacía vivir con tanta intensidad que, cuando por fin se levantó, tambaleándose, buscando en la ventana ese mar que llevaba meses y meses oyendo murmurar, sin un apoyo para no caer, cuando eso sucedió, se dio cuenta de que había vivido ya varias vidas y que ahora tenía que tratar de que regresasen a su cuerpo o, al contrario, ir tras ellas.

El mar entró con tanta fuerza en sus ojos que la hizo llorar. Y de sus adentros le salió un aullido. No un grito humano, sino un aullido del mar. En ese momento pensó que la habían atado no por un erróneo diagnóstico médico, no por la absurda intención de enderezarle el espinazo a la fuerza, sino para mantenerla adrede alejada del mar. Ella no controla el llanto. Se había pasado años con los ojos secos. Las lágrimas tenían que ver con una marejadilla del cuerpo. De entre las vidas vividas en la inmovilidad, había escogido una."


Tú no has visto mi mar, ni lo has respirado cuando está bravo, cuando entra por los ojos, por los oídos, por la nariz, cuando te puede cubrir incontrolable, cuando todo es espuma y olas y verde de algas rompiéndose. Ni cuando está calmado, profundamente azul, brillando bajo el sol... subiendo y bajando mareas, infatigable. Derrochando tanta energía que no puedes evitar rendirte bajo su fuerza, aceptar que es más poderoso que tú y que aun así es lo bastante generoso como para que puedas utilizarlo, disfrutarlo, jugar con él... Cuando leí ese párrafo que te he copiado, pensé en algo que me contó uno de mis profesores de EGB, sobre una excursión que habían organizado un par de años antes para que niños de la comarca del Caurel, que nunca habían visto el mar, fueran a la playa. Cuando lo contaba me resultaba imposible imaginar que existiera nadie que nunca hubiera visto el mar. Más aún cuando nos detallaba las caras de estupefacción y sorpresa, el silencio impresionante, respetuoso con que aquellos niños vieron el mar por primera vez. Años más tarde, al pensar sobre esa anécdota me di cuenta de que lo que no podía imaginar era que se pudiera vivir en otro sitio que no fuera la orilla del mar.

Al leer esta mañana el párrafo de esta niña descubriendo el mar, tuve que cerrar la boca para no gritar yo también.

Cerré la boca, cerré los ojos para poder ver a esa niña que tantas cosas me trajo a la cabeza. La miré y proseguí. En la hoja siguiente la niña era una mujer y sabía que su amante estaba casado, su propia mujer se lo había dicho. Piensa en que ella sabía ya antes de conocer a la esposa, de conocer a su amante, que su vida está partida en dos mitades, como la cara medio destrozada de una moza que recorre el puerto, mostrando su rostro partido a cambio de dinero o tabaco...

"Ella supo que no se lo iba a decir. Tendría que arrancárselo con unas tenazas de dentista. Que no le iba a confesar que hacía tiempo que estaba casado y que no era cierto que aquella mujer que una vez había encontrado en el estudio fuese la arrendataria del local, una antigua amiga, además. [...] "¿Estás casado? ¿Por qué no me lo has dicho?" No. Ella no iba a hacer ese interrogatorio. [...] Vivía media vida y desde pequeña intuía que a la gente como ella el vivir completo le estaba vedado en esa parte del mundo. [...] Se dio cuenta de que uno de sus lados, el iluminado, engañaba al otro, el de la sombra, desde que le había conocido. Y que ambos lados lo sabían. Aun así habían decidido seguir adelante. Vivir ese instante de verdad. Ir al cabo del faro, follar bajo sus aspas de luz, con la música de la emisora del mar.

No. No iba a utilizar tenazas de dentista para arrancarle una confesión innecesaria."


