domingo, 25 de mayo de 2008

La peli de la peli


- Jueves 22 de Mayo, 9:08, autobús 12B rumbo a la UJI:

Luen se hace el misterioso, abre el bolso y muestra unas entradas, mientras las agita con la mano,
-"¡¡¡Mira, mira!!! ¡¡¡Once entradas!!!"-Evaluo la situación mentalmente y decido disparar:
-"¿Para qué hora?"
-"Para las 22:20... "
Je, lo sabía.
-"¿Digital?"
-"¡¡Por supuesto!!"
-"Pues que sepas que te voy a dejar un spoiler así de grande grabado en la pared, que yo tengo entradas para las 19:30..."


- Jueves 22 de Mayo, 12:23, chat en el despacho 2118 de la UJI:

12:23:30 servidora: hoy es 22 de Mayo... ¡¡por fin!! :-D
12:23:36 servidora: nananana nanana...
12:24:50 txarly: pero ¿qué pasa?
12:24:56 servidora: ... nanana nananá naná...
12:25:05 txarly: y???
12:25:49 servidora: necesitas más pistas??? :-D
12:26:10 txarly: es que...
12:27:20 servidora: http://www.goear.com/listen.php?v=3a3cbd5
12:28:42 txarly: ¡¡Mira que eres friki!! XDDD


- Jueves 22 de Mayo, 19:23, conversación oída mientras esperaba para comprar agua, en el Cinebox:

-"¿De qué tamaño quieres las palomitas?"
-"El cubo grande.."

Tan grande que es más grande que tú, anda que...

-"¡¡Espera..!!"
-"¿Qué...?"
-"Ese no es de Indy..."
-"Es que el de Indy es el mediano..."
-"Pues entonces, uno mediano..."

Mejor, que luego dicen que los niños están cada vez más afectados por el colesterol. Nota mental: pedirle a Franki que me consiga un cubo de esos medianos de palomitas... Y anda que ya les vale, un euro ochenta por el botellín de agua...



- Jueves 22 de Mayo, 19:33, sala 7 del Cinebox:

-"Pero... ¿por qué no empieza ya?"


- Jueves 22 de Mayo, 19:48, sala 7 del Cinebox:

-"... qué atrofiados tengo los ojos, no noto para nada que la proyección sea digital..."


- Jueves 22 de Mayo, 20:14, sala 7 del Cinebox:

La película se queda muda y nosotros también, de la misma impresión. Al cabo de un rato se empieza a oír una voz, que narra algo sobre un virus, y que él es el único superviviente y ...
-"¿Eso no es de "Soy Leyenda"?"
-"Pues sí..."
Y lo debí de decir en voz alta que en seguida se empezaron a oír más voces...
-"Esto es intolerable, ahí arriba no hay nadie..."
-"Que nos devuelvan el dinero..."
-"Pero cómo es posible..."
-"Que salga alguien a avisar..."
-"Ya, ya ha salido uno..."
Y, bueno, a los cinco minutos volvió el sonido. Nadie nos contó lo que nos habíamos perdido, pero somos buenos deduciendo hábilmente...


- Jueves 22 de Mayo, 20:27, sala 7 del Cinebox:

-"... qué atrofiados tengo los ojos, no noto para nada que la proyección sea digital..."


- Jueves 22 de Mayo, 21:57, sala 7 del Cinebox:

-"... osti... este quemazo del final de los títulos de crédito... ¿eso también pasa en las copias digitales?"


- Jueves 22 de Mayo, 22:07, despacho del encargado del Cinebox:

-"... Bueno, pues el fallo en la proyección ocurrió, y el responsable de la proyección no estaba en ese momento y... en fin, en cuanto avisaron lo arreglamos. Y... bueno, la copia no era digital porque Universal no mandó la llave del disco duro y no pudimos proyectarla en digital; así que elijan, si prefieren que les devolvamos el dinero o una invitación para cualquier otra sesión, cualquier otro día, en el formato que prefieran..."


- Jueves 22 de Mayo, 22:12, con el Wall-E del Cinebox:




-"¿Pondrás esta foto en el blog el día del orgullo friki, no?"
Sí, claro que sí. Ahí estamos Wall-E y una servidora y las invitaciones al pase que prefiramos, de la peli que prefiramos... Ahí te espero, superagente 86 ;-)


Dedicado al niño que en la sesión de las 22:20 tuvo la bendita ilusión de esperar más de tres cuartos de hora a que empezara la película y la acogió con un salto de triunfo al grito de "¡¡Viva!!".


sábado, 24 de mayo de 2008

Try (just a little bit harder)








Me he levantado con esta canción, que descubrí hace poco pegando un repaso a The Commitments. Si os suena, seguramente será por la versión de Tina Turner, que es mucho más conocida. Yo buscaba la versión de Angeline Ball y me encontré la de Janis y me quedé colgada con ella. No sabía que mi niña de los ojos tristes también la había grabado.

Janis Joplin, mi niña de los ojos tristes. He estado buscando una foto que recuerdo del doble álbum Janis, para que pudierais entender por qué le llamo así (no, no la he encontrado). Tenía quince años cuando cayó en mis manos ese disco. Es un recopilatorio, con una carpeta de esas que adoro, con letras, detalles de grabación, ilustraciones y fotos, muchas fotos. No recuerdo si ésta en concreto estaba en el interior o en la cubierta trasera. En ella se veía a una niña con gafas redondas, mirando muy triste a quien fuera que estuviera a su vez mirándole. Cuando oía las canciones, me parecía imposible que toda esa voz saliera de esa niña, no era posible que le cupiera dentro. Pero nunca me cupo la menor duda de por qué estaba tan rota.

Con el tiempo leí biografías de Janis. Puede que esté equivocada, pero creo que la pobre estuvo acomplejada toda su vida; su talento y su fuerza en el escenario no le ayudaron fuera de él, por desgracia. Mi niña triste y cada vez sitiéndose más y más triste. Se quejaba de su soledad cuando volvía a casa; los que la conocieron hablan de sus complejos, de cómo necesitaba críticas que alimentaran un poco su maltrecho ego, que destrozaba mientras se sentía fea, poco atractiva y sin interés para los hombres. Mi niña triste y sola, que saludó a la heroína como a una amiga -"Nada que me haga sentir tan bien puede ser malo"- y que con ella se fue de la forma más tonta y poco romántica. Su soledad se la llevó por delante, mi niña triste con su enorme voz rota...






No sé si vas a leer esto. Tampoco sé qué parte de mis ideas vienen del lado de Janis y cuáles del tuyo. Esa niña triste tiene todo mi afecto, pero no puede contar con mi admiración. Tienes talento, no lo rompas, no te rompas. En esa mezcla entre melancolía y fuerza, a ella le pudo la melancolía. No seas una pobre niña triste.


Terapia



Los que me conocéis y habéis intentado hacerme una foto, sabéis de qué va esta entrada y por qué se llama Terapia.

Y la artista, María.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Él no lo haría





La imagen salió de aquí y hay más. Las encontré en menéame.
Pásala, merece la pena.

martes, 20 de mayo de 2008

Morir


Me rondan ideas sobre la muerte por la cabeza desde hace algún tiempo. Pongamos que desde que vi el vídeo del profesor Andy Pausch (... por no remontarme más atrás en el tiempo). Y, una de estas mañanas, al pasar el autobús frente al tanatorio, pensé en mi madre pagando a "El Ocaso", casi desde el día que nací, para asegurarme un buen entierro (es curioso, a mí ni se me ha pasado por la cabeza hacer eso con mi hija...). Y pensé que sería un gasto inútil si quiero que me incineren. Y pensé que esperaba que a María le devolvieran el dinero si llegaba el caso (a una amiga le pasó cuando murió su padre). Y pensé en qué diantres me gustaría que hicieran con mis cenizas. Lo del mar es muy típico, pero el pobre Mediterráneo está ya el pobre como para que le caigan más cosas encima. Y mi mar, mi Atlántico, pilla algo lejos desde aquí. Claro que tampoco sé dónde me voy a morir. Y tampoco sé si quiero que hagan algo con mis cenizas.

También me acordé de cuando fuimos a esparcir las cenizas de Pedro. Me costó vencer una cierta aprensión inicial y meter la mano en la urna. Era una sensación rara, había ceniza pero también arenilla (¿los huesos?). Sé que metí la mano, tiré cenizas y me quedó ceniza pegada a la piel y metida entre las uñas. Y parte de esa ceniza la respiré (hacía viento) y me cayó en los ojos, además de notarla en mis manos. Y me dio una sensación rara, mezcla de escalofríos, pero también una sensación plácida, por llevarle pegado y, de alguna manera, "llevármelo puesto", llevarlo conmigo.

Al margen de estas ideas de sueño mañanero y matutino en el autobús, está la sensación... no, la certeza, de lo mal que afrontamos lo más natural y lo más conocido de nuestra vida: que igual que empezó, acaba. Pero mientras nadie suele preocuparse por lo que pasaba antes, sí solemos hacerlo por lo que pasará después. Claro, somos taaan importantes. No puedo concebir la vida después de mi muerte, al mundo le faltará algo... mejor pensar que soy perdurable ¿no?

A mi pequeño ego le puede venir bien engañarse. Pero, seguramente, lo que pasará después es lo mismo que pasó antes: nada. El mundo funcionaba sin mí, y seguirá funcionando sin mí. Seré yo la que no funcione, no confundamos términos.

Cada cual es libre de consolarse como quiera (si es que lo necesita y cuando lo necesite), con religión, esoterismo, o lo que mejor le venga. Yo estoy convencida de que no vendrá nada. Antes me daba algo de vértigo, pero ya no. Pensaba en ello por culpa de una amigo. Ya me dirán ustedes que tiene de trascendente la película de "Speed Racer", más allá de mis recuerdos de infancia del bueno de Meteoro. Pues un poquito antes de empezar va este y me pregunta: "Si dentro de tres días un meteorito fuera a arrasar el planeta Tierra completamente, ¿qué harías?". Me quedé pensando y pregunté a mi vez: "¿Se supone que Bruce Willis no está disponible, verdad?". "No, está apagando incendios en el Sol..". Honradamente, en ese momento no le di muchas vueltas, que empezó la película y los títulos de créditos eran lo bastante psicodélicos como para marearme por sí solos.

