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martes, 30 de septiembre de 2008

Un corazón de tiza


Dejar de vivir en Ferrol e irme a San Valentín fue equivalente a ganar todo un reino. De no poder salir de casa a jugar -salvo cuando mi madre, o alguna vecina, podía llevarme hasta la Plaza de Sevilla-, pasé a disfrutar de toda la libertad del mundo y de toda la calle para mí, para jugar a mis anchas con mis nuevos vecinos. Y de entre todos los escenarios, hay uno que era especial, aunque sólo fuera por la cantidad de horas que pasábamos en él. No era nada del otro mundo, salvo si tienes siete años, claro, y toda tu imaginación y la de tus amigos para recrearlo. Era "el bajo del bloque".

San Valentín, originalmente, era un barrio de doce bloques en la Avenida del Mar y cuatro en la Avenida de la Cooperación. Ambas se cruzan a la altura del bloque 4 de la Avenida del Mar. Y un bloque es un edificio rectangular, de cuatro pisos de altura, más la azotea. Tiene tres portales y en cada portal ocho viviendas (dos por piso). Los "bajos" eran el hueco vacío bajo el bloque. Igual os ayuda si os digo que imaginéis un palafito, porque algo así parecía el conjunto, ya que el bajo era el esqueleto de columnas del edificio, flanqueando de forma triste el portal.

Bueno ¿triste? No, rotundamente no. Porque los bajos eran nuestro reino.

En Galicia llueve mucho. Salir de casa, tener un sitio al que poder bajar a jugar, esté cayendo la que esté cayendo, es una bendición. Allí podíamos hasta montar en bicicleta, pero lo habitual eran los partidos de fútbol, jugar a la chapa (el sambori), o a la cuerda, o a la goma o a las casitas. Esto último, dependiendo del día, a cualquier escala, ya que lo mismo nos bajábamos las cocinillas de casa (y el resto de los trastos, por supuesto) como nos podíamos inspirar, repentinamente, al ver un montón de ladrillos en alguna obra próxima y transformar un montón de ellos en cocinas, mesas, sillas, sofás... con la ventaja de disponer, además, del extra de los montones de arena y/o cemento para ir mejorando el menaje que improvisábamos sobre la marcha.

Fueron muchas horas las que pasamos jugando en esos bajos. Muchos años, más bien. Y es que a mi bloque tardó en llegar la oleada de "robos". Robos. Robada. Así me sentía cada vez que un trozo de bajo desaparecía detrás de paredes porque alguien lo había comprado. Vale, sí: así llegaron al barrio supermercados, papelerías, fruterías y otras tiendas... pero desaparecía nuestro reino poco a poco. Y yo tuve suerte porque soy del bloque doce, del último. Fue de los últimos en ser robado y en nuestro pequeño trozo de reino las cosas funcionaron bien durante bastantes años. Al menos durante los suficientes para mí.

Y hay una actividad que hoy he recordado. Dale a un niño un trozo de tiza y una pared y dime qué obtienes. Y, ¡diantres si teníamos tizas! Cuando a nuestros padres se les dio por empezar a empapelar paredes y decorar los techos con molduras (en el barrio todo iba por oleadas, como si viniera una moda virulenta y repentina), éramos los reyes de la tiza, disponíamos de toneladas de yeso para dibujar; había montones y montones de restos de trozos de moldura desechados por todo el barrio. Para dibujar en el suelo circuitos de sambori, o campos de fútbol (de tamaño olímpico o de chapillas), o campos de brilé (balón-tiro) o simplemente rutas locas que seguir con una bici. Para dibujar en la pared la decoración de la salita que habías montado con los ladrillos de la obra del vecino. Para dibujar corazones de tiza en la pared y fastidiar a tu hermano mayor, o a tu vecino el borde, o a la vecinilla tonta que te caía mal, con un "Fulanito x Menganita"; que lo poníamos así, el "por" con su símbolo matemático y dentro de un corazón de tiza,




Y hoy iba cruzando el ágora de la UJI con María y en una de estas nos pusimos las dos a cantar esta canción a pleno pulmón. Y lo que me he reído recordando historietas de cuando yo tenía diez años... ¡la de veces que tuve que escapar con la tiza en la mano!

Ya no queda ni un bajo libre en San Valentín. Hace años, muchos años, que robaron todos los bajos, todos los huecos, todo nuestro reino de juegos. Pero no tenéis ni idea de la cantidad de corazones de tiza que hay ocultos bajo el enlucido de las paredes de tiendas, supermercados, papelerías y garajes de mi barrio...

viernes, 5 de septiembre de 2008

Morriña


El señor r dibuja. Mucho y bien. Y nos regala sus bocetos y apuntes en su blog. Hoy me he pasado y en su última entrada, "3 de septiembre", mostraba sus últimos dibujos. Y mira tú por donde, el último era este:




"No conozco el nombre de la plaza". Pues yo sí, como le dije en un comentario. Es la plaza de Amboage, en Ferrol, en mi Ferrol. El boceto es muy bueno, en seguida se ve cómo es la plaza, tal y como podéis comprobar por las fotos que he encontrado y que, más o menos, cubren el mismo ángulo que el que muestra el señor r en su boceto:



En esta podéis ver en el lado izquierdo la frondosidad de palmeras y otros árboles que en el boceto aparecen al fondo, tras la estatua (el ángulo no es exactamente el mismo, pero creo que se reconoce perfectamente). La siguiente os la pongo para introducir la historia que quería contaros,



ya que en ella podéis ver mejor al señor Marqués de Amboage. Le empecé a contar la historia antes al señor r, pero cuando la tenía a medio embrollar, me di cuenta de que me flojeaba algún detalle. Busqué un poco y encontré la historia abreviada del señor marqués, que es bastante triste. El hombre se hizo millonario, pero a costa del tráfico de esclavos. Quizá para descargar su conciencia, y a la memoria de un hijo muerto, creó una fundación con su nombre que el día de San Ramón, el día grande de las fiestas de Ferrol, debe repartir 5000 pesetas entre los más necesitados de Ferrol. No os ríais, pensad que murió a finales del siglo XIX: para la época, era un dineral. Y otro detalle más: dejó un fondo destinado a que los mozos de Ferrol sin recursos económicos pudieran quedar exentos de realizar el servicio militar, cosa que se conseguía en la época con 1500 pesetas. Cuando ya fue completamente imposible librar mediante pago, se repartió igual el dinero entre aquellos que volvían de cumplir el servicio.

Y ahí es cuando paro y, con vuestro permiso, me sonrío porque esas 1500 pesetas del señor marqués financiaron la luna de miel de mis padres.

Pasado el momento de complicidad, llega el de la morriña, porque ¡claro! me puse a trastear en el portal en el que encontré la historia; y me encontré este vídeo, realizado con la técnica de timelapse. Tiene su años... bueno, tiene los mismos años que mi hija, porque es de 1997:


Ferrolterra 1997 from Luis Caldevilla on Vimeo.

El vídeo muestra cosas que ya no están. En la plaza de España había una estatua de Franco y quitarla ha llevado un tiempo; en la remodelación de la plaza, aún andan. Y muestra más lugares que Ferrol: tenéis mi Astano, mi San Valentín, y también Ares, Pontedeume, Fene, Mugardos, Narón... y de Ferrol tenéis la calle Real, la plaza de Armas con el Ayuntamiento, el muelle, la carretera de Castilla, Caranza, la calle Galiano, el Cantón... y mi ría, las maravillosas vistas de mi bendita ría...

Vaya, señor r, que me ha cundido la tarde gracias a usted. La ilusión que me hizo encontrar este boceto, así como los otros dos de Ferrol. ¡Buen baño de morriña me he pegado, entre los bocetos, mis recuerdos y buscar fotos e indagar por internet! ¡Gracias!

lunes, 11 de agosto de 2008

De pequeña tenía TOS...




Bueno, en realidad no era yo: el que tenía TOS era el primer ordenador que me compré. ¿Bonito, eh? :-)


Esta mañana en menéame, me encontré un artículo sobre 101 anuncios de ordenadores antiguos.



Al repasarlo, he echado de menos al que fue el primero de todos ellos, el Philips P2000, con su maravilloso cartucho del UCSD Pascal y su maravilloso laberinto de menús, y más menús, hasta conseguir llegar al editor... Seis unidades para más de cuatrocientos estudiantes de primero de Informática que, en su gran mayoría, no habían tocado un ordenador en su vida. De las seis unidades, solían estar operativas cuatro, además. Un lujo, vaya; y con ese nombrecito os podéis temer que el nombre popular era pedos mil.




El caso es que con cuatro sesiones prácticas de programación en todo el curso, una servidora no tuvo bastante, aunque sí lo suficiente para que me picara el gusanillo. En verano, en mi pueblo, me apunté en una academia para hacer un cursillo. De BASIC. Coñes, qué topicazo ¿no? Teníamos un ordenador por cada pareja de alumnos y yo, además, tenía una compañera con auténtico pavor a romperse una uña con el teclado, así que disponía del ordenador prácticamente para mí solita. Y este era, un Commodore VIC 20. Una monada. Podía recitar sus POKEs de memoria. Una vez me falté con un dependiente del Corte Inglés que me miraba raro porque miraba uno en el departamento de electrónica... en una de estas me harté, empecé a teclear, se mosqueó más y para cuando se acercó, ya me había ido y le había dejado un programa que iba sacando caracteres por pantalla... y se quedó rascándose la cabeza. En fin.

De trabajo de final de cursillo, me empeñé en hacer un programa para jugar al tute. No pretendía hacer gráficos ni nada por el estilo, sólo visualizar cartas con texto y jugar. Pero casi que con crear la baraja ya se le acababa la RAM al pobre y, entonces, los profes me dieron permiso para usar el Commodore 64 que tenían para ellos.



Lo hice. Me llegó a cantar 20 y todo... aunque nunca me cantó las 40, ahora que lo pienso. Pero jugamos mucho ese bicho y yo. Como me hice coleguita de los de la academia, aprovechaba en vacaciones para pasarme por allí a hacer deberes y a trastear un poco.

Hubo más, antes de comprarme el Atari. Cuando estaba en segundo salió a la venta en España el primer PC de IBM. Recuerdo con especial cariño el bicho que se compró Paco. Bueno, y el Inves de Toni, un clon que tuvo bastante éxito; el caso es que le debo más de una asignatura a ese ordenador, a su dueño... y a su familia que me adoptaba en épocas críticas ("Buenos días, señora Milagros, que vengo a trabajar en el ordenador de Toni, ¿cómo está usted?"). Otro aparatejo del que guardo buenos recuerdos, el Amstrad CPC 6128 de Julia, que se comió enterito el trabajo de Control de Procesos de tercero... y ya, mejorando nuestra calidad de vida, el PC 1512 de Lourdes... con la ventaja añadida de que en esta ocasión era el ordenador de una compañera de piso.

Y así, hasta que conseguí vender un riñón y me pude comprar mi Atari. Lo pienso y me resulta curioso, porque con la evolución que llevaba tendría que haber acabado siendo una amiguera. Seguramente lo hubiera sido si hubiera tardado unos seis meses más en comprar el ordenador. Pero fue un Atari 1040 ST, por la mala influencia del profesor de Arquitectura de Ordenadores. Y por la faena que se intuía en esos primeros tiempos, cuando comenzaba a trabajar en mi proyecto final de carrera y el posterior doctorado.

