domingo, 22 de abril de 2007

El mar lo perdona todo





-"Ha cambiado la temperatura... hace más fresquito ¿no?"

Es sólo uno de los pequeños milagros del mar. Y uno de los que más me gustan.

Anteayer leía una entrada en Paleofreak (¡gracias, Algernon!) sobre cómo salimos del mar. Tuve que acabar riéndome porque de repente se me vino a la cabeza el inicio de los capítulos de "Érase una vez...", con el pececillo transformándose en anfibio, transformándose en reptil, transformándose en mamífero, transformándose en mono, transformándose en persona... De ahí venimos, y por eso será que necesito saber que tengo el mar cerca, para poder volver a él en cuanto lo echo de menos.

No quiero que me entendáis mal: no tengo extraños ritos con el mar como protagonista. Ni necesito bañarme cada día en el mar, ni he sometido a mi hija a ningún rito iniciático hundiéndole la cabeza bajo sus aguas, ni bebo de sus aguas para purificarme. Pero me pregunto si sabría vivir lejos de él. Creo que no.

Su ruido, su olor, su color... Hasta esta semana no sabía qué diantres es el efecto Fresnel, pero qué tendrá eso que ver con perderse en todos y cada uno de los colores y matices que regala. Es energía en movimiento, con el mismo poder hipnótico que tiene el fuego, ¿quién puede resistirse al baile de las olas?. He pasado muchas horas mirando el ir y venir de las olas, caprichoso o no, pero con su propio mensaje y su propia coreografía... un relajante cuando necesitas respirar hondo, un murmullo amigo con una canción eterna. Tus propios pensamientos pueden sincronizarse con él, hasta que notas bailar pensamientos y olas en sintonía. La cabeza, en paz por unos instantes... y qué contradicción, que tanto más me calme cuanto mayor es el oleaje. Cuánto daría a veces para que este Mediterráneo junto al que vivo, sacara pecho de vez en cuando y me bailara como lo hace el Atlántico. Pero no me puedo quejar: este Mediterráneo me cuida y me ofrece otros colores...

Gracias por llevarme el otro día junto al mar... ya sabes, todo lo perdona :-)




viernes, 20 de abril de 2007

jueves, 19 de abril de 2007

...melting in light


La mancha azul se extendía perezosa, derritiéndose, empapándolo todo y cubriendo aquello que alcanzaban a ver.

Cada beso hizo estallar una pequeña flor amarilla, como botones de oro. Las caricias se abrían en pequeños tulipanes malvas que parecían bailar al compás de la mano.

¡Y las risas! Las risas conseguían que grandes hojas verdes les cobijaran y les protegieran, al abrigo de todo lo que estaba fuera, atenazándoles.

También hubo pequeños suspiros. Con cada uno se desprendían pequeñas burbujas irisadas, que ascendían y se iban perdiendo por el azul, azul... azul que se derretía, lo empapaba y lo cubría todo. Azul acogedor y confortable.

No había tantos colores como en Goab, pero tampoco era Fantasía. Eran ellos dos, un pequeño rincón del mundo real y el poder mágico de la luz...

martes, 17 de abril de 2007

Sonreír


Hizo como que seguía leyendo, pero la verdad es que desde que había entrado en la habitación había estado siguiendo con el rabillo del ojo todos sus movimientos.

Hizo como que se movía despreocupadamente por la habitación, pero la verdad es que desde que había entrado en la habitación había estado siguiendo el juego, dejándole que leyera en sus movimientos. Al final, tuvo que girarse y sonreír.

Sólo entonces levantó la mirada del libro y sonrió también.

Mientras salía de la habitación, surgió la complicidad y la picardía. "Ya caerás..."



domingo, 15 de abril de 2007

It was a rainy day


Fue una tarde después de comer. Creo que estaba leyendo, pero puede ser que simplemente estuviera perdida en el sofá. Sé que fui consciente de que te echaba de menos.

Qué extraño. Qué dolor tan extraño. No te conocía. Cómo se puede echar de menos lo que no conoces. Pero era así: te echaba de menos.

Y te he echado de menos tanto tiempo, tantas veces...

Va a ser todavía peor. Sé que va a ser peor, que te echaré todavía más de menos. Y que es sólo el principio, porque cada vez estarás más lejos.

Buen viaje y buena suerte. ¿Volverás de vez en cuando?... aunque sólo sea para que pueda seguir echándote de menos...

martes, 10 de abril de 2007

Los saltadores siempre pierden


Si lo pensáis bien, en el salto de altura ganar significa perder: en el resto de especialidades te mides en relación con tus compañeros, compites con ellos y el que lo hace mejor gana. Pero cuando practicas salto, tu rival es un listón que, a la larga, siempre acaba ganándote: ganas cuando el listón te hace perder. Es la única especialidad, además, en la que puedes seguir compitiendo sólo, a la espera de que llegue esa altura que no puedes superar al cabo de tres intentos. Y en el momento en el que pierdes, ganas.

¿O era al revés?

No era una cuestión como para perder el sueño, hasta que, no sé por qué, el hilo de mis pensamientos me llevó a la cuestión de "¿Qué hay más paralizante que el miedo al fracaso?" y me descubrí respondiendo que el miedo al éxito. Es casi humano escudarte en el miedo a un posible no que te cubra de ridículo para dejar de hacer algo... lo que no está tan claro es cómo asumir ese miedo al , salvo que sepas que te obligará a seguir adelante y a tomar decisiones, en lugar de dar vueltas.

Así, me he pasado casi la mitad de la noche en blanco, sintiéndome como una saltadora, compitiendo sola contra un listón. Perdiendo por miedo a ganar. Y sabiendo que si gano, pierdo.

jueves, 5 de abril de 2007

Tu sei un attimo senza fine



Senza fine
Tu trascini la nostra vita
Senza un attimo di respiro
Per sognare
Per potere ricordare
Ciò che abbiamo già vissuto
Senza fine, tu sei un attimo senza fine
Non hai ieri
Non hai domani
Tutto è ormai nelle tue mani
Mani grandi
Mani senza fine
Non m'importa della luna
Non m'importa delle stelle
Tu per me sei luna e stelle
Tu per me sei sole e cielo
Tu per me sei tutto quanto
Tutto quanto io voglio avere
Senza fine...



Senza fine. Sans fin. Without end.

Infinito.

Bucles sin fin, bucles extraños, paradojas. Tenía que encontrarte así, para cerrar un círculo. Para completar un ciclo, para permanecer en él.

Infinito.

Pero sin ayer y sin mañana. Siquiera sin hoy.

lunes, 2 de abril de 2007

Telarañas


Hace tiempo leí una historia en la que una araña le salvaba la vida a una persona que estaba huyendo: tejió una telaraña por el hueco del pasadizo usado para huir y nadie buscó por ese camino.

Es como una paradoja, pensar que una frágil telaraña puede cerrar así una puerta, aunque lo cierto es que nunca sabes lo que te puedes encontrar dentro de una caja olvidada en el trastero y sellada con telarañas. Y, a pesar de su fragilidad, tampoco sabes si serás capaz de romper ese sello. Porque para romperlo, basta simplemente con querer hacerlo.

Y dentro te puedes encontrar una encrucijada rota, rota cuando tuviste que tomar una decisión y, o no tuviste paciencia o te faltó coraje y acabaste tirando por la calle del medio. Te puedes encontrar tu corazón congelado, tu respiración suspendida y tu cabeza palpitando. Te puedes encontrar el hueco de una mano, el abrigo de un abrazo, el consuelo de una caricia. Te puedes encontrar olor a caramelo, el estallido del pan recién cocido, la frescura de la sandía en verano. Te puedes encontrar un relámpago, la naúsea del olor a asfalto, la monotonía cansina del tráfico que odias. La sonrisa que creías pérdida para siempre.

Claro que también te la puedes encontrar vacía.

¿Qué guardas en tu trastero, qué esconden tus telarañas, qué protegen las telarañas que sellan tus recuerdos?

Sin palabras



Visto en 20minutos.es

viernes, 30 de marzo de 2007

iParty


Antes de ayer me pasaron esta foto:



No os pienso permitir que la critiquéis. Me encanta tal cual está. Es una auténtica foto de una auténtica cámara en auténtico papel brillo y auténticamente escaneada. La pitufa, claro, es María. Tenía dos años y medio y estaba pasando la varicela (¡yo la pasé la semana siguiente! :-)) y como su padre había estado toda la semana cuidándola, decidí llevármela a la UJI para que el hombre respirara tranquilo. ¿A la UJI? ¿Y qué pintaba allí tu niña? Nada, que había iparty, montada "por los de Aditel"... la iParty 3, para ser más exactos.

La primera iparty de María y de una servidora. La pobre iba "de lunares", toda pintada con la tintura de las pupas de la varicela (cuando digo toda pintada es literal: como me aburría al curarle las pupas, me rallaba y empezaba a pintarle coches, caballos, árboles, pajaritos...). En fin, llegamos un poco desorientadas, la verdad. Y ¿sabéis qué? que me gustó. Me gustó porque estaba con mis alumnos y ellos controlaban el cotarro y yo no me enteraba... bueno, vale... me gustó después. Al principio no tenía muy claro qué diantres pintaba yo allí y me sentía muy despistada y desplazadilla... hasta que me dije aquello de "relájate y goza... ¡qué se lo están currando ellos!".