Pero el tema quedó en mi cabeza, procesándose en background. Y, después de considerar muchas posibilidades más o menos noveleras, sólo quedó una cosa clara en mi cabeza: la diferencia entre que me quedaran tres días o tres veces tres mil... ahora mismo tampoco lo sé. Aclarado eso y dejando de lado en la influencia que podría tener en mi comportamiento el del resto de la población en una situación de pánico... y sabiendo que ni siquiera tendría que preocuparme por asegurar la situación de mi hija una vez yo hubiera desaparecido (porque ella vive en el mismo planeta que yo)... sentí una infinita paz, la inmensidad por delante, como el increíble hombre menguante en la escena final.... Vaya, esto no es mío, lo he cogido prestado de alguna canción. Pero es verídico: puede que últimamente vaya muy pillada de tiempo, pero en lo primero que pensé fue en tiempo libre para hablar con mis amigos, para leer, para estar en la playa mirando el mar sin sentimiento de culpa, sin estar postergando nada, porque no habría nada que hacer... salvo vivir esos tres días.

El caso es que la pregunta también me hizo recordar el día que María me dijo que le daba miedo la muerte. No sé si salió de su cabeza o es que ha prestado oídos a quien no debía. El caso es que me quedé mirando para ella y le dije "No tengas miedo a la muerte, que ahí ya no te puede pasar nada. Ten miedo a fastidiarla en la vida, que es dónde tú decides y dónde puedes desperdiciar tus oportunidades y perder la oportunidad de vivirla bien...". No sé si me entendió; tampoco sé si se lo dije a ella o me lo estaba diciendo a mí, porque eso fue poco después de irme de casa.

Sí, miedo a fastidiarla en vida... bueno, y miedo al dolor, eso sí tengo que reconocerlo. Espero que el meteorito ese tenga garantía de rapidez y eficacia. Es curioso, el pasado viernes asistí a una conferencia y, casi al final, el conferenciante comentaba el caso de uno de sus tíos, que era sacerdote y que, cuando tenía ochenta años, le había confesado que era ateo. Cuando este le preguntó escandalizado que cómo podía ser eso y cómo se entendía (teniendo en cuenta su condición de sacerdote) su tío le dijo "He pasado toda mi vida ayudando a la gente a consolarse y lo he hecho bien, estoy feliz. Sólo hay algo que me preocupa, que es el dolor ¿tú no dejarás que sufra, verdad?". Al margen de las reflexiones sobre noticias sociales que me puedan venir a la cabeza, me alegra saber que el buen hombre murió a los 82 años de un infarto y sin enterarse. Descanse en paz. Como algún día espero descansar yo.

No sé muy bien cómo acabar esta entrada; será porque tengo la sensación de que os he ido soltando ideas que me han ido asaltando estos últimos tiempos, sin hilvanarlas ni darle forma. Disculpad por la impudicia, más cuando es completamente gratuita. Y aceptad con las disculpas este vídeo que me pasó un amigo:





Echadle un ojo a la letra. Igual os ayuda, como a mí, a reír... pensando en que no es tan terrible, no soy tan importante, no soy imprescindible. Sólo hay que vivir y vivir plenamente. Y luego, descansar. Vaya, qué dos cosas... vivir bien, descansar mejor :-)

sábado, 17 de mayo de 2008

Celebrar

Casi se me pasa el cumpleaños: hace cinco años que dejé de fumar.
Y no me cansaré de presumir de ello en la vida.
Ni de celebrarlo.
Ni de invitarte a dejarlo si fumas :-)




La foto se ve más grande si picas sobre ella; es de aquí y la encontré esta mañana en menéame



oooOOooo


Actualización: Vengo de cenar y... acabo de decidir que a partir de ahora sólo dejaré propina en los restaurantes que tengan áreas de fumador y no fumador o sólo no fumador. Odio volver a casa con la ropa apestando a tabaco (y el pelo y la piel...) pero, sobre todo, no entiendo esa política tan mal traída de negocio, en el que prima la atención al que menos atención tiene con los demás.

viernes, 16 de mayo de 2008

Naranja


Te cuento un secreto si prometes no reírte... ¡¡Eh, no vale!! qué te estoy viendo, caramba... Venga, voy: me gusta el naranja porque me recuerda a mi infancia. Mis padres no me dejaban tomar Coca-Cola y siempre tomaba Fanta de naranja. Y me gustaban aquellos caramelos que eran como gajos de naranja y que apenas cabían en la boca... La cosas de color naranja siempre olían bien, menos las bombonas de butano. Y aún así, me acuerdo de que el repartidor me regalaba bombonas pequeñitas de caramelo blandito...

Me gusta el naranja y me gustas tú y me gusta lo que te ha pasado. Me encanta y me hace soñar y reír y me hace pensar que el mundo merece la pena, ¡qué diantres!, y que les den a los hombres grises. Me gustan más los hombres naranja.

Eso sí, perdona. El miércoles me pasé tres pueblos contigo. Tanto decirte "Pero... ¿te lo has merecido?" era mitad darle la bienvenida, mitad fastidiarte a ti, mitad envidia y mitad haceros un guiño y daros mi cariño. ¿Cómo? ¿demasiadas mitades? ¡pues claro! ¿no habíamos quedado en que estaba pasando algo muy grande?

Yo, no sé si lo sabes, estoy "en tránsito". Estoy feliz porque he podido salir sin perderme -eso creo, toco madera- de un laberinto con paredes de cemento. Y estoy feliz porque creo que me merezco ser feliz y que lo seré. Sobre todo estoy feliz por la gente que me ayudó a salir, fuera o no consciente de que lo hiciera. Es la gente que sabes que hace que merezca la pena levantarte cada día y que consigue que al mirar el cielo lo veas azul. Un día que estaba triste un amigo me pasó esta canción. No creo que supiera la falta que me hacía escucharla. Igual por eso es más valiosa. Quería ofrecerosla... digamos que es mi regalo de bienvenida para una persona que he conocido esta semana. Y también para ti, claro.





Hay personas a las que se quiere nada más verlas. Y tengo la suerte de conocer a mucha de esa gente. Que dure la racha.


martes, 6 de mayo de 2008

Espejo de dos vistas


Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo


Me senté delante del espejo, en penumbra; para iluminarlo, tenía que usar una palanca, pero no pude: miré a su través y me dejé arrastrar por la imagen de un barranco a mis pies, un acantilado cortado a plomo sobre una costa abrupta en la que rompían las olas. Y me mareaba y me sentía caer. Y me aparté gritando...

Volví a sentarme, volví a mirar a la palanca, pero seguí sin poder accionarla: estaba viendo, a través del espejo, una botella morada, una botella con flores muertas, olor a vómito, a sangre seca. Estaba llena de limo, la cubrían babas que me daban naúseas. Y me retiré, muerta de asco...

Lo intenté de nuevo, pero ni siquiera vi la palanca esta vez: una nube de humo gris y plomiza me envenenó la cabeza. Me secó la garganta y no me dejaba respirar. Tiritaba. Boqueaba y mis piernas se doblaban. Tuve que salir de allí, perdía la orientación y tosía y me ahogaba...

No sé si fue el último intento, no sé si fue el primero, no sé cuándo ocurrió y cómo me afectó, cómo influyó en el resto de las visiones... pero fue la peor y ni siquiera sabía que había algo a mi alrededor, sólo podía mirar a través de aquella ventana... el color rojo haciendo daño a mis ojos, dando paso al amarillo quemando mi retina, amarillo doliéndome, mientras olía a azufre, mientras me quemaba con el olor a azufre, con el recuerdo del azufre surgiendo de donde no debería haber surgido, azufre nacido de la luz del Sol, luz del Sol transformada en azufre para hacerme daño en donde más daño podía hacerme, en donde más podía corroerme y escarbarme. Naranja fétido para romper la poca magia que quedaba. Y sólo pude llorar y ni siquiera me aparté.

Me diste la mano y me enseñaste la palanca mientras te ponías al otro lado. Y te vi allá, a través del espejo. Sonreías.

Tardé mucho tiempo. Me atreví a extender la mano y usé la maldita palanca de una maldita vez. Y entonces, por fin, se iluminó el espejo. Confié en ti. Dejé de ver a través de él y me pude ver. Me atreví a mirar. Me vi feliz, sonriendo.

Poco a poco me invadió la paz. Muy poco a poco, fue lento. Seguías al otro lado, pero persistía el recuerdo de lo que había visto antes. Cerré los ojos muchas veces. Los volví a abrir. Me atreví a sonreír porque me sentía feliz. Y me atreví a mirar otra vez. Me volví a ver feliz, sonriendo.

La luz no se apaga ya. Sólo es un espejo y me refleja a mí.

Oesed

Y recordé que una persona feliz podía utilizarlo como un espejo normal, para verse como es.

Carta abierta al profesor de mi hija



Estimado Vicente:

María me ha comunicado que ayer fue castigada por olvidar un libro de lectura y llevar otro en su lugar; con esta nota me doy por enterada.

La escribo de motu propio, porque María también me ha comentado que iba a enviarme una nota para que yo la firmara, pero que a usted se le olvidó dársela.

Como a mí se me olvidan muchas cosas, no le doy mucha importancia a ambos hechos. Estimo que se producen más por despiste que por falta de interés.

Un cordial saludo,




lunes, 5 de mayo de 2008

¿Por qué... ?



Creo que alguna vez te he visto volar. Yo vuelo cuando estoy a tu lado.
Gracias.

... y gracias y gracias...




(Y, por supuesto, gracias a Erlich por su viñeta de hoy en el El País).

miércoles, 30 de abril de 2008

Vivan las chicas...



[..] yo advertía que a veces, por lo común a la hora de la siesta, cuando mi padre se acercaba a mi madre y empezaba a cercarla con caricias, besos y abrazos furtivos, en ciertas ocasiones mi madre sonreía, le devolvía algún beso y luego ambos se encerraban en el dormitorio. Pero otras veces, cuando mi padre empezaba con sus arrumacos, mi madre se ponía seria y simplemente le decía: "Hoy no puedo, viejo. Vinieron los de Galarza". Para mí esa respuesta era un enigma, porque yo había estado toda la mañana en casa y nadie había venido: ni los de Galarza ni los de ninguna otra familia. Además, yo no conocía a nadie que se llamara así. Sólo varios años después supe que Galarza era el nombre de un jefe colorado, durante los años de guerra civil y, según la leyenda, cuando sus hombres pasaban por algún poblado, los derramamientos de sangre eran inevitables. O sea que lo que mi madre le avisaba a mi padre (en clave, claro, debido a mi indiscreta presencia) era que estaba con la regla y en consecuencia no se hallaba en disponibilidad erótica.