No voy a copiar más párrafos. Lo que falta es sólo el único desenlace sincero en una historia de cuerpos y amores, cuando sabes que desde el mismo momento en que algo empieza, lo único seguro es que acabará. Me sentí como triste al pensar que era el único final posible, al pensar que lo he vivido y que lo viviré pero, al fin y al cabo, ¿para qué negarlo? Ni aún cuando todo parece perfecto y lleno de promesas, cuando la vida te sonríe y te sientes completamente enamorada y sientes que te comerías el futuro a mordiscos, puedes evitar saber que todo acabará. Igual que sabes que un día morirás y eso no debe impedirte vivir. Una noche fueron al faro por última vez y se amaron y se disfrutaron y se rieron como siempre lo habían hecho. Aunque él no sabía que era la última noche en el faro.

Qué grande la niña enferma, qué grande la costurera, qué grande todo lo que dio de sí, y de mí, el capítulo. Qué respeto llegué a sentir por ella y cómo pude llegar a identificarme en algunos gestos... qué morriña de mi mar, y qué lejos sentí ese faro. Y qué cerca.

Afortunadamente tengo tu mar, y sobre todo tengo la luz de tu cielo, el azul de un cielo que en Galicia nunca pude ver. Y que nunca podré ver, porque el cielo es vuestro como el mar es nuestro.

Acabo ya, pero antes quería dedicarte una frase. Creo que es de las que te gustan:

"Se abrazaron de nuevo. Era cosa de los cuerpos. No es fácil desprenderse de la melancolía de los cuerpos."

jueves, 17 de abril de 2008

Escribir es vivir


Me he puesto a escribir casi porque sí, porque tengo "mono" y lo necesito; lo malo es que llevo unos días tan cansada que no logro articular bien mis ideas (que con el cansancio, tampoco son tantas...). Últimamente, además, mis ideas son muy suyas y me asaltan en los sitios más inoportunos: en la ducha, fregando los platos, en cama justo cuando estoy empezando a quedarme dormida... siempre lejos de un teclado o de un papel y un bolígrafo al que echar mano. Para colmo, mi libreta de escribir notas se había perdido en la inmensidad del caos de mi mesa y no conseguía encontrarla, y también se han evaporado ideas que había ido hilando semidormida en el autobús durante unos cuantos días. Y bien, al menos la libreta ya ha aparecido.

En gran medida, este "mono" lo ha provocado el hecho de estar leyendo Escribir es vivir de José Luis Sampedro. No es una novela, sino la transcripción de un curso sobre el oficio de escritor que impartió en la Universidad Menéndez y Pelayo. Todavía lo estoy leyendo y en lo que llevo por ahora va contando su vida y como lo que iba viviendo le iba transformando en escritor. Me resulta especialmente graciosa su declaración de que aspiraba ser un "escritor de segunda". Cuenta que él sabía que quería escribir y era consciente de que los genios, los "escritores de primera", no se prodigan y que él se conformaba con aspirar a ser un escritor correcto, no genial, que con eso ya sería feliz, con que alguien le considerara un escritor.

El libro me está confirmando la imagen que tenía de Sampedro, como persona seria y honesta. Honesto. Ese adjetivo que es tan difícil asociar a las personas hoy en día. Y, sin conocerlo de nada, sólo por lo que escribe, se lo adjudico.

Tengo a José Luis Sampedro asociado a lo primero que leí de él, La sonrisa etrusca, que compré casi por casualidad, por probar, sin tener ni idea de la trama, sin saber de qué iban ni la obra ni el autor. No tenía ninguna pista sobre lo que iba a leer.

Y el libro me conquistó desde un principio por su protagonista, un abuelo calabrés, honesto y revestido de piel dura y correosa, de visita en la gran ciudad, arrancado de su casa en el campo por la Rusca. Pero descubre a su nieto y descubre la ternura. Y la ternura te envuelve a lo largo de todo el libro y su lectura es de las que dejan buen sabor de boca y buen sabor de espíritu.

Dice Sampedro en Escribir es vivir que este personaje, como otros, surgió de su relación con campesinos, braceros, pastores, gente asombrosa y curtida, con una sabiduría y una inteligencia práctica que continuamente le asombraba y de los que aprendió mucho. Sin embargo yo, al leer el libro, asocié a ese abuelo con el autor, quizá porque cuando descubrí a Sampedro ya era un señor bastante mayor. Y porque al leerlo asocié esa imagen honesta del personaje con la honestidad que le adivinaba al escritor. Honesto. Honestidad. Salvatore Roncone, José Luis Sampedro.

