lunes, 31 de diciembre de 2007

Año impar


Este año es impar y yo nací al final de un año par. Eso supone que me he pasado el 96% del año impar siendo par y sólo a fin de año hemos acompasado el ritmo, por fin. Igual por eso puedo contaros este relato incompleto e inexacto de diez horas impares en año impar.

Disponía de diez horas libres por delante, con poca conversación (eso esperaba y así fue). No sé si fue casualidad, pero puse el disco de Doctor Divago. Y no sé exactamente por dónde fueron mis pensamientos. Yo no los guiaba, como tampoco intentaba reflexionar o meditar sobre ningún tema; si acaso, intentaba dormitar. Pero al cabo de un rato, dos palabras aparecieron en mi cabeza: estreñimiento mental, que aparecieron para expresar todo lo contrario a la diarrea mental, entendida como ese estado en el que las ideas deambulan sin control y sin saber de dónde ni hacia dónde. El estreñimiento mental, sin embargo, te deja la cabeza embotada con una misma idea, dándole vueltas, sin digerirla, sin expulsarla... sea o no sea equivocada, sea o no sea imaginaria. Puñetero estreñimiento mental que me ha acompañado tanto a lo largo de este año impar.

Espero que a los chicos de Doctor Divago no les parezca mal que asocie mi "momento All Bran mental" con sus canciones. No sé en qué momento ocurrió, ni en que canción... pero sé que hubo un momento en que todo dejó de estar embozado, en que pude ver cómo los pensamientos dejaban de agolparse, de entrechocar y de empujarse. Fue casi físico, como dejar de estar encerrado en tu coche en un gran atasco de coches en un día de verano, sudado, pegajoso, con la boca seca y las gafas apretando tu nariz y tus sienes, con ganas de arrancarte la propia piel. Y, de repente, los coches se mueven, empiezas a avanzar, circula el aire, sopla el viento, te revuelve el pelo, te refresca la espalda, el pecho, el hoyuelo tras la rodilla... empezaron a moverse las ideas, empezaron a fluir los pensamientos y empecé a verme a mí misma desde fuera.

Fue sorprendente. Hubo un momento en que estuve realmente cómoda y me miraba como puede mirarse a alguien desconocido. Sin prejuicios. Parte de mi vida pasó como una película y fui testigo de mis propios pensamientos, miedos, fobias, alegrías, complejos, errores, aciertos... de mi relación con los demás, de mis dependencias y de mis independencias. Hasta que fui capaz de ponerle nombre al protagonista de esos recuerdos: egoísmo.

Porque he sido egoísta, últimamente. Y no lo digo con tono de duelo ni de arrepentimiento. Fui egoísta porque necesitaba ser egoísta y estoy segura de que hubiera desaparecido de no haberlo sido. Es como cuando el cuerpo necesita comida y no sabes por qué, pero empiezas a comer y a comer, sin sentirte satisfecho por mucho que comas. Necesitaba ser egoísta y egoísta, porque si no, no hubiera pensado en mí y no hubiera salido del pozo. Pero lo malo es que me pasé: al principio estuvo bien, pero me pasé. Así que de ese punto de egoísmo tan necesario, que me hizo plantarme, que me hizo reaccionar y que me hizo bien, pasé en caída libre a la autocompasión mal entendida y al desánimo.

Una transición debida a una inmadurez peligrosa, que me tengo que vigilar porque me provoca inseguridad. El caso es que ahí empezó el estreñimiento mental y el embotamiento, el ver todo cuesta arriba. Diantres, qué cómodo es el victivismo y qué peligro tiene. Pero, sobre todo, qué aburrido es. Dejar de pensar, de tomar iniciativas y de saber qué quieres. Esperar ¿a qué? ¿a que los demás vivan tu vida? Lo curioso, en mi caso, fue caer en él cuando se suponía que me había tomado un margen de tiempo para reflexionar, para redirigir mis pasos... ¿Sólo fueron tres meses? ¿Tantísimo tiempo? Qué desperdicio y qué resaca arrastro aún. Lo curioso fue cómo salí: creí ver un fantasma que me recordó la época en que sólo tenía ilusiones. Nada más que ilusiones... y nada menos, porque ellas me ayudaron a llegar donde estoy, a cumplir mis metas y mis sueños, a perseguir todo aquello que quería. ¿Por qué no tirar lastre de nuevo, volver a soñar, volver a marcarme metas, volver a pelear? Más cuando yo sí puedo decir, sin paradojas, que sé que puedo hacerlo, porque ya lo he hecho.



