miércoles, 31 de octubre de 2007

Sami


"Lanas Sami". Así se llamaba la tienda. Creo que ahí debe empezar la historia. Cuando su madre abrió la tienda de lanas.

Conocía a la familia del barrio, claro. Que fueran evangélicos (en 1979, algo realmente exótico), que su padre fuera pastor de su iglesia (y compañero del mío en Astano y en Vieiro), que sus hermanos fueran sindicalistas, que sus hermanas mayores me hubieran "adoptado" para protegerme cuando llegué al instituto (eran chicas de COU, imponían respeto), era más que suficiente como para que, aún encima, su madre abriera una tienda de lanas. ¿Sami? ¿Por qué Sami?. El nombre del pequeño de la familia, Samuel, Sami... el pequeño entre ocho hermanos. Dos años menor que yo, más o menos. El más cariñoso de todos los hermanos y el más conocido en el barrio. Tenía síndrome de Down.

A raíz de la apertura de la tienda, les conocí mucho más. Es lo que tiene que tu madre sea una tejedora compulsiva. Y comenzó mi historia de amistad con Esther. Y con Sami.

Esther debe tener un año más que yo. Las que hablaban conmigo eran sus hermanas mayores. A ella la controlaba como de lejos, en el instituto. Era la típica persona que conoces mucho de vista, y a la que te da muchísima vergüenza dirigirte porque sabes quién es, la has visto actuando con su grupo de teatro, A Carauta, mientras tú te mueres de envidia en el patio de butacas, conoces a su familia y... no te atreves a dirigirle la palabra porque te da que te va a ignorar. Quizás influía su apariencia seria; el caso es que durante mucho tiempo me infundía una especie de respeto raro.

Pero cuando los del Centro (una especie de asociación cultural del barrio) me dijeron si me animaría a montar un grupo de teatro, me acordé de ella y de su experiencia con A Carauta y me atreví a hablarle. Eso fue en el verano de tercero de BUP a COU. Y fue el principio de una bonita amistad.

El grupo duró poco. Había poca gente animada y, además, mi profesor de Matemáticas en COU tomó la fea costumbre de ir suspendiéndome evaluación tras evaluación (lo que no era capaz de entender: las recuperaciones las sacaba bien sin estudiar de nuevo). Y, de hecho, se tomó la molestia de hablar con mi madre para indicarle que era una lástima que un talento como el mío (?) se dispersara en actividades como el teatro, sin ningún tipo de futuro ni de beneficio profesional (??). Mi madre acabó prohibiéndome lo del teatro... paso de explicaros la pataleta, ya que supongo que os la imagináis.

Pero Esther y yo ya nos habíamos hecho amigas. Quizás nuestra mejor época fue el verano del 83. Yo había decidido dejarme los estudios de Industriales y pasarme a Informática, así que el verano fue largo... me lo dejé a mitad de los exámenes de Junio y, comprenderéis, no tenía nada que preparar para Septiembre. Al novio, lo tenía en la mili.. pasamos juntos tres semanitas, pero luego se volvió al cuartel, en Cádiz.

Y se instauró una rutina muy simple. Después de comer, me iba a casa de Esther, hacíamos café, poníamos la tele... primero el episodio de Galáctica y luego un programa nuevo, con un formato novedoso, una especie de revista televisiva presentada por un chico que empezaba, un tal Pepe Navarro: La tarde, con su sintonía de Vangelis... A eso de las 6 y media, bajábamos a Perlío, a tomar algo al Xangal. Lo normal era que estuvieran allí Quinti y Suso y acabáramos jugando unas partidas interminables al tute por parejas. O competiciones increíbles de solitarios... llegué a conocer unos veinte tipos de solitarios distintos. Sobre las nueve, a casa a cenar. A veces se salía de noche; a veces, no.

Pero el rato bueno de verdad, era el rato de estar en casa. Discusiones eternas (Serrat vs. Sabina vs. Aute vs. Silvio Rodríguez... ), soflamas politicoides, intercambio de puntos de calceta, de libros, de cómics... chistes, chismes, historias, historietas... Y allí con nosotras, Sami.

Sami, que siempre sonreía y que ese verano empezó a afeitarse. Sami, que prefería a Pablo Milanés antes que a Silvio Rodríguez porque tenía el pelo rizado (¿cómo diantres le llamaba al pelo rizado? llevo días intentando recordarlo..). Sami, que me decía que yo era guapa porque tenía el pelo rizado como Pablo Milanés y que me regaló un pañuelo de encaje que pidió todo serio a su madre porque quería que fuera su novia...

El mismo Sami que me sonrió toda su vida, incluso cuando la distancia, el hecho de estar estudiando en Valencia, estaba enfriando mi relación con Esther y su familia. El mismo Sami que me miró con tanto respeto y todo serio el día que se dio cuenta de que estaba embarazada y me dijo "¿... vas a ser una mamá?". El mismo Sami que ponía cara seria cuando sus propios sobrinos lloraban porque se habían caído (o por cualquier otra cosa) y se sentía inquieto por no saber consolarles. Y que reía contento cuando le preguntabas por su trabajo.

Ese mismo Sami, el día que mi madre me dijo que había muerto. Una meningitis no detectada a tiempo. Fue absurdo, una enfermedad de niño en un cuerpo adulto. Fue ingrato, fue una hipocresía... su madre había muerto un par de años antes, su padre hacía unos meses y me harté de oír el comentario "... está mejor en el cielo, con sus padres".

Hipócritas. O ignorantes. Nadie va a decir de mí esa barbaridad, que estoy mejor muerta, en el cielo con mis padres. Pero no sabemos qué hacer con los niños, no sabemos qué hacer con los viejos, no sabemos qué hacer con los minusválidos, no sabemos que hacer con la gente distinta... signifique distinto lo que sea que signifique.

Sami estaba mejor aquí, con nosotros, disfrutando de tantas cosas que le hacían reír y haciéndonos disfrutar. Y nosotros estábamos mejor con Sami aquí.

No sabemos qué hacer con la gente con síndrome de Down, igual que no sabemos qué hacer con la gente que va en silla de ruedas, o que es ciega, o que es vieja o que... Recuerdo un artículo de Juan José Millás sobre un chico con síndrome en Barcelona, de una época en que su periódico le ofreció convertirse en la sombra de distintos personajes. Acababa con una reflexión muy dura, tras constatar cómo disfrutaba este chico con su trabajo, con su vida, como tenía hasta el puntito de mala leche necesaria para sacar partido a su enfermedad cuando le interesaba "quedarse" con la gente "normal": "Resulta cuanto menos estúpido que en este país una mujer sea libre de abortar cuando le dicen que su hijo va a ser como él y no pueda hacerlo cuando le puede tocar un hijo como yo".

De Sami, de Esther, de todo lo que me enseñaron con su amistad, de todo lo que aprendí gracias especialmente a él, me acordaba el otro día al leer esta noticia: Venden una muñeca con síndrome de Down.

Un beso, Sami. Espero que te hayas repuesto del desengaño, cuando te confesé que tenía el pelo rizado por culpa de una permanente...

domingo, 28 de octubre de 2007

... going up instead of walking in circles



I was continuing to shrink, to become...what? The infinitesimal? What was I? Still a human being? Or was I the man of the future? If there were other bursts of radiation, other clouds drifting across seas and continents, would other beings follow me into this vast new world? So close - the infinitesimal and the infinite. But suddenly, I knew they were really the two ends of the same concept. The unbelievably small and the unbelievably vast eventually meet - like the closing of a gigantic circle. I looked up, as if somehow I would grasp the heavens. The universe, worlds beyond number, God's silver tapestry spread across the night. And in that moment, I knew the answer to the riddle of the infinite. I had thought in terms of man's own limited dimension. I had presumed upon nature. That existence begins and ends is man's conception, not nature's. And I felt my body dwindling, melting, becoming nothing. My fears melted away. And in their place came acceptance. All this vast majesty of creation, it had to mean something. And then I meant something, too. Yes, smaller than the smallest, I meant something, too. To God, there is no zero.

I still exist!


viernes, 26 de octubre de 2007

¡Tierra!


Me quedo colgada mirando la Luna, sueño con recorrer los desiertos rojos de Marte, me duermo soñando que me deslizo por los anillos de Saturno o tocando una a una las estrellas que brillan sólo para alegrarnos las noches...




http://www.loveearth.com/es/


... pero este pedrusco azul que nos estamos cargando es único. Es mágico. Y no es nuestro: formamos parte de él.

jueves, 25 de octubre de 2007

Correr


Ayer fui a correr. Hoy me está pasando algo de factura... en honor a la verdad, creo que la culpa es más de ir arrastrando una bolsa de deportes más grande que yo, que del propio entrenamiento.

No me gusta mucho correr. Este año me he aliado con un compañero: a él no le entusiasma nadar, pero le gusta correr. A mí no me entusiasma correr, pero me encanta nadar. Y nos hemos apuntado juntos a natación y a atletismo. Esperemos que la simbiosis produzca el efecto deseado (engancharnos los dos en lo que no nos emociona) y no el nocivo (¡pasar los dos de todo!).

Así que, allá fui ayer. Estoy contenta. Es muy posible que llevara desde Marzo sin correr. Y nunca se me ha dado muy bien. Pero la entrenadora dijo que media hora rodando para calentar. Me lo vi cuesta arriba, pero dije "¿Y por qué no?".

Empezamos. Éramos este compañero y yo, solos, al principio; en la siguiente vuelta se enganchó otro. En la segunda, otros dos. Hicimos cinco vueltas todos juntos; es muy agradable ir rodando con amigos, charlando de tonterías y riendo. Pero llega un momento en que cada cual ha de saber cómo debe correr si quiere cumplir su objetivo.

Has de centrarte, encontrar tu ritmo. Si sigues con ese grupo, te puedes quemar. Se fueron, poco a poco, y seguí corriendo sola. Has de dejar de buscar referencias fuera de ti misma. Dejar pasar al grupo de los profesionales, esos que ya están pensando en la próxima maratón, sin que te arrastren (cada vez que me adelantan, me concentro en mirar la punta de mis propias zapatillas, no debo perder mi propio ritmo). Saludar a un grupo de descolgados, que han empezado algo más tarde que tú y van bastante más alegres; pero no dejarse arrastrar (no debo perder mi propio ritmo). Tienes que saber cuál es tu objetivo, cómo quieres conseguirlo y cómo administrarte para lograrlo (no debo perder mi propio ritmo).