Qué tiempos aquellos. Y qué risa, hace unos días, con una frase de mi madre. Estábamos en el aeropuerto, esperando a que llegara la hora de embarcar en mi vuelo de vuelta. Yo iba con mi portatilillo al hombro, mi iBook de 12 pulgadas. Y en una de estas de madre exclamó toda convencida: "Pero si me acuerdo de cuando venías con el coche lleno de cajas para traer un ordenador y ahora te cabe todo eso, y más, en un bolsito de nada... ¡cómo avanza la tecnología!".

Y que lo digas, mamá... :-) Y que siga, que para eso estamos.

domingo, 13 de julio de 2008

Dedicado a Alberto

... y a todos los que saben de qué va (y a los que no, también :-D): La frontera azul.





No desprecies a la serpiente por no tener cuernos, quizá algún día pueda reencarnarse en dragón.


martes, 1 de julio de 2008

La familia te la da Dios, los amigos...


Por la calle Calamocha no se pasaba, a la calle Calamocha se iba. Por lo menos, en la época en que yo vivía allí, en casa de mis tíos; había una fábrica de no sé qué (he procurado olvidarlo, que bastante nos ensuciaba el barrio) que la cortaba. El edificio en el que vivían mis tíos era justo el último de la calle, pegado a su muro.

Sí, a la calle Calamocha había que ir a propósito y por eso me fijé. Yo estaba en primero de Informática, y conocía a poca gente de clase. A él sólo lo conocía de vista; y de que era ya la tercera vez que repetíamos juntos, pero por separado, la misma maniobra: bajar del autobús de la línea 90, cruzar Pérez Galdós, bajar por Jesús hasta la calle Calamocha y girar a la derecha. Él paraba cinco fincas antes, yo seguía hasta el final de la calle. Pero ese día no me pude resistir y mientras él esperaba a que contestaran a su llamada y le abrieran el portal, yo me giré y le dije: "No es que te persiga, eh, es que vivo en el número 16..." Y empezamos los dos a reírnos tan a gusto de la tontería.

Era un tío realmente extrovertido, muy agradable y siempre con una broma a punto (aunque eso es algo que se podría decir de todos los de su familia). Tenía una cara bastante aniñada, como de nerdy picarón y lo que menos te esperabas cuando empezaba a hablar era el vozarrón que tenía: una voz profunda, de barítono, muy bien modulada. Podría haber tenido futuro haciéndole la competencia a Constantino Romero.

Cómo llegué a entrar en su casa y hacerme amiga de toda la familia es algo que no os podré contar, porque no lo recuerdo. Fue poco a poco, despacito y sin pausa. Sí recuerdo que parte de la culpa fue de sus almuerzos: se llevaba unos bocadillos que estaban de muerte. El pobre ofrecía y yo... no es que metiera algún bocado que otro, no ¡es que le metía cada viaje a sus bocatas, que él casi no almorzaba! Recuerdo un día que apareció con uno como nunca había probado antes (¡ni después, lo juro!). Era una especialidad de su madre, una especie de pisto de tomate y pimiento, con atún y cebollitas... ¡Ay! ¡... qué bocadillo! Supongo que ese día batí mi propia marca, porque la siguiente vez que apareció con un bocadillo de ese tipo, sacó dos de la mochila y uno era para mí: "Toma, dice mi madre que le encanta que te encanten sus bocadillos ¡y qué aproveche!" ¡Qué vergüenza! ¡y qué bueno, diantres!

Un día me sorprendió hablándome de su mujer y de su hijo. Yo no le hice mucho caso, asumiendo que hablaba de su novia y algún hermano o primo pequeño... al fin y al cabo, tenía dieciocho años. Pues no. Estaba casado y tenía un hijo de tres años. De eso me enteré cuando me ofreció que me uniera al gracioso grupo familiar matutino: su padre les acercaba en coche a la facultad por las mañanas a él y a su hermana, que estudiaba Empresariales. Primero la dejaba a ella en Blasco Ibáñez y luego nos acercaba a nosotros al Poli, antes de seguir hacia su trabajo. Quedábamos a las siete y media cada mañana. Yo bajaba y allí estaba el buen hombre ya en el coche. Tenía asumido que sus hijos tardarían, al menos, diez minutos en bajar. Yo subía al coche y empezábamos a charlar.

Un día, en una de esas charlas que manteníamos mientras nos sacudíamos las legañas esperando a sus hijos -que siempre acababan preguntándonos de qué diantres hablábamos tanto rato y tan entusiasmados-, habló del niño y me quedé a cuadros. La historia era tan simple como que la novia de mi compañero se había quedado embarazada a los catorce años. Él tenía quince. Se casaron, aunque continuaron viviendo cada cual en casa de sus respectivos padres. A mí me parecía una historia alucinante (ya ves tú, qué tendrá de alucinante el embarazo de una adolescente). Ahora que lo pienso, a éste le encantaba bromear, imaginando historias sobre cuando se fueran de marcha juntos, él con treinta y su hijo con quince, e hicieran competiciones para ver quién ligaba más.

Cada día estaba más a gusto con aquella familia. Tanto sus padres como sus abuelos como sus hermanos, eran encantadores y me recibieron con los brazos abiertos. También su mujer y su hijo se hicieron amigos míos enseguida, aunque los veía menos, al vivir en otra casa. Yo me sentía como una más de ellos. ¡Je!, menuda se montó el primer día que me invitaron a comer. Cuando estaba disfrutando como una loca con la ensalada (¿he dicho ya lo bien que cocinaba su madre?) me encontré un gusano verde, casi tan gordo como mi dedo meñique, disputándome los honores con la lechuga. Vamos, que la estaba comiendo más aprisa que yo. No reaccioné lo suficientemente rápido y mi compañero se dio cuenta de lo que ocurría. Empezó a reírse como un loco mientras le decía a su madre que me había encontrado la carne del segundo plato en el primero. El ataque de risa fue general y gracias a ello pude disimular que estaba muerta de vergüenza.

Fue un lujo compartir con ellos ese primer curso de Informática. Sobre todo muy reconfortante, y creo que me ayudó mucho a centrarme y a sacar bien ese primer año (bueno, el batacazo que me había pegado en Industriales el año anterior, supongo que también ayudó). Tengo grabada la última comida juntos, antes de volver a casa de mi madre por las vacaciones de verano. Estábamos los abuelos, los padres, sus dos hermanos, él y yo. Comimos tan alegres y al final de la comida me enteré de que su padre había tenido unos resultados raros en un análisis y que tenía que hacerse más pruebas. No tenía ni idea de la que se venía encima cuando me despedí de ellos.

Al volver del verano, había dos noticias. Mi compañero iba a tener otro hijo y su padre tenía una especie de tumor en los pulmones... por lo que entendí, su timo no se había atrofiado tras la adolescencia y había que extirparlo.

Con ese pronóstico empezamos el curso, y lo empezamos mal. Un día descubrí una faceta de mi compañero que no hubiera querido descubrir, su afición al juego. En la Escuela se jugaban partidas de póker; y se jugaba con dinero y apostando fuerte. Cuando me enteré de toda la movida, debía ya unas setenta mil pesetas de 1984. Un dinero, os lo juro. Por desgracia, no supe ayudarle, siguió jugando y yo acabé distanciándome de él, del puro enfado de verle jugar cuando, además, le estaban haciendo unas trampas tan exageradas que hasta yo las veía. En estas, además, dejó los estudios y empezó a trabajar... estaba ya realmente poco motivado con la carrera, y supongo que le preocupaba más el intentar tener una casa propia con su mujer y su hijo, antes de que naciera el que habían encargado en verano.

Yo le eché de menos en clase y empecé a verle ya muy de tarde en tarde. Pero ya no necesitaba usarle de excusa para aparecer por su casa, ya era parte de la familia. Esta entrada va sobre mi compañero. Pero creo que seguiré, que escribiré algo sobre cada uno de ellos... mi familia adoptiva de Valencia.

lunes, 23 de junio de 2008

La fuente del chorro


No, no me he equivocado, no es la fuente del caño. Es la fuente del chorro. O, por lo menos, así le llamo yo a una fuente que hay en mi universidad.

En medio del campus, tenemos un boulevard, el Jardín de los Sentidos. Y, en uno de los extremos del jardín, está la fuente del chorro. No es una fuente especial, en el sentido de que no es más que una pileta cuadrada de unos quince metros de lado, con un chorro en el centro. Sí lo es cuando tenemos en cuenta que sus bordes son muy anchos... tanto como para poder dormir cómodamente una siesta, en la semisombra de los árboles que la rodean y escuchando el ruido del agua.

La echaba de menos; el campus ha estado de obras y el boulevard llevaba cerrado más de un año. Y hoy, por fin, he podido ir a tumbarme un ratito allí después de comer. Y he estado tan a gusto.

Cuando estaba allí tumbada, me he acordado de un par de historietas que tienen a la fuente como protagonista. Y he empezado a reírme sola, mientras María jugaba con el agua.

En la primera interviene ella, precisamente. No preguntéis por qué María estaba tan colgada con la primera parte de ESDLA, "La comunidad del anillo". Seguramente, porque fue con mi madre a verla al aire libre una noche de verano, cuando tenía casi cuatro años. El caso es que, ese invierno, iba por el pasillo de casa haciendo como que cabalgaba mientras tarareaba la banda sonora de la película. Una y mil veces. Y rogaba que pusiéramos la película y suspiraba por poder leer el libro. Pasó ese invierno y, allá por el mes de Junio, me la traje un día a la universidad. Dimos un paseo por el jardín y le iba enseñando las otras fuentes, los árboles, los parterres... y cuando llegamos a esta fuente en concreto, nos quedamos las dos paradas: en el fondo, construidas sus letras con huellas de pisadas, se podía leer claramente "MORDOR". María se quedó inmóvil y con cara de muchísimo susto, como si el propio Sauron fuera a emerger del fondo. Y yo me quedé pensando cómo diantres habrían hecho para pintar eso en el fondo de la fuente, sin vaciarla. El misterio se resolvió al acercarnos; metí la mano y rocé el fondo de la fuente: al rozar el limo que lo cubría, se dibujó una línea que quedaba más oscura que el resto. Seguramente, después de una noche de estudio en la biblioteca, alguien se metió en la fuente para refrescar los pies y aprovechó para dejar un mensaje.