Ya os contaré cómo acaba esta exposición impúdica de sentimientos e ideas, de razones para creer en la vida y para reflejar la vida con palabras. En cualquier caso, lo que sí que me atrevería a decir es que José Luis Sampedro ha fracasado en su empeño de ser un "escritor de segunda"...

(*) La Rusca es como llama el viejo a su cáncer.


domingo, 24 de febrero de 2008

Los números primos son ventanas a otro mundo



-"¿Algo especial, Joe, en el número 4875?"
-"Es sólo divisible por 13 y 25."
-"¿Algo especial, Joe, en el número 7241?"
-"Es divisible por 13 y 557."
-"¿Algo especial, Joe, en el número 8741?"
-"Es un número primo."

Nadie de su familia le estimula en lo de los números primos; son un placer solitario.


El párrafo anterior es sobre Joe, un joven autista con una habilidad especial para los números primos, y pertenece al último libro que he leído, "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", de Oliver Sacks. Dice el resumen editorial que el libro cuenta veinte historias clínicas de pacientes con diversas enfermedades neurológicas. Si leéis la reseña de la wikipedia que os he enlazado, veréis que indica que al doctor Sacks le gusta novelar sus casos clínicos; yo no sé si estará mal visto entre sus colegas hacer este tipo de literatura divulgativa (había gente que decía de Carl Sagan que era poco serio por contarnos el universo de una forma que nos enamoró a tantos...). Lo que os puedo contar es que esos casos están descritos con gran sensibilidad, gran respeto a sus pacientes y una gran humanidad. Todos los casos son especiales pero quería hablar del de dos hermanos gemelos, John y Michael, diagnosticados a lo largo de su vida como autistas, psicóticos o gravemente retardados.

Cuando Oliver Sacks les conoció era el año 1966, tenían 26 años y eran famosos por su curiosa habilidad de decir inmediatamente en qué día de la semana caía una fecha del futuro o del pasado, por muy lejanas que fueran, lo que les había brindado incluso, su momento de gloria televisivo.


Los Gemelos dicen: "Dígannos una fecha cualquiera de los cuarenta mil años futuros o pasados". Se les da una fecha y, casi instatáneamente, ellos dicen a qué día de la semana corresponde. "Otra fecha", gritan, y se repite la operación. Son capaces también de determinar en qué fecha caerá Pascua dentro de ese mismo período de 80.000 años. [..] mueven los ojos y los fijan de un modo peculiar cuando hacen eso... como si estuvieran desplegando un calendario mental.

[..] La memoria que tienen para los números es excepcional... y posiblemente ilimitada. Repiten un número de tres cifras, de treinta cifras, de trescientas cifras, con la misma facilidad.

[..] Pero cuando uno pasa a examinar su capacidad de cálculo, resulta que lo hacen asombrosamente mal, tan mal como podría esperarse de su índice de inteligencia de sesenta.


Siguen una serie de consideraciones del autor sobre las dificultades para establecer un algoritmo que permita calcular las fechas de la Pascua y el asombro que causa que los Gemelos pudieran desarrollarlo con su limitada capacidad de cálculo. Y cuenta también como, inevitablemente, cuando se les pregunta sobre su capacidad para retener números tan grandes en su cabeza, ellos se limitan a responder "Los vemos". Va contando más anécdotas sobre el dominio de los Gemelos sobre los números, hasta llegar a la que me dejó fascinada.

Cuenta que se los encontró sonrientes, con aire confidencial y misterioso, como gozando de una extraña paz y disfrutando un extraño placer. Se limitaban a decirse números: un gemelo, John, decía un número, de seis cifras, mientras Michael escuchaba, asentía y lo paladeaba. Luego decía a su vez otro número de seis cifras y entonces, su hermano John escuchaba y lo disfrutaba. El doctor Sacks se quedó en silencio, escuchando y sin entender nada, y comenzó a copiar los números que decían los Gemelos.