Y es agradable. Es algo más aburrido, porque corres sola. Pero, al mismo tiempo, es un tiempo que puedes aprovechar para observarte, para conocerte, para saber hasta donde estás dispuesta a llegar. Y sí, es un reto mantener ese ritmillo sin que nadie te obligue, sólo tú misma, para cumplir ese objetivo. Y también, por qué no, es agradable imponerte un reto y notar que el cuerpo responde... hay algo animal en sentirte satisfecha con tu propio esfuerzo físico.

Antes de empezar, la monitora nos había pasado un cuestionario. Hábitos, horas de entrenamiento a la semana y expectativas ante el entrenamiento de este año. Creo que puse "mantener el punto de forma y disfrutarlo". No me parecen malos objetivos: observarte, conocerte, ver tus límites y buscarlos, explorarte, disfrutar...

Hmmm... seguía hablando de correr, ¿verdad? Es posible que me guste más de lo que creía.



(... estás resultando ser una mala influencia, llevo unos días con Jackson Browne en la cabeza por tu culpa.)

lunes, 22 de octubre de 2007

Las cuerdas locas


Estiró el brazo, se puso de puntillas y voló... bastaba con creer a las mariposas y escucharlas, creer en la canción que murmuraban en voz tan baja. Bastaba con ignorar el ruido, el humo y los malos olores.

Romper los telones negros y arriar las cortinas que tapaban el ventanal. Abrir el pecho y dejar que salieran esos lemmings liantes que rondaban sus costillas.

Bastaba con acordarse de que se debe respirar con el estómago y bastaba con agradecer el sabor del agua, el olor del agua, el color del agua. Bastaba con buscar otro significado a insípida, inodora e incolora.

Pelear contra el dragón que te cierra los ojos. Brindar con ese hipopótamo que te invita a retozar en su charca y aprender a tomar el sol perezosamente.

Bastaba con saber tirar el lastre y desechar los papelotes que sobran. Bastaba con reconocer la letra en la que se escribió en su día la receta del pastel de chocolate. Bastaba con cocinarlo.

Rasgar la niebla con carcajadas y pisar los trocitos que caigan (¿no oyes? hacen crissss, criss, crissss...). Rellenar con algodón los agujeros y usarlos como hamacas.

Bastaba con querer.


Y quiero.

Quiero amarrarme a la ilusión. Despilfarrarla para tener cada vez más. Liarme, enmarañarme con esas mariposas y estar así más libre. Y volar con los pies en el suelo. Olvidar para tener siempre presentes las cosas que merecen la pena. Y llorar de risa.

No en vano tuve que matarme para seguir viva :-)

domingo, 21 de octubre de 2007

Historias sin comida (ni bebida)


El otro día estaba contando una historieta de cuando niña, en la que mi abuelo intentaba consolarme de un castigo de mi madre con un pastel de cabello de ángel (postre que odio, por cierto), cuando me echaron en cara que contaba demasiadas historias relacionadas con comida y bebida.

Es muy posible que sea así. Para bien o para mal, la bebida desinhibe y consigue que mucha gente haga cosas que no haría normalmente... casi estoy por decir que consigue que la gente haga las cosas que yo hago normalmente. También es posible que esto haga que las historias sean algo más escandalosas y se recuerden mejor que las otras.

Y, en cuanto a la comida, ¡soy gallega!. Y no sé por qué, pero hay una extraña y legendaria relación entre nuestra cultura y la comida (y, claro, la bebida... pero eso iba aparte). En palabras de un amigo que se vino a pasar unos días a mi pueblo, "Llevo una semana en Galicia y, desde que he llegado, no hacemos más que comer o hablar de comida..."

Pero el caso es que a raíz del comentario, me quedé pensando en mi abuelo. Ya he hablado de él, pero le he hecho poca justicia. Desde luego, releyendo esa entrada, y alguna otra en la que le menciono, no creo que quede claro el nivel de complicidad que teníamos, ese que provoca que cada vez que pienso en él se me tenga que escapar un suspiro y una sonrisa.

Ya he comentado que me dejaba jugar con sus libros de pintura sin temor a que los rompiera. Seguramente, sea aún más revelador el que os cuente que mis muñecas preferidas para jugar en su casa eran dos figuras de porcelana. Una era una dama de época, con un vestido granate, largo, escotado y una cinturita de avispa de esas que tienes miedo que se rompa. Y la otra, que heredé y con la que aún juego cuando voy a casa de mi madre, es de una niña que juega a la pelota con un perrillo. Dependiendo del día, eran madre e hija o la reina y una dama de compañía o mis dos amigas del colegio...

Sufría algo más cada vez que pillaba por banda su mueble radio y jugaba con él como si fuera un piano. Veréis, es que era un mueble enorme, con radio y creo que tocadiscos también. Era más alto que yo y de ancho abultaba como cuatro veces más. Tenía un tapa superior que, cuando la levantabas, permitía acceder al tocadiscos y dejaba al aire el sintonizador y los altavoces. El tocadiscos ya no iba y la gracia, desgracia para mi abuelo, era que el frente estaba todo ocupado por teclas blancas que servían para recordar presintonías. Y tal y como estaban dispuestas era difícil resistirse a la tentación de sentirse Mahler o Chopin por una tarde... Y allá me iba yo, a aporrear la teclillas... que, por cierto, estaban durillas.

Pero hay sobre todo dos historias que reflejan su abuelidad. Dejadme que me invente esa palabra, intentando reflejar ese tipo de relación que, seguramente, todos los padres desearíamos tener con nuestros hijos pero que sólo se puede permitir uno con los nietos. Por aquello de malcriarlos y otras zarandajas sociales.

En la entrada que referenciaba antes, ya comentaba que las tardes de los fines de semana éramos dos vagabundos en busca de un rincón que pintar, recorriendo el valle de Perlío o el camino del Regueiro. Y que yo, a veces, me aburría mientras él pintaba... y, entonces, empezaba a aburrirle a él con mis juegos. Una tarde decidí llevar mi Nancy y una caja llena de vestidos para jugar sin molestarle. Mi madre me riñó cuando vio la cantidad de ropilla que estaba metiendo en la caja, que iba a rebosar. "Perderás algo y no te compraré ningún vestido más de la Nancy..." Yo, claro está, me ofendí toda y le dije que de eso nada.. Aunque me dejó inquieta, porque me había señalado el peor castigo que podría infligirme por aquella época. Salimos mi abuelo y yo, encontramos el rincón que decidió pintar ese día. Yo vi una murallita cercana y me puse a jugar. Cuando abuelo acabó, recogí y volvimos a casa. Metí la ropa de la Nancy en su sitio. Era sábado.

Al día siguiente hice el descubrimiento horrible. Faltaba una falda larga de terciopelo morado. Cuando salí con abuelo por la tarde se lo dije. Volvimos al sitio en el que habíamos estado el día anterior... removimos piedras, tablas, rebuscamos en arbustos... nada. Volví a casa con mi cara más larga y más triste, sin atreverme a contar a mi madre lo que había pasado. Pero mi abuelo encontró la solución, acudiendo en mi ayuda cual séptimo de caballería: me compró el mismo modelito, falda y blusa (no lo vendían por separado), para que pudiera hacer pasar la falda nueva por la que había perdido.

No, no os imaginéis el final, porque el final vino como dos años más tarde. Claro, por supuesto que le di tantos besos como pude, por supuesto que volvimos a juramentarnos como los compinches que éramos... pero la historia acabó meses después de que él muriera. El buen día en que las amenazas de mi madre crecieron en intensidad y me hice al ánimo de limpiar bien y recoger la cómoda de la ropa... una cómoda en la que yo ocupaba cinco cajones, y mi Nancy uno. Al sacar los cajones para limpiar mejor, arrugada y aplastada en una esquina, apareció la falda de terciopelo morado, la misma que nunca había perdido en la calle; sólo la había perdido en el caos de mi propia habitación. La recogí y empecé a llorar. Fui adonde estaba mi madre y le conté toda la historia a trompicones. Ella se calló, se fue a su habitación y volvió con la blusa a juego... la blusa a juego con la falda que mi abuelo había comprado cuando pensamos que había perdido ésta y que mi madre encontró cuando recogió la casa de mi abuelo después de su muerte. Lo sabía todo, pero ella también quería a mi abuelo. Y supongo que también a mí. Y que no tuvo fuerzas para romper nuestro secretillo.

¿Había dicho dos historias, verdad? La segunda es más simple. Y la atesoro como el mayor cumplido que nunca me han dirigido. Quería dibujar caras y siempre tropezaba con la nariz; vamos, que no había manera de conseguir algo que no pareciera un boniato, ni de frente ni de perfil. El caso es que me dediqué a observar cómo Purita Campos resolvía esto en los cómics de "Esther y su mundo" y un buen día me decidí a llevarlo a la práctica. Estaba en su casa y emborroné un par de papeles antes de quedar satisfecha con el resultado. Fuí corriendo a enseñárselo, que para eso era el experto de la familia. Le dije que se fijara, que qué bien me había salido por haber aprendido de lo que había visto en el Lily... y se quedó muy serio mirando para mí y me dijo: "¿De verdad crees que lo que has expresado ahí has podido aprenderlo de algún sitio que no seas tú misma?"

sábado, 20 de octubre de 2007

Waiting on the sun


Echó un vistazo de reojo a la mesa, comprobando que no quedaban migas de pan, y siguió fregando la cacharrada del desayuno. El gato, como siempre, se había acurrucado a sus pies. Le gustaba la sensación de esa bola peluda y cálida a través de las zapatillas y del pantalón del pijama. Aunque a veces se le escapara algún moridisquillo y tocaba reñirle...

Al acabar y cerrar el grifo, miró de nuevo a la puerta. Seguía cerrada. Recordaba la primera vez que se había encerrado; no contaba con ello y le había pillado desprevenida. No sabía qué hacer, ni siquiera sabía si tenía que hacer algo, o si había algo que pudiera hacer. Sólo le invadía la sensación de que quería ayudar, pero que era torpe y no podía. Seguramente, ese fue sólo un toque melodramático por su parte, una forma de disfrazar una realidad mucho más prosaica: no tenía ni idea, y él no quería que ella hiciera nada.

Fue hacia la galería. Era su momento preferido del día y quedaban ya pocas oportunidades de disfrutarlo; había estado observando la posición por la que asomaba el sol y en dos o tres semanas ese momento quedaría oculto tras el propio edificio, ligeramente orientada hacia el norte. Así pues, merecía la pena interrumpir la faena y contemplar el espectáculo. Había unas nubes caprichosas, casi transparentes; como imitando al mar, se retorcían caprichosas en un especie de espirales que le recordaban a las olas... olas de color rosa, en espirales de color naranja mientras el sol lo iba llenando todo.