La segunda historia, es mucho más corta y me dejó bastante más frustrada. La universidad está a apenas dos kilómetros de la ciudad, un paseo muy agradable... salvo que hablemos de una mañana de sábado, en pleno Julio y con veintiocho grados de temperatura. Cuando llegué por fin a la universidad y enfilé el boulevard, estaba exhausta y completamente acalorada y sudada. Y fue ver el chorro de la fuente y empezar a pensar en lo agradable que sería estar a su lado y aprovechar el viento para que el agua que se desprendía del chorro gracias a él, me refrescara cuando "casualmente" me parase cerca. La idea me iluminó la cara y torcí el rumbo, hacia la fuente, en lugar de dirigirme hacia mi despacho. Pero, a medida que me iba acercando, el chorro iba disminuyendo de altura y tamaño. Cuando llegué a la fuente, desapareció directamente. Ese día me enteré de que el chorro era regulable.

lunes, 9 de junio de 2008

La bruja


Era vieja. No me miréis así: era vieja. Era vieja cuando yo tenía tres años, era vieja cuando yo tenía diez años, y era más vieja aún cuando yo tenía veinte años. Era una vieja muy bajita y muy menuda. El pelo largo recogido en una trenza debajo del pañuelo gris que llevaba siempre en la cabeza. Con gafas de culo de vaso, muy gordas, que hacían que su rictus malhumorado fuera aún más evidente; siempre llevaba la boca torcida en un gesto poco amable. En cuanto a su cuerpo, quedaba tapado por una gabardina parda, siempre la misma gabardina en verano y en invierno, y sólo se adivinaban unas piernas huesudas envueltas en medias blancas. Pero lo que más destacaba de todo el conjunto era un enorme bastón; no me preguntéis de qué madera era. Sólo sé que era casi tan grande como ella y que lo usaba mucho y con bastante puntería y mala baba.

De ello pueden dar fe en mi familia. Recorría las calles y las casas de Ferrol pidiendo limosna. Dice mi madre que iba mucho por casa de mi abuela, la paterna, y que cuando le daban algo, normalmente unos céntimos, siempre replicaba "Nunca me dais billetes ¡y así nunca llegaremos a ricos!". Y, por lo visto, en una ocasión en que mi abuela no tenía monedas sueltas y le dijo que ese día no podía darle nada, del mismo enfado arreó un bastonazo criminal a una maceta que tenía en el portal y se la destrozó.

Siempre le llamé la bruja. A mis tres años, y para mi imaginación, ya era la viva imagen de todas las viejas malas de los cuentos que me contaban y no me hubiera extrañado si me dijeran que cogía a los niños y los encerraba en oscuras mazmorras de su propiedad. Pero lo más curioso del caso es que mantuve ese miedo intacto hasta más allá de los veinte años, hasta que dejé de verla y supuse que habría muerto. Debía de resultar curioso de ver como mi cara se ponía completamente blanca del susto, mientras tragaba saliva, bajaba la vista y cruzaba la calle hacia la otra acera, bien lejos del alcance de su bastón, en cuanto la divisaba. Y eso a los seis años, a los ocho, a los doce, a los quince, a los dieciocho... toda mi vida. Seguramente, por culpa del episodio que os voy a contar.

Nosotros vivíamos en un tercero; Choncha era la vecina del cuarto. En cuanto podía, me escapaba a su casa porque siempre me mimaba. No tenía niñas, y le hacía ilusión que yo subiera por allí. A la que no le hacía tanta ilusión era a mi madre. Yo me enteré al cabo de los años: por lo visto, la mujer estaba algo tocada del pulmón y a mi madre no le hacía gracia que pasara tanto tiempo con ella.

Pues debió de ocurrir cuando yo tenía cuatro años. Era por la tarde y en casa estaban cosiendo: mi madre, acompañada de mi tía Canucha, de Macamen, de Obdulia, de Finita... Y yo me aburría; supongo que estaban apuradas, a punto de acabar algún encargo, que no me hacían ni caso. Y entonces grité algo de que subía a casa de Choncha. Me hice la loca ante el "¡No!" de mi madre, agarré la puerta, y empecé a subir. Cuando estaba a punto de llegar al rellano, mi tía Canucha en la puerta gritó: "¡¡No subas, mira que sube la bruja!". Y miré hacía abajo y quiso la casualidad, ¡maldita sea!, que en ese mismo momento estuviese subiendo la vieja del bastón y se hubiera parado en el rellano entre el segundo y el tercero para recuperar la respiración. Lo había oído todo perfectamente y noté como su furia empezaba a extenderse en oleadas, subiendo con ella por la escalera.

Bajé las escaleras tan rápido como pude, entré en casa y me metí bajo la mesa de la cocina, mientras mi tía cerraba la puerta rápidamente. Lo único que recuerdo de los minutos siguientes -¡eternos!- es una descarga incontinente de bastonazos en la puerta, acompañados de gritos mientras se desgranaba una completa galería de floridos insultos. Todas la mujeres en casa enmudecieron, hasta que pasó la descarga y se empezaron a oír risillas.

Pero no me convencieron de que saliera de debajo de la mesa hasta que no hubieron pasado cuatro horas...


domingo, 1 de junio de 2008

El piano, la Luna, las uñas y el Nocturno


Tenéis que perdonar, pero después de la entrada de ayer estaba cantado:





Tuve una compañera de carrera que también estudiaba piano; y creo que fue en sexto cuando se tuvo que preparar la sonata Claro de Luna. Mientras la escuchaba, babeando de envidia como yo sola, aprendí los veinte primeros compases... muy adecuados para una tullida de la mano izquierda, como lo es una servidora de ustedes. No pasé mucho más de ahí y, a veces, aún se me escapan los dedos tamborileando los "racimitos de cerezas", que decía yo... y ya ni me acuerdo de los movimientos sin gracia que hacía con la mano izquierda. Os podéis imaginar cualquier pelea de gatos y oiréis mis intentos desesperados de coordinar mis manos... cualquier cosa menos el famoso "Si deve suonare tutto pezzo delicatissimamente e senza sordino".

A ella se le atascaba el agitato, el tercer movimiento, y cuando se levantaba enfadada del piano, aprovechaba yo para ir y desafinarlo. Diantres, cómo la envidiaba. Pues poco después se dejó la carrera de piano. Aún me dura el enfado, cuando lo pienso. Veamos, Katia se lo dejó por la lesión, Juan por el doctorado... pero es que ella se lo dejó porque quería dejarse las uñas largas. No me lo podía creer. Y me lo dijo toda convencida... hoy es el día que aún creo que se quedó conmigo. Pero el caso es que sí empezó a llevar uñas largas. Y pintadas de rojo. Y yo fui algo borde, me temo, y dejé de frecuentar su casa en cuanto el piano se cerró con llave (y eso ya fue cosa de su padre, posiblemente mucho más mosqueado que yo con el tema).

Es bonito crecer en un pueblo, en un sitio pequeño. Salvo por pequeños detalles. Como las cosas que te tienes que perder: de que existían conservatorios y sitios donde estudiar música, baile, teatro o cosas así, casi ni nos enterábamos.

Hoy en día en Ferrol hay conservatorio. A veces, me duele pensar en cosas que podrían haber sido y nunca fueron. Aunque igual tampoco insistí demasiado, no lo sé. A mi primo, por ejemplo, nadie le enseñó a tocar el acordeón, aprendió solo. Claro que nunca tuve un piano en casa, ni siquiera uno de esos órganos que tenían melodías pregrabadas... fueron posteriores. Y todavía no sé por qué nadie me dijo que mi abuelo tocaba el violín, hasta años después de que hubiera muerto... ¿querría olvidarlo o es que sólo le importaba ya la pintura? Pintura que tampoco llegué a estudiar con él... se me murió muy pronto.

Ni música, ni danza. A los quince años, animada por una compañera de instituto que hacía ballet, me quise apuntar a una academia. Mi madre no me dejó. Su razonamiento me dejó apabullada: "Cuando tenías tres años te hubiera apuntado. Te ponías delante de los espejos de puntillas e imitabas a las bailarinas que veías en la tele y lo hacías muy bien. Pero ahora eres muy mayor para empezar una carrera de ballet y estas cosas o se hacen en serio o no se hacen...". ¡Vaya...! caramba mamá, y no sabes lo peor: con lo grande que soy, no me hubiera comido una rosca como prima ballerina; las bailarinas tienen que ser bajitas, menuditas y poco pesadas para ser fáciles de sujetar. Fíjate tú si me llegas a apuntar a los tres años y me arruinas la carrera a costa de inflarme a Infivarasa y refuerzos de calcio en mis primeras papillas...

Ni teatro. Ester y yo intentamos montar un grupo en el barrio y el profe de Mates de COU decidió advertir a mi madre del riesgo de desperdiciar mi talento en "entretenimientos varios". Lo tuve que dejar a los seis meses de empezar, cuando ya parecíamos algo...

Servidora y las bellas artes, o la historia de un amor imposible. Ya me vengaré. Mientras tanto y para acabar bien, algo que nunca seré capaz de tocar:





martes, 8 de abril de 2008

Hace mucho, mucho tiempo...


Tenía doce años, a punto de cumplir trece, y nunca habíamos visto algo así. En la tele hablaban de la película y ofrecían avances de escenas. Repetían una especialmente; una escena que yo, al verla, inventé completamente al revés de como sería después realmente. Lo que yo creía que era un aterrizaje en un planeta hostil, repelido por los alienígenas nativos, era realmente la huida de una bahía de embarque en Mos Eisley... todavía no sé qué película alternativa me hubiera montado por mi cuenta si hubiera visto un trailer de los que solemos ver hoy en día.

La película la fui a ver con mis padres. A ellos no les gustó, aunque mi madre agradeció verla. Se le había quedado el miedo en el cuerpo después de ver "2001:..." Demasiadas cosas de esa película amenazaban con convertirse en realidad a finales de los 60, así que supongo que fue un alivio para ella ver a finales de los 70 otra película que le habría de permitir sacarse los demonios que se le habían metido en el cuerpo. Ella, como mi padre, criticaba precisamente lo que a mí -como a todos los demás- nos había fascinado: "Pero qué tontería, si es como un cuento..."

Pues claro que sí, mamá, es una fantasía, es una historia mágica de vaqueros con millones de efectos especiales que nos hacen volar y acercarnos a las estrellas. Un gran cuento sobre el bien y el mal, sobre el lado alegre y amable de un poder (llámale magia, llámale amistad, llámale amor, llámale fuerza) y el lado oscuro y tenebroso de ese mismo poder, de un mismo sentimiento que te puede llevar de la satisfacción y la tranquilidad, a la desesperación y la locura en un momento; un cuento casi clásico sobre camaradas malavenidos forzados a trabajar juntos, un western típico en el que el vaquero breado y cínico se mete con el chico inocente recién salido del nido que, en el fondo, le recuerda aquella época en la que todavía creía en algo y al que envidia esas ganas aún intactas de hacer cosas. Un cuento de princesas buenas y emperadores malos. Sólo eso, pero mucho más.

Tenía doce años, a punto de cumplir trece. Nunca he intentado imitar un peinado con ensaimadas sobre las orejas, ni he intentado blandir sable alguno. Pero vi la película tres veces seguidas. Al salir de la última sesión compré una libreta y me puse a escribir las escenas tal y como las recordaba. Recortaba de las revistas todas las fotografías que encontraba... no sé qué revista empecé a comprar porque comenzó una serie de especiales (cómic, pósters, reportajes varios...). El caso es que estaba segura de que a mi madre no le gustaría y empecé a guardarlas tras un cajón del armario para que no me las encontrara. Llevo treinta años diciendo que tengo que quitarlas de ahí... supongo que el día que me decida, encontraré un montón de papeles comidos por lepismas y polillas...