Mario Benedetti, La borra del café.



Mi chica se ha comprado un libro titulado ¡Vivan las chicas!. Fijaos en el subtítulo: La guía de las que pronto serán adolescentes. Fue el miércoles pasado (¡claro!, si es que lo tenía todo calculado): "Mamá, que como es San Jordi y hacen un 10% de descuento y me quiero comprar un libro, pues me he esperado a hoy para comprarlo, ¿vamos?". Y allá que nos fuimos. Ella se fue directa a por el libro; yo me demoré un ratito saludando a mi Loli que, en cuanto le mencioné el título, me echó una sonrisa cómplice... que entendí perfectamente en cuanto apareció María con el trofeo en la mano. Fue ver el libro (no sabía de qué trataba) y empezar a partirme de risa: me reí porque entendí la mirada cómplice de Loli, me reí al ver la cara -mezcla de ilusión y de nervios- que ponía María y, sobre todo, me reí al pensar la que se me venía encima.

Al día siguiente le tocaba dentista y tenía que llevarla yo. Fui a cortarme el pelo antes de ir a esperarla a la salida del cole. De allí al dentista y luego, a comer. Un lujo, en mi caso, hacer todas esas cosas con ella. Para lo que no estaba muy preparada fue para el tercer grado que me esperaba.

María tiene 10 años y una todavía se acuerda de lo que se cuece en un aula entre las niñas a esa edad. Unas antes que otras, todas notan cómo van cambiando y cómo sus cuerpos se van transformando en lo que algún día se convertirá en ese cuerpo que hasta hace nada ni se imaginaban. Entre chistes y risas nerviosas suele haber miradas de reojo a las compañeras cuyos pechos ya han comenzado a crecer, o que empiezan a lucir pelo en el sobaquillo... empiezan a circular rumores, historias verídicas ("De verdad que sí, que a mí me lo contó Fulanita...") y se monta un bonito contrachapado de nervios, miedo, expectación y risas. Los chicos son lo de menos, aún dan auténtico asco, son unos brutos que se ensucian, pegan y que no se fijan en nada y no tienen ninguna sensibilidad (cosa que, ahora que lo pienso, es de agradecer: por favor, que se me vayan presentando las crisis vitales poco a poco; no se me amontonen, que al fondo hay sitio... )

No sé aún bien cómo lo hizo, porque el libro lo compró el miércoles por la tarde; yo no le vi leer durante el resto del día y el caso es que el jueves a mediodía parecía haberlo leído completamente. Al menos, todos los capítulos relacionados con la menstruación. Ni en mi peor examen en la facultad tuve que responder a tantas preguntas: "¿Cómo se lo dijiste a tu madre?", "¿Duele mucho?", "¿Es cierto que te puede venir a mitad de clase?", "¿Cuántos días dura?","¿Cuánto manchas?", "¿No da asco?", "¿Dura toda la vida?", "¿Y prefieres tampones o compresas?", "¿Y cómo voy a hacerlo yo para decírtelo a ti?", "¿Y te puede doler el pecho?", "¿Y a ti cuándo te vino?", "¿Y a mí cuándo me vendrá?"...

Entre preguntas, cosas que había oído y anécdotas de clase, yo intentaba hacerme oír para dar respuestas, desfacer entuertos y colar mis propias anécdotas, pero no era fácil; tocaba acribillarme y no darme apenas tregua para respirar y para contestar. Al final nos organizamos y fue saliendo una bonita conversación. Algo sí procuré dejarle claro: ella es una mujer desde que ha nacido. No hay frase que odie más que ese emparejamiento de la condición de mujer al inicio del ciclo reproductivo. Somos mujeres, nacemos mujeres y morimos mujeres. Independientemente de que estemos en ese rango de edad en que nuestro vientre puede convertirse en la mejor cuna del mundo, en el mejor refugio, el primero, el más cálido y el más difícil de abandonar.

Al final, una servidora también se vio recompensada. Cuando volvíamos al colegio, después de comer, me enteré de que ostento el título de "Mamá más enrollada del colegio", ganado a pulso, por lo visto, por no dedicarme a hablar de compras ni de ropa, estar dispuesta siempre a echar una carrerita o a ponerme a cantar y bailar por la calle (esto sí que no lo entendí bien porque de normal, cuando lo hago, se pone muy seria y me dice toda digna que no haga esas cosas, que le da corte... ) y, sobre todo, por contar los mejores chistes. ¡Ah! Y ser buenísima buscando cosas en internet (¡gracias, google!). Con eso se despidió con un beso y se fue corriendo con sus amigas. Y, de alguna forma, fue tierno verla, antes de entrar en el cole, haciendo travesuras de niña y darme cuenta de que aún le queda (¡nos queda!) tiempo para disfrutarlo. Y para disfrutar de lo que se nos viene encima también, por supuesto. Va a ser divertido. Antes, por lo menos, de que sea ella la que se dedique a hablar de compras y de ropa ;-)

sábado, 26 de abril de 2008

Zelig


Estaba mirando la escena como si la viera desde fuera. Como si yo hubiera quedado sentada a aquella mesa pero al mismo tiempo me hubiera levantado y pudiera verlo todo desde fuera. Y dentro de mi cabeza oía caer, uno a uno, todos los naipes del castillo... con un ruido sordo. Sería porque se me estaba rompiendo el alma.

Aquella tía se estaba destapando. Muy maja me había parecido cinco meses atrás: decidida, con las ideas claras, sabiendo lo que quería y diciéndolo sin morderse la lengua. Qué bien me cayó. Al poco de conocernos me comentó lo de los cursos del INEM, cómo habían montado aquella academia y habían comprado los ordenadores y que necesitaban a más gente para poder cubrir más horario y amortizarlos. A mí me venía muy bien el dinero; con un cursillo de tres meses tendría para mantenerme todo el curso, así que enseguida le dije que sí. Qué maja, la tía. Hasta pensamos -ella, su marido, un par de amigos y yo- en montar una sociedad anónima laboral. Menos mal que había quedado en nada.

Lo que estaba oyendo me estaba alterando. Caramba, qué divertido es escuchar a la gente cuando el alcohol le desata la lengua y no está midiendo sus palabras para causar justo el efecto que pretenden conseguir. Qué experimento tan curioso. Esa tía tan legal era el perfecto ejemplo de lo que en unos meses se iba a transformar en el prototipo perfecto de ejecutor de pelotazo de la primera era psoecialista de este país, progres de familia bien, muy solidarios y muy rojetes, poniéndose morados de paté y cava mientras calculaban mentalmente cuanto exprimir del último "arreglillo" que se le había ocurrido. Mayormente, porque necesitan redecorar su vida: acababan de descubrir el minimalismo, la arquitectura orgánica y los diseños de Alvar Aalto.

Pues como decía, la mujer se estaba descubriendo y yo me iba quedando sin habla, sin ganas de hablar, a medida que iba soltando frases graciosas sobre la educación pública, la sanidad pública y demás miserias a malmantener para dejar contenta a la plebe.

Pero lo que me estaba dando ganas de vomitar era la actitud de él, ¿cómo diantres era posible que le estuviera dando la razón en todo? ¡¡Pero si iba en contra de tantas ideas que compartíamos, de tantos argumentos compartidos en discusiones, de tantas causas que habíamos defendidos en manifestaciones y concentraciones... !! ¿De qué se estaba riendo, de qué? ¿Dónde podía ver la gracia a reírse de todo lo que me decía que compartía conmigo?

Él, simplemente, era así. Su único afán era caer bien, ser agradable, ser encantador. No tenía ideas propias: estaba cómodo con las tuyas y en cuanto se las explicabas un poco, incluso te prestaba argumentos, te ayudaba a defenderlas.

Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, va y resulta que una pobre imbécil se enamora y se ciega y en esa ceguera cree encontrar -¡por fin!- un alma gemela, alguien que suspira exactamente por las mismas cosas, que tiene exactamente los mismos intereses, que tiene exactamente los mismos gustos y que tiene exactamente las mismas aspiraciones. Las mismas ideas políticas, las mismas ideas religiosas, las mismas ideas sociales, las mismas ideas sobre el matrimonio, la educación, la paz, la ecología, los militares... Los mismos objetivos, el mismo destino, los mismos temores, los mismos temblores... el mismo golpe de latido cuando te inunda el deseo y la misma risa de satisfacción después de colmarlo. Los mismos gustos para la comida, para la bebida, para el tabaco... Hasta eso: acabó tomando cortados en lugar de café con leche, bebiendo gin tonic en lugar de gin kas y fumando Ducados en lugar de Winston...

No quería ver como era en realidad, no quería quitarme la máscara de los ojos. Era más fácil pensar en la pareja perfecta, pensar en que estábamos hechos el uno para el otro. Qué suerte, y qué empatía para con todos. Qué tío tan sociable, da gusto hablar con él, siempre te entiende, siempre te da la razón... siempre sabe exactamente qué estás pensando, siempre compartiendo tus argumentos.

Compartiendo tus argumentos... sí, incluso en contra de él. Es el riesgo que corres por ser encantador: el riesgo de perderte, de confundirte entre otros. De perder tu propia vida...

Supongo que aquel día se empezó a caer la máscara y empecé a abrir los ojos. Sí, qué tío tan sociable. Qué tía tan afortunada yo, ¿verdad?. Siempre dándome la razón...

Lo malo es que yo no quería la razón, quería un compañero.

jueves, 24 de abril de 2008

L'homme au coeur blessé


Yo era mayor y más grande que él. De hecho, casi era más grande que su padre. Sin embargo, yo tenía ocho años y había muchas cosas que una niña de ocho años tenía prohibidas. Una de ellas, cuestionar la actuación de un adulto. Incluso una como aquella. Nos educaban así: siempre que un adulto nos castigaba era porque nos lo merecíamos. Y siempre era por nuestro bien.

Pero aquella bofetada quedó flotando en el aire mucho tiempo. Su padre había salido ya de la cocina y yo veía caer las lágrimas de mi primo, que se había quedado con las gafas torcidas y una mueca de dolor dibujada, callado muy callado. Yo también estaba callada y, en el silencio que reinaba, aún podía oír el estallido, no sé si del golpe de la mano contra la cara o si de la rabia contenida... rabia de cobarde, cobarde por no atreverme a decir lo que pensaba, cobarde por no atreverme a protestar porque a los mayores no se les podía recriminar sus arbitrariedades.