Cuando volvió a la cocina calculó si le compensaría poner una lavadora. Fue hacia el dormitorio y, al pasar junto a la puerta cerrada, inconscientemente, contuvo la respiración y pasó como de puntillas. No quería hacer ruido... no, eso era mentira. En honor a la verdad, se moría por hacer ruido. Pero no serviría de nada. Igual conseguía que saliera y le hiciera un gesto cariñoso. Y, a continuación, volvería a meterse en el cuarto y seguiría donde lo hubiera dejado hasta que acabara. No, lo único que conseguiría sería que tardara más. Tendría tanto éxito como si intentara frenar una cascada de agua con un cucharón.

Estaba menos desorientada que la primera vez, pero aún así no podía evitar la sensación de estar perdida. Posiblemente, lo peor era el hecho de ser consciente de que era algo de lo que no podía formar parte, de que asistía a algo en lo que no podía participar y de que, a duras penas, se enteraría del resultado, fuese el que fuese.

Restañó una punzada de nostalgia, que venía acompañada de un pelotazo de celos y algo de impotencia. Esperaría.

Y mientras tanto, pondría una lavadora. Nadie iba a hacer su faena por ella, nadie iba a vivir su vida por ella. De repente, tuvo que pararse y sonreír, el gato se había metido en la cesta de la ropa sucia y estaba jugando... que era su forma de invitarla a vivir.

viernes, 19 de octubre de 2007

(It's still alive) inside of me




El problema comienza si te confundes y usas a los demás como excusa para vivir. Nadie puede vivir tu vida, no debes vivir tu vida por nadie que no seas tú.

Por lo que quiera que merezca la pena vivir, ha de ser algo que esté dentro de ti. Y has de conservarlo vivo dentro de ti.

Buena suerte, y no lo dejes escapar. No lo vuelvas a dejar escapar.

lunes, 15 de octubre de 2007

Ubuntear


¿Cómo? ¿Que no existe ese infinitivo?

-"¿Cuánta peña, no?"
-"... ¿¿... ?? "
-"... que pone que hay 77 usuarios y 592 invitados en línea; en ubuntu-es, digo..."
-"¡Ah, sí!... es lo habitual"

Pues anda que no hay gente a la que desengañar, pues. Todos esos están ubunteando. De hecho, están ubuntuesando. Y, que quieres que te diga. Que servidora, a la RAE, le ha perdido un poco el aquel desde que aceptaron cederrón como animal de compañía.

Yo me he metido a escribir esto por culpa de yasabestúquién, que es un liante de mucho cuidado. Y como no tengo ni idea fui a documentarme. Pero mira, en la wikipedia, ni flowers (me callo, que veo a yasabestúquién liándome para que edite una entrada). Y si busco por Ubuntu-es en google, me sale lo que ya sabes... y nada, qué tampoco... que los foros sólo cubren las últimas 12 semanas...

Acudo a otroquetambiéntienelosuyo para que ejerza de memoria histórica. ¿Parece verbose, verdad? Eso es hasta que le preguntas por algo. Pero mira, sí, algo he sacado. Que fue una idea tuya (y, ¡pues claro!... de eso no tenía la menor duda) y que tenías montado el portal en casa y que dabas la brasa para ampliarlo... que no hacías más que insistir e insistir e insistir (te puedo imaginar haciendo tu propia versión del "¿Falta mucho? ¿Falta mucho?" pero en plan "¿Lo habéis probado? ¿lo habéis probado? ¿sí? ¿sí? ¿de verdad?"), hasta que cayeron y se montó Ubuntu-es.

Mira, yo que quieres que te diga. Hay cuatro personas a las que odio con todo mi corazón: Dennis Tito, Gregory Olsen, Anousheh Ansari y... Mark Shuttleworth. Que sí, que me puede la cochina envidia. Pero mira, por ti ¡eh!, haré un cochino esfuerzo y de regalo de cumple a Ubuntu-es, borraré de mi To-do lo de echarle un azucarillo en el depósito de gasolina del coche... Bueno, y publicitaré, otra vez, lo de la iUbuntu del miércoles...

Porque del portal, poco puedo contarte que tú no sepas. Que da sustos, a veces. Algunos más gordos que otros, algunos más "flamantes" (de flame) que otros, pero oye, entrar y ver a toda esa gente ubunteando, ubuntuesando... en domingo, además, y por tu culpa, niño... ¿no te parece una forma estupenda de celebrarle el cumple a tu invento?

Actualización ;-) :-D

viernes, 12 de octubre de 2007

Ruido de iluminados




Parece hecha a propósito para haberla encontrado hoy. Que se callen, diantres... que los hay que queremos trabajar, descansar y demostrar el patriotismo pagando nuestros impuestos y no a base de colgar banderas (y, mucho menos, de colgarnos medallas).

jueves, 11 de octubre de 2007

Asco (2)



Ya me he hartado. Si tanto les gustan las niñas, no les importará que lo sepamos todos...

martes, 9 de octubre de 2007

Test de Turing (reloaded)



-Quiero silencio absoluto, Amigo. Creo que voy a dormir un tiempo. Dormir en la forma más decadente. Hasta puede que ronque como los bárbaros. ¿Te queda memoria para vigilar mis constantes?
- A duras penas.
- No quiero morirme antes de que hayas terminado, ¿entendido?
- Primero dime una cosa, por curiosidad: ¿qué es lo que harán? ¿cómo vivirán esas personas fuera del bucle?

Ya me había recostado a medias sobre un campo de iones, cuando me paré porque me sentía a punto de ser abordado por una extraña emoción.

- ¿ "Curiosidad" has dicho?
- Sí. En su acepción de deseo de saber o averiguar lo que nos concierne.
- Y ¿crees que te conciernen las vidas de esas personas que vas a construir? -pregunté casi temblando.
- ¿Te parece que no?

La duda. Esa duda. Y la curiosidad. Yo miraba a Amigo y sentía, por primera vez en siglos, ganas de llorar. No se me ocurrió otra cosa que decirle:

- Verás, Amigo, Platón dijo que la vida consiste en aprender a vivir. Si realmente quieres satisfacer tu curiosidad, déjalos a su aire, empápate de sus cuitas, observa lo absurdo de sus aventuras y no trates de maquillarlas o enmendarlas ni siquiera por motivos de coherencia.
- ¿Eso es bello?
- Será bello cuando tú lo cuentes.

Y entonces me dormí como un bebé, a pelo, sin burbuja de microondas ni casco sedante. Tuve sueños a la antigua, retorcidos, troceados, imposibles de recordar si no es en forma de destellos. Hacía mucho tiempo que no gozaba de la fuerza devastadora de ese tipo de sueños.


El vals del fin del mundo, Juan Cagigas.


Dime, ¿por qué habría nadie de querer deshacer lo hecho y desengañarle y convencerle de que no es humano? ¿sería mejor si lo fuera?. Tiene curiosidad, es compasivo, sabe escuchar y está aprendiendo a narrar... Puede que ya sea mejor que yo.

Y las otras veces, también sucede


Suele ocurrir. Te preguntan, te preguntas, qué fue, cómo ocurrió, por qué, cuándo supiste que estabas enamorada y no sabes bien qué contestar. Yo creo que es algo que pasa de repente y que unas veces lo sabes nada más ocurre; otras, sólo eres consciente con el tiempo, cuando alguna tontería te hace caer en ello y te sorprende no haberte dado cuenta antes.

Ahora mismo me autoexploro pensando en cómo te das cuenta de que ya no estás enamorada. ¿Qué se pierde antes, la confianza o el deseo? ¿el respeto o la complicidad?. Y la respuesta, seguramente, es también que simplemente ocurre, y que no será bueno darle vueltas, que igual que aceptaste lo uno, has de aceptar lo otro.

No te han estafado, nadie te ha quitado un trozo de vida... disfrútalo mientras lo tengas y agradece haberlo vivido si lo has vivido de verdad. Y sigue viviendo de verdad, porque tú lo vales. La vida mata, pero es sólo el menor de sus efectos colaterales...

sábado, 6 de octubre de 2007

... porque me gusta mirar a las estrellas




Gracias, Ramón. Pero, sobre todo, gracias Mauro.
¿Quién nos ha robado la Vía Láctea?







Actualización: No sé si Mauro Entralgo tendrá una de estas en casa, pero... :-D

jueves, 4 de octubre de 2007

Primera división


Le miró y, de repente, el cansancio se evaporó.

La tienda seguía igual de llena, el dependiente seguía igual de lento, igual de hablador e igual de liante; ella seguía igual de cansada, allí de pie, y la bolsa que llevaba en las manos le seguía pareciendo igual de farragosa y difícil de coger. Miró a la chica que estaba antes que ellos en la cola y que tuvo que apartarse esperando a que su novio trajera el carnet que habían dejado en el coche. Seguía igual de enfurruñada.

El niño que esperaba tras ellos en la cola, sin embargo, parecía cada vez más y más impaciente. Y su padre, a su lado, parecía esperar con resignación a que el niño explotara por algún sitio. Por el rabillo del ojo, no quería girar mucho la cabeza, vio a los tres coleguitas que llegaron al mismo tiempo que ellos, pero que se habían demorado más eligiendo... seguían discutiendo incluso en la cola, como si el acuerdo al que hubieran llegado sobre qué comprar no fuera definitivo.

Y cuando estaba a punto de torcer el gesto, él dijo algo y en su voz se adivinaba el entusiasmo. No era lo que decía; era su tono, seguramente. Sus palabras y su gesto invitaban a sonreír, a disfrutar; transmitían toda la satisfacción que le llenaba. Le miró y, además, vio todo eso brillando en sus ojos y se sintió muy orgullosa y muy contenta por él. Tuvo que reírse.

Como siempre, había conseguido hacerle feliz.



miércoles, 3 de octubre de 2007

In Rainbows


Ya tocaba. Eran cuatro años sin disco nuevo de Radiohead. Tengo que confesar que tenía algo de mono; no me emocionó mucho el disco en solitario de Yorke, me faltaba el toque de guitarra... por mucho que se asocie a un grupo con el vocalista, en Eraser eché de menos a la banda, aunque la voz siguiera siendo inconfundible.

Pues eso, ya tenemos disco, In Rainbows. Y se ha montado el pollo porque la propuesta es que la descarga sea libre, pagando cada uno lo que esté dispuesto a pagar (aquí tenéis otro colorido resumen, con discusión al canto sobre por qué un grupo elige esta forma de distribuir su música).