Y en eso debo de estar, porque ese momento All Bran que os comentaba vino acompañado de un pensamiento que no puedo describir bien todavía... llevo días buscando las palabras para hablar de la sensación que me dejó, pero no las encuentro. Como mucho, podría deciros que, de repente, vi un gran pez deslizándose en mi cabeza, libre, nadando en unas aguas luminosas y en las que todo era tranquilidad. Qué absurdo, la única imagen que asocio a mi pensamiento es un gran pez, nadando tranquilo y feliz. O no. Es una imagen en el agua, y en el agua siempre me siento cómoda, a gusto. Y la sensación que me dejó mi pensamiento fue de una gran paz, una gran claridad. Todo encajaba, todo iba bien, todo va a salir bien. De hecho, hasta pude perdonarme por todas las tonterías que pude llegar a imaginar, por todos los fantasmas que he convocado a bailar dentro de mi cabeza. Por las ganas que parecía que tenía de que todo fuera complicado y negro, en lugar de sencillo y diáfano. Amé a ese pez nada más verlo y, desde que lo he visto, sólo tengo ganas de nadar con él. Quiero que todo fluya, saber adaptarme a la corriente según venga, ayudarme de él cuando venga en contra, comiéndonos juntos la dificultad, y disfrutar con él, jugando, cuando sea favorable y no haya nada que hacer salvo disfrutar de la calma.

Lo importante de ese pensamiento, en cualquier caso, es que ha venido a acompañarme en el momento adecuado. Quiero decir, siento algo parecido a cuando dejé de fumar: quería hacerlo y me pillé a mí misma dispuesta a hacerlo. Lo hice en cuanto vi la señal. Esta vez, la señal es ese pez. Y no fue la única: a las cinco y media de esa tarde al atravesar el Bierzo, a punto de entrar en Galicia, tuve la suerte de encontrarme con la Luna más grande que veremos en unos años asomando por mi derecha mientras, a mi izquierda, un Sol poniente derrochaba luz sobre un escenario lleno de todos mis verdes, más hermosos que de costumbre al contrastar con otros tantos tonos de ocre... Y otra vez la paz, la sensación de armonía y de estar en el sitio adecuado, en el sitio en el que quería estar en aquel momento.

Armonía, fluir con mi pez. Y lo haré. Toca hacer buena la cita, "¿Sabes qué día es hoy? ¡Hoy es mañana, por fin!".

jueves, 27 de diciembre de 2007

Pluguiera (o pluguiese)


Se lo montaba tan mal, que en el pueblo solían decir que tenía disnegativos en lugar de dispositivos. Pero es que Usebio Fari Guiri tenía graves problemas de comunicación y nunca conseguía conectar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Algún día...



... y mientras tanto, ¡a soñar! :-)

Gracias a APOD, Astronomical Picture of the Day.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Siempre Garantizamos Alguna Estafa


Procuro mantener a mi hija alejada de los telediarios. No quiero que sepa la verdad sobre mí: soy informática.

No quiero que se entere por los medios de información de que soy una ladrona, pirata y estafadora -además de pederasta y pornógrafa, pero eso queda para otro día- y que por ello debo vivir bajo una permanente vigilancia y sospecha criminal.


Vaya, y ahí se quedó el intento de hacer fina ironía. La verdad, estoy enfadada y en esas condiciones no me sale el tono irónico que requiere el tema. Así que, si no os importa, os dejo con gente más inspirada que yo a la hora de tocar estos temas:


Actualización (05/01/2008):


Dicho gráficamente:

Pero como ya apuntó alguien: "Sí, claro, pero ¿y si no es broma? ¿eh?"

Regalar

Lista de regalos:

... he visto huellas en la nieve...

... me ha buscado para compartir una buena noticia...

... me ha hecho el regalo de hacerme un regalo...

... ha llenado mi mano vacía con su mano, y mi cara alma de sonrisas...


Y muchos besos, y muchos abrazos, y muchas sonrisas. Y muchas risas.
Y bombones.

¡Qué bello es regalar! Y qué suerte tengo...


miércoles, 19 de diciembre de 2007

Cuarenta y tres...


(BTW: está mal, no aparezco :-P ...)

Me decía el otro día Maléfico que si el 43 "¿... no es un número especial de esos que los multiplicas por la distancia al sol, lo divides por el ancho del canal de Panamá y te da un número primo, que si lo elevas al cubo es par y negativo ?"

Pues he estado buscando, buscando, buscando... ejem, bueno, sí, la verdad, es que he mirado en la wikipedia y me he encontrado con que el 43 es algo más que el décimo cuarto número primo:

  • es un primo gemelo con el 41 (vaya, que el 41 y el 43 cumplen que 41+2=43; el siguiente par de primos gemelos son el 59 y el 61)

  • es el primo más pequeño que no es un número de Chen

  • es el tercer número primo de Wagstaff... (hmmm... lo de 2 elevado a un primo, más 1, dividido entre 3 tiene su encanto tropical... 2 elevado a 7, más 1, dividido entre 3... podría hacerme un mantra..)

  • es el cuarto término de la secuencia de Sylvester (que dicho así, no es que sea muy interesante, pero te pones a ver sus aplicaciones y te puedes hasta marear :-D)

  • ésta me ha encantado: es el primer primo heptagonal centrado (que ya iba siendo hora de que servidora se centrase... heptagonalmente o no :-))

  • en base 6 se representa como 111repdigit!)

  • y ¡¡bien!! no es un McNugget number (nada que ver con el McRata ¡¡mola!! ;-))



Que sí, Maléfico, que es un número especial. Aunque lo más especial va a ser llenarlo de vida. ¡Cuento con vosotros, eh :-)!

Por cierto... ¡¡felicitadme!! Es mi cumpleaños :-)

jueves, 13 de diciembre de 2007

Problemas de comunicación




El proceso puede ser correcto, pero la comunicación mala y eso provocará que la interpretación sea errónea.