Pero pongamos que en la que me enganché fue en la iParty 4. Fue la primera que duró más de un día, todo el fin de semana. Empecé tan tranqui, yendo a las conferencias. Hasta que me enteré de que Jorge estaba en coma. Viajes varios, idas y venidas al hospital, idas y venidas al Hall de Jurídicas... porque, sobre todo, descubrí que estar con mis compañeros alumnos me ayudaba a llevar aquello mucho mejor. Así que me quedé hasta el final, y me puse a recoger cables.

Tuvimos que esperar un poquito para la iParty 5, también de fin de semana, también en Jurídicas. Pero en la iParty 5, María y yo ya íbamos como Perico por su casa, tan felices. Me volví a quedar el último día, para recoger. Y si el mantra Nanana nanana nanana ¡ná!, nanana nanana nanana ¡ná! tiene algún significado para ti... es que también estabas allí viendo como algún sin sentido ;-) le dejaba un micrófono a mi hija para que cantara :-)

La iParty 6 fue especial por muchas cosas. La primera en el pabellón y la primera en que dejé de echarle morro y me inscribí oficialmente. Y la recuerdo como puede un naúfrago recordar al barco que pasa a recogerle. ¡Lo que me reí en esa party!... Y lo que necesitaba reirme, cuánta falta me hacía... Creo que ninguno de los que estuvieron allí fue consciente de lo mucho que me ayudó a pasar un bache. Y como creo que no lo agradecí, aprovecho ahora :-). Sí, también me quedé a recoger cables. Y me fui de cena y hasta me perdí y todo :-D

De la iParty 7.. ay, fue rara. En Septiembre, en la zona de raquetas. Pero sobre todo, fue la primera sin Natxo. Nos costó reirnos, pero nos reímos. Lo que más recuerdo es la sensación de estar en medio de un cambio, como un relevo: eché de menos muchas caras, pero a cambio me encontré otras nuevas. Entre ellas, la mía que, por aquel entonces, ya era socia. Y ya me inscribí "de verdad", y me fui con el ordenador y me quedé por las noches y monté mesas e hice pulseras y ¡cómo no! :-) ;-) ¡¡recogí cables!!

Así que en la iParty 8 decidí que sería más práctico apuntarme a la organización. Te tiras de los pelos y te estresas pero también te ríes más, para compensar. Como este año, que también he pringado en organización y también estoy estresada y de los nervios, pero... ¡lo que pienso reirme!. Pero sobre todo, lo que pienso disfrutar de mis amigos, de mis compañeros con los que tanto aprendo. Bueno, no sé.. porque luego va y resulta que no me entero de nada, pero ¿he dicho ya lo mucho que me río? ;-)

¿Nos vemos en la iParty 9? :-)

miércoles, 28 de marzo de 2007

Ojos de color violeta


Me estaba mirando con unos ojos increíbles, de color violeta. Yo creía que sólo Elizabeth Taylor tenía los ojos de color violeta. Pero no, aquella niña que tenía delante, mirándome tan fijamente, tenía también unos ojos increíblemente violetas, increíblemente grandes e increíblemente dulces.

-"¿Cómo te llamas?"
-"Estefanía", me dijo.
-"Yo tengo una nena de nueve años... ¿cuántos años tienes tú?"
-"Tengo once, soy mayor que tu hija..."

Me quedé callada un rato, no sabía muy bien cómo seguir, ni qué decir. La niña me miraba con sus ojos de color violeta, con carita algo asustada y yo no sabía muy bien si estaba esperando consuelo o si se suponía que esperaba que yo le explicase lo que estaba pasando.

Y yo no tenía nada claro qué podía hacer o qué podía decir. Estaba allí con ella y se suponía que yo era la adulta. Se suponía que yo debería tener respuestas o que yo debería saber qué era lo que ella quería oir. Pero la verdad era que, seguramente, yo debía de estar poniendo la misma cara de susto que ella ponía.

-"¿Cómo se llama tu hija?"

Bueno, para esa pregunta sí tenía respuesta.

-"María"
-"Tengo una amiga que se llama así..."

Descubrí que hablar con ella era una forma de suavizar su carita de susto. Así que seguí.

-"¿Tienes hermanos?"
-"Sí, dos... y tú ¿tienes más niños que María?"
-"No"
-"Vaya..."

Del tono de voz no pude discernir si le parecía bien o mal. Seguramente no le importaba mucho, pero creo que ella también se había dado cuenta de que hablar era bueno para quitarnos el susto de la cara. Aunque yo no pudiera regalarle la vista con unos preciosos ojos de color violeta.

No sabía muy bien cuál era su situación. A mí me dolía cada vez más la pierna.

-"¿Sabes? Si ahora estuviera aquí mi mamá, le daría un beso muy grande y le diría todo lo que la quiero... aunque ayer me porté mal... le desobedecí y compré las chuches aunque me dijo que no..."
-"No te preocupes..."- tuve que sonreír ante la cara de culpable que puso -"...ella seguro que lo sabe. Sabe que comiste las chuches y, sobre todo, sabe que la quieres... Yo también quiero a María y también sé cuando me desobedece..."
-"Tengo sueño... se me cierran los ojos..."
-"No es buena idea, debemos estar despiertas... ¿sabes alguna canción? ¿quieres que cantemos? ¿te gusta cantar?"
-"Sí..."

Nunca creí que fuera a bendecir al triunfito de turno. Empezó a cantar una de esas tontas canciones que le ruego a María que no cante cuando yo estoy delante. Pero en aquel momento me pareció maravillosa porque consiguió que no cerrara sus ojos de color violeta. La cantaba con toda su letra, con todas sus notas y con toda su alma... si me descuido hasta se hacía los coros a sí misma...

Entonces reuní el valor para echar un vistazo. Mi pierna derecha estaba atrapada en un amasijo de hierros que habían conseguido fabricarme una especie de media metálica. Pero en el cuerpo de la pobre niña no podía distinguir nada a partir de la cintura... su cuerpo se perdía en una espiral roja y puntiaguda... ¡Santo Dios! ¿Es que todavía iban a tardar mucho más en venir a rescatarnos?

Lo tuyo es puro teatro




Tengo un amigo que es muy, pero que muy tímido. Pero sabe hacer magia.

La he podido disfrutar pocas veces, pero cada vez que está dispuesto a hacerla, me deja con la boca abierta y una sonrisa en los labios. Basta con observarle cuando aparece. Igual hay algún pequeño detalle que te hace ponerte al loro, como que vista una gorra; y esa gorra va a formar parte de la performance, porque debajo de esa gorra hay un nuevo personaje, que es amigo de mi amigo, pero que no es mi amigo: es mi amigo multiplicado por veinte, crecido, potenciado y aumentado. Aullará, cantará, bailará, exagerará, gritará, llorará, meditará, reirá, lo hará todo en aras de ese personaje porque, al fin y al cabo, la magia consiste en darle vida a alguien que eres tú, pero que no eres tú, y que los demás lo vivan.

Y una servidora en esos momentos, mira de reojillo por no romper el encanto y disfruta de la suerte de tener un amigo, capaz de hacer esa maravillosa magia, de transformarse, de meterse y de meterte en esa magia.

Ayer, mi amigo estuvo de patrón. Por muchos años.

sábado, 24 de marzo de 2007

Momento Sunsilk


Hay días en los que tú eliges la ropa y hay días en los que la ropa te elige a ti.

¿Por qué no tiras esos vaqueros? Descoloridos, rotos, zurcidos, desflecados, con agujeros, cuatro tallas más grandes y con más de diez años. Pantalones viejos, zapatillas gastadas, camiseta con agujeros.

Y el cielo del color que me gusta. Y sol. Y no tengo resaca. Y tengo hambre y desayuno y me ducho y me visto y salgo a la calle. Y me pongo a andar, está toda la carretera para mí sola.

Y llevo mis vaqueros viejos, mis zapatillas gastadas y mi camiseta con agujeros. Y meto las manos en los bolsillos y la cadera se adelanta y la espalda se descuelga y pego zancadas de metro.

Y camino, camino, camino y el viento en la cara. Y me acuerdo de otro sábado, cuando tenía ocho años y estaba con el pelo mojado, recién duchada y en mi bici bajando una cuesta, con el el viento en la cara, el pelo y el vestido revoloteando y, de repente, lo único que importaba era estar allí disfrutando, respirando y como flotando en medio de la velocidad.

Y sigo pegando trancos, con las manos en los bolsillos y el viento en la cara.

Hay días en los que tú llevas la ropa y días en los que la ropa te lleva a ti.


Viento Sur (Josele Santiago)

miércoles, 21 de marzo de 2007

Mamá


"¡Miér... coles!"