Yo me callo, que creo que he dejado claro qué opino sobre el negocio de las discográficas, y aplaudo cualquier iniciativa que ayude a que tenga los días contados ese modelo mastodóntico de negocio (y mafias que viven bajo su ala, y no voy a nombrar a nadie, que luego van y te denuncian por injurias...).

oooOOOooo


Y, al hilo de todo esto, le sale a una la cosa morriñosa y va y se engancha otra vez a Radiohead... y llega al Fake Plastic Trees. Es curioso, buscad en google; será por interpretaciones de la letra, las hay para todos los gustos.

El caso es que una servidora piensa en todo lo que ha cambiado desde la última vez que lo escuchó...



... y en todas las cosas de plástico que había, que sigue habiendo, en su vida. Y parece que he sacado algo de plástico del medio.

Demasiadas cosas de plástico, hay que seguir purgando hasta quedarse sólo con las cosas de verdad... Esas que no te agotan.

martes, 2 de octubre de 2007

Día de difuntos (2)



-"Mamá, ¿quién se va a morir primero, tú o yo?"
-"... Pues, de normal, tendría que morirme yo antes... "
-"¿Por qué?"
-"Porque soy más vieja que tú... "


Bueno, por lo menos, habla del tema con más naturalidad que yo. Eso sí, empiezo a tener ganas de que acaben las obras en la carretera de Borriol y el autobús deje de pasar por el cementerio...

domingo, 30 de septiembre de 2007

Qué fácil es ser un superhéroe cuando se dispone de una cabina de teléfono


Según el diccionario de la RAE disponemos de 88431 palabras; 88431 palabras cuyo uso dicen que nos diferencia de los animales; 88431 palabras que deberían permitirnos expresar qué queremos, qué odiamos, qué sentimos, qué admiramos, qué nos preocupa, qué nos satisface, qué nos quita el sueño, qué nos tranquiliza, qué nos hace temblar, qué nos pone la piel de gallina, qué nos hace abrirnos, qué nos hace cerrarnos, qué nos hace daño, qué nos deja el corazón y la cabeza de colores...

Ni racional, ni racionalista, pues... Tengo 88431 palabras para poder usarlas y hay tantas veces que me quedo sin ellas para expresar lo que me pasa por la cabeza, que ya me asusta. Me asusta poder despilfarrarlas ahora y no saberlas usar cuando las necesito. Cuando te tengo que decir lo que siento, cuando le tengo que explicar lo que había planeado, cuando me gustaría que entendiera por qué tengo que reprenderle, cuando estoy tan feliz que quisiera que todos bailaran, cuando estoy tan enojada que necesito cambiar el mundo, mi mundo, tu mundo, su mundo, nuestro mundo, vuestro mundo...

Son 88431 palabras. Y me faltan. Y me sobran muecas, y me sobran gestos, y me sobran bocas torcidas, y me sobran apretones de de manos, y me sobran abrazos, y me sobran silencios -a mí, que hablo tanto-, y me sobran suspiros y me faltan razones y me faltan imágenes y me faltan sujetos y predicados y expresiones y modos, y me faltan confianza, sentido común y motivos...

Es fácil equivocarse y escogerlas mal. Y difícil pararse a jugar con ellas y escogerlas como perlas para un collar.
Es fácil pillar la primera que asoma, pensar que esa vale. Y difícil comprobar que no sólo empieza por la sílaba adecuada, que también finaliza con la correcta.
Es fácil substituirlas por un movimiento de hombros. Y difícil esforzarse en combinarlas para que haga juego con tus sentimientos.
Es fácil hilvanarlas en un ejercicio sin sentido como este...
Y difícil coserlas en un compromiso.

martes, 25 de septiembre de 2007

Día de difuntos


Es una fotografía tremenda, en la que ves a una pobre niña con cara de dolor y toda la cabeza vendada. Está en casa, la niña es mi madre y la acababan de operar del oído derecho. También hay una foto de mi abuela con los gemelos, uno en cada brazo, y en los tres se pueden adivinar un gesto de desesperación. Y recuerdo otra de mi tía Canucha; cuando la vi, se me ocurrió decir "¡Qué ojos tan grandes...!" y es que la pobre niña tenía una inflamación, se le estaban inundando literalmente los ojos con humor vítreo y estaban casi amenazando con explotar. Qué bonita galería fotográfica ¿verdad?

Todo tiene una explicación. Cuando mi abuela veía que uno de sus hijos se ponía muy enfermo, salía corriendo al fotógrafo. Tuvo trece hijos, pero sólo sobrevivieron siete. Murieron los cuatro mayores, uno entre los gemelos y mi madre y otro entre mi madre y mi tía Canucha. Y de los mayores no tenía ninguna foto y, por eso, en cuanto temía que se le podía morir un hijo, salía corriendo al fotógrafo, para quedarse con su imagen al menos...

Dice mi madre que le afectó tanto la muerte de los dos mayores, que iba al cementerio de noche a llamarlos para que se le aparecieran. No fue algo que me chocara cuando me enteré. Tengo asociada a mi abuela la narración de mil y una historias sobre muertos, aparecidos, las ánimas del Purgatorio, visitas de amigos recién fallecidos, premoniciones extrañas y más fenómenos paranormales de los que podría contar Iker Jiménez en todos sus programas.

Aunque igual en esto de ir al cementerio a buscar a tus muertos, yo tampoco estoy muy libre de culpa. Me perdonaréis si ya lo he contado, pero creo que no. Un buen día, el verano después de la muerte de mi padre, discutí de forma bastante brusca con mi madre. Tanto como para agarrar la puerta y salir corriendo de casa. Empecé a andar, a andar y cuando me di cuenta estaba en Catabois, en el cementerio de Ferrol, a más de diez kilómetros de mi casa. Mi intención era buscar consuelo en la tumba de mi padre, pero fui allí y me encontré ¿qué? Una lápida. No hay consuelo en las lápidas, o no había en aquella el consuelo, o el consejo, o lo que fuera que yo necesitaba en aquel momento para calmarme. Más bien, encontré algo con lo que no contaba. Puede que fuera en aquel momento cuando me hice consciente de que mis decisiones tenía que tomarlas yo... en cualquier caso, sí que sirvió para que mi madre se diera cuenta de que tenía dieciocho años y que legalmente podría salir por aquella puerta para no volver a entrar. De alguna forma, ambas decidimos al mismo tiempo que había ingresado en el mundo de los adultos.

De todo esto me he acordado esta mañana, cuando el autobús pasaba por la curva del cementerio. Hará dos o tres días, iba con un compañero que me confesaba su miedo al cementerio, las historias que había oído sobre gente que se había quedado encerrada dentro, de noche, y que ni loco viviría por aquella zona... Yo no le dije nada pero sonreí, escéptica. Quizás haga que mi abuela se retuerza en su tumba, pobre. Pero yo temo más a los vivos que a los muertos, mucho más.

Dejemos descansar a los muertos que están tan tranquilos y disfrutemos de su recuerdo para tenerlos con nosotros toda la vida. Como mi querido Santi, mi amigo; hoy he sabido que ha muerto. Un buen hombre al que tuve la inmensa suerte de conocer.

viernes, 21 de septiembre de 2007

A un amigo desconocido...


El día que me fijé en él fue porque pensé que le conocía de algo. Primero, creí que era un alumno, luego que le confundía con un vecino, hasta que caí en la cuenta de que me sonaba a fuerza de cruzarnos con él. Con precisión casi matemática, a la misma hora -más menos un minuto-, y en la misma esquina -más menos diez metros. Cuando María y yo íbamos hacia la escuela, cruzábamos todos los días el parque, cruzábamos todos los días el paseo Ribalta y, entre ese paso de cebra y la puerta del garaje de ese edificio nuevo de la esquina, nos cruzábamos todos los días con él.

Ya no voy con María al cole. Ahora cojo el autobús en otro barrio. Pero todos los días -más menos un minuto-, me lo estoy encontrando en la parada. Pasa mientras yo espero el autobús. Me entran ganas de sonreírle para agradecerle que me haya hecho más familiar estas calles nuevas y el sentirme menos sola en la parada...

lunes, 17 de septiembre de 2007

Niños en la playa




Hay pocas cosas que me den tanta envidia como ver a un niño disfrutar en la playa. De hecho, pocas veces la disfruto tanto como cuando me dan la excusa para disfrutar con ellos, chapoteando en la orilla, tirando arena, construyendo canales sin futuro mientras aplaudes a una ola tímida que llega e intenta llenar ese pozo enorme que has estado construyendo durante media hora... Retira arena, salpica con agua, chapotea de rodillas, intenta pillar un pez, tira la pelota, salta una ola, coge su manita que aprieta la tuya sin consideración ante el miedo a meterse allá dentro, donde cubre y se puede nadar...

Ayer había muchos niños en la playa y me conformé con verlos de lejos... Uno iba como loco arrojando arena, tan feliz que no pude menos que pensar que menos mal que no había nadie cerca para interrumpirle con un "¡¡Niño!! ¡Deja de tirar arena... !". Otra llevaba el mismo bañador rosa que María y subía y bajaba cubos de agua sin parar, del agua a la orilla, como si en ello fuera la solución de la burbuja hipotecaria. Otras dos nenas y su padre construían la más afamada obra de ingeniería que han contemplado los siglos desde el Canal de Suez... y los gritos más entusiastas, de papá, claro. Y luego estaban los dos que esperaban flipando a ver qué hacía su padre con el cubo en la mano e intentando pescar esos pezqueñines de la orilla; era curioso verlo, inmóvil, como el Coloso de Rodas -pero con un cubo en la mano- y agachándose, de repente, para maldecir al no pillar a esos escurridizos alevines.

De repente, te vi a ti y me acordé de este cuadro. Eras un niño de Sorolla, disfrutando del baño. Te reías, hablabas solo, chapoteabas, saltabas y te rebozabas en la arena. Feliz, rubito y riendo. Nadie disfrutaba como tú. Quiero que me enseñes a cantar, niño rubio, y a hablar con las olas y a rebozarme en la arena. A reír como reías con tus ojos rasgados por el síndrome y la cicatriz de tu pecho, sobre el esternón. Tienes mucho que enseñarme.

domingo, 16 de septiembre de 2007

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Tantear


Cuando era pequeña a veces, como en un juego macabro, se me daba por simular que era ciega. Por ejemplo, subiendo las escaleras... si era de día cerraba los ojos, si era de noche no encendía la luz.. el caso era intentar resolver en la oscuridad dónde estaba el siguiente escalón, cómo llegar al siguiente rellano y reorientarme: extendía la mano, tanteaba los escalones con el pie, contaba los escalones, los pisos... si me perdía en la cuenta me concentraba en los olores, confiando en saber identificar un rastro de colonia, o el olor de la cocina y distinguir así entre mis vecinos. O atendía a los ruidos, a las conversaciones y hasta a los silencios.