Las discusiones eternas con Chus camino del colegio: que si estaba más bueno el moreno, que qué dices mucho mejor el rubito, más dulce, estás loca donde va a ir a parar, el moreno es pata negra, niña... Cuando Chus se me ponía en este plan, me entraban ganas de matarla; con eso de que tenía novio formal e iba a cumplir catorce años, siempre intentaba dejarme claro que ella era la mujer de mundo... Bueno, pues para ella el moreno y para mí el rubio. Y el felpudo con patas, para el profe de Lengua: con un poco de suerte, de un abrazo amoroso, nos libraba de él y de su libro de Lázaro Carreter. El otro tema de discusión eterno era por culpa de los de hojalata: que si el alto era un actor, pero no, que el bajo es un robot de verdad, qué dices, tiene un enano dentro, que no, que vi un reportaje en la tele y era un robot de verdad, que no que hay un enano dentro...

Con el tiempo, conseguí el libro original, no sé si un regalo de Reyes o de cumpleaños. Ya casi había escrito la historia completa, tal y como la recordaba, en mi libreta que ilustraba con las fotografías que iba recortando y pegando, distribuyéndolas por la historia... pero no tuve demasiada piedad con ella: pasé las fotos a las páginas del libro y me deshice de la libreta. Seguí coleccionando fotos y pósters. Merchandising era una palabra muy triste en aquella época, tan triste que ni siquiera existía: vino de la mano de los McDonalds y, en aquel momento, aún no teníamos (y, mucho menos, en mi pueblo). Creo que uno de los primeros libros que me compré con mi propio dinero fue El Ojo de la Mente... resulta más que curioso recordarlo hoy, con todo un universo sobre la película original, sus secuelas y sus precuelas, sabiendo que guarda tan poca relación con ellas.

No pude ir a ver la segunda parte. Si hoy en día resulta ridícula la idea de que todo cuanto pude atesorar en la época sobre la película fueron bastantes fotos, mis recuerdos en una libreta y un par de libros, la idea de que tardé años en poder ver esa segunda parte que me perdí, ya puede resultar delirante. Pero en casa no había vídeo (era algo de ricos) y de internet mejor ni hablamos, ¿de acuerdo?. Si te perdías una película o bien esperabas un milagro -y que volviera a otro cine en tu pueblo o en el pueblo de al lado-, o bien esperabas a que la pusieran en la tele. En mi caso, tuve a la pobre Ester contándomela una y otra vez, en el autobús cuando íbamos para el instituto, en Ferrol... en los veinte minutos del viaje me describía mundos nebulosos en los que las astronaves podían salir del fondo de un lago si lo deseabas de verdad, si hacías las cosas en lugar de intentar hacerlas. A la vuelta, muerta de hambre a la hora de comer, le hacía hablarme de la Ciudad de la Nubes... o de esos extraños robots de dos patas que aplastaban la nieve y lo que encontraban a su paso. La gran suerte es que a Ester le gustaba el teatro y su forma de contarme el final estuvo a la altura que exigía el dramatismo del diálogo. Mi gran suerte, que hacíamos cuatro de esos viajes al día y conseguí aprenderme sus recuerdos de mi película.

Pero, claro, no fue lo mismo. De hecho, supongo que la fastidié al ver la tercera película antes que la segunda. Endor no era como yo había imaginado Dagobah (creo que ni siquiera Dagobah era como yo había imaginado Dagobah). Los ositos eran adorables, pero... igual es que tenía diecinueve años, a punto de cumplir veinte. Ya se había inventado el merchandising y había muñequitos, libros, gorras, camisetas, llaveros y mil pijotadas sobre las películas por todas partes. Los vídeos en las casas ya no eran un lujo (en la mía, ya teníamos televisión en color y todo) y podías alquilar las películas en los videoclubs y pegarte una panzada viendo las tres seguidas en una tarde... La magia se me rompió un poco. Ya sólo recuerdo con cariño la primera y no llevo demasiado bien que la hayan retocado, que le hayan cambiado cosas. Conozco a gente que me podría llamar hereje por decir aquí públicamente que paso de las precuelas, que están chiflados todos esos que van por la vida disfrazados de personajes de la peli, de toda la saga...

Pero ayer, en el autobús mientras venía para la UJI, no podía evitar pensar en aquella niña que vio esa primera película una tarde con sus padres en el cine, que intentó reescribirla en una libreta, que coleccionaba fotos como un tesoro, que se aficionó a la ceremonia de la entrega de los Óscars aquel año (se la tragó enterita por ver las imágenes que ponían al anunciar las más de 20 nominaciones), que intentaba imitar silbiditos y ruiditos cibernéticos (muy mal, por cierto) mientras iba por el pasillo de casa y que llegó a vestir a su Nancy de papel Albal... para decidir que le iba mejor el papel de princesa que el de androide. La misma que soñaba con mover cosas al mirarlas y que transformaba su cama en una nave antes de dormirse. Y que en las raras noches que no llovía y no había nubes, salía a la galería de la cocina a mirar las estrellas; su galería que había sido su puesto de mando de la estación Alpha un par de años atrás... aún había pocas farolas y se podía mirar al cielo negro e intuir mil y una galaxias muy, muy lejanas...

viernes, 14 de marzo de 2008

Aquellos maravillosos años :-)


Estaba remoloneando esta mañana por el blog de Doctor Divago, por aquello de que el nuevo disco tenía que estar al caer (por cierto, efectivamente). Y en su site me he encontrado con esta versión:





En cuanto la he oído, me he puesto a bailar: se me ha aparecido delante de los ojos la carátula del single (¡¡lo tengo, lo tengo!! ;-)) y me he acordado de mi padre cantando lo de "¿... borracho, yo? ¡¡tururú!!", en aquellos maravillosos años en que mi mami me ponía minifaldas y yo era la reina de los chicles Niña. La de cosas que puede traerte a la cabeza una canción... Hmmm, cantaba bien mi padre, lástima que se lo dejaba para la intimidad del cuarto de baño, cuando se afeitaba...

Y aquí está la canción de la cara B, Sola, que es la que han "versioneado" los chicos de Divago. Siempre me gustó esa cancioncilla, y me ha encantado la versión, como suena esa armónica y como vocaliza el señor Bertrán (y lo bien que suenan para ser una grabación de hace doce años).

Y me ha parecido una bonita señal encontrármela hoy. Para hacerme reír, para hacerme bailar, para hacerme cantar a voz en grito, para hacerme recordar y para hacerme entender que no es lo mismo estar sola que sentirse sola ¡¡... qué gran diferencia!!

sábado, 23 de febrero de 2008

San Amaro, 19


La casa tenía tres alturas, de las que mi abuela ocupaba dos, la primera y la segunda planta, a las que se accedía por la calle San Amaro. Por la calle de Lugo se entraba a la planta baja, en la que había un bar. Hablo de un edificio que salvaba la cuesta existente entre ambas calles, así que desde nuestro punto de vista, el bajo de la calle de Lugo era como un sótano.

El portal de la calle San Amaro tenía una puerta que es muy típica en Galicia, con la hoja partida horizontalmente, de forma que la parte inferior es la que se sujeta a la pared para cerrarse mediante una gran pestillo metálico y la superior se engancha en ella para cerrar el conjunto. Durante el día sólo la parte inferior estaba cerrada y la superior permanecía abierta, como invitando a entrar. Era una delicia jugar en aquel portal, al amparo de aquella puerta; y, si no nos veían los mayores, disfrutábamos colgándonos en la hoja inferior, balanceándonos hacia dentro y hacia fuera...

Del portal, además, recuerdo dos cosas. La primera, la más importante, la puertecilla que ocultaba la llave de paso del agua. Y era tan importante porque tras aquella puerta siempre aparecía algún pequeño tesoro (un caramelo, alguna moneda de 10 céntimos, un pequeño juguete de plástico...) No sé si abuela los iba reponiendo a lo largo del día; sí sé que éramos muchos nietos y raro era el día que no encontrábamos algo allí. También es cierto que este recuerdo es de mi primera infancia, cuando aún no iba al colegio y pasaba todas las mañanas con mi madre, camino del mercado... luego se fueron espaciando hasta desaparecer.

La segunda cosa que me mantuvo siempre hipnotizada (incluso de mayor) era el llamador, en forma de mano, de la puerta que permitía acceder del portal al interior de la casa. Cada miembro de la familia tenía su propio ritmo, su propio repique, para que se pudiera identificar desde arriba al que estuviera llamando. Y los niños, que no llegábamos aún a aquella pequeña mano de bronce, que sujetaba una gran bola y lucía un final de manga con puntillas, nos fijábamos en el ritmo propio de nuestros padres, para poder imitarlo en cuanto fuera posible. Y conteníamos la respiración mientras se oían pasos arriba, en el piso de madera, esperando la frase ritual "¿Quién?", a lo que, invariablemente, había que responder "¡Yo!". Esa es aún la contraseña en el portero automático de mi madre y del resto de la familia.

Una vez franqueada esa puerta había que subir cinco escalones, girar a la izquierda en el pequeño rellano y subir otros nueve escalones más. Se llegaba así a un pasillo con cuatro puertas. La de la izquierda daba a la habitación de coser. La del frente, al comedor. Había una a la derecha para la sala pequeña, la de recibir. Y ya, al fondo, la de la sala.

En la habitación de coser entraba poco. Era una habitación en dos alturas, con un par de ventanas a la calle. En ella cosía mi madre cuando tuvo que dejar de estudiar y ponerse a trabajar para ayudar a mantener a la familia. Y en ella seguía cosiendo mi tía Canucha; allí estaban la máquina de coser, la plancha y montones y montones de retales que iban quedando sueltos. En esa habitación había también una puertecita que llevaba a un pequeño cuartucho que me encantaba porque tenía un ventanuco sobre las escaleras. Bueno, me encantaba hasta el día que a mi primo Tonecho no se le ocurrió otra cosa que pegarme un susto, asomándose de repente, mientras yo subía; casi me hizo caer de espaldas rodando escaleras abajo. La lástima es que apenas nos dejaban entrar en él. Fue de los primeros cuartos en ser cerrados, como contaré más adelante.

La puerta importante era la del comedor. El comedor, el rincón de abuela, figurada y literalmente. Ella pasaba allí casi todo el día. Nada más entrar, a la derecha, una pequeña puerta ocultaba un armario empotrado que había acondicionado para descansar. Cuando yo era pequeña, sólo la recuerdo allí dentro después de comer; después, a medida que envejecía, lo utilizaba cada vez más a menudo. Meterse en su rinconcito, con ella, era fascinante. Tenía una especie de colchón tirado en el suelo, y mientras te hacía un hueco en el que acougar, echaba mano de sus cosas: un mantón para taparse, su pequeño transistor para escuchar las noticias... la bolsa de toffees, de la que parecía escoger uno especial para dártelo a ti. Allí dentro se estaba a oscuras, salvo por pequeños agujeros en la puerta que dejaban pasar pequeños rayos de luz; siempre olía a jabón de tocador y su ropa nos rodeaba en un desorden que debo haber heredado. Te sentías a gusto, calentito y en paz. Ahora que lo pienso, tal vez tenía algo de guarida animal, de nido en el que criar cómodamente a tus cachorros...