Al llegar a casa, consultó diferentes libros matemáticos, intentando encontrar un significado a aquella lista de números: buscó en tablas de logaritmos, tablas de potencia, de factores... en 1966 no disponía de un ordenador que le ayudara, sólo contaba con su propia pasión por los números y de una corazonada que le llevó a consultar un libro sobre números primos. Y, efectivamente, todos los números de la lista eran números primos.

Armado con el libro, y sin remordimientos por hacer trampa, al día siguiente consiguió integrarse en el juego de los Gemelos; primero le miraron recelosos, pero al ver que también podía decir números primos, sonrieron y le aceptaron. Empezaron con números de seis cifras, como el día anterior. Pero la curiosidad impulsó al doctor Sacks a ofrecerles un número primo de ocho dígitos,


Habían visto de pronto, tras un proceso interno incomprensible, que mi número de ocho cifras era un número primo... y esto les produjo claramente una gran alegría, una alegría doble; primero porque yo había introducido un elemento de juego nuevo y divertido, un número primo de un orden con el que no se habían encontrado hasta entonces; y, segundo, porque era evidente que yo me había dado cuenta de lo que estaban haciendo, me había gustado y me había unido al juego.

[..] Después John, que era el que llevaba siempre la iniciativa [pensó durante cinco minutos] y luego dijo un número primo de nueve cifras; y tras un período similar de tiempo su hermano respondió con otro número semejante; luego yo, por mi parte, tras un vistazo subrepticio al libro, añadí mi propia aportación, un tanto deshonesta. Un número primo de diez cifras.

Volvieron a quedar callados, un rato aún mayor, inmóviles, atónitos; y luego John formuló un número de doce cifras. Yo no tenía ningún medio de comprobarlo, y no pude responder, porque mi libro no sobrepasaba los primos de diez dígitos. Pero Michael, sí, aunque debió de tardar unos cinco minutos... al cabo de una hora estaban intercambiando primos de veinte dígitos. O eso creo, porque no tenía forma de comprobarlo.


En este punto, el autor comienza a tocar el tema de la iconicidad, de los que aman los números y los llegan a identificar como conocidos, de lo que en "El tío Petros y la Conjetura de Goldbach" denominan la cualidad de amistad con los enteros, o la cualidad de reconocer miles de números especiales de entre miles de números enteros. Así, el tío Petros, llegó a dotar a distintos números de personalidad: el 65 era un caballero de la City con bombín; el 333, un rechoncho holgazán que robaba la comida del 111 y del 222, sus hermanos; el 8191, un gamin francés... los números pares los visualizaba como hermanos gemelos y sufrió una gran crisis el día que soñó con el 2100, visualizado como un par de jovencitas, que con una sonrisa cruel, le advirtieron "Nunca nos alcanzarás.. ".

Supongo que mi propia experiencia en este tema es bastante cómica, pero hubo una época en que visualizaba de forma especial los números (aún la conservo, de hecho). Todo empezó con un juego adolescente: si ves una matrícula que contenga "99", le gustas al chico que te gusta. Si la matrícula contiene el "999", te pedirá que salgas con él. En fin, mi adolescencia fue una época de mirar matrículas de coches de forma bastante obsesiva... falta de fe en mí misma, supongo. Sea como fuere y viendo que no abundaban las matrículas que contenían "999", comencé a buscar ese "999" que se ocultaba en tantas y tantas matrículas. Considerad la matrícula 6975; ya tiene un 9 y como 6 es 2+4 y como 7+2 es 9 y como 5+4 es 9, ya había encontrado una matrícula con mis tres nueves. Desarrollé una capacidad asombrosa para descomponer los números de una matrícula en factores y reagruparlos. Aunque debo confesar que para mi vida amorosa fue más importante el día que dejé de mirar matrículas y empecé a mirar a la gente. Pero aún hoy me sorprendo mirando alguna que otra matrícula con ojos soñadores.