Se había vuelto a romper el hilo. Esa costura le estaba costando dos años de salud. Pero no había encontrado el hilo de nylon y el de algodón se le estaba rompiendo cada dos por tres. Volvió a ajustar la tensión de la canilla y enhebró de nuevo la máquina. Pero le estaban doliendo los ojos y la espalda. Paró un momento, suspiró y miró el reloj. Las dos menos veinte de la madrugada. Una pila de platos por fregar en la cocina... y la colada por hacer. Pero tenía que acabar el vestido para el día siguiente. Si lo entregaba y le pagaban, podría ir a la carnicería. Si no, tocaría volver a hacerle a Luis un bocadillo de croquetas para comer. Llevaba casi una semana sin comer carne. Y con lo comedor que era, tenía que darle carne alguna que otra vez o se le quejaba.

Que día había llevado. La niña estaba preciosa, pero ¡menuda faena daba!. Y cómo comía... ¡y lo que hablaba!, no se callaba ni debajo del agua. Y había veces que las soltaba tremendas. Como hoy, que cuando dijo aquello no supo ni que contestarle, "Mamá... ¿papá quién es? ¿el señor que vive en casa los domingos?". No pudo evitar torcer la boca en un gesto de amargura. Luis echaba tantas horas en el astillero que los niños no le conocían y sólo lo asociaban al domingo. ¿Cómo iban a conocerle, si salía de casa a las seis y media de la mañana y volvía pasadas las once?. ¡Malditas horas extras! Maldito dinero que nunca llegaba, maldito alquiler que se llevaba más de la mitad del sueldo, maldito... ¡maldito el continuo desgaste, el nunca parar, tanto tener que romperse el lomo para sacar adelante una familia!

De la sala llegaron las campanadas de las dos y le sacaron de su ensoñación. El flexo le transmitió una extraña sensación de familiaridad que no le hizo mucha gracia; al fin y al cabo, esa familiaridad venía de la mano de muchas noches bajo su luz. Como la de hoy. "Bueno, a acabar el vestido, para poder ir a la compra mañana... que si sigo renegando seguro que no lo acabo". Ahora parecía que iba mejor y que hasta la máquina hacía menos ruido. Debía de tener el hilo de la canilla muy tirante y por eso rompía... Y qué ruido hacía la máquina, tenía que acordarse de aceitarla. Ahora no, que podía mancharse el vestido.

¡Por fin! Ahora sólo faltaba sobrehilar la bastilla, rematar los hilos de las costuras, quitar todos los hilvanes y plancharlo. Empezó el sobrehilado, pero lo dejó a las dos y media. Podía acabarlo mañana, después de preparar el desayuno. Ya no podía más, se le estaban cerrando los ojos.

"Trini, ya me voy...". Eso quería decir que ya era la hora de levantarse. Cada noche dejaba el bocadillo del almuerzo de su marido ya envuelto y el desayuno casi preparado; así, él no tenía más que calentar la leche y ella podía dormir algo más, hasta que él se iba. Hacía frío aquella mañana. O igual le había cogido el frío por la noche.

Se calentó la leche, desayunó una tazada y dejó ya listas las de los niños. Aún faltaba un buen rato antes de tener que despertar a Luis Ángel para ir al colegio... y confiaba en que el terremoto no se despertara antes. Ay, ¡qué dos!, el uno tan dormilón, la otra que apenas paraba en cama. El uno que no comía nada y la otra que comía todo lo que le pusieran por delante y más.

Pero le dio tiempo de rematar todas las costuras antes de que despertaran. Y pudo quitar los hilvanes y planchar el vestido mientras desayunaban. Para cuando el niño salió hacia el colegio, ya estaba el vestido listo. A entregarlo, a cobrar y a la compra.

Se aseó y se vistió y luego arregló a la niña. Por lo menos, no llovía. Con la cartera y la bolsa de la compra en el bolsillo, la niña en una mano, y el vestido en la otra, salió hacia la calle Dolores con la prisa de quien lleva ya casi cuatro horas sin haber parado de trabajar, pero sin haber empezado todavía a realizar su faena diaria. Llegó a la casa. Llamó al timbre y salió la chica. Cogió el vestido y le dijo "Espere un momento...", mientras se volvía hacia dentro y la dejaba plantada en las escaleras, sin invitarle a entrar. No le importaba, le iban a pagar y podría ir a la compra. Oyó pasos de vuelta...

-"Dice la señora que hoy no le viene bien pagarle, que pase dentro de cuatro días... ¡Adiós!"

lunes, 19 de marzo de 2007

Smile, please!

No hay que ser un hacha para darse cuenta de que últimamente no me río mucho. Pero, mira tú por donde, esta tarde me he metido en Coudal Partners, una de mis adicciones en Internet. Y os paso tres motivos que justifican ese vicio:

  1. Empiezo con una dedicatoria para amanda. Y puede que para mí, también...

  2. Ayer fue San Patricio en el mundo anglosajón: ayuda a un devoto

  3. First annual SXSW Interactive Geek T-Stream







Con mis mejores deseos: a mí me han hecho sonreír. Espero que os causen el mismo efecto.

domingo, 18 de marzo de 2007

Miedo


Dedos helados recorren mi espalda. Tengo que rebajar el ritmo de mi respiración porque temo hacer demasiado ruido y despertar al que duerme. El estómago se contrae y las piernas están flojeando. Noto un sabor amargo en la boca, y el vientre tenso como si el deseo estuviera agazapado dentro de él y preparado para saltar. Las manos tiemblan y apenas siento los dedos, quiero tapar mi cara con las manos, pero no me están obedeciendo y tengo que mostrarla... me da vergüenza, como si estuviera desnuda en la plaza del pueblo. En las sienes golpea el pulso, apenas puedo dominar el temblor de los labios... no puedo tragar ni el aire...

Si no notara tanto frío, si no notara tanto vacío, si no notara que me fallan los miembros... si no notara tanto miedo ante la posibilidad de estar enamorada de ti...




viernes, 16 de marzo de 2007

En la plaza, a las ocho.


Las ocho y diez. Odiaba esperar a la gente. Odiaba llegar diez minutos antes de la hora, como mínimo, y luego saber que seguro que tendría que esperar otro cuarto de hora a los demás. Siempre era así. Y hoy tenía el día tonto... hay días en que sabes que la tendrás, que se va a liar; estás especialmente sensible para saltar, para ponerte huraño, para dar una mala contestación. Sabes que acabarás pegando un grito o diciendo algo que no quieres decir. Y hoy era uno de esos días, sabía que acabaría gritando, llorando o pegando un portazo...

Fue hasta el escaparate de la zapatería. Nada, qué zapatos, los mismos que hay en las otras sopocientas zapaterías, todas clónicas... ¿lo hacen a propósito?. Los mismos horribles zapatos puntiagudos, las mismas botas de peluche... deben de tener miedo a que salgamos de casa sin el uniforme puesto. Un reflejo en una esquina del cristal le hizo girarse, le había parecido ver a alguien conocido en una sombra. Pero no, aún no había aparecido nadie.

Dios, cómo se le había ocurrido acabar en esa ciudad. Si al menos hubiera mar... tenía necesidad de ver el mar, de oirlo, de sentirlo, de olerlo. Podía pasar horas mirando al mar allá en su pueblo, sin aburrirse... ¡cómo aburrirse ante el espectáculo del mar, hablándole, llamándole, inquietándole y llenándole todos los sentidos! No es posible aburrirse ante la vida, ante la plenitud y ante el poderío que desplegaba en cada ola, en cada marea. Y qué difícil era explicarle ese poderío a los que nunca habían visto desaparecer toda una playa bajo el manto de la marea. O cómo explicarles que cada año la playa era distinta, que las rocas desaparecían o emergían a capricho de corrientes y tormentas de invierno... ¡cómo explicarles qué era el mar, cómo sentir su poder... enmedio de aquella meseta seca y amarilla!

Cómo explicarse a sí misma cómo había acabado allí. Cómo convencerse de que no había sido un error seguir al amor para acabar en una plaza, aburrida, impaciente, cabreada y con morriña del mar, de su mar. Con morriña de su casa, de sus paisajes, de los sitios en los que había crecido y de los amigos de toda la vida; con morriña hasta de la lluvia y el viento, de las interminables tardes de temporal en las que parecía que nunca pararía de llover. Todo por seguir a una persona con la que ya no estaba. Pero era tarde para volver, había ya demasiadas cosas que abandonar: el trabajo, nuevos amigos, un piso hipotecado... y la rutina y el andar sin tener que molestarse en dirigir los pasos, sin tener que pensar, sin tener que saber hacia dónde quieres ir porque igual te da un sitio que otro.

Las ocho y veinte. ¿Iba a aparecer alguien de una puñetera vez?. Estaba convencida de que la gente miraba para ella preguntándose qué diantres hacía allí, colgada y modiéndose una uña. Vaya ¿qué hacía mordiéndose una uña?. En un gesto de impaciencia casi infantil, se sacudió la mano y se la metió en el bolsillo. Iba a tener los bordecillos de los mordiscos molestándole toda la noche, nunca recordaba meter una lima en el bolso... bueno, tampoco había cogido el bolso. Ahora que lo pensaba, esperaba no tener que identificarse, iba sin carnet... pero ¡qué tontería! ¿cuándo había sido la última vez que le habían pedido el carnet? ¡ni que necesitara demostrar que tenía más de dieciocho años para entrar en los garitos!