Justo enfrente de ese armario, e inmediatamente a la izquierda de la puerta de entrada al comedor, estaba su gran radio y su silla, en la que pasaba el rato que no estaba dentro de su guarida; allí, como había luz, no sólo escuchaba la radio, al mismo tiempo leía su misal. Son muchos los recuerdos de ese otro rincón, pero pienso que el más persistente es el de los episodios de la radionovela de El conde de Montecristo, todos los días a las cinco y media de la tarde. Duró tantísimo tiempo que creo no exagerar si os digo que empecé a escucharla antes de cumplir los siete años y que estoy segura de que cumplí bien largos los ocho, antes de que acabara. Mi abuela, yo y Edmundo Dantés. Y que se parara el mundo.

Esta pieza no sólo era el sitio donde encontrar a mi abuela, es que era el centro neurálgico de la casa, en donde se acababa juntando todo el mundo. Desde allí se accedía a la cocina, a la galería en la que estaban el lavabo y el wáter (la casa no tenía cuarto de baño) y a las escaleras de subida al piso superior.

El comedor estaba ocupado en su mayor parte por una gran mesa de castaño. Recuerdo con cariño esa mesa, entre otras cosas, por la cantidad de horas que pasamos bajo ella. Sí, bajo la mesa. En algún sitio en el que el piso de madera debía estar agujereado, quiso la casualidad que se le enganchará un tacón del zapato a mi tía María José y que con él se hiciera un agujero en el linóleo del suelo... justo sobre el aparato de televisión del bar de abajo. Como mi abuela no tenía televisor en aquel entonces, tanto mis primos como yo pasábamos buena parte del tiempo bajo la mesa, peleándonos por poner el ojo en el agujero del suelo para poder ver la tele. Nos descubrieron un día que Marigeles pegó un grito de sorpresa y casi todos los parroquianos miraron hacia arriba. Además de la mesa, recuerdo un par de sillas junto al pequeño balcón, una gran alacena junto a la pared del balcón y unas reproducciones de cuadros de Monet en las paredes.

Apenas recuerdo nada del piso superior; creo que un verano llegué a dormir en una de sus habitaciones durante tres semanas (mis padres habían ido de vacaciones a Portugal y yo había preferido quedarme en casa de abuela). Pero ni siquiera estoy segura de si tenía tres o cuatro habitaciones. Este piso fue casi lo primero en cerrarse de la casa, junto con el cuartucho del ventanuco; como en la Casa tomada de Cortázar, se iban cerrando habitaciones y, simplemente, se ignoraba lo que quedaba dentro, a medida que la carcoma y el mal estado de la madera hacían que el suelo fuera inseguro.

Por supuesto, lo que sí recuerdo perfectamente era la galería del lavabo y el wáter. Y no tanto por el buen funcionamiento de mi vejiga, como porque desde esa galería se veía el patio del bar; y ese patio estaba siempre lleno de gatos y me pasaba muchos ratos muertos observándolos. También recuerdo el gran lavadero de la esquina de esa galería que, con el tiempo, se reconvirtió en una ducha.

Y he dejado para el final la cocina, por todo el tiempo que pasé en ella, pegada a las faldas de abuela. La gran cocina con el gran fregadero de granito a la derecha; al frente la chimenea, en la que se había incrustado una cocina de butano, y la pared izquierda convertida en una gran alacena. Siempre había una gran olla de caldo burbujeando en aquella cocina. Y recuerdo también a mi abuela pelando allí las patatas, con aquellos cuchillos que afilaba en la piedra del fregadero... por lo que la hoja se iba estrechando y estrechando, comida por el desgaste, hasta convertirse en una especie de navajilla. En ese momento, era cuando a mi abuela más le gustaban, decía que eran más cómodos de manejar. Y debían de serlo porque no conozco a nadie, salvo a mi madre, capaz de pelar las patatas de forma tan fina, quitando estrictamente la monda marrón, sin apenas nada de la carne blanca de dentro.

Pero me vais a permitir que salga del reino de mi abuela y vuelva al pasillo de entrada, nada más acabar de subir las escaleras desde la calle. Y que gire hacia la derecha, porque eso nos lleva a mi territorio. No merece la pena que paremos en la salita de recibir: como se puede deducir del nombre, era la sala de recibir a las visitas y a los niños no nos dejaban entrar. Así que no puedo contaros mucho sobre ella. Mejor seguimos hasta el fondo y llegamos a la sala.

Era una sala enorme; a la izquierda estaba la puerta del dormitorio que compartían mi abuela y mi tía Canucha. También terreno vedado, pero la verdad, tampoco era muy interesante: apenas una cama de matrimonio y un armario ropero.

No, mi reino era la propia sala, sin ventanas pero con sus dos puertas para salir a la galería, que ocupaba toda la fachada posterior.

Y su gran pizarra. Seguramente, era a esa gran pizarra a la que quería llegar cuando he empezado a contar esta historia.

Cuando las cosas se pusieron mal y mi madre tuvo que empezar a coser, mi tía Maruja, que acababa de terminar el bachillerato, comenzó a su vez a dar clases particulares en casa. Por eso, en esa sala había una gran pizarra. Y una gran mesa, con un banco para sentarse y bastantes libros de texto. Abundaban especialmente aquellas antiguas enciclopedias que versaban sobre todas las materias de un curso del grado de Educación Elemental. Y distintos tomos, de distintos cursos, de la "Aritmética" de la editorial Luis Vives. Y libros de lectura de cuando mis tíos eran pequeños. Y métodos diversos de Contabilidad y Cálculo Mercantil. Y viejos cuadernos a medio rellenar. Y lápices antiguos, de esos que llamábamos de tinta, porque si mojabas la punta con la lengua, escribía como un bolígrafo y no como un lápiz. Un gran tesoro para mí, que me pasaba horas y horas en aquella sala y en la galería, rebuscando entre los libros viejos, escribiendo y solucionando ejercicios en aquellos viejos cuadernos, dibujando en aquella pizarra... pero dice mi madre que, sobre todo, explicando y dando clases; horas y horas interminables, recitando lecciones que miraba en aquellas viejas enciclopedias o en mis propios libros del colegio. O que recordaba de haber escuchado en el colegio ese mismo día. Y dice mi madre que imitaba tan rematadamente bien a mi profesora, a doña Merceditas, que a veces le entraban ganas de reír cuando se la encontraba de verdad. Porque, por lo visto, la buena mujer le decía que me sorprendía tan atenta en clase a lo que ella decía, que le daba casi miedo. Y mi madre me imaginaba dando clases en aquella pizarra, imitándole, y murmuraba por lo bajo "... y no sabe hasta que punto hace bien en tenerle miedo... "

Pasé mucho tiempo en aquella casa. Mientras vivíamos en Ferrol, pasaba allí casi todas las tardes. Y cuando nos fuímos para Fene, también: hasta los diez años, seguí yendo al colegio en Ferrol y comía en casa de abuela. También esperaba allí por las tardes a que vinieran a buscarme mis padres o a que se hiciera la hora de coger el autobús. Y os la he descrito como la recuerdo de aquella época. Con el tiempo, como he dicho, se cerraron habitaciones. Llegó la televisión, primero a la sala de recibir y luego a la sala grande, a mi sala. Desapareció así la pizarra y el centro vital de la casa se fue trasladando del comedor... a la sala del televisor. Mi abuela dominó el arte de leer, oír su radio y ver la tele al mismo tiempo. Yo ya no pasaba tampoco tanto tiempo en aquella casa, porque ya no iba al colegio en Ferrol, y puede que por ello no me doliera mucho perder mi pizarra y compartir mi territorio.

Lo curioso del caso es que la casa nunca fue realmente de mi abuela. Vivió alquilada en esa casa desde los treinta años hasta los noventa y cinco. Tuvieron que dejar la casa porque se caía a pedazos: el aviso más serio fue cuando se desplomó la chimenea de la cocina. Afortunadamente, mi abuela acababa de salir hacia el comedor y no le pasó nada. Mi tía Canucha encontró un piso en buen estado y a buen precio y se trasladaron. La gran paradoja es que ese piso, que sí fue suyo en propiedad, nunca fue "la casa de abuela". Seguíamos usando esa frase para la casa de la calle San Amaro: "Pasé por delante de casa de abuela y se estaban descolgando las ventanas de la sala". "Dice María, la de Remeseiro, que la casa de abuela la ha comprado una constructora". "El tejado de casa de abuela no va a resistir otra tormenta como la de ayer". "La galería de la casa de abuela amenaza con caer, da miedo pasar por debajo". "Han empezado a derribar la casa de abuela... "

Hoy hay un edificio con tres apartamentos y un dúplex. El portal siempre está cerrado y hay vídeo portero en lugar de un llamador de bronce. Sin embargo, la magia de mi abuela sigue por allí y yo sonrío cuando paso por enfrente, recordando las sorpresillas que nos dejaba en el portal, en la puertecita de la llave de paso. Y, por supuesto, sigo pintando cosas en pizarras...

sábado, 9 de febrero de 2008

Mafalda embarazada (Juno)


Me encanta Mafalda. Creo que sólo hay una cosa en la que no estoy de acuerdo con ella, no entiendo que odie la sopa. Pero, por el resto, de mayor quiero ser como ella. Y en eso, precisamente, reside el encanto del personaje: las frases de Mafalda son demoledoras y el que sea una niña la que las diga, las convierte en algo amable, en chiste, más allá de la dureza de la situación expuesta. Luego, lo piensas y cuesta de creer. Y, desde luego, no puedes imaginarte a una niña de siete años discurriéndolas y exponiéndolas.

Todo esto viene a que ayer fui con María a ver Juno. Antes de ir no sabía si sería buena idea... supongo que quería ver cómo reaccionaba ante la perspectiva del embarazo de alguien poco mayor que ella. Se aburrió un poco. Y, si queréis que os diga la verdad, casi que me alegré (caramba, quiero disfrutar más de su infancia, ¡ya nos saturaremos de hormonas en un par de años!).

Por mi parte, yo me he quedado con la impresión de que es una película demasiado amable. Salvo que en Estados Unidos los papis sean muy guais y muy civilizados. No se me entienda mal: me ha gustado. Mucho, además. Había diálogos que me han arrancado carcajadas inesperadas, de algún sitio de mi cabeza que hacía tiempo que no se reía. La protagonista es un encanto y me he sorprendido a mí misma diciendo demasiadas veces que, de mayor, querría ser como ella. Como me ocurría con Mafalda. Y con la misma sensación de irrealidad y sabiendo que seguramente era imposible que una niña dijera eso. También hay ternura. Lo siento si soy una mal spoiler, pero me encantó la forma en que Juno se va dando cuenta de que está enamorada.

Pero, claro, hay ramalazos de miel y azúcar que contrastan mucho con mis propias experiencias sobre el tema, que son amargas y que aún consiguen enfadarme, con todos los años que han pasado.