Y allí estaba yo, con los palillos del xilófono en la mano, sin atreverme a mirarle directamente. Seguía llorando y lo único que se me ocurrió fue intentar demostrarle que era alguien importante, que me había aprendido aquellas notas que acaba de enseñarme, mientras escuchaba asombrada la melodía que arrancaba del xilófono sin saber cómo. Él, que era más pequeño y mucho más bajito que yo, tenía un poder que a mí siempre se me ha negado; no sabía música, pero la música vivía dentro de él. La música estaba a gusto con él y él con la música... formaban una extraña pareja, un niño tocando canciones que nadie le enseñaba, en instrumentos que nadie le enseñaba a tocar.

Y sin ritmo y dudando, recordé todas y cada una de las notas que él me repetía unos minutos antes. Nunca nadie habrá recibido un homenaje tan torpe...







... y han pasado tantos años, y sigo sin poder olvidar aquella tarde en aquella cocina. Sigue doliéndome aquella bofetada, como tantas más que le habían de pegar. Sigue doliéndome el que nunca le dejaran expresarse, el que nunca le pidieran su opinión.

No me vio en Navidades. Nos cruzamos por la calle. Iba con la mirada perdida, caminando solo bajo la lluvia -un adulto a la fuerza al que robaron su alma siendo niño-, y me quedé mirando, sin llamarle, porque aún no se me ha ocurrido qué decirle para consolarle de aquella bofetada. Y tampoco puedo olvidar que me regaló parte de su música, de esa música que ha ido perdiendo a medida que iban minando su espíritu...

miércoles, 23 de abril de 2008

Forma del agua

Dicen que el agua no tiene forma.

.. pero alivia la sed, refresca el ambiente, limpia el cuerpo y el aire y permite crecer a la vida.

Dicen que el agua se adapta al recipiente que la contiene.

.. será por eso que es un regalo, para el cuerpo y para el alma.

Gracias por ser agua.


Cotillón

Si un gato es muy cotilla... ¿es un gato de Año Viejo?

sábado, 19 de abril de 2008

Breathe to make me breathe


This life prepares the strangest things
The dreams we dream of what life brings
The highest highs can turn around
To sow love's seeds on stony ground







Es posible que haya hecho una de mis asociaciones raras de ideas y por eso he acabado hoy enganchada a esta canción, Breathe.

Os cuento: el pasado martes (o el miércoles, no lo recuerdo bien) me encontré este artículo de Maruja Torres. Busqué la página del profesor Pausch y encontré el vídeo y la transcripción de la charla. Por más que entienda la idea de Maruja Torres, no puedo menos que disentir en algunas de sus conclusiones. Primero, porque Maruja Torres es posible que no sea consciente de que ella misma se ha convertido en un icono de la superación y de las ganas de comerse el mundo a bocados. Al menos para mí. Su historia me parece tan dura y tan tierna, al mismo tiempo, que a veces corro el riesgo de pensar en ella como en una película (no estoy muy segura de qué pensaría esta buena mujer de esta idea, mejor lo dejo pasar). Pero esta pequeña gran mujer puede presumir de su valor, de su entereza y de su claridad de ideas. De su afán de superación y de su visión ácida (pero también dulce) de la vida. Me da mucho que pensar su historia, una niña en el Barrio Chino de Barcelona que llega a convertirse en esa mujer, que se ha formado a sí misma, que es capaz de diseccionar la vida con palabras, como un cirujano empeñado en extirpar hipocresías y mentiras. Una mujer capaz de realizar análisis tan certeros y tan sinceros de escenarios políticos, diplomáticos y bélicos que mete miedo. Una mujer tan leal con sus amigos que te hace llorar y sonreír cada vez que habla de Terenci, o de Juantxu o de Beirut, su Beirut. En fin, una mujer a la que admiro, aunque no sé si me atrevería a decirle en la cara que ella me parece también a mí un manual de autoayuda... miedo me da pensar en cuál podría ser su reacción. Al fin y al cabo, ella ha escrito esta frase: "Lo arduo es admitir que estamos solos, que no hay pollo que dé suficiente buen caldo y que en vaciar de contaminaciones esa soledad, nuestra condena, reside también nuestra grandeza".

Pero no estoy de acuerdo con la frase anterior a esta. Y me estoy riendo, porque creo que la ha escrito en uno de sus momentos duros. Estoy repasando esos artículos suyos que he enlazado y... en esos artículos puedo encontrar bastante de lo mismo que he encontrado en la conferencia del profesor Pausch. No creo que sea malo buscar estímulo en la vida de un desconocido, sobre todo si te puede ayudar a superar malos episodios; y supongo que lo que a ella le da alergia es la idea de que uno caiga en la tentación de limitarse a una lectura hueca, sin caer en que en la palabra autoayuda el verdadero protagonista eres tú: se trata de que tú busques dentro de ti lo que puede ayudarte. El ejemplo o la experiencia de los demás, te puede ayudar, pero debes hacerlo tú.

Leed (o escuchad) la conferencia del profesor Pausch. Hay ideas tan hermosas que resulta imposible no disfrutarla. A mí me dejó desarmada con este párrafo, casi al principio de la conferencia:


"[...] so what we’re not talking about today, we are not talking about cancer, because I spent a lot of time talking about that and I’m really not interested. If you have any herbal supplements or remedies, please stay away from me. And we’re not going to talk about things that are even more important than achieving your childhood dreams. We’re not going to talk about my wife, we’re not talking about my kids. Because I’m good, but I’m not good enough to talk about that without tearing up. So, we’re just going to take that off the table. That’s much more important. And we’re not going to talk about spirituality and religion, although I will tell you that I have achieved a deathbed conversion... I just bought a Macintosh. Now I knew I’d get 9% of the audience with that... All right, so what is today’s talk about then? It’s about my childhood dreams and how I have achieved them. I’ve been very fortunate that way. How I believe I’ve been able to enable the dreams of others, and to some degree, lessons learned. I’m a professor, there should be some lessons learned and how you can use the stuff you hear today to achieve your dreams or enable the dreams of others. And as you get older, you may find that "enabling the dreams of others" thing is even more fun."


Nunca había escuchado una definición tan bonita de mi profesión: hacer posible los sueños de los demás. Tiene razón Maruja Torres, podría tomar ideas de este hombre (igual que he tomado ideas de ella) y usarlas para guiarme en este laberinto que es la vida. Y no me parece mala cosa; como tampoco me parece mala su idea de no perder la perspectiva de que es nuestra propia vida la que debemos vivir y es nuestro propio ideario el que debemos seguir.

Perdonad que insista, leed la conferencia. Puede que os pase como a mí que, leyéndola, me descubrí leyendo alguna que otra idea que ya era mía antes y eso me hizo sentir importante y especial. No es malo quererse a uno mismo, y que no nos confundan las definiciones mal entendidas de egoísmo. Quererse es básico para querer a los demás, no puedes regalar lo que no tienes.

Puede que por todo esto me haya acordado de esta canción, triste, en la que alguien necesita que respires para poder respirar... afortunadamente, al final parece mostrar esperanza. ¿De quién depende que lo consiga?

jueves, 17 de abril de 2008

Escribir es vivir


Me he puesto a escribir casi porque sí, porque tengo "mono" y lo necesito; lo malo es que llevo unos días tan cansada que no logro articular bien mis ideas (que con el cansancio, tampoco son tantas...). Últimamente, además, mis ideas son muy suyas y me asaltan en los sitios más inoportunos: en la ducha, fregando los platos, en cama justo cuando estoy empezando a quedarme dormida... siempre lejos de un teclado o de un papel y un bolígrafo al que echar mano. Para colmo, mi libreta de escribir notas se había perdido en la inmensidad del caos de mi mesa y no conseguía encontrarla, y también se han evaporado ideas que había ido hilando semidormida en el autobús durante unos cuantos días. Y bien, al menos la libreta ya ha aparecido.

En gran medida, este "mono" lo ha provocado el hecho de estar leyendo Escribir es vivir de José Luis Sampedro. No es una novela, sino la transcripción de un curso sobre el oficio de escritor que impartió en la Universidad Menéndez y Pelayo. Todavía lo estoy leyendo y en lo que llevo por ahora va contando su vida y como lo que iba viviendo le iba transformando en escritor. Me resulta especialmente graciosa su declaración de que aspiraba ser un "escritor de segunda". Cuenta que él sabía que quería escribir y era consciente de que los genios, los "escritores de primera", no se prodigan y que él se conformaba con aspirar a ser un escritor correcto, no genial, que con eso ya sería feliz, con que alguien le considerara un escritor.

El libro me está confirmando la imagen que tenía de Sampedro, como persona seria y honesta. Honesto. Ese adjetivo que es tan difícil asociar a las personas hoy en día. Y, sin conocerlo de nada, sólo por lo que escribe, se lo adjudico.

Tengo a José Luis Sampedro asociado a lo primero que leí de él, La sonrisa etrusca, que compré casi por casualidad, por probar, sin tener ni idea de la trama, sin saber de qué iban ni la obra ni el autor. No tenía ninguna pista sobre lo que iba a leer.

Y el libro me conquistó desde un principio por su protagonista, un abuelo calabrés, honesto y revestido de piel dura y correosa, de visita en la gran ciudad, arrancado de su casa en el campo por la Rusca. Pero descubre a su nieto y descubre la ternura. Y la ternura te envuelve a lo largo de todo el libro y su lectura es de las que dejan buen sabor de boca y buen sabor de espíritu.

Dice Sampedro en Escribir es vivir que este personaje, como otros, surgió de su relación con campesinos, braceros, pastores, gente asombrosa y curtida, con una sabiduría y una inteligencia práctica que continuamente le asombraba y de los que aprendió mucho. Sin embargo yo, al leer el libro, asocié a ese abuelo con el autor, quizá porque cuando descubrí a Sampedro ya era un señor bastante mayor. Y porque al leerlo asocié esa imagen honesta del personaje con la honestidad que le adivinaba al escritor. Honesto. Honestidad. Salvatore Roncone, José Luis Sampedro.