Debería irse, pasar de la gente con la que había quedado e irse sola. Con un poco de suerte, se liaría con alguien a quien podría olvidar antes de que se le pasara la resaca y, por lo menos, se le pasaría el cabreo y la impaciencia... que seguro que eran directamente proporcionales al tiempo que hacía que no se comía un rosco. Pero no, a quién quería engañar... lo más seguro era que acabaría en casa sola y sin haber ligado, con un pedo del calibre veintiocho. Y mañana seguro que tendría que comerse a dos carrillos la resaca, junto con las explicaciones cutres de por qué no había comparecido. No. Si se iba tenía que ser para romper con todo, para cambiar esas dichosas rutinas, para no volver a dar explicaciones, para poder respirar sin miedo a que la sorprendieran llenando los pulmones de ilusión y de oxígeno... para volver a su mar, a pasar las horas hipnotizada con su canción y su ritmo, a dejarse acunar por su balanceo, a dejarse lamer por sus olas y a dejarse sepultar por sus abismos. Tenía que irse, tenía que volver al mar, tenía que recuperar su sabor, tenía que volver a tener su sal en la piel, tenía que...

Demasiado tarde. Allí estaba Menchu, saludando con la mano.

miércoles, 14 de marzo de 2007

Asco


Te olvidas de ellos, hasta que sale uno, de repente, como puede salir un grano. Y sí que son granos purulentos y asquerosillos. No se me ocurre mejor metáfora para describirlos.

¿Quiénes son? Depende. Las pintas son variadas. Está el señor bajito con pinta de inofensivo y de no tener mitja bofetá que se te pega al culo en el metro. Para este el mejor tratamiento es darte la vuelta y mirarle a los ojos. Comprobado: sale huyendo.

Otro espécimen suele ser un señor que va tan tranquilo en el autobús, sentadito y mirando por la ventanilla; pero en el momento en que te sientas a su lado, y sin mirarte siquiera, inicia un movimiento rítmico en su bolsillo sin cortarse un pelo. Con estos las más de las veces sólo me he levantado bastante asqueada... pero un par de ocasiones, hice algo más de ruido, levantándome de forma brusca mientras vocalizaba con voz potente lo "Vale, comprendo que necesite intimidad para hacerse la paja..."

Con todo el más típico es el imperturbable que te pone en el sitio recordándote que el papel de tus tetas en este mundo era estar ahí mismo esperando sin hacer nada hasta que ha venido él, en forma de Redentor de la Humanidad a calibrártelas, evaluártelas y, si hay suerte, a darles el Visto Bueno. Pero no hay que confiarse, porque no se ha pasado completamente la prueba hasta que no te encuentras a su compadre, el evaluador de culos, que te someterá a un análisis todavía más exigente.

El que me he cruzado hoy es también curioso: un señor muy serio, muy trajeado, muy encorbatado... que va tan tranquilo hasta que se pone a tu altura en el paso de cebra o hasta que se cruza contigo por la calle y te suelta una animalada tan grande que no sabes que decirle, ni que clase de enfermedad mental puede sufrir...

Y a una servidora, casi que a estas alturas le da lo mismo. Pero ayer me fijaba en María, que ya es un proyecto de persona y está en esa edad en que está a punto de dejar de ser una niña, pero aún está muy lejos de ser una mujer. La edad preferida por esa pandilla de abyectos que son capaces de ensuciar cualquier cosa que miran... esos señores tan serios que se quedan mirando a las niñas cuando juegan en el parque, esos que se aprovechan en cuanto pueden de la más mínima familiaridad para tocar a la niña (y la referencia a la familiaridad no es gratuita)... esos que tan discretamente te hacen sacar los colores sin que puedas expresar exactamente por qué y sin que puedas quejarte concretamente de algo. Lo malo es cuando te convencen de que la que está haciendo algo malo eres tú. Y es que son jodidamente buenos en su discreción para hacerte creer que la sucia eres tú.

Empecé llamándoles granos purulentos. No todo el mundo acepta igual a los granos, ni los trata de la misma forma. Dicen que si no les haces caso, acaban yéndose (claro que eso no quita para que te sientas sucia y molesta mientras el grano está ahí). Dicen que si te dejas llevar por la impaciencia y les haces caso e intentas quitarlos del medio por las bravas, acabas con una marca en donde tenías el grano.

Y claro, si amenazo con reventaros como os atreváis a hacerle algo a mi niña, la "mala" seré yo...

martes, 13 de marzo de 2007

Abusando de los vídeos ajenos

Lo siento. Pero es que este vídeo hay que difundirlo. Lo vi en Escolar, que se lo agradece a Chomsky Vids.



¡Qué país! Los humoristas te hacen pensar y los políticos te hacen llorar vomitar...

La cabra...

La Cabra Mecánica, el Lichis o como queráis, o como prefiráis, llamarle. Pero está bien pegarle un repaso de vez en cuando...






Así sigamos reivindicando
mientras engorda nuestra cuenta en el banco.
Ciegos, sordos, mudos y divididos
en este engreído planeta de simios.



Otro día os pongo Palabras de gasolina (¡eh, tú! ¿llevas fuego encima..?)

domingo, 11 de marzo de 2007

Yo amé a Jupiter Jones


Fue hace mucho tiempo. Cuando todavía ponían dos rombos a los programas de televisión y entonces, aquel día, tocaba irse temprano a la cama. Mi madre no me dejaba leer acostada ("¡¡Te vas a quemar los ojos!! Apaga la luz y deja de leer..."). Pero lo bueno de la imaginación es que te deja viajar... hasta Rocky Beach, California, por ejemplo...


Jupiter Jones, Pete Crenshaw y Bob Andrews: el primer investigador, el segundo investigador y "archivos y pesquisas", respectivamente. Los tres investigadores. Por su culpa aprendí a escribir un apellido tan rocambolesco como Hitchcock a la tierna edad de ocho añitos, cuando incluía un par de libros de "Alfred Hitchcock y los tres investigadores" para mi hermano en mi carta de Reyes. La colección la inició él, pero en un par de años se había olvidado de ellos y yo cogí el relevo. Empecé a devorar esos libros y completé la colección, al menos los veinte primeros tomos1.

Colección que leí, releí y recontraleí. Y, así, no me costaba nada en absoluto imaginar, en cuanto me metía en la cama, que había aparecido en el mismo "Patio Salvaje" de los Jones. Dependiendo del día, saludaba a tía Mathilda y a tío Titus, que me invitaban a pasar o me tropezaba con Hans y Konrad, que me decían que los chicos no estaban por allí... y entonces aprovechaba para colarme en el Cuartel General... eso de haberme aprendido todas las entradas secretas a lo largo y ancho de los libros ¡había que amortizarlo! Porque la cara de sorpresa que ponían los tres cuando volvían y me encontraban dentro de la caravana, sentada a la mesa como solía hacerlo Jupiter, merecía la pena...

Los tres me caían bien, pero tenía debilidad por Jupiter. Mira tú por donde, antes de saber siquiera que existía la palabra nerdy, me embarcaba yo en aventuras en la lejana California de la mano del más nerdy de todos los nerdys. Vale que también era pelín creidillo, pero ya me encargaba yo de soltarle alguna que otra de vez en cuando, para que no se pasara. Aunque se podía permitir el lujo, porque la verdad es que era hábil tramando planes, recodando cosas y relacionando tonterías... bueno, vale: deduciendo hábilmente, sí. Y, la verdad, es que era él quien casi siempre solucionaba los misterios. Él creó la transmisión "Fantasma a fantasma" (... que no pude evitar recordar con cariño la primera vez que me hablaron del coste computacional exponencial) y la marca de los tres interrogantes ("???") como método secreto de comunicación (blanco para Jupe, azul para Pete y verde para Bob). Y se pasó días calculando por aproximaciones sucesivas el número de alubias blancas que había dentro de un tarro, ganando el derecho a utilizar un Rolls-Royce con chófer (Worthington) durante 30 días de 24 horas... Me dejó tocada en "El misterio de la Sombra Riente" al descubrirme los misterios del Kookaburra, pero cuando caí rendida a sus pies fue al leer "El misterio del Loro Tartamudo" y le vi ir resolviendo sucesivos acertijos que formaban la secuencia de pistas necesarias parar encontrar una valiosa pintura perdida... Pero, por supuesto, no se lo dije ni una sola vez.

En fin, cuántos buenos momentos imaginando una película mucho más divertida que la que no me dejaban ver en la tele... Eso sí, por desgracia, creo que nunca resolví un misterio con ellos: me quedaba dormida antes.



1Bueno, tengo 25, pero esos 5 últimos los compré y leí ya mayor... Nada comparado a la locura de los 12 años ;-)



sábado, 10 de marzo de 2007

Undelivered Sender Returned to Mail


Cada día, lo primero que hace es consultar su correo electrónico esperando, siempre en vano, que haya un nuevo mensaje. Cualquier mensaje con tal de que sea de él.