El verano que hubo entre EGB y BUP, mis trece añitos tan soñados por culpa de una tal Esther que empezó a comerse su mundo al cumplirlos, fue un rosario de bodas de vecinas con las que había jugado en la calle el verano anterior. Parecía que cada día, al llegar a casa, mi madre me recibía con el parte de nuevas bodas imprevistas; y a mí me daba rabia, y me dolía, cada nuevo anuncio. Era antinatural, hipócrita, estúpido, rompevidas... como si además de haberla fastidiado, o por ello precisamente, te castigasen toda la vida, te obligasen de repente a convertirte en adulta. Y lo peor es que todo el mundo lo veía justo, era "lo que había que hacer": dejar de estudiar, dejar de crecer, como si la vida pudiera meterse en un microondas para acabar de prepararla, en lugar de dejarla cocerse en su jugo.

Para acabar de romperme el alma, entre esas bodas se coló la de Chus, mi mejor amiga, la compañera de pupitre que tanto me costó encontrar al cambiar de colegio, de Ferrol a Fene. Lo chusco, la gracia, la desgracia, es que Chus se casó porque quiso, no estaba preñada. Pero en una sociedad que ve tan natural que se casen niñas de trece años, ¡qué más da! Creo que nunca lloré tanto como el día que se casó. Me sentía estafada por más de un motivo. Supongo que el principal fue completamente egoísta; quería que Chus siguiera estudiando, seguir compartiendo mi tiempo, mi amistad, con ella, que se viniera conmigo al instituto y no que se metiera en una cocina a pelar patatas. Pero, también, me sentía impotente a la hora de protestar por una sociedad que no se preocupaba de que las niñas se metieran a realizar faenas propias de mujeres adultas. Por no hablar de la rabia y de la bilis que tragaba cada vez que en el supermercado, en la carnicería o en la frutería, tenía que escuchar bienintencionadas conversaciones de santas marujonas que se dedicaban a repasar las últimas novedades del barrio... supongo que siguiendo la máxima de que cuánta más mierda se esparce sobre la vida de los demás, más se disimula el olor de la que se tiene en casa.

De alguna forma, sigo enfadada con la sociedad por ese motivo. Los embarazos entre adolescentes se siguen produciendo y una no sabe qué pensar. Hay varias cosas que me dejan preocupada, y que me dejarían a cuadros si eso le ocurriera a mi hija. La primera duda que me asaltaría es si de verdad había deseado acostarse con alguien o si se había dejado convencer, presionada por vaya a saber usted cuál de todos esos motivos ridículos que son tan importantes durante la adolescencia. Y, por supuesto, el nivel de conocimientos sobre métodos anticonceptivos, en la teoría... y en la práctica. Estoy harta de ver imágenes de esas clases de educación sexual en las que enfundan condones a plátanos o a modelos de penes de resina plastificada. El que no haya tenido problemas para colocar uno la primera vez que lo haya usado, que se vaya a soltar lobos a otro lado. Y si alguien pretende convencerme de que un adolescente hiperhormonado, enfrentado al sexo por primera vez, va a tener el cuajo y la paciencia necesaria para colocarlo bien etc. etc., que lo intente con el de la Bella Durmiente, porque este cuento no me lo trago. Se me ocurren más motivos de preocupación, como que disfrute de esas relaciones, o que dé a esas relaciones la justa importancia que merezca su pareja. O que tenga confianza conmigo para contarme lo que se tercie y también para callarse lo que sea sólo suyo.

Pero creo que el principal motivo de preocupación, aquel en el que acaban desembocando todos, sería dirimir cuál es mi grado de responsabilidad y cuál es el suyo. Dónde acaba mi función como madre, contándole mis experiencias, dándole mi opinión y mis consejos, y dónde empieza su parte de convertirse en adulta y tomar sus propias decisiones. Puede que sea lo que da más miedo en todo este fregado: la decisión es suya, su vida es suya y yo sólo puedo intentar estar ahí, deseándole suerte. Nada más. Y nada menos.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Sami


"Lanas Sami". Así se llamaba la tienda. Creo que ahí debe empezar la historia. Cuando su madre abrió la tienda de lanas.

Conocía a la familia del barrio, claro. Que fueran evangélicos (en 1979, algo realmente exótico), que su padre fuera pastor de su iglesia (y compañero del mío en Astano y en Vieiro), que sus hermanos fueran sindicalistas, que sus hermanas mayores me hubieran "adoptado" para protegerme cuando llegué al instituto (eran chicas de COU, imponían respeto), era más que suficiente como para que, aún encima, su madre abriera una tienda de lanas. ¿Sami? ¿Por qué Sami?. El nombre del pequeño de la familia, Samuel, Sami... el pequeño entre ocho hermanos. Dos años menor que yo, más o menos. El más cariñoso de todos los hermanos y el más conocido en el barrio. Tenía síndrome de Down.

A raíz de la apertura de la tienda, les conocí mucho más. Es lo que tiene que tu madre sea una tejedora compulsiva. Y comenzó mi historia de amistad con Esther. Y con Sami.

Esther debe tener un año más que yo. Las que hablaban conmigo eran sus hermanas mayores. A ella la controlaba como de lejos, en el instituto. Era la típica persona que conoces mucho de vista, y a la que te da muchísima vergüenza dirigirte porque sabes quién es, la has visto actuando con su grupo de teatro, A Carauta, mientras tú te mueres de envidia en el patio de butacas, conoces a su familia y... no te atreves a dirigirle la palabra porque te da que te va a ignorar. Quizás influía su apariencia seria; el caso es que durante mucho tiempo me infundía una especie de respeto raro.

Pero cuando los del Centro (una especie de asociación cultural del barrio) me dijeron si me animaría a montar un grupo de teatro, me acordé de ella y de su experiencia con A Carauta y me atreví a hablarle. Eso fue en el verano de tercero de BUP a COU. Y fue el principio de una bonita amistad.

El grupo duró poco. Había poca gente animada y, además, mi profesor de Matemáticas en COU tomó la fea costumbre de ir suspendiéndome evaluación tras evaluación (lo que no era capaz de entender: las recuperaciones las sacaba bien sin estudiar de nuevo). Y, de hecho, se tomó la molestia de hablar con mi madre para indicarle que era una lástima que un talento como el mío (?) se dispersara en actividades como el teatro, sin ningún tipo de futuro ni de beneficio profesional (??). Mi madre acabó prohibiéndome lo del teatro... paso de explicaros la pataleta, ya que supongo que os la imagináis.

Pero Esther y yo ya nos habíamos hecho amigas. Quizás nuestra mejor época fue el verano del 83. Yo había decidido dejarme los estudios de Industriales y pasarme a Informática, así que el verano fue largo... me lo dejé a mitad de los exámenes de Junio y, comprenderéis, no tenía nada que preparar para Septiembre. Al novio, lo tenía en la mili.. pasamos juntos tres semanitas, pero luego se volvió al cuartel, en Cádiz.

Y se instauró una rutina muy simple. Después de comer, me iba a casa de Esther, hacíamos café, poníamos la tele... primero el episodio de Galáctica y luego un programa nuevo, con un formato novedoso, una especie de revista televisiva presentada por un chico que empezaba, un tal Pepe Navarro: La tarde, con su sintonía de Vangelis... A eso de las 6 y media, bajábamos a Perlío, a tomar algo al Xangal. Lo normal era que estuvieran allí Quinti y Suso y acabáramos jugando unas partidas interminables al tute por parejas. O competiciones increíbles de solitarios... llegué a conocer unos veinte tipos de solitarios distintos. Sobre las nueve, a casa a cenar. A veces se salía de noche; a veces, no.

Pero el rato bueno de verdad, era el rato de estar en casa. Discusiones eternas (Serrat vs. Sabina vs. Aute vs. Silvio Rodríguez... ), soflamas politicoides, intercambio de puntos de calceta, de libros, de cómics... chistes, chismes, historias, historietas... Y allí con nosotras, Sami.

Sami, que siempre sonreía y que ese verano empezó a afeitarse. Sami, que prefería a Pablo Milanés antes que a Silvio Rodríguez porque tenía el pelo rizado (¿cómo diantres le llamaba al pelo rizado? llevo días intentando recordarlo..). Sami, que me decía que yo era guapa porque tenía el pelo rizado como Pablo Milanés y que me regaló un pañuelo de encaje que pidió todo serio a su madre porque quería que fuera su novia...

El mismo Sami que me sonrió toda su vida, incluso cuando la distancia, el hecho de estar estudiando en Valencia, estaba enfriando mi relación con Esther y su familia. El mismo Sami que me miró con tanto respeto y todo serio el día que se dio cuenta de que estaba embarazada y me dijo "¿... vas a ser una mamá?". El mismo Sami que ponía cara seria cuando sus propios sobrinos lloraban porque se habían caído (o por cualquier otra cosa) y se sentía inquieto por no saber consolarles. Y que reía contento cuando le preguntabas por su trabajo.

Ese mismo Sami, el día que mi madre me dijo que había muerto. Una meningitis no detectada a tiempo. Fue absurdo, una enfermedad de niño en un cuerpo adulto. Fue ingrato, fue una hipocresía... su madre había muerto un par de años antes, su padre hacía unos meses y me harté de oír el comentario "... está mejor en el cielo, con sus padres".

Hipócritas. O ignorantes. Nadie va a decir de mí esa barbaridad, que estoy mejor muerta, en el cielo con mis padres. Pero no sabemos qué hacer con los niños, no sabemos qué hacer con los viejos, no sabemos qué hacer con los minusválidos, no sabemos que hacer con la gente distinta... signifique distinto lo que sea que signifique.

Sami estaba mejor aquí, con nosotros, disfrutando de tantas cosas que le hacían reír y haciéndonos disfrutar. Y nosotros estábamos mejor con Sami aquí.

No sabemos qué hacer con la gente con síndrome de Down, igual que no sabemos qué hacer con la gente que va en silla de ruedas, o que es ciega, o que es vieja o que... Recuerdo un artículo de Juan José Millás sobre un chico con síndrome en Barcelona, de una época en que su periódico le ofreció convertirse en la sombra de distintos personajes. Acababa con una reflexión muy dura, tras constatar cómo disfrutaba este chico con su trabajo, con su vida, como tenía hasta el puntito de mala leche necesaria para sacar partido a su enfermedad cuando le interesaba "quedarse" con la gente "normal": "Resulta cuanto menos estúpido que en este país una mujer sea libre de abortar cuando le dicen que su hijo va a ser como él y no pueda hacerlo cuando le puede tocar un hijo como yo".

De Sami, de Esther, de todo lo que me enseñaron con su amistad, de todo lo que aprendí gracias especialmente a él, me acordaba el otro día al leer esta noticia: Venden una muñeca con síndrome de Down.

Un beso, Sami. Espero que te hayas repuesto del desengaño, cuando te confesé que tenía el pelo rizado por culpa de una permanente...

domingo, 21 de octubre de 2007

Historias sin comida (ni bebida)


El otro día estaba contando una historieta de cuando niña, en la que mi abuelo intentaba consolarme de un castigo de mi madre con un pastel de cabello de ángel (postre que odio, por cierto), cuando me echaron en cara que contaba demasiadas historias relacionadas con comida y bebida.

Es muy posible que sea así. Para bien o para mal, la bebida desinhibe y consigue que mucha gente haga cosas que no haría normalmente... casi estoy por decir que consigue que la gente haga las cosas que yo hago normalmente. También es posible que esto haga que las historias sean algo más escandalosas y se recuerden mejor que las otras.