Ya os contaré cómo acaba esta exposición impúdica de sentimientos e ideas, de razones para creer en la vida y para reflejar la vida con palabras. En cualquier caso, lo que sí que me atrevería a decir es que José Luis Sampedro ha fracasado en su empeño de ser un "escritor de segunda"...

(*) La Rusca es como llama el viejo a su cáncer.


Sin motivo especial...

... pero estaba trabajando tan tranquila y ha empezado a sonar y me ha parecido un regalo y he empezado a reírme y quería invitaros...



domingo, 13 de abril de 2008

Plumíficos y Maléferos





Plumíferos



El año pasado en la iParty 9 conocí a malefico(*). No sé si es políticamente correcta, pero "es un puto crack" es la única expresión que se me viene a la cabeza para intentar describirlo. Como persona y como informático; y como animador, y como creador de ilusiones, y como comunicador... porque consiguió transmitirnos toda la ilusión y el trabajo y las ganas que estaban metiendo al proyecto Plumíferos. Nos contó cómo empezaron, en qué condiciones trabajaban, cómo han ido consiguiendo superar hitos y metas. Y salir adelante. Bueno, salir adelante... ¿os habéis fijado en la calidad y en la cantidad de curre que se adivina en ese pequeño trailer? Eso es algo más que "salir adelante". Hace falta tener muchas ganas, mucho corazón y mucha técnica, esfuerzo, capacidad de trabajo y disciplina para soñar con un proyecto así. Sobre todo, cuando uno no dispone de mucho dinero para financiarlo.

Yo me quedé embobada con el trailer, y con los trozos de película que nos regaló; y esperando impaciente al día de poder verla. Me puedo poner el traje de miliciana y decir aquello de "¡¡... el primer largometraje de animación en 3D realizado con software libre, oiga!!".

Pero sería injusta. Ni militancia, ni "otraCulturaEsPosible" ni nada de eso: simplemente, me pareció una historia deliciosa, con unos personajes tiernos y bien construidos, con momentos de humor, de emoción... es una historia graciosa, tierna y bonita, que en cuanto vi quise poder compartir con mi hija. Y últimamente no son muchas las películas que puedan presumir de provocar esos sentimientos; independientemente de que, además, conozcas la historia humana y técnica que hay detrás de la producción y eso haga que tu admiración hacia ese equipo de personas se dispare.

En el portal oficial tienen un blog. Un blog que estaba sin actualizar desde hace algunos meses y que había hecho pensar a más de uno que el proyecto se había parado. Pero no, estaban descansando y han vuelto. A por el asalto final.

malefico(*), a veces, se llama Claudio Andaur, y ese equipo tan especial es el de Manos Digitales.
Gracias, de verdad, por regalarnos vuestros sueños :-)


Actualización (14/04/2008): (*) Donde hay patrón, no manda marinero... si malefico dice que en minúsculas y sin acentos, pues en minúsculas y sin acentos :-)

martes, 8 de abril de 2008

Hace mucho, mucho tiempo...


Tenía doce años, a punto de cumplir trece, y nunca habíamos visto algo así. En la tele hablaban de la película y ofrecían avances de escenas. Repetían una especialmente; una escena que yo, al verla, inventé completamente al revés de como sería después realmente. Lo que yo creía que era un aterrizaje en un planeta hostil, repelido por los alienígenas nativos, era realmente la huida de una bahía de embarque en Mos Eisley... todavía no sé qué película alternativa me hubiera montado por mi cuenta si hubiera visto un trailer de los que solemos ver hoy en día.

La película la fui a ver con mis padres. A ellos no les gustó, aunque mi madre agradeció verla. Se le había quedado el miedo en el cuerpo después de ver "2001:..." Demasiadas cosas de esa película amenazaban con convertirse en realidad a finales de los 60, así que supongo que fue un alivio para ella ver a finales de los 70 otra película que le habría de permitir sacarse los demonios que se le habían metido en el cuerpo. Ella, como mi padre, criticaba precisamente lo que a mí -como a todos los demás- nos había fascinado: "Pero qué tontería, si es como un cuento..."

Pues claro que sí, mamá, es una fantasía, es una historia mágica de vaqueros con millones de efectos especiales que nos hacen volar y acercarnos a las estrellas. Un gran cuento sobre el bien y el mal, sobre el lado alegre y amable de un poder (llámale magia, llámale amistad, llámale amor, llámale fuerza) y el lado oscuro y tenebroso de ese mismo poder, de un mismo sentimiento que te puede llevar de la satisfacción y la tranquilidad, a la desesperación y la locura en un momento; un cuento casi clásico sobre camaradas malavenidos forzados a trabajar juntos, un western típico en el que el vaquero breado y cínico se mete con el chico inocente recién salido del nido que, en el fondo, le recuerda aquella época en la que todavía creía en algo y al que envidia esas ganas aún intactas de hacer cosas. Un cuento de princesas buenas y emperadores malos. Sólo eso, pero mucho más.

Tenía doce años, a punto de cumplir trece. Nunca he intentado imitar un peinado con ensaimadas sobre las orejas, ni he intentado blandir sable alguno. Pero vi la película tres veces seguidas. Al salir de la última sesión compré una libreta y me puse a escribir las escenas tal y como las recordaba. Recortaba de las revistas todas las fotografías que encontraba... no sé qué revista empecé a comprar porque comenzó una serie de especiales (cómic, pósters, reportajes varios...). El caso es que estaba segura de que a mi madre no le gustaría y empecé a guardarlas tras un cajón del armario para que no me las encontrara. Llevo treinta años diciendo que tengo que quitarlas de ahí... supongo que el día que me decida, encontraré un montón de papeles comidos por lepismas y polillas...

Las discusiones eternas con Chus camino del colegio: que si estaba más bueno el moreno, que qué dices mucho mejor el rubito, más dulce, estás loca donde va a ir a parar, el moreno es pata negra, niña... Cuando Chus se me ponía en este plan, me entraban ganas de matarla; con eso de que tenía novio formal e iba a cumplir catorce años, siempre intentaba dejarme claro que ella era la mujer de mundo... Bueno, pues para ella el moreno y para mí el rubio. Y el felpudo con patas, para el profe de Lengua: con un poco de suerte, de un abrazo amoroso, nos libraba de él y de su libro de Lázaro Carreter. El otro tema de discusión eterno era por culpa de los de hojalata: que si el alto era un actor, pero no, que el bajo es un robot de verdad, qué dices, tiene un enano dentro, que no, que vi un reportaje en la tele y era un robot de verdad, que no que hay un enano dentro...

Con el tiempo, conseguí el libro original, no sé si un regalo de Reyes o de cumpleaños. Ya casi había escrito la historia completa, tal y como la recordaba, en mi libreta que ilustraba con las fotografías que iba recortando y pegando, distribuyéndolas por la historia... pero no tuve demasiada piedad con ella: pasé las fotos a las páginas del libro y me deshice de la libreta. Seguí coleccionando fotos y pósters. Merchandising era una palabra muy triste en aquella época, tan triste que ni siquiera existía: vino de la mano de los McDonalds y, en aquel momento, aún no teníamos (y, mucho menos, en mi pueblo). Creo que uno de los primeros libros que me compré con mi propio dinero fue El Ojo de la Mente... resulta más que curioso recordarlo hoy, con todo un universo sobre la película original, sus secuelas y sus precuelas, sabiendo que guarda tan poca relación con ellas.

No pude ir a ver la segunda parte. Si hoy en día resulta ridícula la idea de que todo cuanto pude atesorar en la época sobre la película fueron bastantes fotos, mis recuerdos en una libreta y un par de libros, la idea de que tardé años en poder ver esa segunda parte que me perdí, ya puede resultar delirante. Pero en casa no había vídeo (era algo de ricos) y de internet mejor ni hablamos, ¿de acuerdo?. Si te perdías una película o bien esperabas un milagro -y que volviera a otro cine en tu pueblo o en el pueblo de al lado-, o bien esperabas a que la pusieran en la tele. En mi caso, tuve a la pobre Ester contándomela una y otra vez, en el autobús cuando íbamos para el instituto, en Ferrol... en los veinte minutos del viaje me describía mundos nebulosos en los que las astronaves podían salir del fondo de un lago si lo deseabas de verdad, si hacías las cosas en lugar de intentar hacerlas. A la vuelta, muerta de hambre a la hora de comer, le hacía hablarme de la Ciudad de la Nubes... o de esos extraños robots de dos patas que aplastaban la nieve y lo que encontraban a su paso. La gran suerte es que a Ester le gustaba el teatro y su forma de contarme el final estuvo a la altura que exigía el dramatismo del diálogo. Mi gran suerte, que hacíamos cuatro de esos viajes al día y conseguí aprenderme sus recuerdos de mi película.

Pero, claro, no fue lo mismo. De hecho, supongo que la fastidié al ver la tercera película antes que la segunda. Endor no era como yo había imaginado Dagobah (creo que ni siquiera Dagobah era como yo había imaginado Dagobah). Los ositos eran adorables, pero... igual es que tenía diecinueve años, a punto de cumplir veinte. Ya se había inventado el merchandising y había muñequitos, libros, gorras, camisetas, llaveros y mil pijotadas sobre las películas por todas partes. Los vídeos en las casas ya no eran un lujo (en la mía, ya teníamos televisión en color y todo) y podías alquilar las películas en los videoclubs y pegarte una panzada viendo las tres seguidas en una tarde... La magia se me rompió un poco. Ya sólo recuerdo con cariño la primera y no llevo demasiado bien que la hayan retocado, que le hayan cambiado cosas. Conozco a gente que me podría llamar hereje por decir aquí públicamente que paso de las precuelas, que están chiflados todos esos que van por la vida disfrazados de personajes de la peli, de toda la saga...

Pero ayer, en el autobús mientras venía para la UJI, no podía evitar pensar en aquella niña que vio esa primera película una tarde con sus padres en el cine, que intentó reescribirla en una libreta, que coleccionaba fotos como un tesoro, que se aficionó a la ceremonia de la entrega de los Óscars aquel año (se la tragó enterita por ver las imágenes que ponían al anunciar las más de 20 nominaciones), que intentaba imitar silbiditos y ruiditos cibernéticos (muy mal, por cierto) mientras iba por el pasillo de casa y que llegó a vestir a su Nancy de papel Albal... para decidir que le iba mejor el papel de princesa que el de androide. La misma que soñaba con mover cosas al mirarlas y que transformaba su cama en una nave antes de dormirse. Y que en las raras noches que no llovía y no había nubes, salía a la galería de la cocina a mirar las estrellas; su galería que había sido su puesto de mando de la estación Alpha un par de años atrás... aún había pocas farolas y se podía mirar al cielo negro e intuir mil y una galaxias muy, muy lejanas...

jueves, 3 de abril de 2008

Ni estándar, ni abierto, ni XML...