Me has convencido: procuraré vigilar más mis códigos de control.


miércoles, 12 de diciembre de 2007

Feliz cumpleaños

-"... Va, no importa. Quédate con él. Tenía otra copia, pero la regalé hace tiempo..."

Y se quedó serio, como siempre. Pero también triste, y la expresión de su cara me impidió preguntarle más.

Miré el libro. Poesía. ¿Poesía... a mí? 

-"No leo poesía, no le encuentro atractivo, me aburre y me cansa..."

Al menos, conseguí que la tristeza abandonara su cara. Casi, casi, conseguí que sonriera.

-"Esta sí." - sentenció.

Y tenía razón. Fue mi primer libro de Benedetti y no tengo muy claro que sepa cuánto se lo agradecí.

Con el tiempo, hice una tontería de las mías. Acababa nuestro primer curso en esa universidad y era mucho lo que tenía que agradecer a los amigos nuevos. Compré pequeños regalos para cada uno, nada importante, sólo quería recordar pequeños detalles que habían ocurrido a lo largo del año...

-"Antología poética de Mario Benedetti y... ¿Antología poética de Mario Benedetti? ¿Dos ejemplares iguales?" - y me miró con cara muy rara, como preguntándose si me había vuelto idiota.
-"Por si tienes que volver a regalarlo, así seguirás teniendo tu libro..."

Primero, no recordó. Pero creo que luego, sí.

Face to Interface



Revolt of the Mouses




Dice Juanki que el corto ya lleva un tiempo por la red. Yo no lo conocía y me ha encantado. Por eso le he copiado casi literalmente la entrada. Espero que no le parezca mal...

Feliz Navidad



Lo vi en Joepisco.

martes, 11 de diciembre de 2007

Diversos acontecimientos personales de complicada pormenorización...



"Diversos acontecimientos personales de complicada pormenorización me han situado en los últimos tiempos frente a la posibilidad de controlar activamente mi existencia. Me encuentro en el principio de algo que no sé definir, pero que se resume en la impresión de haber tomado las riendas de mi vida."


No sabía bien cómo titular esta entrada y he recurrido a Millás y a una frase que ya copié el otro día, al comentar cómo había tropezado con "La soledad era esto". Dudaba entre esto o hacer referencia a mi to-do de agosto.

Creo que le pega más este título; primero, porque va de acontecimientos personales y, segundo, porque al hablar de ese libro me olvidé de hablar de las antípodas. Y no deja de ser una teoría tentadora: es la excusa perfecta para ser feliz en esta vida. Tan feliz como una acémila, claro está.

Pero vamos por orden. Primero con el acontecimiento personal, en singular, ya que en realidad sólo hay uno. He aparcado una relación que, en febrero, hubiera llegado a los veinticinco años aunque, en realidad, nunca pasó de los veinte. Que no son pocos. Y que fueron muy hermosos. Pero acabaron y fui tan necia como para dejar escapar cinco años antes de darme cuenta. No sé si esperaba un milagro, como tampoco sé si el no contribuir a provocarlo ha sido una actitud imbécil o inteligente. El tiempo lo dirá. Por ahora, creo que lo inteligente ha sido reconocer que todo acaba en este universo y que empecinarse en algo que no funciona, simplemente, hace daño. Hace daño a más de uno y a más de dos.

En mi caso, para sobrellevar esa situación anómala, para que pasaran los días sin hacerme daño, había construido una especie de capullo de seda en el que me había encerrado a solas para aislar mis sentimientos, mis pasiones, mis inquietudes y buena parte de mis ilusiones. Aún no he salido completamente de él, para recuperar ese territorio, recuperar amigos y recuperar el impulso de compartir sentimientos, pasiones, inquietudes e ilusiones.

Por eso me obligué a hacer ese to-do, aunque cumplir con él me está costando caro. Estoy torpe, muy torpe, por la falta de práctica al hablar, al compartir, que me está pasando factura. Pero fue algo a lo que me obligué y sé que podré hacerlo. Primero tuve dudas y estuve tentada a tirar la toalla. Pero un día recordé lo bonito que es pelear por las cosas y lo bien que se me ha dado siempre ¿por qué habría de fallarme la voluntad ahora? Y, además, confío en mis amigos y en su generosidad. Acabaré superando esa torpeza.

Lo malo, o mejor dicho, lo bueno, es que ir dando pasos en esa reconstrucción te obliga a volver a enfrentarte con fallos de tu carácter que tenías olvidados. Daba lo mismo que ciertos defectos aparecieran para visitarme más o menos a menudo: estaba sola para verlos y reconocerlos ¿cómo podrían avergonzarme ante nadie? Bastaba intrometerse un pelín más, pasar la cerradura a la puerta para impedir que entrara nadie, y me podía montar mi propio guateque con esos defectos como invitados de honor. Pero me he hartado de ellos, tienen poca conversación y bailan fatal. No quiero volver a invitarlos a ninguna fiesta privada.