No sabía por qué había recibido el primero; bueno, no sabía por qué había recibido ninguno de ellos. Estaba segura de no conocer al remitente y estaba segura de que no se los enviaba a ella. De hecho, el primero lo borró apenas lo leyó. Él, firmaba como jose, le pedía un informe de ventas. Supuso que se había producido un error fortuito en la direcciones. El mensaje iba dirigido a una tal marga y ella no se llamaba Margarita, pero había formado su dirección de e-mail a partir de sus iniciales, María Antonia Ramos Guerrero...

Olvidó completamente el tema, hasta que llegó el segundo, como mes y medio más tarde. El tal jose animaba a marga a acudir a una cena de empresa. No le quedó más remedio que reirse: le hizo gracia que se hubiera reproducido el golpe de azar y, además, por el mensaje se veía que al tal jose la tal marga le hacía gracia, ¡pillín!.

Al cabo de tres semanas, le llegó la confirmación de sus sospechas. En un mensaje algo caótico, jose se disculpaba por algún incidente en el lugar de trabajo... vaya, vaya, rollito de oficina con toque de melodrama barato... Seguro que ese jose estaba casado (¡apostaría algo!), se quería beneficiar a la marga y la chica no era tonta y no se dejaba tomar el pelo. De típico, resultaba casi patético, ¡hombres! quién los necesitaba...

Sin embargo, el siguiente le dejó bastante sorprendida. Era lacónico (La he dejado. Nos vemos donde siempre a las 7) y le hizo soltar un silbido al ver cómo había evolucionado el "rollito". ¡La cosa se estaba poniendo seria!. Para colmo, al día siguiente se encontró con otro mail, enviado a las dos de la mañana, igual de lacónico, pero que le sonó mucho más triste: Te esperé cuatro horas ¿dónde estabas?.

En ese momento se sintió culpable. Evidentemente, marga no había recibido el mail, le había llegado a ella. Tendría que avisar a jose, decirle que no se desanimara, que había sido un malentendido, que el mail no había llegado a su destinatario correcto... Pero no se atrevía a intervenir de forma activa en aquella historia, sin morirse de vergüenza al confesar que había estado espiando la historia de dos desconocidos sin decir nada y sin intentar deshacer el malentendido. No podía. El azar había jugado sus cartas y el azar acertaría a arreglar la jugada.

Pasó una semana, en la que notaba algo inquieta a su conciencia; y por fin llegó un mail, demoledor, que le dejó el corazón encogido. Era una despedida, pero tan desgarrada que le dejó la sensación de ser la persona más miserable del universo. Aquel hombre se vaciaba, se culpaba, se confesaba enamorado y ella sólo podía llorar y sentir que debía de haber hecho algo cuando aún estaba en su mano, cuando pudo avisarle del error que había cometido... Se decidió por fin y contestó al mail.

Hace más de un año de eso. Desde entonces espera respuesta. Hay días en que alivia la espera imaginando que jose recibió su mensaje, aclaró todo con marga y están felices. Pero en la soledad de la noche no puede evitar llorar con rabia... cuando contestó al mail, no quería que jose volviera con marga; soñaba con que se preguntara quién era aquella mujer y se interesara por ella... No era más que una cincuentona egoísta, que en aquel último mail creyó verse envuelta en una historia propia...

viernes, 9 de marzo de 2007

Adivina, adivinanza


- ...es que llevo varios días intentando hablar con usted; es referente a XXXXX.
- He respondido a sus correos electrónicos diciendo que no me interesa y antes de ayer, por teléfono, les volví a decir que no me interesaba...
- ¿Quiere decir que no le interesa ganar 780 euros, simplemente por entrar en la página web, autenticarse y hacer click?


Adivina, adivinanza: ¿era un concurso de Gomaespuma o era una llamada, seria y real, relativa a mi puesto de trabajo?

martes, 6 de marzo de 2007

Ningüino...






- ...entonces, mami, ¿qué es ningüino?
- Lo que gritan los exploradores despistados que se van al Polo Norte a buscar pingüinos, hijo...



José Luis Coll ha muerto. Nos dejó como regalo su diccionario y muchos otros buenos recuerdos...

Actualización: En 20 minutos han dejado un enlace a algunos de sus vídeos.

¡¡Guapas!!


Corro el riesgo de que en Llámame Lola me cojan manía, pero es que tampoco he podido resistirme a este vídeo. Leo y me entero de que es una campaña de televisión que no ha llegado a emitirse porque muestra a mujeres desnudas. Antes de que os embargue la emoción por este muestra de sensibilidad, ¡por fin unos directivos se niegan a mostrar a la mujer objeto!, sabed que se trata de mujeres de más de 50 años. Lo cual me hace pensar que es posible que tanta sensibilidad hacia el desnudo femenino tenga retruco... o que a los directivos en cuestión les gusten más las modelos con 35 años menos.

Y no, antes de que me llaméis gilipollas, me gustaría dejar claro que a mí también me parece mucho más adorables los efebos angelicales de 20 añitos que los señores de 50 y tantos... pero dejadme que me reivindique, por la parte que me toca: sigo sin saber por qué un tío de 50 años es un señor "madurito e interesante" con un punto morboso que puede tirarle los tejos a las niñas de 20 sin que a nadie le extrañe, mientras que si es una mujer la que hace lo mismo corre el riesgo de que el 98% de la población le tache de "loro desvergonzado que no se da cuenta de que hace el ridículo".

La campaña la firma Annie Leibowitz y, la verdad, a mí no me importaría en absoluto que esta señora me fotografiara mis arrugas así de guapas. Porque, ya que estoy en modo reivindicatriz, mis arrugas son mías y me ha costado lo mío, a golpe de vivir, conseguirlas.




lunes, 5 de marzo de 2007

La espera


El perro había aparecido un buen día, sentado en la puerta de la ferretería. Fermín iba a barrer la entrada, bajo el soportal, y al verlo fue a buscar algo que darle de comer y algo de agua. El perro agradeció la acogida decidiendo que aquel era un buen sitio. Fue hasta un rincón, suspiró y se hizo un ovillo, dormitando en la que fue su postura más habitual durante años.

Un día apareció aquel hombre, bajando la calle con paso cansino y el sol naciente a su espalda. Al llegar a la altura de la zapatería paró y estuvo un rato allí de pie, aunque no demostró interés alguno en los zapatos. Más bien parecía ser una parada casual para situarse mientras buscaba un punto de referencia, un sitio al que llegar.

En ese momento el perro levantó la cabeza y soltó un ligero bufido. Comenzó a mover el rabo y se levantó. Cruzó la calle y fue hacia el hombre.

El hombre miró al perro y le tendió su mano para que la oliera. El perro la olió, después la lamió y se sentó junto al hombre. El hombre sonrió.

Comenzaron a caminar juntos. Y juntos se perdieron calle abajo, mientras el cielo se iba sacudiendo los colores del amanecer y se iba pintando del azul intenso propio del mes de Mayo. Nadie les volvió a ver en el pueblo. Aunque si hay que creer a Ramón, el boticario, es posible que hayan pasado alguna vez por algún pueblo de la comarca vecina.

domingo, 4 de marzo de 2007

No se nubló


No, no se nubló. Y como a eso de las ocho de la tarde, se encendió la lucecita. "¿Bocatas y a la playa?". Bocatas y a la playa. Bueno, bocatas, galletitas, caramelitos y café... una manta vieja y andando se hace camino. Mereció la pena quedarse hasta las doce. Lástima de cámara, no muy buena, y de fotógrafa, aún peor. Pero estaba guapa la condenada cuando llegamos:



Eso era sobre las nueve y media. En las dos horas y media siguientes, se hizo lo que se pudo (afortunadamente, hay profesionales):













Más allá del frío y de los gritos de entusiasmo de una personilla que estaba flipando por estar en la playa a esa hora (¡y en invierno!, jo, qué padres más irresponsables, pobre criatura...), de la helada que caía (se nota en los halos de la luna) y de la sensación de ir viendo como la luna llena se iba transformando en un hermoso círculo en penumbras rojizas, está la magia de la luz. Cuando llegamos, la luna llena iluminaba el mar, la propia playa... poco a poco esa luz se fue amortiguando y, al mirar al mar, uno empezaba a sentirse realmente perdido, con la cabeza sabiendo que el mar estaba allí, pero con la sensación de ir perdiéndote y haciéndote pequeño, porque apenas se sabía dónde estaba el mar por un pálido reflejo al romper alguna ola y el ruido tenue de la resaca. Casi agradecías que al girar la cabeza te saludaran las luces del paseo que, de repente, parecían estar a varios kilómetros en lugar de estar a unos metros. Qué bella noche...

viernes, 2 de marzo de 2007

Llorar



Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar



Eso es la teoría; la práctica sabe peor y dura más. La melancolía funciona de una forma curiosa - como cualquier otro sentimiento, por otra parte - y tiene su propio disparador. Y, también como cualquier otro sentimiento, cuesta frenarla. Tened paciencia conmigo.


Que no esté nublado...




Poco se puede añadir a la imagen, salvo los datos concretos del eclipse de mañana. Podéis encontrar más información en TheSuperspace.com y en 20 minutos, que harán un seguimiento... por si se nubla.