Y, en cuanto a la comida, ¡soy gallega!. Y no sé por qué, pero hay una extraña y legendaria relación entre nuestra cultura y la comida (y, claro, la bebida... pero eso iba aparte). En palabras de un amigo que se vino a pasar unos días a mi pueblo, "Llevo una semana en Galicia y, desde que he llegado, no hacemos más que comer o hablar de comida..."

Pero el caso es que a raíz del comentario, me quedé pensando en mi abuelo. Ya he hablado de él, pero le he hecho poca justicia. Desde luego, releyendo esa entrada, y alguna otra en la que le menciono, no creo que quede claro el nivel de complicidad que teníamos, ese que provoca que cada vez que pienso en él se me tenga que escapar un suspiro y una sonrisa.

Ya he comentado que me dejaba jugar con sus libros de pintura sin temor a que los rompiera. Seguramente, sea aún más revelador el que os cuente que mis muñecas preferidas para jugar en su casa eran dos figuras de porcelana. Una era una dama de época, con un vestido granate, largo, escotado y una cinturita de avispa de esas que tienes miedo que se rompa. Y la otra, que heredé y con la que aún juego cuando voy a casa de mi madre, es de una niña que juega a la pelota con un perrillo. Dependiendo del día, eran madre e hija o la reina y una dama de compañía o mis dos amigas del colegio...

Sufría algo más cada vez que pillaba por banda su mueble radio y jugaba con él como si fuera un piano. Veréis, es que era un mueble enorme, con radio y creo que tocadiscos también. Era más alto que yo y de ancho abultaba como cuatro veces más. Tenía un tapa superior que, cuando la levantabas, permitía acceder al tocadiscos y dejaba al aire el sintonizador y los altavoces. El tocadiscos ya no iba y la gracia, desgracia para mi abuelo, era que el frente estaba todo ocupado por teclas blancas que servían para recordar presintonías. Y tal y como estaban dispuestas era difícil resistirse a la tentación de sentirse Mahler o Chopin por una tarde... Y allá me iba yo, a aporrear la teclillas... que, por cierto, estaban durillas.

Pero hay sobre todo dos historias que reflejan su abuelidad. Dejadme que me invente esa palabra, intentando reflejar ese tipo de relación que, seguramente, todos los padres desearíamos tener con nuestros hijos pero que sólo se puede permitir uno con los nietos. Por aquello de malcriarlos y otras zarandajas sociales.

En la entrada que referenciaba antes, ya comentaba que las tardes de los fines de semana éramos dos vagabundos en busca de un rincón que pintar, recorriendo el valle de Perlío o el camino del Regueiro. Y que yo, a veces, me aburría mientras él pintaba... y, entonces, empezaba a aburrirle a él con mis juegos. Una tarde decidí llevar mi Nancy y una caja llena de vestidos para jugar sin molestarle. Mi madre me riñó cuando vio la cantidad de ropilla que estaba metiendo en la caja, que iba a rebosar. "Perderás algo y no te compraré ningún vestido más de la Nancy..." Yo, claro está, me ofendí toda y le dije que de eso nada.. Aunque me dejó inquieta, porque me había señalado el peor castigo que podría infligirme por aquella época. Salimos mi abuelo y yo, encontramos el rincón que decidió pintar ese día. Yo vi una murallita cercana y me puse a jugar. Cuando abuelo acabó, recogí y volvimos a casa. Metí la ropa de la Nancy en su sitio. Era sábado.

Al día siguiente hice el descubrimiento horrible. Faltaba una falda larga de terciopelo morado. Cuando salí con abuelo por la tarde se lo dije. Volvimos al sitio en el que habíamos estado el día anterior... removimos piedras, tablas, rebuscamos en arbustos... nada. Volví a casa con mi cara más larga y más triste, sin atreverme a contar a mi madre lo que había pasado. Pero mi abuelo encontró la solución, acudiendo en mi ayuda cual séptimo de caballería: me compró el mismo modelito, falda y blusa (no lo vendían por separado), para que pudiera hacer pasar la falda nueva por la que había perdido.

No, no os imaginéis el final, porque el final vino como dos años más tarde. Claro, por supuesto que le di tantos besos como pude, por supuesto que volvimos a juramentarnos como los compinches que éramos... pero la historia acabó meses después de que él muriera. El buen día en que las amenazas de mi madre crecieron en intensidad y me hice al ánimo de limpiar bien y recoger la cómoda de la ropa... una cómoda en la que yo ocupaba cinco cajones, y mi Nancy uno. Al sacar los cajones para limpiar mejor, arrugada y aplastada en una esquina, apareció la falda de terciopelo morado, la misma que nunca había perdido en la calle; sólo la había perdido en el caos de mi propia habitación. La recogí y empecé a llorar. Fui adonde estaba mi madre y le conté toda la historia a trompicones. Ella se calló, se fue a su habitación y volvió con la blusa a juego... la blusa a juego con la falda que mi abuelo había comprado cuando pensamos que había perdido ésta y que mi madre encontró cuando recogió la casa de mi abuelo después de su muerte. Lo sabía todo, pero ella también quería a mi abuelo. Y supongo que también a mí. Y que no tuvo fuerzas para romper nuestro secretillo.

¿Había dicho dos historias, verdad? La segunda es más simple. Y la atesoro como el mayor cumplido que nunca me han dirigido. Quería dibujar caras y siempre tropezaba con la nariz; vamos, que no había manera de conseguir algo que no pareciera un boniato, ni de frente ni de perfil. El caso es que me dediqué a observar cómo Purita Campos resolvía esto en los cómics de "Esther y su mundo" y un buen día me decidí a llevarlo a la práctica. Estaba en su casa y emborroné un par de papeles antes de quedar satisfecha con el resultado. Fuí corriendo a enseñárselo, que para eso era el experto de la familia. Le dije que se fijara, que qué bien me había salido por haber aprendido de lo que había visto en el Lily... y se quedó muy serio mirando para mí y me dijo: "¿De verdad crees que lo que has expresado ahí has podido aprenderlo de algún sitio que no seas tú misma?"

miércoles, 20 de junio de 2007

¿Qué nos echan en el ColaCao?


Me he encontrado por ahí "Songs for Beginners" de Graham Nash. En ese disco está la canción "Chicago". Y entre la canción y la movida de los treinta años de las primeras elecciones, me dio por barruntar algunas cosas y por eso pensé en esta entrada.

Tuve suerte. Para la banda sonora no podía contar con GoEar, que anda algo lisiado en estas fechas, y me fui a You Tube, a ver qué encontraba. Y me encontré esto:



El vídeo es un trabajo realizado para una clase de historia. Entre el vídeo, la letra de la canción y la entrada de la wikipedia, se puede completar bastante bien la historia completa tras la canción. De hecho, el título completo de la canción es Chicago/We Can Change the World.

Lo que daría pie para pensar que el caso es que algo hemos debido hacer mal, porque a veces creo que es el mundo el que nos ha cambiado a nosotros. O no. A ver. Que me cuesta explicarlo.

Tanto pelear por nuestros derechos, por ese estado del derecho y del bienestar ¿lo hemos conseguido y nos ha abotargado?. Estoy pensando en tanto nostálgico del "..contra Franco vivíamos mejor". O, como decía un paisano, "... e con Franco, a lo menos, ¡cantábamos!". No falla. Es el típico tema en el que siempre te sale alguien comentando lo marchosos que fueron los años setenta (bueno, unos años más en España... pongamos del 74 al 84) y que en aquellos tiempos sí había ideales y se peleaba por ellos, no como ahora que todo el mundo está apalancado, y no digamos ya los jóvenes que... No sigo, que todos sabemos la cantinela.

Sí, qué movida en los setenta. Qué lujo, la guerra de Vietnam para protestar. Y todos esos hippies en Wodstock para tomarlos como ejemplo, eh, qué pasada, quién hubiera estado allí. Y qué movidas aquí en España, corriendo delante de los grises, en la manifas antidictadura. Asociándote ilegalmente a los sindicatos y repartiendo libros prohibidos... Para que venga esta pandilla de niñatos y pasen de todo.


El párrafo os sonará, no es mío. Ese párrafo, u otro similar ¡qué más da!, me lo dedicaron años ha, los que tienen 10 años más que yo. Argumentos profundos y demoledores, que parten de los recuerdos románticos de cuando arreglaron personalmente el mundo y acaban siempre en la letanía cansina que si la juventud p'aquí, la juventud p'allá, que qué lástima.. argumentos todos tan sesudos que hasta alguno hubo que llegó a echarme en cara que el que yo me tomara la píldora, no tenía mérito. Había tenido mérito tomarla cuando estaba prohibida (por supuesto, en democracia tomarse la píldora anticonceptiva es un capricho baladí, ya que, como todo el mundo sabe, las demócratas no se quedan embarazadas). Argumentos que te dejan sin palabras, vaya. Y bostezando.

Sí, el mundo nos ha cambiado; seguramente, porque también hemos cambiado el mundo. Afortunadamente nadie corre delante de los grises. Afortunadamente hay democracia en este país, la píldora anticonceptiva es legal, los homosexuales pueden casarse, hay libertad de culto, el acceso a la cultura es más universal que nunca, y muchas bendiciones más. Como el dichoso, traído y llevado estado de derecho. Amén. Qué bien lo hicieron los que pelearon por esos derechos. Otra cosa es que eso dé derecho a criticar a los que no habían nacido entonces. Y a apalancarse. Y ya no digamos a salir del sindicato en cuánto fue legal para apuntarse al pelotazo. O a perseguir a los que llegan a este país buscando lo que buscaban mis vecinos en Alemania cuando yo era pequeña.

No sé. ¿Estamos más apalancados en nuestra burbuja de bienestar de lo que se estaba hace treinta años? Seguramente. Como me dijo alguien hace poco, es mucho más solapada la forma actual que tienen de recortar derechos, más cuando vivimos en una sociedad en la que, aparentemente, hay más libertades. Es difícil protestar cuando tienes tu vida hipotecada en algún banco, cuando hay tanta aparente variedad de medios de información hasta que descubres que por encima están siempre los mismos, cuando se permite de forma más o menos oficial que una misma empresa monopolice el acceso de los ciudadanos a los recursos informáticos, ocultando código e intenciones, cuando se potencia el recurso de la discusión grosera y no el de la argumentación o cuando se potencia el chismorreo rosáceo poniendo zancadillas al avance de la cultura de todos, mediante el establecimiento de cánones hasta en la bibliotecas públicas... Es dificil protestar y, al mismo tiempo, al tener cubiertos otros derechos básicos, surge una mezcla extraña entre el pasotismo y la desconfianza hacia lo que se pueda conseguir y a quién va a beneficiar realmente.

Pero yo, en el fondo, no me creo que esa máscara de pasotismo sea imperecedera. De vez en cuando, la gente despierta de su apalancamiento independientemente de su edad. Se deja el cinismo a un lado (o se lo lleva puesto ¿por qué no?) y enseña los dientes. Si yo pretendiera manipularnos, andaría con ojo.


miércoles, 13 de junio de 2007

¿Tarde o pronto?