En "La soledad era esto", la protagonista descubre que su madre, que acaba de morir, era alcohólica. Ella misma es fumadora compulsiva de chocolate. Leyendo los diarios de su madre, se encuentra con su "teoría de la antípoda", alguien que vive en las antípodas físicas y está unida espiritualmente a ella, obligándole a hacer cosas que no haría sin su mala influencia: su madre no bebía, era su antípoda quien lo hacía para dejarle quedar mal. También descubre que su madre ha puesto nombre a esta antípoda y que, de hecho, ella lleva ese nombre. Conocer esa teoría le ayuda a dejar de fumar porros, sólo por el placer de fastidiar a su propia antípoda, y a poner orden en su vida.

Yo tengo también mi propia antípoda, que me obliga a hacer chiquilladas. Que no se me entienda mal: adoro conservar un trozo de mi espíritu infantil, para jugar con mi hija, para reír con los otros niños, para mirar al cielo y para soñar con la Luna.

Pero eso no tiene nada que ver con meter el dedo en las gafas de los demás por hacer "una gracia". O chocar tu botella de cerveza con la de otro para que se salga. O trabajar con alguien sin prestarle la atención que merece, farfullando "losientos" entrecortados cuando reclama esa atención. O enfurruñarse por supuestas conspiraciones, haciéndose una un bicho bola, que reclama ofendido su derecho a ponerse morado y no respirar. ¿He dicho chiquilladas? Creo que gilipolleces es más apropiado.

Es cuestión de ampliar el to-do y lo voy a hacer. Como le decía ayer a un amigo, voy a por mí. Sin vacilaciones, porque yo lo valgo.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Despertares


Se había levantado demasiado temprano. Acababa de desayunar y se había dejado caer en la cama, cuan larga era, con los brazos abiertos. Se quedó mirando al techo mientras empezaba a sonar "The boy with the arab strap", justo la canción que siempre le arrancaba a tararear, con su ritmo, sencillo, dulzón y pegadizo. ¿Por qué pensaba siempre en caramelos cuando oía esa canción? Seguramente porque no entendía la letra...

Se estiró; estaba más perezosa que de costumbre y aún le dolía la espalda. Cerró los ojos y siguió tarareando la canción. ¿Cómo les había definido Carlos? "... canciones terriblemente empalagosas.. niñatos sensiblones que van de incomprendidos y que son adorables... que a veces aparecen con la canción más conmovedora del mundo..." O algo así. Sí, ella también adoraba a esos niñatos.

Se notaba bien así, envuelta por la canción y blandita, medio dormida, mullida, preguizosa. Podía jugar a extender aún más los brazos y abarcar el mundo entero. O a cerrarlos, e imaginar que abrazaba a algún amante clandestino que se hubiera demorado en desaparecer. O cerrarlos más aún y encontrarse a sí misma, reconocerse bajo sus manos y demostrarse que seguía estando allí. También podía mover los brazos como se hace para dibujar la figura de "El ángel" en la nieve o quedarse quieta, casi sin respirar, camuflada con el edredón y notar lo tibia que aún estaba la cama... Juegos, juegos, blandura, pereza... pero también se estaba despertando poco a poco.

De la calle subía el ruido de coches y gritos ocasionales. Al abrir los ojos le soprendió la fuerza del sol, como para no creerse que era una mañana de ya casi invierno, con la luz paseándose por todo el dormitorio. Se medio incorporó de lado, mientras echaba cuentas de lo que se había propuesto hacer en esa mañana y que sus riñones amenazaban con boicotear. Se quedó recostada, de lado, sobre un codo mientras decidía que había bastante comida en la nevera y que no iría a la compra. Se fijó en la cenefa del techo, que se estaba despegando (¡aún más!) encima de la puerta; al subir la vista, se puso a evaluar también el peso que soportaba la estantería de la pared de enfrente, con su balda combada bajo el peso de los libros, que parecía que iba a partirse en un futuro más o menos próximo. Del pasillo venían maullidos y, de repente, se imaginó como un enorme gato perezoso, tumbado en la cama con aires de aristócrata decadente... Esa fue la señal que la animó a levantarse, mientras se reía de la tontería que acababa de venirle a la cabeza, un gato lánguido, como un baronet inglés de novela romántica, pero dibujado al modo manga como si fuera un protagonista de Candy, Candy.

Se puso en pie, por fin, y se estiró, como queriendo alcanzar el techo. Se sentía tranquila, como hacía tiempo que no se sentía. Al girarse, se vio en el espejo y cayó en la tentación de posar para él, como cuando era una niña pequeña y se pasaba horas estudiándose en el gran espejo que su madre usaba para hacer las pruebas de vestidos a sus clientas. Se miró, se vio y, por primera vez en mucho tiempo, se reconoció y sonrió por ello. Se lanzó un beso con un mohín exagerado, empezó a reírse y se pusó a pensar en serio en hacer algo de faena: la canción había acabado y tocaba ponerse en marcha... ya se había puesto en marcha, de hecho.

jueves, 29 de noviembre de 2007

La soledad era esto (Juanjo Millás)


Soy una mujer a punto de cumplir cuarenta y tres años y no sé cómo acabará esta entrada ni el hilo de mis razonamientos. Los noto demasiado próximos a la paradoja, aunque puede que esté exagerando y sólo sea un guiño tonto, una sucesión de casualidades, si acaso, algo graciosa. Pero no puedo dejar de contaros esta historia.