Seré breve: si os fijáis, en el marco de la derecha he añadido este símbolo y un enlace que os recomiendo que pinchéis y que leáis. Es posible que ya lo conozcáis. Iba a hacer una entrada sobre el tema, pero no podré contarlo mejor que en la web enlazada; y prefiero dejar ese símbolo ahí en el marco como denuncia, hasta que vea claro hacia dónde deriva todo esto.

Sólo os pido que después de leerlo, si estáis de acuerdo, añadáis también en vuestros blogs este mismo símbolo y ese enlace. Hay cosas que no pueden deben callarse.

(Microsoft manda en ISO: me lo encontré en menéame)



Actualización: Me encontré esta viñeta al repasar lo ocurrido en Bélgica,



martes, 1 de abril de 2008

Gran angular


Al bajar del coche la imagen ya atrapaba. No sabía para cuál de los dos espectáculos mirar: a la derecha, el brillo del sol en el mar era como un campo de diamantes; el viento rizaba la superficie... creo que en la descripción podría usar correctamente la palabra titilar, pero si cierro los ojos y lo recuerdo tal y como lo vi y lo sentí, también creo que había algo más en aquel brillo, porque era como si realmente hubiéramos encontrado un tesoro y lo tuviéramos desplegado allí mismo, allí delante, al alcance de la mano. Y, al mismo tiempo, como si la urgencia de tocarlo se viera satisfecha simplemente con contemplarlo, sabiendo que ese era el auténtico tesoro.

A la izquierda el color turquesa se veía enmarcado de un azul tan profundo en la línea del horizonte que casi se podía sentir como en relieve, como si lo estuviera conteniendo en un marco para poder mostrar todo aquello sin que se escapara, para ponerlo a nuestra disposición.

Y tanto a la derecha como a la izquierda el cielo azul y la redondez de unas nubes que, por abajo, parecían haber perdido pie... o estar apoyadas en un plano transparente desde el que poder contemplar nuestra expresión extraviada, perdidos cada uno en su imagen, disfrutando juntos de nuestras propias ensoñaciones. Disfrutando juntos de la redondez de aquel horizonte, la que se veía y la que se intuía.

Cuando bajamos a la orilla esperaba un nuevo milagro. Un espigón enmarcado de turquesa y azul profundo, dorado al sol y dibujado por las sombras, resaltando el ángulo de una esquina que parecía acunar parte del sueño, del sueño físico, del sueño soñado, de las ensoñaciones que evocaba...

No, no teníamos un gran angular. Pero si cierro los ojos no veo otra cosa. Y si los abro me sigo preguntando cuántas cosas pasan por detrás de esos ojos. Cuántas cosas vemos igual, cuántas cosas vemos diferentes, qué cosas rondan tu expresión de ausencia, qué cosas se ven en mis ojos cuando yo me pierdo...

Y hoy intuyo que antes de peinar la zona va a ser mejor mirar por dentro...

Qué torpe soy tirando piedras. Pero lo seguiré intentando.

lunes, 31 de marzo de 2008

Los niños de la paz


Más allá del muro del patio de la escuela se veían unas majestuosas montañas pardas cubiertas de nieve. Era lo único que se veía magnífico en aquel entorno.

El edificio del colegio estaba derruido en sus tres cuartas partes; los niños se hacinaban en las escasas aulas que aún estaban en pie. Los cascotes cubrían casi todo el patio y ocultaban toda la mitad trasera del muro. En teoría, no deberían jugar allí, pero era fácil escapar al control de los maestros. Más difícil era escapar a las miradas de las patrullas, atentas a cualquier indicio de que no se cumplía la ley, la sharia; nada escapaba a sus miradas, que medían la longitud de una barba, escrutaban tras los burkhas y hasta parecían desconfiar de los juegos de los niños...

Aún así, el patio del recreo se llenaba de vida cuando los niños salían y comienzaban a jugar... gritos, carreras, risas, llantos, saltos y más risas, más carreras... hasta jadear satisfechos y sentir que el pecho se ha llenado de aire gracias al esfuerzo y ya se puede bajar el ritmo. Y, seguramente por ello, el día que apareció el extranjero ninguno se fijó en él hasta ese momento en que ya avanzaba por el patio. No tenía barba; y sonreía.

Los niños son curiosos. Y no muestran temor ante las sonrisas y las manos abiertas: fueron hacia el desconocido, y le miraron fijamente, como sólo saben mirar los niños, dando la impresión de que no parpadean. Fueron hacia él, y le miraron impertinentes, como sólo saben mirar de frente los niños, demostrando toda su curiosidad. Y siguieron examinándole, mientras esperaban a que el desconocido iniciara la conversación. Pero él se había parado en mitad del patio. Sólo les miraba y sonreía.

Por fin, el pequeño Qamir se decidió; miró al desconocido, y el desconocido le devolvió una mirada risueña y feliz. Entonces, el pequeño avanzó hacia aquel extranjero que había llegado tan de repente. Avanzaba a pequeños saltos, apoyándose en su muleta y, en cada salto, la pernera vacía de su pantalón, se agitaba como una pequeña bandera. Llegó a su lado, le observó con más descaro descaro todavía y sonrió más abiertamente.

El extranjero se giró hacia él, le miró primero a los ojos y luego a su pierna, a su pierna que no estaba, su pierna que había volado al volver del colegio a casa, por no saber lo que significaba aquel cartel, por no saber que bajo el suelo de un campo se pueden cultivar armas antipersona... y le volvió a sonreír y le dijo: "Tú ya sabes como de malo puede llegar a ser el virus de la guerra... ¿te gustaría formar parte del virus de la paz?"

Y se dirigió hacia los otros niños. "A veces, los adultos parecen estar poseídos de un curioso virus maligno, que hace que todo parezca feo, que todo haga daño, que todo sea mortal; cuando ese virus te contagia todo parece volverse sucio, todo parece ser malo, todo puede volverte vulnerable... y a los adultos les hace ser posesivos, irracionales; intentan imponer sus ideas por la fuerza, hacen locuras y hasta cometen crímenes por demostrar su razón... cuando lo único que pueden demostrar es su sinrazón. Se vuelven autoritarios, se vuelven violentos, y no se paran ante las consecuencias de sus acciones; prefieren que haya heridos, no les importan las mutilaciones, hasta justifican que haya muertes, con tal de conservar unos ciertos aires de grandeza que, en lugar de convertirles en esos grandes personajes históricos que ellos creen ser, les transforma en pequeñas lagartijas... con la diferencia de que no exponen su propio rabo para escapar de los peligros: son tan cobardes que exponen los cuerpos, las vidas de aquellos a los que deberían defender y cuidar..."

Se interrumpió y los niños siguieron su mirada, que fue del patio del colegio a la carretera vecina; como invocada por su discurso, apareció la nube de polvo que anunciaba la llegada del jeep de una patrulla. Cinco hombres armados con una metralleta, más un conductor. Seis hombres armados de sinrazón que se dirigían hacia la escuela, si bien sus miradas y sus ojos ya estaban escrutando lo que ocurría en aquel patio. Y sus manos, dirigían sus armas hacia allí, imponiendo su gesto, ignorando las miradas de miedo de los niños. Ignorando la mirada, mezcla de curiosidad y de burla, de aquel extranjero.

Llegaron y no necesitaron apenas palabras para intentar imponer su amenaza. Los niños estaban asustados, pero también estaban demasiado acostumbrados a situaciones como aquella. En cuanto al desconocido, lejos de amilanarse por la situación, se limitó a sonreír, de nuevo, ante el requerimiento de una identificación, ante la orden de identificarse y de callar y de acompañarles sin mostrar resistencia. Sonrió y les dijo: "No podéis impedirme hablar, porque no podéis hacerme daño."

Y se giró hacia los niños y siguió hablando: "Y a vosotros tampoco podrán haceros daño, no os podrán contagiar con ese virus maligno, si realmente lo deseáis. No importa lo estúpidos que puedan ser los adultos en sus juegos de guerra. No importa lo fanáticos que puedan ser en sus creencias y cómo pretendan adoctrinaros para proseguir en su sinrazón y perpetuarla a través de vosotros. No importa el egoísmo que demuestran cuando sólo piensan en su propia gloria y no en vuestro futuro."

Los hombres de la patrulla, que no habían parado de imprecarle y de gritarle, exigiendo de nuevo su silencio a medida que se acercaban, comenzaron a rubricar sus amenazas preparando sus metralletas, haciendo ostensibles gestos y exagerando el ademán, y el ruido, que dejaba claro que sus armas ya no contaban con el freno de un seguro y que estaban preparadas para disparar.

Pero el desconocido apenas sí los miró, entre divertido y condescendiente. Suspiró brevemente y continuó hablando con los niños: "La mejor forma de demostrar que no se tiene razón es usando la fuerza para imponer las ideas, o usar el miedo para ocultar las ideas ajenas... eso no ocultará que es un miedo más profundo el que mueve a quien así se comporta. Si tienen que apuntaros con un arma para convenceros de una idea, esa idea no es sagrada; si tienen que taparos la boca para que no expreséis dudas sobre una idea, es que esa idea es una idea equivocada..."

Nadie dio una orden, pero una metralleta comenzó a escupir balas y otras le siguieron. Pero algo ocurrió. No llegaron a tocar al desconocido: a menos de díez centímetros de su cuerpo, todas cayeron de repente, con un curioso ruido metálico, rítmico, como gotas de lluvia de plomo, chocando entre ellas y contra el suelo.