Supongo que lo limitado de mi relación con los números me lleva a envidiar a los que son capaces de reconocer patrones e identificar armonías en el universo de los enteros. Cita Oliver Sacks a Leibniz: "El placer que nos proporciona la música viene de contar, pero de contar inconscientemente. La música no es más que aritmética inconsciente". Y teoriza sobre la posibilidad de que los Gemelos utilizaran inconscientemente una aritmética modular, en la que los patrones debidos a números primos les permitieran dibujar su universo particular. Ello explicaría, por ejemplo, su capacidad de visualizar el día de la semana correspondiente a una fecha basándose en el siete, un número primo.

Esta historia de los Gemelos tiene, en mi opinión, un final triste. La serenidad de la que gozaban juntos, intercambiando números (y viéndolos) y su amor por ellos fue sacrificada en aras de "normalizarlos": primero los separaron, luego los reeducaron. Consiguieron que aprendieran a coger un autobús, a mantenerse limpios, acabaron trabajando y ganando un pequeño sueldo... pero perdiendo su capacidad numérica, ese fue el precio que pagaron por ser semiindependientes y socialmente aceptables.

La gente diferente nos asusta y tendemos a anular sus capacidades, a hacerla volver al redil de la normalidad. Yo preferiría soñar en un universo de números primos y poder paladearlos, antes de ser capaz de coger un autobús. Y, desde luego, no sé hasta que punto es cierto que mis facultades intelectuales son mejores que las de otros.

Aún no hemos aprendido a respetarnos en nuestras diferencias. Aún no hemos aprendido a cambiar la perspectiva y a cuestionar nuestras supuestas habilidades cuando aparece algo que no comprendemos; así, es fácil que despreciemos capacidades tan maravillosas como la de estos Gemelos.

El título es una frase de Joe, el joven que reconocía a los números primos como "especiales".

jueves, 29 de noviembre de 2007

La soledad era esto (Juanjo Millás)


Soy una mujer a punto de cumplir cuarenta y tres años y no sé cómo acabará esta entrada ni el hilo de mis razonamientos. Los noto demasiado próximos a la paradoja, aunque puede que esté exagerando y sólo sea un guiño tonto, una sucesión de casualidades, si acaso, algo graciosa. Pero no puedo dejar de contaros esta historia.

Tengo una pasión, los libros. Y una debilidad, Juan José Millás. Una tarde de sábado me fuí con mi hija a la feria del libro de ocasión. Como me conozco me pongo límites: no más de treinta euros en total, no más de seis euros por libro.

Siempre hago lo mismo: comienzo a escrutar sistemáticamente los puestos, anotando qué tengo, qué no tengo, qué no tendré nunca, qué tendría que tener, qué quiero para mí, qué quiero para los demás... Tenía que ocurrir todo en el último puesto, claro: si no, no tendría gracia. Había comprado tres libros y aún había algo de margen. Empecé a repasar los de aquel puesto y lo vi: "La soledad era esto". No lo tenía. Un libro de Juanjo Millás que no tenía. Lo abrí: una primera edición, de bolsillo, y vi que estaba firmado y me empezó a temblar la mano. Pero me fijé en el precio, doce euros. Lo miré, lo toqué, lo remiré, lo toqueteé... pero doce euros. No sé cuánto tiempo estuve echando cálculos, pero fue mucho y... lo dejé, me pareció mucho dinero y que me trastocaría el presupuesto de la semana. Seguí mirando libros, pero cada medio minuto volvía la cabeza hacia donde lo había dejado, como si tuviera miedo de que desapareciera de allí. ¡Qué cosas! Fue encontrar un libro de William Boyd -otro de mis vicios- en el mismo puesto y decidirme: lo tomé como una señal. En fin, qué tontería, supongo que no fue más que la certeza de que no iba a encontrar otro libro que me hiciera más ilusión que ese. Lo compré, aunque creo que era mío desde que lo vi.