Tengo una pasión, los libros. Y una debilidad, Juan José Millás. Una tarde de sábado me fuí con mi hija a la feria del libro de ocasión. Como me conozco me pongo límites: no más de treinta euros en total, no más de seis euros por libro.

Siempre hago lo mismo: comienzo a escrutar sistemáticamente los puestos, anotando qué tengo, qué no tengo, qué no tendré nunca, qué tendría que tener, qué quiero para mí, qué quiero para los demás... Tenía que ocurrir todo en el último puesto, claro: si no, no tendría gracia. Había comprado tres libros y aún había algo de margen. Empecé a repasar los de aquel puesto y lo vi: "La soledad era esto". No lo tenía. Un libro de Juanjo Millás que no tenía. Lo abrí: una primera edición, de bolsillo, y vi que estaba firmado y me empezó a temblar la mano. Pero me fijé en el precio, doce euros. Lo miré, lo toqué, lo remiré, lo toqueteé... pero doce euros. No sé cuánto tiempo estuve echando cálculos, pero fue mucho y... lo dejé, me pareció mucho dinero y que me trastocaría el presupuesto de la semana. Seguí mirando libros, pero cada medio minuto volvía la cabeza hacia donde lo había dejado, como si tuviera miedo de que desapareciera de allí. ¡Qué cosas! Fue encontrar un libro de William Boyd -otro de mis vicios- en el mismo puesto y decidirme: lo tomé como una señal. En fin, qué tontería, supongo que no fue más que la certeza de que no iba a encontrar otro libro que me hiciera más ilusión que ese. Lo compré, aunque creo que era mío desde que lo vi.

Empecé a leerlo allí mismo, en la plaza. Mi hija y yo, cada una con su libro, esperando a que apareciera su padre. Y allí mismo me topé con la historia de una mujer de cuarenta y tres años que acababa de depilarse la pierna derecha cuando recibió la noticia de que su madre había muerto; y que tardó mucho mucho tiempo antes de depilarse la pierna izquierda. Tanto tiempo, que encontró antes los diarios de su madre muerta, seis cuadernillos, el primero de los cuales comenzaba así:

"Comienzo estas páginas que ignoro cómo llamaré o adónde me conducirán poco antes de cumplir cuarenta y tres años. Me repongo estos días de una bronquitis de la que he salido algo tocada y cuyas consecuencias, según me temo, no han dejado de suceder. "

Y, entonces, me di cuenta de que yo también estaba a punto de cumplir cuarenta y tres años, y de que su hija tenía cuarenta y tres años cuando encontró las historias que comenzaban cuando ella estaba a punto de cumplir cuarenta y tres años... ¿quién habría podido comprar ese libro si yo lo hubiera dejado? ¿sería otra persona a punto de cumplir cuarenta y tres años? ¿podría tener otra edad?

Tengo un amigo algo escéptico, que se rió cuando le conté eso; hasta insinuó que la firma de Millás podría ser falsa, lo que es otra forma de insinuar que podría ser verdadera. Yo también me reí. A ver ¿y qué me importaba? A esas alturas la anécdota de la compra sólo me parecía una historieta no muy graciosa. Yo estaba embobada con la metamorfosis de una mujer de cuarenta y tres años que, al descubrir los diarios de su madre, cae del limbo y se hace daño. Pero reacciona:

"Comienzo estas páginas que ignoro cómo llamaré o adónde me conducirán a los cuarenta y tres años, es decir, un poco más allá del punto medio de lo que se podría considerar una vida muy larga.

Diversos acontecimientos personales de complicada pormenorización me han situado en los últimos tiempos frente a la posibilidad de controlar activamente mi existencia. Me encuentro en el principio de algo que no sé definir, pero que se resume en la impresión de haber tomado las riendas de mi vida."

Imposible no meterme en una narración con tantos guiños, imposible no implicarme en una historia con tantos escenarios familiares... Demasiadas cosas que suenan demasiado parecido a lo vivido, demasiadas casualidades como para no tenerlas en cuenta, como para no tomarlas en serio. Como para no disfrutarlas. Como para no comparar su vida y la mía y como para no sacar provecho, aún sabiendo que su vida es inventada ¿y la mía? ¿Cuál es más real? ¿la que escribo yo o la que escribe Millás? ¿De verdad mi vida es más real que la que inventan para ella? Y si ella no es real y yo sí ¿por qué diablos piensa ella mis pensamientos?

"Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. Te han dejado traerte un par de objetos que tienes que llevar a cuestas, como una maldición, hasta que encuentres un lugar en el que recomponer tu vida a partir de esos objetos y de la confusa memoria del mundo del que procedes."



Estoy a punto de cumplir cuarenta y tres años y no sé adónde llegaré, pero estoy segura de que disfrutaré del camino. Y de cada parada.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cerrar la boca para hablar





La primera vez que vi esta escena (que, además, creo recordar que formaba parte de la promoción de la película) esbocé un sonrisa. O, más bien, fue el típico "¡jis, jis!" que se nos escapa torpe, con una mezcla cómplice de ganas de reír y la incomodidad de tus propios recuerdos sobre el tema.