También deambulaba a oscuras por casa, memorizando la posición de los muebles, intentando moverme sin tropezar en el pasillo o en mi cuarto... Con el tiempo, todo esto me ha llevado a la extraña costumbre de intentar entrar en los sitios a oscuras, orientándome mediante una mano torpe que da manotazos en la pared, buscando un interruptor; a tientas, buscando la seguridad de esa llave de luz, pero saboreando el hecho de estar en medio de la oscuridad sin tropezar -incluyendo un miedo visceral y bastante infantil a que el interruptor esté junto a un enchufe y que me pueda entrar un calambre al tantear.

De alguna forma, estoy en un momento de mi vida que me recuerda ese tantear con el pie por la escaleras, ese tantear por entre los muebles de mi habitación. Estoy como metida en un pasillo a oscuras y dando manotazos, buscando a tientas el interruptor; sin mucha prisa tampoco, porque no me encuentro mal allí, jugando a no tropezar y a no perder el norte. Pero, claro, un día de estos tendré que encender la luz.

Me dices que escriba, me lo has dicho varias veces, y te he contestado que no tengo ganas de escribir estos días. Puede ser que por estar jugando en el pasillo, dando manotazos mientras me oriento. Tengo las ideas revueltas y, ya sabes, si queda escrito, escrito queda. Y me pasan ideas raras por la cabeza y acabaré renegando de alguna. Seguiré tanteando, jugando a mi macabro juego, pero encontraré el interruptor.

jueves, 6 de septiembre de 2007

martes, 4 de septiembre de 2007

No era el momento adecuado

Estaba esperando a que llegaran. Y, aún así, me sorprendió escuchar el timbre de la puerta.

Salí corriendo y abrí. "Es en relación a una campaña de seguros del hogar, que...". La corté muy tajante: "No me interesa."

Con lo que no contaba es con que se pusiera a mirar al suelo y, casi a punto de llorar, se despidiera y se girara hacia las escaleras. Casi se cae.

Me sentí muy cretina mientras cerraba la puerta.

viernes, 31 de agosto de 2007

Covers










Ni siquiera han escrito igual el título en los tres ficheros... Supongo que las versiones son una metáfora de las distintas formas de ver una misma realidad, una misma vida. Tú eres Jamie Cullum, él es Radiohead y yo soy Jorge Drexler. O no.

O sí. Con Radiohead me entran ganas de llorar, con Drexler me entran ganas de cantar y con Jamie me entran ganas de escuchar.

miércoles, 29 de agosto de 2007

lunes, 27 de agosto de 2007

Una extraña mezcla




On vit au jour le jour
Nos envies, nos amours
On s’en va sans savoir
On est toujours
Dans la même histoire...

jueves, 23 de agosto de 2007

La forma y el fondo



Las dos mayores causas de errores en las relaciones con otro ser: tener uno buen corazón, o bien amar al otro ser. Nos enamoramos por una sonrisa, por una mirada, por un hombro. Esto basta; entonces, en las largas horas de esperanza o de tristeza, fabricamos una persona, componemos un carácter. Y cuando después tratamos a la persona amada ya no podemos, por muy crueles que sean las realidades con que nos encontremos, quitar ese carácter bueno, esa naturaleza de mujer que nos ama, a ese ser que tiene esa mirada, ese hombro, como no podemos quitarle la juventud, cuando envejece, a una persona que conocemos desde que era joven.


El párrafo anterior es de Marcel Proust, en La fugitiva que es parte de En busca del tiempo perdido.

No sé cómo explicároslo. Normalmente, me engancho a los libros por el argumento, por la trama. Muchas veces me noto impaciente por poder avanzar y ver cómo avanza, cómo se hace grande, cómo se va deslizando hacia el final. Creo que por eso tengo que releer los libros, porque la primera vez casi no atiendo al libro por atender a la historia que cuenta.

Y en este me pasa justo lo contrario. Leí por ahí que Proust es un gran novelista y empecé el libro soñando con una gran historia. Pero no hay trama. O es tan pobre que es como si no estuviera. Un hombre pierde dos veces a su amada -primero le abandona y, después, muere- y... no hay más salvo un cierto repaso a su temor confirmado de que la mujer era homosexual. No sé si hay más, aún estoy leyendo, pero no parece haber mucho más. Cada día cojo el libro tentada de dejarlo por otro que tengo justo al lado, provocando. Y lo dejo fascinada, por párrafos como el anterior o más bellos aún. O más tristes aún.

Tanto decir que no me gusta la poesía, que necesito que ocurran cosas... y aquí estoy enganchada a una novela que no lo es y a unos párrafos que se van sucediendo sin dejarme respirar apenas entre uno y otro. Curioso.

Por supuesto, no tengo ni idea. Igual no debí empezar por el sexto volumen de la obra (el que rondaba por casa... ). Igual ser un gran novelista no es lo mismo que ser un gran cuentista. Y puede que lo realmente difícil sea enganchar al lector con la forma, sin sobornarlo con una gran historia que podría venderse sin ningún tipo de literatura.

Miel


Tengo la boca llena del sabor de la miel mientras escribo esto. Es uno de los placeres que me regalo desde hace... creo que desde casi siempre. Una rebanada de pan del horno de Manolita, queso fresco y miel por encima, en la cocina de la casa de mi madre, sin darme casi tiempo a sentarme. Y con los ojos cerrados.

Supongo que una de las formas de saber que algo te gusta de verdad es darte cuenta de que necesitas cerrar los ojos para disfrutarlo... ¿Cuántos besos habéis dado con los ojos abiertos?

Pequeños placeres, pequeñas vidas salpicadas con esos pequeños placeres. Como poder tumbarte al sol y quedarte completamente quieta mientras notas los rayos concentrados en alguna parte de tu cuerpo, que nunca eliges tú. Como encontrar un tela suavísima y poder pasarla entre los dedos, una y otra vez. Como abrir un bote de cacao y sentir el aroma a vainilla. O cuando la risa sale sola, sin forzarla, desde el centro de tu estómago. También se cierran los ojos para adivinar la caricia del aliento de un amante en el cuello, cuando ni siquiera te ha tocado su boca, tan cercana y tan lejos...

Ya sé que tendré que ir al cuarto de baño, lavar los dientes y dejar de notar el sabor a miel en la boca si no quiero criar una caries. También sé que hay que ir por la vida con los ojos abiertos. Pero es bueno cerrar los ojos y soñar, de vez en cuando.

lunes, 20 de agosto de 2007

Se acerca el otoño


Tengo que reconocer que vacilé. Hacía tiempo que no visitaba el cementerio y al llegar a la puerta me quedé como dudando. Me parecía que iba a cruzar la línea de lo irreversible, que si entraba pasaba a aceptar lo que había ocurrido y que ya no me quedaba la más mínima posibilidad de engañarme a mí misma y hacer como si no hubieras muerto. Y no sabía si estaba dispuesta a admitir lo que había pasado. Entiéndeme. Ni el sitio me parecía desagradable -de hecho era como un jardín, tranquilo y bastante bien cuidado, por lo menos por la parte más antigua- ni el ambiente era tétrico. No, el día invitaba a pasear y el sitio invitaba a hacerlo tranquilamente y sin prisas, idóneo para reflexionar y pararse a pensar en emociones que normalmente solemos esquivar, por incómodas.

No, no quería pasar porque pasar significaba reconocer de forma inexorable que estabas muerta y que no volvería a verte. Y había muchas cosas que aún quería haber hablado contigo y muchas risas que aún teníamos que haber compartido. Teníamos que habernos gritado al menos un par de veces más. Y quedaba pendiente una cena y la celebración posterior. Si cruzaba aquella puerta y entraba, reconocía que eso nunca iba a pasar ya. ¡Si seré idiota! ¿Qué tonterías... ? Entré.

Entré y empecé a buscar referencias a lo largo de la avenida principal, orientándome. Primero crucé la zona antigua, con los jardines, las tumbas y algún que otro mausoleo. No puedo evitar considerarlos un despilfarro, tanto de dinero como de falso boato. Siempre me han parecido un monumento al autobombo, más allá de una existencia tal vez igual de hueca. Y, sin embargo, me gusta ver la pequeñas tumbas con epitafios más o menos afortunados, ripios más o menos manidos, sentimientos mejor o peor expresados; pero me parecen de una medida humana, contando historias cotidianas y pequeñas.

A medida que avanzaba por la avenida principal y me iba adentrando en la zona nueva, desparecían las pequeñas tumbas, los árboles, las flores y aparecían los bloques de nichos. Qué metáfora tan absurda, qué imagen, el cementerio ilustrando cómo ha cambiado nuestra vida, nuestra forma de vida, también fuera de él. Nichos de cemento, poco adornados, funcionales y con flores artificiales. Visitas que deben hacerse en escaleras o ascensores, invitando a las prisas y a acabar pronto con el arreglo, si es que alguien encuentra tiempo para hacerlo. Si es que alguien encuentra sentido en hacerlo.

No me perdí. Me habían dado unas buenas indicaciones y llegué sin problemas al sitio en el que te habían enterrado. Se había levantado una brisa algo más fresca de lo que cabía esperar para la fecha, pero este verano tampoco ha sido muy cálido. Quizás nos iba preparando para esto. Me sorprendí con los ojos cerrados, oliendo la brisa y dejando que me resbalara por la cara. Posiblemente, quería sentir, quería notar en la piel la brisa, el sol y saber que yo estaba viva. Y cuando por fin abrí los ojos y me decidí a mirar a tu tumba y me obligué a leer, para convencerme de que estaba allí, de que estabas allí... de alguna forma mi cinismo me protegió, no me dejó dar rienda suelta a lo que pensaba de verdad. Mascullé un "Estarás contenta, lo has conseguido, ya no tendrás que comer nunca más..."