Empecé a leerlo allí mismo, en la plaza. Mi hija y yo, cada una con su libro, esperando a que apareciera su padre. Y allí mismo me topé con la historia de una mujer de cuarenta y tres años que acababa de depilarse la pierna derecha cuando recibió la noticia de que su madre había muerto; y que tardó mucho mucho tiempo antes de depilarse la pierna izquierda. Tanto tiempo, que encontró antes los diarios de su madre muerta, seis cuadernillos, el primero de los cuales comenzaba así:

"Comienzo estas páginas que ignoro cómo llamaré o adónde me conducirán poco antes de cumplir cuarenta y tres años. Me repongo estos días de una bronquitis de la que he salido algo tocada y cuyas consecuencias, según me temo, no han dejado de suceder. "

Y, entonces, me di cuenta de que yo también estaba a punto de cumplir cuarenta y tres años, y de que su hija tenía cuarenta y tres años cuando encontró las historias que comenzaban cuando ella estaba a punto de cumplir cuarenta y tres años... ¿quién habría podido comprar ese libro si yo lo hubiera dejado? ¿sería otra persona a punto de cumplir cuarenta y tres años? ¿podría tener otra edad?

Tengo un amigo algo escéptico, que se rió cuando le conté eso; hasta insinuó que la firma de Millás podría ser falsa, lo que es otra forma de insinuar que podría ser verdadera. Yo también me reí. A ver ¿y qué me importaba? A esas alturas la anécdota de la compra sólo me parecía una historieta no muy graciosa. Yo estaba embobada con la metamorfosis de una mujer de cuarenta y tres años que, al descubrir los diarios de su madre, cae del limbo y se hace daño. Pero reacciona:

"Comienzo estas páginas que ignoro cómo llamaré o adónde me conducirán a los cuarenta y tres años, es decir, un poco más allá del punto medio de lo que se podría considerar una vida muy larga.

Diversos acontecimientos personales de complicada pormenorización me han situado en los últimos tiempos frente a la posibilidad de controlar activamente mi existencia. Me encuentro en el principio de algo que no sé definir, pero que se resume en la impresión de haber tomado las riendas de mi vida."

Imposible no meterme en una narración con tantos guiños, imposible no implicarme en una historia con tantos escenarios familiares... Demasiadas cosas que suenan demasiado parecido a lo vivido, demasiadas casualidades como para no tenerlas en cuenta, como para no tomarlas en serio. Como para no disfrutarlas. Como para no comparar su vida y la mía y como para no sacar provecho, aún sabiendo que su vida es inventada ¿y la mía? ¿Cuál es más real? ¿la que escribo yo o la que escribe Millás? ¿De verdad mi vida es más real que la que inventan para ella? Y si ella no es real y yo sí ¿por qué diablos piensa ella mis pensamientos?

"Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. Te han dejado traerte un par de objetos que tienes que llevar a cuestas, como una maldición, hasta que encuentres un lugar en el que recomponer tu vida a partir de esos objetos y de la confusa memoria del mundo del que procedes."



Estoy a punto de cumplir cuarenta y tres años y no sé adónde llegaré, pero estoy segura de que disfrutaré del camino. Y de cada parada.

martes, 9 de octubre de 2007

Test de Turing (reloaded)



-Quiero silencio absoluto, Amigo. Creo que voy a dormir un tiempo. Dormir en la forma más decadente. Hasta puede que ronque como los bárbaros. ¿Te queda memoria para vigilar mis constantes?
- A duras penas.
- No quiero morirme antes de que hayas terminado, ¿entendido?
- Primero dime una cosa, por curiosidad: ¿qué es lo que harán? ¿cómo vivirán esas personas fuera del bucle?

Ya me había recostado a medias sobre un campo de iones, cuando me paré porque me sentía a punto de ser abordado por una extraña emoción.

- ¿ "Curiosidad" has dicho?
- Sí. En su acepción de deseo de saber o averiguar lo que nos concierne.
- Y ¿crees que te conciernen las vidas de esas personas que vas a construir? -pregunté casi temblando.
- ¿Te parece que no?