Recuerdos de noches en la adolescencia, cuando despertabas y un cierto ruidito rítmico que venía de la habitación de tus padres te hacía decir "¡Ostras!". Recuerdos de alguna noche de marcha, en algún pub, cuando al ir al cuarto de baño notabas temblores rítmicos en la puerta del baño de chicas que te hacía exclamar "¡Ostras!". Por no hablar de tu propia cama, haciendo los ruiditos más inoportunos cuando pretendías ser discreta para que no fueran tus compañeros de piso los que dijeran "¡Ostras!"... Si hasta la buena de Amèlie Poulain conectó la cafetera para disimular los ruidos que llegaban del aseo. Y eso que estaba en París. Eso sí, no dijo "¡Ostras!".

Me cuesta expresarme a la hora de hablar de sexo. Recuerdo las conversaciones con mi madre, llenas de recovecos, de vueltas, de huecos, de metáforas más o menos elaboradas para decir lo que quieres decir sin decirlo. Y acabar no diciendo nada, claro. O conversaciones con amigas y amigos, más o menos explícitas, más o menos picantes, más o menos graciosillas, pero en las que casi siempre acabas con la sensación de que nos falta un hervor a la hora de abordar seriamente estos temas. De hecho, siempre esa maldita sensación de que sobran palabras, sobran chistes, faltan caricias, faltan besos, faltan mordiscos... sobran vergüencillas y tapujos, sobran bravuconadas y faltan el cariño y la franqueza. O lo que sobra es esa educación que nos dieron, tan capaz de caparte sentimientos y de fomentar remordimientos, como si amar fuera malo, acariciar te llevara de cabeza al infierno y desear se hubiera revelado como el peor de los crímenes.

Mi niña crece y dentro de nada ya no será una niña. Y despertará al sexo. Para que os voy a engañar, estoy asustada. Supongo que ella, después de la curiosidad inicial, lo estará aún más; y desconcertada, y confusa, y... ¿recordáis? Un recorrido largo desde las primeras consciencias... la búsqueda de información en cualquier sitio, las primeras mariposas en el estómago, los primeros besos, las inseguridades, las caricias torpes, los miedos... Aunque fue bonito y divertido. Y así debe ser, además. Y me gustaría que para ella fuera aún mejor de lo que fue para mí.

Deseadme suerte. O, mejor, deseadle suerte. Yo, por mi parte, os deseo todos los deseos del mundo.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Superar


Estoy contenta. Luz Casal ha superado un cáncer de mama; me alegro por ella, por mí (me gusta como canta esta mujer) y por todas las mujeres. Y por la humanidad en general, qué diantres.

Y luego me quedo pensando. Al hablar del cáncer nunca decimos "se ha curado" como en otras enfermedades. Decimos "se ha superado". Es como si reconociéramos que, bueno, ha pasado por esta vez, se ha superado y vamos a ponernos otra vez en marcha, pero con el resquemor de que algo puede quedar por dentro... que igual esas células caprichosas no han entendido el daño que hacen multiplicándose tan aprisa.

También solemos utilizar el verbo superar para referirnos a las secuelas de las relaciones que acaban mal. ¿Quiere eso decir que no te curas de ellas? ¿te puedes curar de esa sensación de tener un trocito de ti vacío y como rellenándose de escarcha? ¿o te tienes que conformar con poder superar el que los sueños que tuviste un día, las ilusiones, los proyectos, las alegrías, las dificultades, las complicidades... se vengan abajo y te dejen con cara de póker, mirando por la ventana como si estuvieras viendo algo interesante a través del cristal? Ayer, haciendo la cena, me puse a pensar en papeles y me sorprendí a mí misma intentando apartarlos de mi cabeza -¿los papeles, los pensamientos, a él, qué?- con el mismo movimiento que me sale cuando pienso en la muerte y la quiero sacar de allí... ¡Idiota! :-) ¿Sigues jugando a cerrar los ojos y decir "No estoy", como los nenes? Míralo. No te hará daño si no te dejas. Lo estás haciendo bien, sigue. Cúrate.

El cáncer es una enfermedad. Y el cáncer se cura. Te puede matar. Pero lo único que de verdad de verdad te mata, es la vida.

Felicidades, Luz, te has curado.
Felicidades, servidora.



domingo, 18 de noviembre de 2007

La vida en un bus


Llevaba tanto tiempo en la parada que cuando llegó el autobús parecía que se le habían fundido las manos en los bolsillos de la cazadora. Cosa que era, por otra parte, bastante habitual en la liturgia diaria, liturgia que comenzó en cuanto el vehículo frenó: coger la mochila de forma mecánica, subir al vehículo de forma mecánica, cancelar el bono de forma mecánica y sonreír al conductor de forma mecánica. Todo muy educado, muy ensayado.

Así, de forma mecánica, se fue hacia la parte trasera para sentarse. El siguiente movimiento mecánico consistía en tirar la mochila sobre un asiento mientras se sentaba en el de al lado. O, al menos, lo intentó. Porque notó algo extraño, como un cojín, mientras una voz chillaba, quejándose.

-"¡No!"