Resultaba chocante incluso cuando yo era pequeña. La aparición de Nieves por la calle San Amaro era un espectáculo digno de ver y que se me quedó grabado: un carro viejo de madera con dos ruedas y un caballo enorme y que siempre me pareció feo. Ella allí subida, toda seria, pequeña, morena y correosa como era (que yo creía que la habían hecho de cuero), a las riendas. Y el carro completamente cargado de cántaras de leche. Siempre conseguía el mismo efecto, independientemente de que su llegada me sorprendiera jugando en la calle o en la ventana de la casa de mi abuela; me quedaba parada, mirando para ella con la boca abierta y envidiándola al verla allí subida, conduciendo su carro, mirando a los coches con desdén y a sus conductores como si fueran críos jugando que la molestaban mientras trabajaba.

Nieves era la lechera de mi abuela. Todos los días salía de su casa en El Val, montada en su carro, y se dirigía a Ferrol a vender la leche. Pese a su aspecto de mujer dura (lo era, pero sólo por fuera y por culpa del trabajo), en cuanto hablabas con ella encontrabas una mujer graciosa y muy cariñosa, que sonreía muy fácilmente.

Mi abuela era algo más que una cliente. Con los años se habían convertido en amigas y era habitual que mi madre y mi tía Canucha fueran a pasar las fiestas del Val a su casa. La zona del Val es una de las muchas zonas de Galicia en la que abunda la gheada. Si queréis entender en que consiste, os invito a leer esta entrada de Pepedante, lo explica muy bien. Es habitual por Ferrolterra, la comarca de influencia de Ferrol, ya que es una ciudad muy "castellanizada".

El caso es que mi madre de vez en cuando cuenta anécdotas de esas ocasiones en que iban a casa de Nieves. Por de pronto, el camino era toda una experiencia... lo hacían en el famoso carro de la leche. Apartaban las cántaras, se acomodaban como podían y salían hacia el Val. A menudo, era el propio camino, y lo que se encontraban por él, lo que provocaba las risas. Dice mi madre que una vez, nada más salir de Ferrol, encontraron un camión muy cuadrado, que hizo exclamar a mi tía Canucha "¡Anda!.. parece un cajón...", a lo que Nieves, muerta de risa, respondió "¿Un cajón?... ¡será un cagón, niña!" lo que provocó las carcajadas de mi tía, que muerta de risa repetía "Un cagón, dice, ¡por Dios!, ¡¡es un cajón!!", lo que volvía a provocar el ¡Cagón! y más risas por parte de Nieves, al que mi tía volvía a responder con un ¡Cajón!... y así, casi hasta llegar al Val. Lo curioso es que me han contado esto muchas veces y yo siempre me he preguntado cuántos malentendidos, no tan festivos, habrán sido provocados por tonterías como la que he contado.

Pero la anécdota que siempre me encantó, es la que recordé esta mañana al recibir un mail con subject ¿Tarde o pronto?. Dice mi madre que el hijo pequeño de Nieves, cuando tenía ocho años, dando vueltas por el campo de la fiesta, cayó rendido de sueño debajo del palco de los músicos. Cuando despertó eran las seis y media de la mañana y salió corriendo, disparado hacia casa. Su madre ya estaba despierta y trabajando en la cocina y cuando lo vio entrar, se extrañó y le preguntó:

- "... E logo, ¿de onde ves tan cedo?"
- "Da festa..."
- "¿¿¡¡Tan TARDE!!??"

Cuestión de perspectiva, supongo... :-)



" ...Y luego, ¿de dónde vienes tan temprano?"/"De la fiesta..."/"¿¿¡¡Tan TARDE!!??"

viernes, 30 de marzo de 2007

iParty


Antes de ayer me pasaron esta foto:



No os pienso permitir que la critiquéis. Me encanta tal cual está. Es una auténtica foto de una auténtica cámara en auténtico papel brillo y auténticamente escaneada. La pitufa, claro, es María. Tenía dos años y medio y estaba pasando la varicela (¡yo la pasé la semana siguiente! :-)) y como su padre había estado toda la semana cuidándola, decidí llevármela a la UJI para que el hombre respirara tranquilo. ¿A la UJI? ¿Y qué pintaba allí tu niña? Nada, que había iparty, montada "por los de Aditel"... la iParty 3, para ser más exactos.

La primera iparty de María y de una servidora. La pobre iba "de lunares", toda pintada con la tintura de las pupas de la varicela (cuando digo toda pintada es literal: como me aburría al curarle las pupas, me rallaba y empezaba a pintarle coches, caballos, árboles, pajaritos...). En fin, llegamos un poco desorientadas, la verdad. Y ¿sabéis qué? que me gustó. Me gustó porque estaba con mis alumnos y ellos controlaban el cotarro y yo no me enteraba... bueno, vale... me gustó después. Al principio no tenía muy claro qué diantres pintaba yo allí y me sentía muy despistada y desplazadilla... hasta que me dije aquello de "relájate y goza... ¡qué se lo están currando ellos!".

Pero pongamos que en la que me enganché fue en la iParty 4. Fue la primera que duró más de un día, todo el fin de semana. Empecé tan tranqui, yendo a las conferencias. Hasta que me enteré de que Jorge estaba en coma. Viajes varios, idas y venidas al hospital, idas y venidas al Hall de Jurídicas... porque, sobre todo, descubrí que estar con mis compañeros alumnos me ayudaba a llevar aquello mucho mejor. Así que me quedé hasta el final, y me puse a recoger cables.

Tuvimos que esperar un poquito para la iParty 5, también de fin de semana, también en Jurídicas. Pero en la iParty 5, María y yo ya íbamos como Perico por su casa, tan felices. Me volví a quedar el último día, para recoger. Y si el mantra Nanana nanana nanana ¡ná!, nanana nanana nanana ¡ná! tiene algún significado para ti... es que también estabas allí viendo como algún sin sentido ;-) le dejaba un micrófono a mi hija para que cantara :-)

La iParty 6 fue especial por muchas cosas. La primera en el pabellón y la primera en que dejé de echarle morro y me inscribí oficialmente. Y la recuerdo como puede un naúfrago recordar al barco que pasa a recogerle. ¡Lo que me reí en esa party!... Y lo que necesitaba reirme, cuánta falta me hacía... Creo que ninguno de los que estuvieron allí fue consciente de lo mucho que me ayudó a pasar un bache. Y como creo que no lo agradecí, aprovecho ahora :-). Sí, también me quedé a recoger cables. Y me fui de cena y hasta me perdí y todo :-D

De la iParty 7.. ay, fue rara. En Septiembre, en la zona de raquetas. Pero sobre todo, fue la primera sin Natxo. Nos costó reirnos, pero nos reímos. Lo que más recuerdo es la sensación de estar en medio de un cambio, como un relevo: eché de menos muchas caras, pero a cambio me encontré otras nuevas. Entre ellas, la mía que, por aquel entonces, ya era socia. Y ya me inscribí "de verdad", y me fui con el ordenador y me quedé por las noches y monté mesas e hice pulseras y ¡cómo no! :-) ;-) ¡¡recogí cables!!

Así que en la iParty 8 decidí que sería más práctico apuntarme a la organización. Te tiras de los pelos y te estresas pero también te ríes más, para compensar. Como este año, que también he pringado en organización y también estoy estresada y de los nervios, pero... ¡lo que pienso reirme!. Pero sobre todo, lo que pienso disfrutar de mis amigos, de mis compañeros con los que tanto aprendo. Bueno, no sé.. porque luego va y resulta que no me entero de nada, pero ¿he dicho ya lo mucho que me río? ;-)

¿Nos vemos en la iParty 9? :-)

domingo, 11 de marzo de 2007

Yo amé a Jupiter Jones


Fue hace mucho tiempo. Cuando todavía ponían dos rombos a los programas de televisión y entonces, aquel día, tocaba irse temprano a la cama. Mi madre no me dejaba leer acostada ("¡¡Te vas a quemar los ojos!! Apaga la luz y deja de leer..."). Pero lo bueno de la imaginación es que te deja viajar... hasta Rocky Beach, California, por ejemplo...


Jupiter Jones, Pete Crenshaw y Bob Andrews: el primer investigador, el segundo investigador y "archivos y pesquisas", respectivamente. Los tres investigadores. Por su culpa aprendí a escribir un apellido tan rocambolesco como Hitchcock a la tierna edad de ocho añitos, cuando incluía un par de libros de "Alfred Hitchcock y los tres investigadores" para mi hermano en mi carta de Reyes. La colección la inició él, pero en un par de años se había olvidado de ellos y yo cogí el relevo. Empecé a devorar esos libros y completé la colección, al menos los veinte primeros tomos1.

Colección que leí, releí y recontraleí. Y, así, no me costaba nada en absoluto imaginar, en cuanto me metía en la cama, que había aparecido en el mismo "Patio Salvaje" de los Jones. Dependiendo del día, saludaba a tía Mathilda y a tío Titus, que me invitaban a pasar o me tropezaba con Hans y Konrad, que me decían que los chicos no estaban por allí... y entonces aprovechaba para colarme en el Cuartel General... eso de haberme aprendido todas las entradas secretas a lo largo y ancho de los libros ¡había que amortizarlo! Porque la cara de sorpresa que ponían los tres cuando volvían y me encontraban dentro de la caravana, sentada a la mesa como solía hacerlo Jupiter, merecía la pena...

Los tres me caían bien, pero tenía debilidad por Jupiter. Mira tú por donde, antes de saber siquiera que existía la palabra nerdy, me embarcaba yo en aventuras en la lejana California de la mano del más nerdy de todos los nerdys. Vale que también era pelín creidillo, pero ya me encargaba yo de soltarle alguna que otra de vez en cuando, para que no se pasara. Aunque se podía permitir el lujo, porque la verdad es que era hábil tramando planes, recodando cosas y relacionando tonterías... bueno, vale: deduciendo hábilmente, sí. Y, la verdad, es que era él quien casi siempre solucionaba los misterios. Él creó la transmisión "Fantasma a fantasma" (... que no pude evitar recordar con cariño la primera vez que me hablaron del coste computacional exponencial) y la marca de los tres interrogantes ("???") como método secreto de comunicación (blanco para Jupe, azul para Pete y verde para Bob). Y se pasó días calculando por aproximaciones sucesivas el número de alubias blancas que había dentro de un tarro, ganando el derecho a utilizar un Rolls-Royce con chófer (Worthington) durante 30 días de 24 horas... Me dejó tocada en "El misterio de la Sombra Riente" al descubrirme los misterios del Kookaburra, pero cuando caí rendida a sus pies fue al leer "El misterio del Loro Tartamudo" y le vi ir resolviendo sucesivos acertijos que formaban la secuencia de pistas necesarias parar encontrar una valiosa pintura perdida... Pero, por supuesto, no se lo dije ni una sola vez.

En fin, cuántos buenos momentos imaginando una película mucho más divertida que la que no me dejaban ver en la tele... Eso sí, por desgracia, creo que nunca resolví un misterio con ellos: me quedaba dormida antes.



1Bueno, tengo 25, pero esos 5 últimos los compré y leí ya mayor... Nada comparado a la locura de los 12 años ;-)