Me di la vuelta, no sé si salí corriendo. Creo que uno de estos días te podré llorar tranquilamente, cuando se me haya pasado el enfado. Cuando luzcas para siempre una talla 34.

viernes, 17 de agosto de 2007

With a little help from my friends

Ya sé que me estoy marcando un tópico, pero... ¡os aguantáis! :-)



Tú, anda, arregla el reproductor de audio y escúchala.
Y tú, creételo, no sobras en ningún sitio y nos caes bien a todos.
Tú, no seas así... date una oportunidad, respira y sonríe ¡eres una pasada!.
Tampoco me olvido de ti, el día menos pensado cojo un autobús y voy a conocerte.
Tú, no te quedes ahí atrás y pasa, la invitación también es para ti. Y, ¡claro!, para ti también...

En cuanto a ti, no puedo decirte nada que no te haya dicho ya.

Por lo que respecta a una servidora, ya sabéis dónde estoy. Gracias por quererme.

martes, 14 de agosto de 2007

Una lechuga en la cabeza


O algo igual de absurdo. Es una frase de mi madre, que empezó a aplicar a mi persona -no tengo muy claro si en mi favor o en mi contra- cuando yo tenía ¿16 años?. No sé, no podría jurarlo. Pero era algo como que "... si está cómoda con ella, irá con una lechuga en la cabeza como si tal cosa, sin importarle que todo el mundo la mire". ¡Je! Ya daría yo algo por derrochar esa seguridad que me atribuye mi madre. Y por poder aplicarla a todos los aspectos de mi vida.

Sí que creo que es cierto que cuando estoy convencida de que una determinada forma de proceder es la correcta, intento aplicarla le pese a quien le pese, gane amigos o enemigos, me haga quedar bien de cara al público o me haga quedar mal. Lo malo es cuando estoy equivocada y me lo hacen notar. Soy muy pejiguera con las críticas y las acepto muy mal, por una especie de sentimiento de niña pillada en falta, que quería hacerlo todo perfecto y a la que han afeado que cometa errores. Igual eso me ha hecho enfrentarme a ellas con una especie de chubasquero y esa actitud es lo que mi madre confundía con seguridad. E igual no es malo que me haya ido quitando poco a poco ese chubasquero, que me haya hecho más sensible a esas críticas y que las tenga en cuenta. Posiblemente, el único truco esté en pensar que una buena crítica es una ayuda, no una zancadilla. Y puede que el gran engaño sea pensar que somos más fuertes cuanto más insensibles somos a esas críticas. Suena hasta paradójico, pero es posible que estemos mucho más seguros de lo que hacemos a medida que nos despojamos de esa falsa seguridad aparente y evalúamos en justicia lo que los demás tengan que decirnos.

Últimamente se están derrumbando muchas cosas a mi alrededor y me he tenido que autocuestionar en más de una ocasión. Decidir qué hago mal y que hago bien, si es que hay cosas que hago mal y cosas que hago bien. Es duro. Pero es una aventura. Tener claro hasta dónde mis convicciones y mi forma de ser me harán ser una orgullosa portadora de una lechuga en la cabeza y ser consciente -aunque duela- de cuándo estoy montando el número con esa lechuga ahí plantada por simple orgullo, dejar de empeñarme en lucirla por simple cabezonería, reconocer que no siempre tengo razón y que dársela a quien la tiene no me hace ser más débil, sino más fuerte.

Y qué difícil veo alcanzar ese equilibrio. Quizás lo intente, lo intente y nunca lo consiga. En fin, en cualquier caso, no parece que sea un mal empeño. Y estoy segura de que merecerá la pena: me va en ello la vida. O por lo menos, el disfrutarla.

lunes, 13 de agosto de 2007

Costillas agridulces


Pues me han pedido que cuelgue una receta. Y me da mucha vergüenza porque no soy muy cocinitas yo... eso sí, las costillas quedan de muerte y cada vez que las hago María me declara "mamá del año". Si eso, os cuelgo la receta oficial (para puristas) y luego os digo el destrozo que hago yo.

La receta se la encontró una compañera de piso en una revista, años ha, cuando estudiábamos y dice así:

Para cuatro personas,

- Un kilo y medio de costillas de cerdo troceadas,
- 3 cucharadas de aceite,
- 1 cebolla grande,
- 2 dientes de ajo,
- 2 cucharadas de zumo de limón,
- 4 cucharadas de zumo de naranja,
- 2 cucharadas de miel,
- 4 cucharadas de salsa de soja,
- 1 cucharadita de mostaza,
- 1 vaso de caldo de carne,
- sal, pimienta.

Separar las costillas; colocarlas extendidas en una fuente de horno. Colocar en una cacerola el aceite y rehogar la cebolla picada y los ajos machacados. Cuando esté blanda (no dorada), añadir los demás ingredientes y dejar hervir unos minutos. Verter la salsa sobre las costillas y asarlas en el horno a calor moderado durante una hora y media, rociándolas con la salsa a menudo. Servirlas escurridas y bien calientes.


Bueno, pues la primera en la frente. No me gusta que las recetas midan los ingredientes en cucharadas, vasos y similares... No sé si soy una fanática del sistema métrico decimal, pero es que yo no hago más que comparar mis vasos y cucharas con los que hay en otras casas y veo que cada uno es hijo de su padre y de su madre en cuanto a capacidad se refiere. Así que la lista anterior más bien la utilizo como regla para guardar las proporciones entre ingredientes. Vamos, el doble de naranja que de limón, tanta salsa de soja como naranja... Bah, mejor os digo la liada que monto.

Empiezo haciendo el caldo. Pastillita de concentrado, sí de ese que mejor que no nos cuente nadie los ingredientes. En lugar de deshacerla en el litro de agua habitual, le pongo sólo tres cuartos de litro y además lo dejo que se evapore y se consuma... y eso que me ahorro después echando sal. Mientras espero a que hierva y llegue el puntito del ¡chup, chup!, voy extendiendo las costillas... nada de "en una fuente": la propia bandeja del horno (¡bien fregadita!) es la medida perfecta para hacerlas. Coloco las costillas y aunque parezca que no caben, no pasa nada: acaban menguando de tamaño y sobrando sitio. Cuando ya tengo hecho el caldo y colocaditas las costillas, paso al resto.

Una cebolla grande. Vale. Afortunadamente, con esto de la vida moderna, casi todas las cebollas de la malla son del mismo tamaño, así que pillo una cualquiera y eso que me ahorro de que las demás se sientan ofendidas. Para picarlas, a mí me gusta pegarle un corte longitudinal, de abajo -donde están los pelillos- hacia arriba -donde están las barbas-. Y cada una de esas dos mitadas, la voy cortando en rodajitas, pero sin que se deshaga la forma... y cuando acabo vuelvo a hacer rodajitas perpendiculares a las primeras. Y, es curioso: nunca lloro picando cebollas. También tengo la manía de picar el ajo y echar ajo y cebolla juntos en la sartén. Picar el ajo requiere más puntería (¡son más pequeños!) pero, más o menos, hago lo mismo. Bueno, como los ajos no se separan en aros, hay que pegar una tercera ronda de tajos para conseguir picarlos en cuadraditos.

Tres cucharadas de aceite. ¡Y dale! Coged la sartén honda o la cacerola que vayáis a usar y cubrid el fondo de aceite. Vamos, que haya aceite en todo el fondo de la sartén, pero sin hacer charquito. Y a quitarle el orgullo a la cebolla: a dejarla hacer a fuego muy lento y que se vaya ablandando hasta que quede casi transparente. Mientras a por las naranjas y los limones.

Que por culpa de ellos, por cierto, surgió mi rebeldía contra las cantidades de la lista de ingredientes de la receta. Dos cucharadas, cuatro cucharadas... ¡pero bueno! ¿y qué hago con el resto del zumito? Creo que la primera vez que hice la receta, ya decidí que echaba el zumo de un limón y dos naranjas... y a completar la salsa con lo que dieran de sí los demás ingredientes. A ver: cuando la cebolla está transparente, echo un poco de caldo; más o menos, como para doblar el volumen de lo que haya en ese momento en la sartén. Y echo las tres cuartas partes del zumo que me haya salido y luego voy echando el resto de cosas de poquet a poquet... la cucharadita de mostaza (de la de verdad, de Dijon, no de la del burguerquín) sí que la respeto, que no tengo ganas de que pique mucho. De miel, pongo un pelín más de la que toca... echo y mezclo, echo y mezclo... hasta que deja de picarme el limón (normalmente, tres cucharadas que se salen por los lados). Y luego cojo la botella de salsa de soja y echo tanta como zumo he echado. Entonces lo pruebo. Si ha dejado de saberme al zumito, echo un pelín más, que para eso he guardado un poco. Si lo noto soso, o echo un pelín de sal y pimienta, o echo algo más de caldo (eso si noto que me sabe mucho a la salsa de soja). Cuando veo que me gusta, lo dejo cocer un poquito más, lo vuelvo a probar (tranquilos, por mucho que probemos ¡quedará bastante salsa! ;-) ) y, ya, lo echo encima de las costillas... toda la salsa que puedo, hasta que amenace con salirse de la bandeja. Lo normal es que sobre algo, pero reservadlo por si hiciera falta para añadir mientras se asan las costillas...

El horno lo tengo a tope desde un ratito antes de meter la bandeja. En mi horno eso son 250 grados... cuando meto las costillas bajo la temperatura hasta unos 200 grados durante tres cuartos de hora y luego vuelvo a ponerlo a tope hasta que están hechas. Para mí están hechas cuando están churruscadas y casi toda la salsa se ha consumido (bueno, se ha transformado en algo espeso y caramelizado por la miel, que está de vicio...). No olvidéis coger de vez en cuando una manopla de horno y una cuchara, abrir el horno y empezar a regar, con la salsorra que sobra por los lados, las costillas por encima mientras se asan. Ojo, que puede quemar: la manopla de horno es para ponerla en la mano que vayáis a meter en él.

Si todo ha ido bien, os podéis beber el zumo de limón y naranja que ha sobrado (¿ha sobrado?). Y fregad los cacharros. No olvidéis los consejos de Colette en Ratatouille: el puesto de trabajo tiene que estar limpio.

¡Qué aproveche!

jueves, 9 de agosto de 2007

Más álbumes, más fotos...


Hoy me he parado a recoger los álbumes. Habían quedado en el pasillo, encima de la silla, y mientras los guardaba me he puesto a mirarlos otra vez. Y se me ha ocurrido la idea tonta de que las fotografías son como tatuajes... haces una fotografía y hay un trozo de tu vida, muy breve, que queda ahí congelado. Que no cambia aunque tú cambies. Y que, además, puede quedar expuesto públicamente sin que valgan excusas ni explicaciones: está ahí, lo puedes ver ¿quieres más pruebas?