Se levantó de un salto, sorprendida. Miró alrededor, buscando a quien quisiera que se hubiera quejado. No había nadie cerca. Volvió a intentar sentarse pero, entonces, se hizo evidente: había un hueco entre ella y el asiento, no llegaba a tocarlo, era como si estuviera sobre un cojín... No podía creer a sus ojos; extendió la mano y tocó... ¿una pierna? ¿estaba tocando una pierna? ¿estaba sentada encima de... ?

Su propio grito se hubiera confundido con el chillido que llegó a sus oídos, en el supuesto de que hubiera podido salir algún sonido de su garganta, que entre la sorpresa y el pavor, se negaba a funcionar. Porque, además, cuando intentó levantarse se encontró con que unos brazos la sujetaban por la cintura, mientras el mismo chillido le seguía taladrando los oídos. Era como si se hubiera sentado sobre alguien. Un bache en la carretera pareció sacudir el autobús, justo antes de parar en un semáforo. ¡Se había sentado encima de alguien, pero allí no había nadie! No le llegaba el aire y empezó a jadear, mientras pataleaba y movía los brazos de forma desesperada, aunque nadie parecía darse cuenta de que estaba pidiendo ayuda. En el autobús iban un par de chavales con sus respectivos reproductores de música que, por supuesto, no oían nada que no estuviera registrado como un fichero mp3; y en cuanto a la abuela que dormía en el asiento junto a la puerta... no parecía ser la ayuda más propicia.

-"No me hagas daño, no me hagas daño, por favor, deja de golpearme...!"

El autobús arrancó de nuevo. Cada vez estaba más confusa, más nerviosa, y oír voces de la nada y sentir que estaba sentada sobre el hombre invisible no estaba contribuyendo a tranquilizarla. Seguía sin poder articular palabra y sin poder levantarse... seguía moviendo brazos y piernas, sin saber si era para defenderse o en un intento vano de llamar la atención de los pocos viajeros, que seguían ignorando lo que estaba ocurriendo allá atrás. El forcejeo se mezclaba con los saltos debidos al mal estado del firme.

-"Te digo que me haces daño, ¡para, por favor, me haces daño, me haces daño...!"

Y oyó un llanto. Ella misma estaba a punto de llorar, pero oía una nota de tristeza en el llanto que acabó desarmándola y cortó la escalada del pánico. Intentó respirar y apelar a una sangre fría que no tenía para calmarse. Controlando como pudo el ladrillo que sentía en el estómago y el nudo que amenazaba con dejarle la garganta inservible para siempre, se oyó preguntar:

-"... Pero ¿a quién, diantres? ¿qué.. ? "

Se le cortó la voz; seguía oyendo un llanto, pero notaba que se aflojaba la presión en su cintura. Si pegaba un salto, podría librarse y...

-"... Estaba durmiendo... eres mala, me has hecho daño... "

Aquel gimoteo tuvo la virtud de devolverle algo de aplomo. ¡Vaya! Resultaba que ella era mala y que era ella quien se dedicaba a asustar ¿qué? ¿fantasmas? ¿gnomos autobuseros?

-"Pero ¿quién eres? ¿qué eres?"

El gimoteo paró un poco, y oyó algo parecido a un sorbeteo de mocos. Sería un fantasma, pero le estaba resultando algo llorón. Estaba empezando a sentir más enfado e impaciencia que miedo. El autobús pegó un frenazo que le ayudó a levantarse y se vio a sí misma mirando a un asiento vacío y pidiéndole explicaciones.

-"Ni yo mismo sé ya quién soy. Apenas recuerdo nada que no tenga que ver con este autobús... Creo recordar que hubo un tiempo en que vivía en otro sitio y utilizaba el autobús sólo para ir de casa a otros sitios... "
-"¿... Y?"
-"No sé, apenas recuerdo cómo fue... creo que una tarde pillamos un atasco enorme... estuvimos casi dos horas parados... y ese día me levanté del asiento algo azulado... no le di importancia, creí que era la luz... "
-"¿Azul?"
-"Sí, del mismo tono que los asientos... "- ella dio un respingo; se había sentado al otro lado del pasillo y casi se levantó de un salto. Como al mismo tiempo el autobús frenó, estuvo a punto de caer -"¡Ten cuidado! Este chófer no es muy cuidadoso... pero es muy despistado y le puedo robar el almuerzo cuando quiero."
-"¿Robarle el almuerzo..? ¿...por qué?"
-"Bueno, tengo que comer... No, no mires para allá, me he cambiado de asiento para no tener que hablar tan alto, ahora estoy delante de ti; verás, no puedo salir del autobús. Vivo aquí, no podría vivir en otro sitio... Aquel día del atasco algo empezó a cambiar dentro y fuera de mí... "

Habían llegado a otro semáforo. Se oyó un suspiro y lo que fuera que fuese que le hablaba, prosiguió su relato.

-"Una mañana... sí, fue una mañana en el atasco de la rotonda de la entrada al boulevar, en el atasco de las nueve... el tono de mi piel ya no me importaba, pero... mi cabeza empezó a parecerse al respaldo del asiento; empezó a tomar una forma cuadrada y cada vez más plana. Pero fue cuando empezaron los atascos frente a la estación... "

Se interrumpió. Ella tragó saliva. El autobús estaba parado a pocos metros de la parada de la estación desde hacía un buen rato. Miró inquieta a sus propias manos ¿estaban poniéndose de color azul? No, decidió que era un reflejo de la luz del camión que estaba pasando a su altura...