Que lo disfrutemos...


martes, 27 de febrero de 2007

Nadar


Brazos extendidos, manos enlazadas, cabeza apoyada en el pecho. Los pies dan un impulso en la pared de la piscina, el cuerpo se ondula, primero la cabeza, luego toda la espalda, acaban los pies dando una única batida... Estoy volando, floto, soy superwoman, soy Flipper, floto, no peso, avanzo, vuelo, vuelo...

Uno, dos, tres. Sacar el brazo, estirar, recobrar. Sacar, estirar, recobrar. Sacar, estirar, recobrar. Respirar. Avanzo. Sigo sin pesar, sigo avanzando, sigo flotando, sigo volando... Seis batidas de pie por cada dos brazadas. El brazo sale del agua, primero el codo, estirar delante de la cara, pero antes de estirarlo completamente hay que meterlo en el agua, la mano plana y el brazo tras ella, y estirar, estirar como si quisiera hacerle cosquillas al agua. Recobrar dibujando una S bajo el pecho - soy superwoman. La pierna debe moverse desde la cadera, hay que aprovechar el latigazo de la rodilla primero y después el latigazo del tobillo...


Uno, dos, tres.
Sacar, estirar, recobrar.
Sacar, estirar, recobrar.
Sacar, estirar, recobrar.
Respirar. Avanzar.

Una hora, dos horas... dentro del agua hay paz. No peso, floto, avanzo, floto, avanzo, no peso, floto, floto, vuelo... estoy volando, volando, vuelo...

lunes, 26 de febrero de 2007

Miliciana Roja


No es que se lea rápido, es que engancha. Y, sobre todo, está bien escrita. Me gusta el ritmo, me gusta como se va sucediendo la trama, me gusta como se describe a los personajes y me gusta como se presentan los escenarios.

Y no, lo del "hay que hacer una peli" no es peyorativo. Es que engancha. Ya lo he dicho, pero es que perdí el autobús por no dejar de leer lo dos últimos capítulos. No me cagué de miedo, pero perdí el pastelero 12 porque no quería dejar la novela en plena vorágine de rayos, truenos, tornados, ratas XXXL, maléficos que caminan para atrás y beneméritos acogotados.

Hubo un momento en que recordé una sensación que se me quedó enredada, hace años. Encontré una edición preciosa del libro de San Cipriano, con tapas duras como de terciopelo, letras doradas en tapa y lomo, papel biblia e impreso de hojas de lis en el canto de las hojas. Me lo compré con el cachondeo subsiguiente sobre meigallos varios a ensayar con mis profesores, entre misas negras, conjuros e invocaciones varias... Con lo que no contaba era con mi madre. Nunca la vi como aquel día. A la que vio el libro, empezó a gritarme "¡Loca! ¡Qué has comprado! No quiero eso en mi casa, vivo sola y no quiero tener en casa más gente que la gente viva...". No le hice mucho caso y le dije que no se pusiera histérica. Pero al día siguiente me desperté con 40 de fiebre y no sé qué fue, si la fiebre o qué, pero empecé a temer a aquel libro y no quise tenerlo más en casa. Le pedí a Antonio que se lo llevara.

Ha habido momentos en que sentí una aprensión como esa. No voy a contar cuáles. Que lo lean.

Y, que quieres, también ha habido momentos en que encontraba en algunos personajes rasgos de otros personajes que te habías ido montando en el soc.culture.spain o en el voxpo. Y, como quieras que no, hacía tiempo que no sabía de ellos, ha sido un gustazo.

Tienes ideas, sabes escribir, ¡cómete el mundo!. Amortiza los puñeteros cursillos. Quiero otra. Pero no pierdas "tu" toque, que lo echaría de menos. Es lo que tiene el xenón.

Y gracias por la dedicatoria.




Por si alguien no lo ha pillado: que se pase por aquí o por aquí y que apueste al 21.

sábado, 24 de febrero de 2007

... había color



Las cinco de la mañana no parece la mejor hora para pensar, independientemente de lo que hayas bebido.

Afortunadamente, los pies se sabían el camino de vuelta: de ese último garito a las Torres de Serrano. Luego, cruzar el puente y subir por la calle Sagunto.

Parecía mentira que esa ciudad fuera la misma que la de las cinco de la tarde. El silencio reinaba y ellos con él; pocas veces encontraban algún coche, y ya no digamos otros peatones. La calle era de ellos.

Y hacían lo que les apetecía. A veces encontraban cosas curiosas en los contenedores y se las llevaban a casa. Como la noche que encontraron una lámpara y subieron la calle jugando, uno con la pantalla en la cabeza y el otro con el pie como lanza en ristre.

Pero las más de las veces subían la calle revoloteando de farola en farola, como mariposas nocturnas atraídas por unos focos que ejercían su atracción: les llamaban como prometiéndoles que bajo su luz los besos serían más dulces. El deseo podía aparecer en cualquier esquina y, según el día, podía tranquilizarse o crecer. Y daba igual, era igual de hermoso pasar la noche amándose como durmiendo, confiados en que al día siguiente todo seguiría igual.



Las cinco de la mañana no parece la mejor hora para pensar, independientemente de lo que hayas dormido.

De mala gana, se levantó para iniciar esa rutina que trataba de invocar al sueño: cogió el libro y se fue hacia la sala. Allí se encogió en una esquina del sofá y comenzó a leer.

Al menos en la sala, a esas horas, el silencio reinaba y le dejaba soñar despierta y disfrutar de una paz que durante el día era casi imposible. Mejor que dar vueltas en la cama, oyendo unos ronquidos que no eran suyos.

La luz tembló un poco. Le echó una mirada atenta a la lámpara; acababan de cambiarle la pantalla y un par de cables. Bien pensado, era casi un milagro que aún funcionara, que alguna vez hubiera funcionado.

El sueño no acudía y fue hacia el ordenador. Evidentemente, no había nadie conocido conectado; tampoco había ningún mensaje nuevo en el mail. Pensó en escribir algo en el blog, pero no tenía ninguna buena idea ni nada interesante que contar, más allá de ese mal rollo que iba arrastrando y que iba y venía por días. Comenzó a navegar por sus páginas favoritas, las que era imposible leer de prisa y en diagonal, y exigían su atención. Necesitaba encontrar alguna historia que la arropara y que le hiciera olvidar que al día siguiente todo seguiría igual.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Al escondite...




...noventa y ocho, noventa y nueve y cien.
¡Cú, cú! ¡Voy!
¿Dónde estoy?

Me oyes y no me hablas,
me escuchas y no me dices,
me miras y no me tocas,
me sueñas y te despiertas,
salgo corriendo y no me paras.

Seguramente yo tengo la culpa
de que tú me hayas hecho culpable.

lunes, 19 de febrero de 2007

Liebre de Marzo




- Bueno, pero realmente es mentira, en el libro no se menciona para nada el no cumpleaños...
- ¿Cómo que no? ¿No la lía el Sombrerero con lo del no cumpleaños?
- En la película, en la película... pero parece que Disney tuvo más eco que Carroll... en el libro el tiempo estaba enfadado con el Sombrerero, porque creía que le había querido matar y, por eso, se había parado en las seis de la tarde y siempre estaban tomando el té...


¿Lo ves? Ya sabía yo que un no aniversario no tenía sentido, salvo que fuera lo de hoy...

sábado, 17 de febrero de 2007

Jugando a la adivinancia...


Ya sé que el título ha quedado rarito. Cuando estudiaba, una compañera de piso me enseñó un solitario; insistía en que este solitario le servía de oráculo, como si dispusiera de los servicios de la bruja lola para ella sola: si estaba pendiente de que saliera una nota de una asignatura, si dudaba sobre si recibiría una visita inesperada... cualquier cosa sobre la que estuviera indecisa, la consultaba al solitario. Si conseguía resolverlo, es que era que sí.

Supongo que el título queda ahora menos rarito. Ahora, reíos un rato. Porque a veces creo que yo también estoy jugando a eso. Tengo un juego en el ordenador, un rompecabezas parecido al mahgjong, que aún no he conseguido resolver. Lo llevo intentando desde hace meses. Y la tontería es que estoy convencida de que algo pasará cuando consiga resolverlo. En Navidad estuve a punto, pero quedaron 4 piezas, las dos visibles tapando a sus respectivas compañeras y sin poder hacer las correspondientes parejas. Lo vi casi como un presagio del apocalipsis. Y sigo jugando, esperando esa señal que va a ... ¿a qué?

Supongo que uno intenta por todos los medios delegar su responsabilidad, más cuando tiene miedo del resultado. Y el jueguecillo me sirve de coartada.

Creo que voy a echar otra partidita. ¿Quién sabe? Igual lo resuelvo y no me queda más remedio que reaccionar.

viernes, 16 de febrero de 2007

Cambios

Esto no suelo hacerlo, pero el vídeo lo merece. Es de Daniel Martínez Lara (¿os acordáis de la campaña de la ONCE de los duendecillos? :-) y me lo he encontrado gracias a Llámame Lola. Visitad esa web diariamente, merece la pena...



miércoles, 14 de febrero de 2007

Os quiero contar una historia de amor


Vamos a marcarnos un tópico y contar una historia de amor, que es San Valentín, diantres.