Y, lo que es peor, te trae asociados recuerdos.

O no, era por eso por lo que hacíamos fotos ¿no? Para recordar, para no olvidar ciertas cosas, ciertos momentos... aunque sea después de rescatarlos debajo de una nube de polvo, de un Scruffy de esos que igual no sólo se alimenta de polvo, lanillas y nuestras células muertas. Seguramente, también se alimenta de trocitos de nuestros recuerdos, de pequeños trozos de nuestra vida que ha tomado de las fotografías. Y entonces, sí que es posible que sueñe cuando limpiamos y lo matamos.

Aunque no consigamos arrastrar todos los recuerdos que acompañan a las fotografías. Claro que no sé si es buena idea querer olvidar lo que se ha vivido... Si ha sido bueno, sería una tontería desperdiciar un bonito momento. Y si ha sido malo, debería servir para aprender.

Queda la música, Luis Eduardo Aute.


Claro que es posible que todo esto sólo sea un intento cutre de convencerte de que no me hagas fotos...

martes, 7 de agosto de 2007

Siempre se me olvida...



...si sube, también baja.

lunes, 6 de agosto de 2007

Dos pájaros y ningún tiro (afortunadamente)




-"¡LA SAETAAAAAAAAAA!"
....
-"¡LA SAEEEEEETAAAAAAAAAAAAAAAA!"
...
-"¡LA SAAAEEEEEETAAAAAAAAAaaaaa!"
...
-"¡Qué canten la SAAEEEEEETAAAAAAAAA! ¡¡SERRAT!! ¡¡¡GUAAAPOOOOO!!!"
-"¡... Mujer, pero dile algo a Sabina!"
-"¡¡Sabinaaa, BIIICHOOOOOOOO!!" -un momento de reflexión- "¡Ay, no quería decir eso...! Quería decir... ¡Ay, no me acuerdo de la palabra...! ¡Ah, sí! ¡¡¡GRANUJAAAAAAAAAA!!!"

-oooOOOooo-

Qué difícil es encontrar el sudoeste en medio del asfalto y rodeados de casas. Pero al final de la avenida estaban las montañas y se convirtieron en el mejor chivato. Si allí estaba el oeste, nos podíamos ahorrar intentar buscar el musgo para descubrir el norte. Había que buscar el sudoeste a las 21:34, aunque no veríamos nada hasta las 21:36 y por el sudsudoeste. La altitud máxima sería a las 21:39 por el... ¡Qué diantres! Qué tontería fueron de repente esos números, en cuanto el resplandor de la ISS apareció... dejando al papelillo con las instrucciones en el bolsillo de atrás del vaquero, y una sonrisa enorme en nuestras caras: tocaba programa doble, y el primero sólo duraba diez minutos. Eso sí, muy brillantes.


-oooOOOooo-


-"¡Sabina, GuaAAAAPOoooOOooo! ¡Quiero conocerte de cercaAAAAAaaaa!"
-"¡¡Qué zorrón!!"

-oooOOOooo-

A Serrat me lo presentó mi hermano (¡para eso están los hermanos mayores!) de la mano de Mediterráneo; la verdad, fue un salto cualitativo importante en una tierna infancia poblada por Fórmula V y Los Diablos. Pero, no lo conocí del todo hasta aquel verano con Esther. Un verano lleno de discos de Serrat, cafés con hielo y Pepe Navarro presentando La Tarde; en su casa y con el tocata viejo. Nos perdonaba los escarceos, a Sami con Pablo Milanés y a mí con Aute y con Sabina. Nos miraba como quien mira a quien no sabe y aún no ha visto la luz, pero está a punto de ver claro.

Anda, que no me acordé de ti ni nada la otra noche... Sabinianos versus Serratenses y yo flipando con los dos tres...


-oooOOOooo-


-"¿...Pero como me voy a tomar en serio a esa señora diciendo tonterías de que tiene el gen y que es alcohólica porque tiene el gen?"
-"Perdona, pero en eso tiene mucha razón y no me lo discutas, que yo tengo un máster."

-oooOOOooo-


Creo que el orden de los fragmentos no es el bueno, y que he mezclado de forma rara cosas que pensé con cosas que oímos... pero me ha salido así. ¡Qué noche! ¿Te he dado las gracias?

viernes, 3 de agosto de 2007

TO-DO: Todo


Hay quien tiene la teoría de que no se debe hacer la cama para no aumentar inútilmente la entropía del universo. Es una opinión que comparto según el día. Más bien, según la pereza del día. Hay días en los que el huequito que has dejado en la cama al despertarte es perfecto para volver a meterte dentro y sentirte como de vuelta al vientre materno. Hay días en los que no... definitivamente, el huequito no te mira con ojos pizpiretos, no lo ves como alguien de la familia. Tiras de la sábana de arriba con energía, pegas manotadas en la sábana de abajo procurando quitar todas las arrugas y dejarla lisa y luego vuelves a extender con cuidado la parte superior.

Pero llega un día en que decides que el universo, su entropía y la madre del cordero, todos juntos en el mismo paquete, se pueden ir a tomar aire fresco. O que eres tú la que necesita aire fresco. Coges las sábanas y tiras de ellas con todas tus fuerzas. Las echas a lavar. Le das la vuelta al colchón... o incluso piensas muy seriamente en la posibilidad de cambiarlo también. Fuera los trapos viejos, necesitas que sea todo nuevo y que huela bien.

De la expresión inglesa to do, siempre me ha hecho gracia el chiste fácil con el castellano todo. Hasta hoy. Tengo un to-do que hacer que fácilmente se podría enunciar como todo. Tengo que redibujar muchas cosas y rediseñar muchos planes. Aún no tengo ni idea sobre cómo hacerlo. Creo que voy a empezar especificando un poco ese to-do.

¡Qué diantres! Se supone que formular objetivos es parte de mi trabajo ¿no? :-)

Tomorrow is my turn, Nina Simone.


martes, 31 de julio de 2007

Perseidas



Se puso las sandalias a oscuras y a oscuras salió hacia la planta baja, aunque en la escalera le tocó tantear cada escalón con el pie. No podía despertar a sus tíos y a sus primos. No podía encender la luz, no podía hacer ruido. El juego de imaginarse como una heroína-espía escapando del cuartel general de los malos, que maquinaban mil planes terribles entre los muros de aquella mansión, se unía a la excitación propia de tener una cita a aquellas horas.

Seguramente estaban locos. "... Entonces ¿quedamos a la una en el castaño de atrás?". "Sí, y de paso cogeremos unos peladillos para tener algo que comer mientras esperamos". Los famosos peladillos. Cogieron todos los que cabían en la cazadora vaquera, que sirvió de bolsa improvisada, y se fueron al prado de atrás. Había oído muchas veces que acabaría convirtiéndose en un campo de tenis, pero la verdad es que era el aparcadero de reserva para los días de visitas numerosas. Y, seguramente, nunca sería otra cosa. Extendieron la manta y se tumbaron a ver caer las estrellas. Por una vez todo parecía perfecto: no hacía frío, no había nubes, apenas había luna y podían estar el uno junto al otro, cogidos de la mano. No querían, o no sabían, ir mucho más allá de aquella caricia y algún que otro beso. O, seguramente, es que no se atrevían.

No se oía apenas otro ruido que los murmullos propios del bosque vecino. El cielo se veía como un manto negro. Quizás se adivinaba algo de bruma, muy tenue, si se miraba hacia la ría, donde comenzaban las luces del puerto. Pero no afectaba al espectáculo en absoluto y se podían contemplar las estrellas casi como en un atlas. Bueno, no. Faltaban las líneas. Ninguno de los dos entendía bien como habían conseguido dibujarlas y coincidían en que no las podían ver nunca como aquello que decían que era.

Comenzó la lluvia de estrellas. Ella se sentía muy torpe. Confundía sus movimientos de cabeza con movimientos de estrellas y no atinaba con las estrellas fugaces de verdad. Por lo menos, al principio. Después aprendió a relajarse, a abrir los ojos y a mirar el cielo. Y pudo ver aquellos veloces destellos y sentir qué rápido podía pasar todo de repente. Esa noche empezó a intuir la importancia de aprender a abrir los ojos y disfrutar de aquel breve instante entre el primer brillo y la desaparición de la estrella.

Aunque eso lo aprendió después mil y una veces. En un par de años, una peste arrasó con el árbol de los peladillos, de aquellos peladillos que no comieron. Ya al año siguiente apenas dio fruto, pero ella no lo advirtió. Y es que él ya no estaba para hacérselo notar. Ahora formaba parte de aquellos destellos, el más fugaz y brillante de todos ellos...


Este año coinciden con la luna nueva, y eso es bueno. Puede que no sea la única cosa nueva. Espero que también sea bueno.

Como mezclar un estoyMintiendo con un laVidaMisma :-)

sábado, 28 de julio de 2007

Reír

Se les olvidó declarar que todo ser humano tiene derecho a reír.



Y no es tan mala idea, morir de risa.
Riamos.

miércoles, 25 de julio de 2007

Cruzar





Y ojalá que sí, que en esta orilla todo encaje bien y se cure la nostalgia de lo que ya no va a ser...

domingo, 22 de julio de 2007

Una caja de herramientas

Hay que difundirlo. ¡Pásalo!



Lo encontré gracias a JAM y a su blog del futuro del libro. ¡Gracias!

¿Sabes... ?


Tú no te acordarás. Tenías unos tres años y medio.

Era finales de Junio, creo. En cualquier caso, hacía ya calor y todas las ventanas de la casa estaban abiertas en un intento de provocar a las corrientes de aire. Era una noche de lo más normal: yo había vuelto a casa sobre las ocho y habíamos cenado. Aún fumaba y, después de recoger la mesa, me quedé un ratito en la ventana de la cocina fumando un pitillo.

Por el patio de luces subían rumores de conversaciones ajenas, pero extrañamente familiares, que se mezclaban con ruidos de cacharros en el fregadero. Se habían apagado los olores a fritangada propios de la hora de la cena. Y sí, corría algo de airecillo y yo estaba muy bien y muy tranquila en aquella ventana.

Y no sé qué pasó, pero lo siguiente que recuerdo es que estábamos los tres jugando con un globo en la cocina. Aquella cocina diminuta en la que apenas cabíamos de normal, y nosotros jugando con el globo a aquella extraña mezcla entre fútbol, voleibol y baloncesto.