Ni siquiera se había girado. Continuó hablando, ajeno a las caras medio irritadas, medio incrédulas de aquellos hombres que se empeñaron en seguir disparando, negándose a la evidencia. "Les dije que no podrían hacerme daño. Os lo dije a vosotros también, y os lo sigo diciendo. No sólo existe ese virus maligno. Podéis dejaros contagiar de un virus que os hará inmunes a sus ataques como yo lo soy. Basta con creer en que es posible confiar en las personas, en que es posible arreglar conflictos, y en desearlo de verdad. Basta con creer en la propia libertad y en la libertad de todos los hombres, y en la grandeza de dejar que cada cual pueda expresar sus ideas en la confianza de que será escuchado y valorado justamente. Podéis dejaros contagiar de este virus y ayudarme a propagarlo, a contagiarlo entre todos los que crean de verdad que un nuevo modo de vivir en este mundo es posible; creedme, no podrán haceros daño. Nunca más podrán hacer daño a los que estamos contagiados de este virus, aun cuando lo intenten."

Una mirada se cruzó entre los niños y el extranjero, sellando un pacto al que eran ajenos los hombres de la patrulla, que discutían entre ellos, buscando a quien culpar del fracaso de su amenaza, del fracaso de su crimen. Quizá nunca se dejarían contagiar del nuevo virus, quizá sí. Allí estaban los niños, envueltos de un nuevo aura, para intentarlo.

Qamir saludó con su mano al extranjero. Comenzó a andar, al ritmo de sus pequeños saltos, apoyado en su muleta, y en unos minutos se perdía por la carretera. Los demás niños también emprendieron su camino. El extranjero prosiguió el suyo. Aquel patio se iba a convertir en el foco de una nueva epidemia; con suerte, en el foco de una pandemia, si ellos querían y creían...

viernes, 21 de marzo de 2008

Persiguiendo sueños (3)





Hoy es 21 de marzo y dicen que empieza la primavera.
Dedicado a Manolo, donde quiera que esté, y a Anxo, como quiera que esté.

(Me lo encontré en El País y me lo copié de Dale al Play)

lunes, 17 de marzo de 2008

Persiguiendo sueños (2)



Pero sus enemigos dicen que usted es peligroso, que no cree en el ‘copyright’. Si invento un software, ¿usted querrá que lo venda gratis?

No creo en el sistema de patentes de programas informáticos. Lo que no podemos hacer es patentar todos los caminos, porque nadie va a poder usarlos. Imagine que Miguel Ángel está pintando la Capilla Sixtina y alguien le dice: “Miguel Ángel, para. Los pinceles están registrados, no puedes usarlos. La pintura tampoco”. Imagínese que un artista patenta el pincel o cierta posición de notas en una partitura. Con sus patentes, las compañías detienen la creatividad y el desarrollo. Y lo que es peor, alejan del usuario la tecnología y el conocimiento. Por eso nos esforzamos en conseguir que la palabra “elección” tenga su significado. Es necesario que cada usuario tenga verdadera libertad de elección.




Jon Maddog Hall en Público.es: entrevista completa, "Las patentes deben beneficiar a las personas, no a las empresas".

domingo, 16 de marzo de 2008

Persiguiendo sueños


Cada día, al encender el ordenador, lo primero que hago es ir a por la imagen del día en APOD. Esta es la que publican hoy:


Me ha cortado la respiración. Porque al ver la columna de humo, he tardado en reaccionar y darme cuenta de la belleza real que encerraba. Porque es la imagen de un sueño hecho realidad, es la imagen que ilustra cómo hemos conseguido cumplir nuestro sueño de volar, de subir más alto que cualquier ser lo haya hecho antes; tocar el cielo, rozar el cielo y seguir volando y soñando, escapar a otros planetas, mirar al nuestro a lo lejos y poder verlo como esa pequeña esfera de color azul verdoso, tan frágil y tan poderosa, tan llena de vida...

Sí, vale. Pongámonos cínicos un rato. Pensemos en para qué le ha servido a lo largo de la historia al ser humano su capacidad de evolución, su raciocinio, su capacidad de invención... Pensemos en toda la gente que ha muerto a manos de sus semejantes debido a la capacidad de inventar armas cada vez más letales o espectáculos cada vez más sangrientos. Pensemos en que la evolución ha aportado inventos tan útiles como el hacha de sílex, la espada de acero, la guillotina, el Colt 45, la cámara de gas, la silla eléctrica... la bomba atómica; sí, es posible que incluso lo que me dejó parada al ver la imagen anterior fuera el parecido entre esa columna de humo y un hongo atómico.

Sí, la crueldad gratuita, la falta de respeto a los semejantes y el hijoputismo ha abundado, abunda y abundará. Y la evolución también se ha puesto a su servicio...

Aunque igual no es más que el tributo para poder ver imágenes como la anterior, para poder imaginar... para poder construir la naves que nos han de permitir perseguir nuestros sueños. Sueños hechos realidad para poder soportar la idea de que haya individuos capaces de romperlos, pero también para demostrar que por cada individuo dispuesto a cargarse a un semejante, hay diez que pelean para dejar claro que merece la pena... que se pueden hacer las cosas de otra forma. Que los sueños son alcanzables.

Tenía una amiga, Julia, que trabajaba en admisiones en la puerta de urgencias de La Fe. Era administrativa y su labor consistía en tomar los datos de los ingresos. Como cualquier persona que trabaje en la sanidad y que tenga que ver cosas tremendas pasando por delante, solía cubrirse con el acostumbrado chubasquero de indiferencia para no perder la perspectiva laboral... Pero recuerdo una de sus frases: "A veces ves llegar un cuerpo completamente destrozado y no sabes ni para dónde mirar. Y ves que al cabo de dos meses ese cuerpo está recompuesto, que se ha vencido al sentimiento de impotencia, que se ha peleado y que se ha luchado para recuperarlo con éxito. Y en ese momento sientes alegría y orgullo por pertenecer a una especie que ha sido capaz de evolucionar para conseguir esos milagros".

Oye, no me mires con esa cara, no me he fumado nada. Puedes pensar que la raza humana no es más que una colección de cromañones empeñados en marcar territorio y en hacer la vida imposible a los demás, con métodos cada vez más sofisticados de agredir al prójimo como a sí mismo. Podemos olvidarnos de todos los sueños que se han hecho realidad y ver sólo la marca de los que han usado mal la tecnología. O podemos pensar en que hay mucha más gente beneficiada que perjudicada y que, como siempre, muchas cosas dependen también de nosotros. Nadie es completamente inocente, nadie es completamente culpable: estamos todos juntos en esto, compartiendo sueños y compartiendo pesadillas... Pero yo hoy prefiero elegir soñar y rendir un pequeño tributo a los que me permiten seguir soñando.

Hay un pequeño mundo construyéndose ahí arriba. Hay pequeñas naves, que no tienen nada que ver con las de las películas, que nos permiten mirar hacia arriba y volar. Hay gente trabajando en ese proyecto, sudando por cada pequeño fallo, respirando por cada pequeña victoria, porque es lo más cerca que hemos estado nunca de ese viejo proyecto... Estoy segura de que hace muchos miles de años alguien se asomaba a la boca de una cueva y miraba, en la noche, a esas luces del cielo con la misma cara de ensoñación con que yo lo hago hoy. Que se le cortaba la respiración, como a mí, al ver la Luna, en cualquiera de sus fases, invitándole a descubrir su misterio, a subir con ella y compartir el secreto del universo. Si es que lo hay. Igual el único secreto es que soy tan parte de ese universo, como la misma Luna, como todas las estrellas.

En cualquier caso, como decía Julia, siento alegría y orgullo de pertenecer a la misma especie que aquellos que han hecho posibles viajes como el del Endeavour de esta semana. Y, por si os lo habéis perdido, os paso el enlace a la crónica que están realizando en microsiervos. Seguimos soñando...

Vale, ya paro con lo de soñar. O, al menos, pararé de repetirlo (¡por ahora! ;-)) que sois capaces de avisar a un loquero para que me encierren por loca peligrosa que confía en las persona humanas, con el agravante de hacer apología pública.

viernes, 14 de marzo de 2008

Aquellos maravillosos años :-)


Estaba remoloneando esta mañana por el blog de Doctor Divago, por aquello de que el nuevo disco tenía que estar al caer (por cierto, efectivamente). Y en su site me he encontrado con esta versión:





En cuanto la he oído, me he puesto a bailar: se me ha aparecido delante de los ojos la carátula del single (¡¡lo tengo, lo tengo!! ;-)) y me he acordado de mi padre cantando lo de "¿... borracho, yo? ¡¡tururú!!", en aquellos maravillosos años en que mi mami me ponía minifaldas y yo era la reina de los chicles Niña. La de cosas que puede traerte a la cabeza una canción... Hmmm, cantaba bien mi padre, lástima que se lo dejaba para la intimidad del cuarto de baño, cuando se afeitaba...

Y aquí está la canción de la cara B, Sola, que es la que han "versioneado" los chicos de Divago. Siempre me gustó esa cancioncilla, y me ha encantado la versión, como suena esa armónica y como vocaliza el señor Bertrán (y lo bien que suenan para ser una grabación de hace doce años).

Y me ha parecido una bonita señal encontrármela hoy. Para hacerme reír, para hacerme bailar, para hacerme cantar a voz en grito, para hacerme recordar y para hacerme entender que no es lo mismo estar sola que sentirse sola ¡¡... qué gran diferencia!!

lunes, 10 de marzo de 2008

Déjame que te cuente...


Buscaba un enlace bonito que te hiciera olvidar el cansancio y las prisas y que te hiciera sonreír... y como no lo encontraba, pensé en contarte una historia que leí hace tiempo.

Dice la historia que una princesa nacida en un planeta de color azul, pequeño pero muy bello, debía volar a menudo, en misión diplomática, a una estación interplanetaria. En esas misiones debía tratar con gentes muy diversas y de muy diversos planetas y razas, con distintas culturas, gustos y costumbres; eso solía ponerla nerviosa y usaba el rígido protocolo imperante en la estación como escudo protector. Normalmente, sus misiones consistían en largas reuniones que presidía con una sensación ambigua, producto de la formación que había recibido. Disfrutaba, le gustaba intercambiar información con todos los allí reunidos; pero también velaba constantemente por el cumplimiento del protocolo. Así que solía permanecer seria... aunque en ocasiones no podía evitar reírse y, en otras, no encontraba otra salida que enfurecerse para reconducir una situación difícil. En la corte en la que se había educado ambas reacciones estaban mal vistas: sus institutrices e instructores siempre le recordaban que el secreto de un buen gobernante era mantener las distancias y no perder los papeles. La princesa lo intentaba, pero no podía evitar implicarse.