A la protagonista os la presento ahora mismo. La conocí en la piscina: llevo unos siete años yendo a nadar. Normalmente en un grupo de la UJI con monitor, pero también yo a mi aire. Y, a base de coincidir por casualidad, me hice amiga de una mujer, francesa de nacimiento pero que lleva ya mucho tiempo por aquí. Todo empezó con los típicos saludos, bromas - es muy aficionada a las bebidas isotónicas y, dependiendo del color, siempre le cae la tontería de y hoy ¿te dopas con coñac o con whisky? - y charlas de vestuario. No me preguntéis su nombre porque no lo sé. Qué curioso. Mira que hemos hablado y hablado y nunca nos hemos preguntado cómo nos llamamos.

El caso es que este año la vi en Noviembre y al verla caí en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no la veía. Nos pusimos a hablar. La habían operado de cáncer de mama y le habían extirpado un pecho.

Hoy la vuelto a ver y hemos charlado un rato majísimo.

Os he avisado al principio: de que os iba a contar una historia de amor y de que iba a ser un tópico. Y de eso se trata. Porque quiero a esa mujer y estoy enamorada de cómo ha vivido su enfermedad, de cómo lo ha afrontado, de cómo ha pasado miedo; estoy enamorada de cada uno de los sustos que me ha contado, de cómo razona sobre lo que le ha pasado, de las cosas que no me ha contado pero que lleva en los ojos, del coraje de explicar lo que siente y lo que ha vivido. Me he enamorado de la profesionalidad del oncólogo que la ha tratado y la sigue tratando, de los médicos y demás profesionales que pelean para que cáncer sea el nombre de una enfermedad más y no el de una maldición; me he enamorado hasta de pensar que puedo disfrutar de un sistema de atención sanitaria que tiene muchos, muchos fallos, pero que también obra milagros, y me he prometido que lucharé para que no se lo carguen, ni por activa ni por pasiva.

Y, qué coño, también me he enamorado de mí misma, de mi vida, de mi trocito de mundo, de mis amigos y de mi bendita mala suerte que me ha permitido encontrar tantas cosas por las que vivir, por las que pelear, de las que quejarme y de las que disfrutar... mi maldita buena suerte que me ha permitido encontrar compañeros de viaje tan interesantes para un viaje tan apasionante.

martes, 13 de febrero de 2007

Rojo, azul, verde, amarillo: una ratita de laboratorio


Esta tarde me iba a ver una película al Espai d'Art, pero llegué tarde. Bueno, llegué a tiempo pero como la entrada es libre ya se había completado el aforo. Me quedé un rato hablando con el pobre hombre que intentaba calmar a las masas despechadas (vamos, a otras 5 cinco mozas que se habían quedado sin plaza, además de una servidora) y es que, además de no haber sitio, me enteré de que había un error en los trípticos informativos y la película anunciada para hoy, realmente es para dentro de 2 semanas... ¡qué lío, verdad! Pues será por eso que le hice caso cuando me dijo, "Pero pasa a ver la exposición, está muy bien...". Y como soy de natural espontáneo, ni cogí el correspondiente folleto informativo ni... vamos, es que ni pregunté de qué iba...

Me metí por una especie de tunel de plástico, metal y papel y aparecí en medio de ... ¿? A ver, la primera impresión es que me había metido en la habitación de María en pleno despliegue de piezas de un juego de construcción. Rojo, azul, verde, amarillo. Había más colores, muy vivos, pero predominaban estos. Me acerqué a mirar las piezas, pequeñas de algún material como ¿cerámico? ¿plástico? no lo sé, me quedé con la duda porque me da mucho coraje tocar nada en una exposición. Pero muchas piezas, muchas formas... formas geométricas, pero también piezas con perfil de letra, ¿esvásticas? Sí, y muchas más formas. Y todo dispuesto como un mosaico geométrico que estuviera decorando un edificio alrededor del cual me puse a dar vueltas... Hmm vídeo explicativo... pasé, quería seguir mirando.... vídeo making-of, nada, también lo dejé para después... Seguí andando y tuve la impresión de ver una labor de pachtwork enorme realizada con láminas de papel... hasta que me di cuenta de que no era una impresión, que sí había colchas de pachtwork de verdad colgadas de la pared; y vuelta al rojo, al azul, al verde y al amarillo y a las piezas diminutas formando mosaico. Una puertecilla y dos escaleras. Subí una y arriba pude ver un vídeo... los mismo colores pero en tonos pastel, el rojo era casi púrpura. Bajé y eligí la otra escalera.

Y ahí estaba el mogollón. La primera impresión: un montonazo de cabezas de ciervos disecadas, una pared tomada por fotografías de símbolos nazis, de oficiales nazis, de carteles nazis... me puse a andar por un pasillo y a mi derecha más fotos de oficiales nazis, de rubicundas familias ¿alemanas? de los años 30... y a mi izquierda ¿fotos de soldados de la guerra de Irak?. No lo sé, pero me estaba poniendo de los nervios. No era la única. Un par de chicas venían tras de mí e iban diciendo en voz alta más o menos lo que yo iba pensando "¡Qué agobio! ¿Acabará este pasillo?". Pero al acabar la reacción fue "Y esto ¿es la cámara de los horrores?". Más rojo, más azul, más verde, más amarillo, jaulas de ratones en metacrilato, tuberías de colorines, más fotos, carteles en alemán, pero había luz. Había salido de la penumbra. Y empezaba el laberinto. Plástico transparente. No podíamos avanzar de pie. Y el suelo eran trozos de alfombras de niños, de las estampadas con carreteritas y calles. "Y de repente ¿los mundos de Yupi?". En el muro se proyectaba un vídeo en el que ratas de laboratorio circulaban por un laberinto de paredes transparentes.. ¿éramos ratas de laboratorio en un laberinto?. Parada y tres vídeos. Odiaré el chocolate una temporada. De repente, caí en que otra vez rojo, azul, verde y amarillo y ahora muy brillante, en bombillas, en las piezas, en los vídeos que se veían en los muros. Seguí el camino, otra vez el laberinto transparente, pero volvíamos a tener poca luz y el vídeo en el muro era ¿en blanco y negro? Más fotos. Pero ya iba muy rápido, quería irme. Bajé e intenté enterarme viendo los vídeos del making-of de qué iba esa locura que acababa de ver. Lo malo es que eran las ocho y me hicieron ver que tenía que irme. Puede que vuelva.

Os recomendaría que fueráis. Si queréis saber de qué va, pinchad aquí. Pero creo que estaría mejor que la vieráis sin leerlo y sin saber nada sobre el tema. Ahora que lo pienso, no os he dicho ni el título... mejor.

domingo, 11 de febrero de 2007

Versiones


Tengo una lista en iTunes con versiones, que me encuentro por ahí, de canciones que me gustan. Una de ellas es esta versión de "Dancing in the Dark" por Peter Yorn.




Con todos mis respetos para el Boss, hoy me quedo con esta versión. Cuando la canta Bruce Springsteen me parece una canción de triunfadores, alegre, para bailar y acabar haciendo el amor. Cuando la canta Peter Yorn me parece una canción triste, de alguien que pide una oportunidad y no la recibe.

Es un poco como si fuera una metáfora de lo que nos ocurre cuando intentamos hacer algo que se escapa de nuestras posibilidades, nos dejamos llevar sin pensar lo que hacemos y acabamos resultando algo patéticos, cuando querríamos ser brillantes.

Y, sin embargo, hoy la versión me parece más hermosa que la original. Igual es porque ya estoy harta de la gente guapa a la que todo le sale bien y necesito reivindicar el papel que los patéticos jugamos en este mundo. Aunque sólo sea como contrapunto. Aunque sólo sea porque cuando algo, por casualidad o no, nos sale bien, lo paladeamos y lo disfrutamos como ellos nunca sabrán hacerlo...


You sit around getting older
There's a joke here somewhere and it's on me
I'll shake this world off my shoulders
Come on baby the laugh's on me
Stay on the streets of this town
And they'll be carving you up all right
They say you gotta stay hungry
Hey baby I'm just about starving tonight



Fiebre


Os juro que es cierto. En una de estas duermevelas de la fiebre mis pensamientos eran como ventanas, y podía pasar de uno a otro con el ratón (o con manzanita + menor) y para dejar de pensar en algo bastaba con cerrar la correspondiente ventana...



No sé si eso quiere decir que tengo que cambiar de vida, de curro o de sistema operativo...

jueves, 8 de febrero de 2007

Regalo de cumpleaños


Por algún extraño motivo, recordé este episodio esta mañana mientras iba con María al cole.

Calculo que fue cuando estudiaba tercero de carrera. Lo digo porque luego me cansé de ir en tren de Valencia a Madrid. Los horarios combinaban mal con los del expreso a Ferrol y tenía que estar mucho rato paseándome por la capital del reino. Los autobuses son más rollo que los trenes, pero ofrecen más variedad de horarios.