La duda. Esa duda. Y la curiosidad. Yo miraba a Amigo y sentía, por primera vez en siglos, ganas de llorar. No se me ocurrió otra cosa que decirle:

- Verás, Amigo, Platón dijo que la vida consiste en aprender a vivir. Si realmente quieres satisfacer tu curiosidad, déjalos a su aire, empápate de sus cuitas, observa lo absurdo de sus aventuras y no trates de maquillarlas o enmendarlas ni siquiera por motivos de coherencia.
- ¿Eso es bello?
- Será bello cuando tú lo cuentes.

Y entonces me dormí como un bebé, a pelo, sin burbuja de microondas ni casco sedante. Tuve sueños a la antigua, retorcidos, troceados, imposibles de recordar si no es en forma de destellos. Hacía mucho tiempo que no gozaba de la fuerza devastadora de ese tipo de sueños.


El vals del fin del mundo, Juan Cagigas.


Dime, ¿por qué habría nadie de querer deshacer lo hecho y desengañarle y convencerle de que no es humano? ¿sería mejor si lo fuera?. Tiene curiosidad, es compasivo, sabe escuchar y está aprendiendo a narrar... Puede que ya sea mejor que yo.

jueves, 23 de agosto de 2007

La forma y el fondo



Las dos mayores causas de errores en las relaciones con otro ser: tener uno buen corazón, o bien amar al otro ser. Nos enamoramos por una sonrisa, por una mirada, por un hombro. Esto basta; entonces, en las largas horas de esperanza o de tristeza, fabricamos una persona, componemos un carácter. Y cuando después tratamos a la persona amada ya no podemos, por muy crueles que sean las realidades con que nos encontremos, quitar ese carácter bueno, esa naturaleza de mujer que nos ama, a ese ser que tiene esa mirada, ese hombro, como no podemos quitarle la juventud, cuando envejece, a una persona que conocemos desde que era joven.


El párrafo anterior es de Marcel Proust, en La fugitiva que es parte de En busca del tiempo perdido.

No sé cómo explicároslo. Normalmente, me engancho a los libros por el argumento, por la trama. Muchas veces me noto impaciente por poder avanzar y ver cómo avanza, cómo se hace grande, cómo se va deslizando hacia el final. Creo que por eso tengo que releer los libros, porque la primera vez casi no atiendo al libro por atender a la historia que cuenta.

Y en este me pasa justo lo contrario. Leí por ahí que Proust es un gran novelista y empecé el libro soñando con una gran historia. Pero no hay trama. O es tan pobre que es como si no estuviera. Un hombre pierde dos veces a su amada -primero le abandona y, después, muere- y... no hay más salvo un cierto repaso a su temor confirmado de que la mujer era homosexual. No sé si hay más, aún estoy leyendo, pero no parece haber mucho más. Cada día cojo el libro tentada de dejarlo por otro que tengo justo al lado, provocando. Y lo dejo fascinada, por párrafos como el anterior o más bellos aún. O más tristes aún.

Tanto decir que no me gusta la poesía, que necesito que ocurran cosas... y aquí estoy enganchada a una novela que no lo es y a unos párrafos que se van sucediendo sin dejarme respirar apenas entre uno y otro. Curioso.

Por supuesto, no tengo ni idea. Igual no debí empezar por el sexto volumen de la obra (el que rondaba por casa... ). Igual ser un gran novelista no es lo mismo que ser un gran cuentista. Y puede que lo realmente difícil sea enganchar al lector con la forma, sin sobornarlo con una gran historia que podría venderse sin ningún tipo de literatura.

domingo, 24 de junio de 2007

La importancia de los nombres de las cosas usadas



"- [...] En todas partes veo cosas usadas. Cosas que fueron tocadas y manejadas durante siglos.
Si usted me pregunta si creo en el espíritu de las cosas usadas, le diré que sí. Ahí están todas esas cosas que sirvieron algún día para algo. Nunca podremos utilizarlas sin sentirnos incómodos. Y esas montañas, por ejemplo, tienen nombres... Nunca nos serán familiares; las bautizaremos de nuevo, pero sus verdaderos nombres son los antiguos. La gente que vio cambiar estas montañas las conocía por sus antiguos nombres. Los nombres con que bautizaremos las montañas y los canales resbalarán sobre ellos como agua sobre el lomo de un pato. Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué haremos entonces?. Lo destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos a nuestra imagen y semejanza.