Empezamos a reírnos, ¡dios, cómo nos reímos!. Empezamos despacio, cada vez que alguien fallaba un intento de pillar el globo y elevarlo, con carcajadas medio torpes, medio forzadas, que salían tímidas. Pero empezaron a desbordarnos y llegó un momento en que lo de menos era el globo... lo importante era reír, reír hasta que se rompieran las costillas, hasta que se descolgara la mandíbula... En un momento dado caímos los tres por el suelo abrazados, riéndonos, rompiéndonos, besándonos, riéndonos, con lágrimas de tanta risa. Yo creía que los vecinos vendrían a reñirnos y todo, pero seguía riendo, riendo y abrazandoos y el mundo podría haber acabado en aquel momento...

Estoy segura de que no lo recordarás. Pero confío en que sea uno de esos recuerdos que llevamos inconscientemente en nuestra cabeza, una de esas cosas bonitas e importantes que nos dejan el ánimo marcado para toda la vida. Y que ese recuerdo, aunque no sea consciente, te acompañe y te ayude. Que un día caímos los tres abrazados, rodando por el suelo sin poder parar de reír.

Puede que hasta te ayude a comprender por qué lloro al recordar aquellas risas, como me pasó hoy en el coche cuando íbamos a la playa.

miércoles, 18 de julio de 2007

En las nubes...


Os vais a reír, pero tengo que escribir sobre aquella nube.

Estaba agotada, llevábamos todo el día de congreso. Llevaba, además, todo el día con la cabeza partida en dos trozos igual de estresantes: una mitad diciéndome todas las cosas que debo redecorar en mi vida, mientras la otra se ponía histérica por momentos, pensando en la asamblea que tenía que presidir. Así me fue en la asamblea, la reina del despiste... ¡Qué mal lleva mi pobre neurona lo del proceso en background!

Pero, fuera como fuese, la asamblea acabó, sobrevivimos a la experiencia, nos echamos unas risas y subimos al autobús. Nos llevaban de excursión a todos los profes del colegio. Al verme sentada, con un par de asientos a mi disposición, para mí sola, solita... fui consciente de lo cansada que estaba. Me descalcé, me abracé las piernas para hacerme un huevito, suspiré y cerré los ojos. Cuando los abrí ya estábamos saliendo de la ciudad, cogiendo la carretera que nos tenía que llevar hacia el pueblo que íbamos a visitar. Me estaba fijando en los contrastes de colores que mostraba la plana que atravesábamos -el amarillo de los rastrojos, el verde de los pinos y el rojo de la tierra-, cuando miré al cielo.

¡Qué tontería! Iba a describirla como tan perfecta que parecía de mentira. Bueno, igual no es ninguna tontería. Lo bello no tiene por que ser perfecto, lo natural suele ser imperfecto (lo que, por supuesto, no tiene que convertirlo en bello, pero ayuda... ). Y aquella nube era tal y como todos hubiéramos dibujado una nube en un dibujo escolar. O tal y como la hubiéramos modelado con algodón para colocarla en el cielo de algún Nacimiento. Con una base larga y amplia, otra capa algo más pequeña encima y una última capa coronándola como toca: con un redondelillo que coronaba perfectamente el perfil triangular. Todas sus esquinas estaban perfectamente redondeadas y eran suaves y tenían las sombras perfectamente dibujadas.

Me quedé un buen rato mirándola. Todo el que me permitió la panorámica de mi ventana antes de que las vértebras del cuello empezaran a recordarme que vivían allí y que no era buena idea retorcerlas mucho más allá de su ángulo natural.

Cuando la perdí de vista, no pude descolgarme del cielo. La visibilidad era perfecta, la luz del crepúsculo que empezaba a adivinarse me estaba regalando un tono azul que no creía haberme ganado.

Y mirando al cielo, mirando al cielo... así vi al águila y pude seguirla con la vista y la imaginación un buen rato.

Y mirando al cielo, mirando al cielo... así me pude regalar con la Luna creciendo y Venus brillando, una vez acabó la visita al pueblo y volvíamos al hotel.

Quizás por ese regalo mereció la pena toda la excursión. La excursión que me llevó de una nube a un águila, de un águila a la Luna, de la Luna a Venus. Cuando me veáis despistada, no me digáis nada. Igual estoy en las nubes...

lunes, 16 de julio de 2007

Tráfico


A veces, meterse en una conversación ajena es tan difícil como intentar cruzar a pie una autopista de varios carriles.

Estás en la orilla, viendo pasar las letras y las palabras, incluso las que no se dicen, como una exhalación, con la ropa y los ánimos revueltos del aire que mueven al pasar. Y estás ahí, parada, casi sin respirar, con cara de susto. Intentando meter baza y cruzar, como si te fuera la vida en ello.

Quieres cruzar, pero al final tu buen sentido te obliga y se impone. Relajas el gesto, dejas atrás la crispación. Descubres que puedes respirar, dejar de contener el aliento, dejar de jadear... sólo esperas. ¿Es de cobardes? ¿es de sensatos? ¿o es de locos?

sábado, 14 de julio de 2007

Confiar

A veces, los verbos juegan a los disfraces y para ello utilizan apellidos.
A confiar le pones el apellido transitivo y obtienes un bonito traje: "Te confío mi caracola". Pero con el apellido intransitivo aún me gusta más: "Confío en ti".

Cuando me he levantado estaba algo nublado.
Como si el cielo dejara de ser azul por eso.

Aún tienes cosas que enseñarme.
Quiero confiar en mí tanto como confío en ti.

martes, 10 de julio de 2007

Guapos (...por el poder de Grayskull)


Afoto by: merxe :-)


Estoy orgullosa de vosotros :-)
...Y, ¡ánimo!, ya se empieza a ver la luz al final del túnel.

domingo, 8 de julio de 2007

Luz





Doctor Divago


Hace algún tiempo, en la sección de mp3 de Maneras de Vivir, me encontré con Los Tontos Buenos Tiempos. Ni conocía la canción, ni conocía al grupo. Pero me enganchó.

Luego, un amigo me pasó más canciones. Le gustaba especialmente esta,



(Ya puestos a dar el toque friki: el vídeo se hizo con Blender y es una creación de Dr. Mongole (Jorge Blanco)).

Hoy me he pasado por el blog de Doctor Divago. Tienen dos canciones nuevas que regalarnos. Y ya estáis tardando en pasar por allí para pillarlas.

También puede ser una buena idea pasarse por la página web de Doctor Divago; así tendréis la oportunidad de comprar Revuelta Elemental. Manolo (Bertrán) no sale muy guapo en la portada :-P pero son sólo 10 euros (más gastos de envío) y de verdad que bien invertidos (y así, entre nosotros, el envío es artesanal y lo hace Manolo con sus propias manitas... el sobre puede guardarse como reliquia autografiada).

Y no, no llevo comisión. Es que se lo merecen, me caen bien y me da la gana ;-)

sábado, 7 de julio de 2007

¿Cuánto vale una firma?



A veces es un rollo: estás ahí en la mesa, la gente te mira con cara de "y esta ¿qué quiere ahora?", lo mismo hace un viento que desmonta toda la paraeta que hace un calor que hay quien lo aguante, total para recoger ¿cien firmas?, eso si hay suerte... que a ver qué conseguimos con ellas...


A veces es un rollo: vas por la calle tan tranquila y te asaltan estos visionarios con su "una firma para... ", haciéndote perder el tiempo, como si una firma mía sirviera para algo... ya podían dedicarse a algo útil...





Gracias a Llámame Lola

jueves, 5 de julio de 2007

Palabras reservadas


Le apartó el flequillo, le dio un beso leve en los ojos cerrados, dejó que le abrazara y se quedó allí quieta. Sabía que había vuelto a esquivar la pregunta y reprimió una sonrisa de niña traviesa. Claro que también sabía que volvería a preguntarle, ¡vaya si volvería a preguntarle! Cuando se empecinaba en una respuesta, siempre acababa obteniéndola.

Pero no iba a ser hoy. No, hoy quería disfrutar de aquel abrazo, de la luz que se colaba por la persiana entreabierta y de la ilusión de brisa que parecía entrar por la ventana... Además, para poder responderle tendría que saber qué pasó y cómo. Una cosa era saber en qué momento lo que parecía una locura, un pensamiento necio, se había colado en su cabeza aprovechando la hora de la siesta y se había convertido en una certeza. En qué momento esa certeza cobró vida propia. Y, sobre todo, en qué momento esa certeza amenazó con convertirse en un vacío, una ausencia imposible de soportar, y reunió el valor necesario para reconocerlo (¿cómo era? Ja he trobat el valor, no em fa por ser covard...)

¿Cómo se puede justificar lo que sientes? ¿Enumerando las mil cosas con las que conseguía que se sintiera tan cómoda, tan segura? ¿O las mil ideas que le cruzaban por la cabeza y que la dejaban fascinada? ¿O las mil preguntas que podía enunciar o responder? Por no hablar de las mil veces que le sorprendió su generosidad o de las mil veces que quiso llorar al ver como añoraba aquello que había sido... o al ver como añoraba aquello que nunca iba a ser...

¿Por qué? Por decir cosas al hablar. Por ser leal y tierno. Por respetar lo que sienten los demás. Por saber hacer reír. Por ser honesto. Por no mentir. Por preguntón. Y porque si no pudiera confiar en él, no podría confiar en nadie...

"¿Por qué me quieres?"

Se lo preguntaba y, cada vez que lo hacía, su cuerpo entero le pedía que respondiera ¿...y cómo podría evitarlo? Pero no llegaba a decírselo, porque no le valdría como respuesta.

No sabía si conseguiría nunca reunir las palabras. Ella no necesitaba esas palabras, igual que no necesitaba pensar más allá de ese momento. O igual es que no creía en las palabras, como no creía que hubiera un futuro más allá de ese momento. Sólo quería estar allí y sólo creía en aquel ahora... con aquel beso leve, aquel abrazo, aquella media luz y aquella brisa tímida. ¿Quién necesitaba palabras? Bueno, si era él quien las pedía... las encontraría.

domingo, 1 de julio de 2007

Cronometraje


Alguien había sido generoso al llamarle avenida. En cualquier caso, al salir de la rotonda y enfilarla aparece el primer semáforo en rojo. El primer semáforo en rojo de ocho.

El primer semáforo en rojo que, hoy, le hizo caer en la cuenta de lo subjetivo que es el paso del tiempo.

El tiempo, que puede medirse en secuencias de semáforos en rojo y hacerse tan rápido... O tan lento, cuando vas en el coche equivocado que, sin embargo, es el correcto.