A lo que iba. Las diez y media de la mañana y allí estaba yo en la estación del Norte de Valencia, con mi macuto y poniendo mala cara a la paliza que me esperaba. Tardaría casi veinticuatro horas en llegar a casa de mi madre y no me embargaba el espíritu navideño, precisamente. Hasta las cinco de la tarde el tren no me dejaría en Atocha. Y luego, el expreso no saldría hasta las diez de Principe Pío. Y ya veríamos a qué hora llegaba a Ferrol. Se suponía que el viaje eran doce horas, pero llegaba un momento en que simplemente te conformabas con bajar del tren y dejar de maldecir a RENFE.

La perspectiva no era para animar a nadie y menos a mí, que estaba decidida a permanecer cabreada. Había salido de casa de mi tía con la sensación habitual - "¡Ahí os quedáis..!" - corregida y aumentada: era mi cumpleaños, nadie se había acordado y ni siquiera me había despedido de nadie, porque no había nadie en casa cuando me fui. Vivir en casa de mi tía no estaba resultando una experiencia enriquecedora para ninguno de los dos bandos contendientes.

En resumen: no me habían ni felicitado, estaba cansada del viaje antes de empezarlo y tenía la moral por los suelos. Mi complejo de Calimero empezaba a hacerse muy patente. Así que agarré el macuto y me subí al tren. Quince minutos para que saliera. Acomodé mis trastos como pude en la rejilla, me senté y me puse a mirar por la ventanilla.

No había nada que mirar, la verdad. Con eso de ser una estación término, la de Valencia debe ser una de las más sosas que conozco en cuanto te metes a los andenes. Apenas dos o tres viajeros, contando a los que aún no habían acabado de despedirse de sus amigos y a los que aún no se habían mentalizado para meterse en el correspondiente vagón.

Empezaba a sentirme rabiosa - ¡aún faltaban cinco minutos para arrancar! - cuando los vi llegar, corriendo por el andén, a rescatarme como si fueran el Séptimo de Caballería. Inma y Berto, Berto e Inma, mi pareja preferida aunque ellos se preferían cuando no eran pareja. Bajé al andén sin creerme que estuvieran allí.

"Creíamos que te ibas en autobús, venimos corriendo de la estación de autobuses..." "¡Felicidades! ¡Toma! ¡Para ti!" "¡Venga, un beso...!" "¡¡Buen viaje!!" "Pero sube ¡que se va...!"

Creo que me subieron ellos al tren. Abrí el paquete. "El otoño en Pekín" de Boris Vian. Como si no fuera bastante con aquella sonrisa de oreja a oreja que me habían regalado.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Envidiar



Pantallazo de lo visto aquí.

martes, 6 de febrero de 2007

Tampoco sé cómo acabar


No sé muy bien cómo empezar. Pongamos que acabo de tener un flash de mí misma y aún no sé si me gusta lo que he visto. Tampoco sé si voy a saber contarlo y tampoco sé si me va a gustar el resultado.

Ha vuelto la sensación de ser una telespectadora, viendo lo que hacen los demás, viendo cómo viven los demás como si yo no tuviera ya más que vivir; que no es que piense que me voy a morir ni ninguna majadería de esas. Es como si no tuviera ya más cosas que hacer, como si no hubiera ni más metas que alcanzar, ni más ilusiones por las que pelear. Sólo sentarme y dejar que las cosas pasen, a ser posible por delante, como en un desfile, e ir mirándolas.

Lo peor, si pienso de dónde viene esa sensación, es, precisamente, que creo que sé cuál es el origen.

Una de las cosas más maravillosas de mi trabajo es tratar con gente joven. Pero, mientras escribo esto, noto que hoy eso me está haciendo daño. Hablas, comentas, compartes... pero la sensación del "tú vas, yo vuelvo" se está haciendo más fuerte cada día. Y veo pasar a la gente y a sus vidas como si fuera una película. Y cuando digo esto me refiero a que yo soy de las que llora mucho en las películas... ¡qué tontería implicarse así en una historia que no es la tuya, que ni siquiera es de verdad!. Y ahí estoy, teniendo la misma sensación mientras transcurren vidas ajenas, de las que no sé de la misa la mitad, pero en las que me siento implicada, y en unas historias que ni deberían irme ni venirme y que, en cualquier caso, me vienen de tan lejos que podrían ser mentira. Y ahí estoy, mirando la peli. Con un estado de ánimo que transcurre entre la simple contemplación y la sensación de impotencia por no poder hacer nada, pasando, seguramente, por una envidia nada sana al ser consciente de que muchas de esas escenas las he vivido, las he resuelto de forma más menos afortunada (o se me han escapado de las manos) pero que, en cualquier caso, ya no son mis escenas y ya no me toca vivirlas. Sólo mirarlas.

lunes, 5 de febrero de 2007

El Manifestómetro


Los conocí vía Escolar (que hoy les dedica, además, una entrada). Se dedican a medir científicamente cuánta gente acude a las manifestaciones convocadas en Madrid, sean convocadas por quien sea que las convoque.

Un lujo en estos tiempos del "¡.. y tú más!", en el que cada manifestación es la madre de todas las manifestaciones. O una forma de mostrar sentido común, cuando menos. Lo cual, en los tiempos que corren, es realmente un lujo. Así que, con permiso, les ofrezco mi modesto homenaje.



(Sí: es la viñeta de Forges hoy en El País...)

¿Cuánto es un mes?

Muertos en Irak en el mes de Enero (más de 2000):



De Escolar, que lo cuenta mejor.

viernes, 2 de febrero de 2007

Un muro de metacrilato


Empezaba a resultar ridículo. Habíamos quedado para hablar en una cafetería cerca del centro. Nunca había estado allí antes pero me gustó el ambiente, cálido, casi familiar. Aún así, no había conseguido estar cómoda. Sentía algo parecido a llevar puesta una bufanda, pero por dentro de la garganta.

Hacía tiempo que la taza de la infusión estaba vacía y en un vaso largo un par de cubitos de hielo se deshacían en unos restos de tónica. Consiguieron darme envidia: yo intentaba, o por lo menos esperaba, que ocurriera eso entre nosotros. Llevábamos media hora callados, o diciendo tonterías, que es otra forma de estar callado. Comencé a desconectar y a prestar más atención a lo que ocurría en la calle - la ventana estaba a mi derecha - que a lo que no ocurría en la cafetería. No había mucho tráfico y tampoco se veía a mucha gente caminando. Una tarde de domingo tranquila, una tarde de domingo de una pequeña ciudad.

Al fin, aparté la vista de la calle y reuní valor para volver a mirarle a los ojos. Buscaba una frase, tenía que encontrar esa frase, pero no era capaz de expresar lo que quería con pocas palabras. Porque quería ser clara, pero sobre todo, breve.

-"¿Te quiero?"

Lamenté haber sido tan breve. Además, salí de allí sin esperar una contestación.

jueves, 1 de febrero de 2007

Preguntar


Tengo un amigo preguntón. Con todo el cariño, aunque a veces te empieza a hacer preguntas en modo ráfaga y te pilla lenta y comiéndote el tarro y sin saber que responder y poniendo cara de circunstancias mientras intentas esbozar una respuesta que no tienes (y, para colmo de males, intentas que sea medianamente inteligente y/o brillante para poder quedar bien...).

Por si fuera poco, no sólo hace preguntas, también quiere que las haga yo. Su hilo de razonamiento no es malo: pregunta para no acomodarte en la rutina, para divertirte, que no se te ponga el culo gordo y no te conformes con lo que no tienes, no te mueras antes de tiempo y ve a por más. Y ahí entra a jugar el vértigo, el miedo y la confusión.

Es posible que haya pocas cosas tan peligrosas en esta vida como la rutina. Pero es tan apetecible, tan seductora... ¡es tan cómoda!. Dicen que la rutina es importante en la vida de los bebés, que es importante que hagan todo a las mismas horas, que sigan las mismas costumbres... como si los mayores no nos escondiéramos en ella también.

Rutinas que hacen que dos cuerpos se busquen (o no), se encuentren (o no) y se satisfagan (o no). Rutinas que consiguen que hagas las cosas sin pensar, sin protestar y sin imaginar. Rutinas a la hora de proyectar una imagen cara al respetable público y la pereza de no salir de esa rutina, de esa imagen, de ese escenario preconcebido en el que nadie te pide explicaciones... (total, para no entenderlas, ni mostrar interés por otra cosa que no sea el purito cotilleo). Rutinas para no mirarte por dentro y notar que hoy te das un poquito más de asco que ayer pero menos que mañana. Rutinas para no enloquecer buscando una razón para cada cosa que haces, para cada giro que podrías dar o no. Rutinas para no ser un bicho raro, para que no te miren con conmiseración y, sobre todo, que a nadie se le ocurra interesarse por lo que haces, por cómo lo haces o por qué lo haces (que luego toca dar explicaciones y es algo muuuuuy cansado). Rutinas, en fin, para que no haya preguntas, para que no te hagan preguntas, para no hacer preguntas...

Y, claro, si preguntas igual te responden. Y si te hacen preguntas, igual respondes. Y cuando no te gustan las respuestas, hay pocas excusas.

La rutina como chubasquero. Y, aún así, cuando llueve con ganas...