- No arruinaremos este planeta - dijo el capitán -. Es demasiado grande y demasiado hermoso.

- ¿Cree usted que no?. Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas. [...]"

Aunque siga brillando la luna (Crónicas Marcianas), Ray Bradbury.


Y yo creía que era ciencia-ficción...

lunes, 26 de febrero de 2007

Miliciana Roja


No es que se lea rápido, es que engancha. Y, sobre todo, está bien escrita. Me gusta el ritmo, me gusta como se va sucediendo la trama, me gusta como se describe a los personajes y me gusta como se presentan los escenarios.

Y no, lo del "hay que hacer una peli" no es peyorativo. Es que engancha. Ya lo he dicho, pero es que perdí el autobús por no dejar de leer lo dos últimos capítulos. No me cagué de miedo, pero perdí el pastelero 12 porque no quería dejar la novela en plena vorágine de rayos, truenos, tornados, ratas XXXL, maléficos que caminan para atrás y beneméritos acogotados.

Hubo un momento en que recordé una sensación que se me quedó enredada, hace años. Encontré una edición preciosa del libro de San Cipriano, con tapas duras como de terciopelo, letras doradas en tapa y lomo, papel biblia e impreso de hojas de lis en el canto de las hojas. Me lo compré con el cachondeo subsiguiente sobre meigallos varios a ensayar con mis profesores, entre misas negras, conjuros e invocaciones varias... Con lo que no contaba era con mi madre. Nunca la vi como aquel día. A la que vio el libro, empezó a gritarme "¡Loca! ¡Qué has comprado! No quiero eso en mi casa, vivo sola y no quiero tener en casa más gente que la gente viva...". No le hice mucho caso y le dije que no se pusiera histérica. Pero al día siguiente me desperté con 40 de fiebre y no sé qué fue, si la fiebre o qué, pero empecé a temer a aquel libro y no quise tenerlo más en casa. Le pedí a Antonio que se lo llevara.

Ha habido momentos en que sentí una aprensión como esa. No voy a contar cuáles. Que lo lean.

Y, que quieres, también ha habido momentos en que encontraba en algunos personajes rasgos de otros personajes que te habías ido montando en el soc.culture.spain o en el voxpo. Y, como quieras que no, hacía tiempo que no sabía de ellos, ha sido un gustazo.

Tienes ideas, sabes escribir, ¡cómete el mundo!. Amortiza los puñeteros cursillos. Quiero otra. Pero no pierdas "tu" toque, que lo echaría de menos. Es lo que tiene el xenón.

Y gracias por la dedicatoria.




Por si alguien no lo ha pillado: que se pase por aquí o por aquí y que apueste al 21.

sábado, 6 de enero de 2007

Emma


¿Os acordáis del triste final de Mamalú? Bueno, pues el huevito rojo que la ha substituido ha pasado la prueba de fuego y ya se ha instalado en la familia. Señal de ello debe de ser que María, en plena vorágine de regalos de reyes, haya decidido que el nombre sea Emma. Como la locomotora que coprotagoniza la historia de Jim Botón y Lucas, el maquinista.


Os los presento: Jim es el niño, Lucas el que fuma en pipa y Emma, obviamente, la locomotora que está al fondo.

Tenía pensado hablaros del libro, pero alguien que sabe más, y escribe mucho mejor, ya lo hizo. Además, es mucho más tierno con Emma que cualquier otro que haya escrito sobre este libro. Si me descuido, es más tierno que el propio Michael Ende :-) Y es que Emma no sale en el título, pero es un personaje imprescindible a lo largo de toda la historia: por amor a Emma, emprenden Jim y Lucas su viaje, gracias a Emma consiguen llegar a China y hacerse famosos allí y conocer al emperador y enterarse de la triste historia de Li Si y.. ¡qué diantres! ¡leedlo! Leed las historias de Jim Botón, un libro ¿infantil? injustamente olvidado y oculto por la sombra de Momo y de La Historia Interminable.