En una de sus misiones, conoció a un diablillo nativo de un planeta rojo, algo más pequeño que aquel del que provenía ella. Este diablillo debía de ser de alguna raza especialmente comunicativa: comenzó a dejar su impronta hablando, opinando, preguntando, bromeando, molestando, cantando y hasta bailando, tan extrovertido era... Y la princesa torcía el gesto ante tamaña falta de respeto al protocolo imperante. Aunque dicen que cuando nadie la veía, se reía de las bromas y los comentarios del diablillo.

En cualquier caso, aquella misión acabó y la princesa siguió ejecutando otras... misión tras misión, en aquella estación interplanetaria que tan bien conocía ya. Conocía tanto las hermosas avenidas reservadas al descanso, como los túneles subterráneos de mantenimiento... Se perdía por las zonas destinadas al personal de servicio y solía pasear de incógnito por rincones escondidos, huyendo de la rigidez que imperaba en aquellas reuniones a las que había sido destinada por la corte de su padre. Y permanecía largos ratos perdida en la sala de las grandes cúpulas que mostraban las estrellas allá fuera, y su propio planeta, como una pequeña perla en la distancia, y tantos y tantos mundos y tantas y tantas galaxias. Casi odiaba ser una princesa, siempre inmersa en aburridas misiones diplomáticas, siempre diseñando planes para que los ejecutaran los demás. Soñaba con ser un cadete espacial, soñaba con recorrer estrellas y nuevos planetas en lugar de quedarse en aquella estación, lejos de su propio planeta y más lejos aún de los mundos que querría visitar, siempre parada a medio camino entre el todo y la nada. Pero tenía un papel que cumplir y debía conformarse con despedir (¡y envidiar!) a los que podían volar lejos de allí.

Deambulando por la estación conoció a mucha más gente de la que había conocido en sus misiones oficiales. Aunque lo que más le gustaba era poder hablar con quienes habían compartido tantas reuniones con ella, lejos del rígido ambiente de trabajo. Olvidaba quien era y podía comportarse como quería, más que como esperaban que lo hiciera. En alguna ocasión, se encontró varias veces con el diablillo y se pudo reír abiertamente de sus bromas. Le hablaba de las nuevas misiones que estaba cumpliendo y le escandalizaba con sus comentarios, o le enfurecía con alguna crítica al protocolo imperante en la estación; pero también encontraron opiniones que compartían y gustos comunes. Llegaron a intercambiarse guiños de complicidad.

Pasó el tiempo; las cosas no iban bien en el planeta de la princesa. Su padre murió asesinado y se sintió muy desdichada en su corte, llena de asechanzas y de desconfianzas. Sentía que era una corte revuelta, descompuesta, y cada vez más y más rígida. Le asfixiaba, pero siguió representando su digno papel, el que se esperaba de ella, representante diplomática de su planeta, aunque en su corazón cada vez encontraba menos sentido a todos esos detalles que le exigía el protocolo. Seguramente, eran cuestiones que alguna vez le habían importado, pero que con el tiempo se le iban revelando como huecas y sin sentido, a medida que se sentía desligada de esa corte que ya no reconocía como su hogar. Y en una de sus misiones volvió a encontrar al diablillo.

Se había vuelto más serio y estaba más tranquilo, pero seguía burlándose de todo lo que no consideraba importante. En aquellos tiempos, ya la escala de la princesa se había transformado, y ya no creía tanto en el protocolo y ya no consideraba tan importante lo que dijeran en la corte. Aprendió a reírse y encontró en la risa un aliado mucho más adecuado para garantizar el éxito de las reuniones y de la propia misión. Aprendió que es más fácil confiar en un camarada que en un superior y que la confianza suele ser amiga del éxito.

Diablillo y princesa firmaron el armisticio y se hicieron amigos. Siguieron al tanto de sus respectivas misiones, cada vez más rutinarias las de la princesa, cada vez más intensas y lejanas las del diablillo: ella cada vez estaba más desligada de su planeta y más anclada a la estación; él cada vez saltaba más alto entre las estrellas y, de vez en cuando, le contaba sus aventuras.

Y pasaron algunos eones, en los que se mantuvieron en contacto. Por una casualidad, volvieron a coincidir en una pequeña misión de avituallamiento. Se notaron cambiados. La princesa, a fuerza de mantener desencuentros con la corte de su planeta y con la aristocracia que gobernaba la estación, se había sumido en una melancolía que sólo mitigaban las reuniones con sus camaradas para trazar nuevos planes, para compartir sus ideas e impresiones sobre su preparación para el salto a las estrellas y, sobre todo, la narración de sus aventuras cuando volvían esporádicamente de sus viajes interestelares. El diablillo también le confío su tristeza; en alguna de sus misiones había perdido el diamante que remataba la empuñadura de su sable de oficial... y cuando creía haberlo recuperado, lo volvió a perder. Seguía peleando con su sable cuando la situación lo requería, pero echaba de menos el brillo que le guiaba y que le devolvía la confianza cuando la oscuridad parecía latir y crecer, tapando todo resquicio de luz...

La princesa no soportaba verlo triste. No podía ofrecerle ningún diamante... sólo había tenido uno y lo había arrojado con furia en la tumba abierta de su padre, cuando este murió asesinado, tal era la rabia que había invadido su corazón.

Pero tenía una caracola. Y una mariposa que aleteando en el aire, lo inundaba todo de colores, igual que un beso aletea en la boca, igual que ese ligero polvillo de sus alas se puede confundir con la luz de la tercera luna del planeta Danen. "Toma", le dijo, "esta caracola es lo único que pude rescatar de mi planeta azul, al que nunca más volveré. Puede oírse en su interior la fuerza de los océanos que lo cubren. No te iluminará en la oscuridad, pero el sonido podrá guiarte y, además, sabrás que siempre estarás acompañado. Tómalo mientras sigues buscando tu diamante; a cambio, recuerda regalarme mariposas, mariposas que aleteen en mi boca y me traigan reflejos de la luz de mi planeta perdido..."

El diablillo tampoco soportaba ver triste a la princesa. Tomó la caracola y le correspondió con mariposas. Y, al poco tiempo, salió a cumplir con una nueva misión. La princesa esperaba siempre su vuelta; él volvía con sus ojos brillantes y pícaros, haciéndole reír y soñar y ofreciéndole tantas mariposas como podía...

La princesa sabía que ya nunca podría salir de allí, que se quedaría por siempre en aquella estación en la que había cumplido tantas misiones diplomáticas, en la que había planeado tantos vuelos e incursiones que otros habían realizado de verdad. Se sentía como un niño perdido de Neverland, que nunca crece. Mientras, aquel diablillo volvía, de tarde en tarde, casi siempre agotado, pero cada vez más sabio, más curtido de sus misiones, de sus paseos persiguiendo estrellas. Aunque también pudiera ser que siempre hubiera sido igual de sabio para quienes hubieran sabido mirar bien hondo en aquellos ojos brillantes y pícaros: no en vano era un diablillo.

Y colorín, colorado... ¿Cómo dices? ¡Ah, no! Pues claro... ya sé que no he contado el final, pero ¿quién te ha dicho que ha acabado la historia?

sábado, 8 de marzo de 2008

Sanar


Sanar.
(Del lat. sanāre).
1. tr. Restituir a alguien la salud que había perdido.
2. intr. Dicho de un enfermo: Recobrar la salud.





Es para ti.

Muchas veces me quedo sin saber que decir a la gente que quiero y que no lo está pasando muy bien.
Qué suerte que haya poetas a los que pedir ayuda :-)

miércoles, 5 de marzo de 2008

Testigo muda


Estaba aferrada al embozo de la cama, sin atreverme casi a respirar, mientras contemplaba el baile de las cortinas en la ventana. La ventana estaba cerrada, la persiana estaba baja; pero el viento era tan fuerte, allá afuera, que conseguía mover las cortinas, allí dentro. Aprovechando los resquicios, cualquier grieta, cualquier hueco, conseguía abrirse paso hasta mi habitación. Exactamente igual que los gritos y los gemidos de ellos se abrían paso hacia mi cerebro, a pesar de tener la puerta de mi habitación cerrada, a pesar de intentar ocultarme bajo el edredón y el embozo de la cama.

Los había dejado en la sala; en realidad, había huido de ellos. Él tenía un extraño brillo de macho exaltado en sus ojos verdes. Su pelo, rubio cobrizo, brillaba bajo la luz y podría haber contado sus músculos, completamente contraídos bajo su piel.

A ella se la adivinaba pálida bajo su pelo negro, y sus ojos, azules, estaban húmedos. Se la veía rendida por agotamiento, sumisa de cansancio, como susurrando con su vocecilla aguda, muy despacio y muy bajito, mientras desgranaba derrota y hastío.

Pero eso no parecía preocuparle, a él. Su voz se alzó en algo parecido a un rugido y sus ojos verdes volvieron a brillar mientras la contemplaba, evaluándola como a una presa.

Ambos me ignoraban. Yo estaba allí, testigo muda de una escena que me estaba superando, en medio de una tensión sexual mal resuelta que no me atañía, en la que yo era claramente un elemento ajeno, pero que me estaba envolviendo y que me hacía sentir azorada. Volví a mirarlos, primero a él, luego a ella. Creo que grité antes de salir corriendo, buscando refugio en mi cuarto, con la puerta cerrada y oculta bajo el edredón, para no oírles.

Y aquello debió de ser una señal para que todo empezara otra vez. Porque a pesar del fuerte viento podía escucharles, podía escuchar los gritos, la discusión áspera que se estaba desarrollando allí fuera: de la sala a la cocina, de la cocina al pasillo... los adivinaba corriendo, ella intentando escapar de su acoso, él saltando sobre ella son miramentos... mientras gritaban, gemían y volvían a gritar y a jadear. ¿No iban a callarse nunca? ¿No iba a parar nunca ese maldito viento?

Y ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de traer una gata adulta al territorio de un gato de ocho meses?


Realidad Alternativa


O, más en concreto, cómo hacer que la gente comulgue con ruedas de molino (si pinchas en la imagen, la verás más grande):





¿Vía? Ya comenté que me gusta Mauro Entrialgo, que adoraba sus aparatuquis y que ahora tiene una Plétora de Piñatas; esta está clasificada con el tag "Realidad Alternativa 3456". ¡¡Echad un ojo!!


Actualización (06/03/08): Parece que algunos piensan que el ventanuco es demasiado ancho :-/