-"Resistí uno. Al segundo, fue imposible resistirse. Literalmente comencé a desaparecer en el asiento, me confundía con él. Y no podía levantarme, me resultaba imposible. Estuve tres días atrapado en el asiento sin poder moverme. Para cuando me di cuenta el asiento y yo éramos uno, indistinguibles. Decidí no volver a bajar, no podía ir así por la calle... "

Por fin, arrancó el autobús y cruzó hacia el centro de la ciudad. Reprimiendo un suspiro, sucumbió a la curiosidad.

-"Pero ¿cómo sobrevives aquí dentro...? ¿qué comes? ¿cómo duermes?"
-"La gente abandona muchas cosas en el autobús... se deja bebida, al cabo del día reuno varios restos de botellines de agua; y se deja comida, sobre todo caramelos y paquetes de galletas. De vez en cuando, algún niño se deja la merienda. El otro día me encontré un bocata de chorizo. Y este chófer siempre olvida su almuerzo, ya sabes. A esa abuela que está durmiendo junto a la puerta, le tengo que agradecer una chaqueta... con lo que está empezando a refrescar se lo agradecí mucho. Tú misma, ayer, te dejaste un periódico... "

Asintió. Le entró un escalofrío por la espalda, de repente fue consciente de que todo el tiempo que pasaba en el autobús le había estado controlando, podía espiarles y contar la historia de tantos viajes día tras día... No sabía qué sentir, si repulsa, si lástima... si vergüenza. Giró la cabeza hacia la puerta. Uno de los chicos con mp3 bajaba en aquella parada.

-"Hay cuestiones más... incómodas"- la voz proseguía su relato como si se hubiera ensimismado, como si hubiera descubierto el placer de hablar después de mucho tiempo sin hacerlo -"Pero todos los autobuses tienen un cubo con su fregona. Además, la gente suele ser tan poco cuidadosa... vamos, que es guarra. Me tendría que dar coraje reconocerlo, pero nadie se asusta demasiado si ve un charco en el suelo. Si hay suerte, puedo ser discreto; si no, pues... me empiezo a dar cuenta de que no importa mucho, en general... y, a veces hay suerte, y puedo usar el agua del cubo para lavarme... "

La conversación estaba empezando a intranquilizarle de nuevo. No sabía qué hacía hablando con un hombre ¿invisible? a las nueve menos diez de la noche, mientras el autobús seguía pegando frenazos y saltos, hacia su parada.

-"Estoy esperando al nuevo transporte ese, el de vía reservada... tengo curiosidad por saber si será más divertido que estos viejos autobuses... Si cruzan por el parque como dicen, por lo menos, veré más gente y menos coches... "

Faltaba poco para su parada. No sabía bien si podía decir algo para ayudar o...

-"¿Necesitas algo?"
-"No me vendría mal algo de papel higiénico... "
-"¿... Un paquete de Kleenex?"
-"Sí, eso también iría bien... "
-"Hombre, si mañana me acuerdo, podría traértelo.. "

Ya casi estaba en su parada. Cogió la mochila y se levantó para tocar el timbre de aviso. De repente, giró y preguntó con expresión preocupada:

-"¿Por qué nunca antes habías dicho nada...?"
-"Sí que te había hablado antes. Pero aún no habías pasado el suficiente tiempo en el autobús como para poder escucharme..."

viernes, 16 de noviembre de 2007

martes, 13 de noviembre de 2007

La Luna en Botella


Me he encontrado el texto que sigue en El Guionista Hastiado. Por lo que he visto, el tráiler y la página web de la película, creo que se merecen que ayudemos a difundir su trabajo. Y a desearles mucha, mucha suerte. La van a necesitar: la película va de ilusión, de imposibles y de esperanza.


Hola,
Estamos a punto de estrenar una película, LA LUNA EN BOTELLA, y nos hemos encontrado con las dificultades típicas de la falta de presupuesto para la promoción. Con el inminente cierre de Sogecine (50% de la producción de la película, junto con Ikiru Films), la peli se ha quedado huérfana de distribución y saldrá con muy pocas copias y sin apenas promoción.

Yo soy Grojo, director y guionista de la peli, y mi reto es que el mayor número de gente pinche y vea el trailer que hemos colgado en YouTube. Es fácil, es gratis, y es la única manera que tenemos ahora mismo de movernos. Si superamos las 250.000 visitas, seríamos el trailer español más visto de la historia de YouTube. ¿Para qué? Para hacer ruido, para que la peli suene, para que se vea y sea el público el que decida si ha merecido la pena. Y para eso necesito tu ayuda. El poder de la red se ha demostrado innumerables veces, pero casi siempre en Estados Unidos. Sería interesante comprobar cómo funciona la blogosfera española ante una situación viral de este tipo. No se ha hecho nunca. Por eso mola.

Pero antes querrás saber más de la LUNA.

LA LUNA EN BOTELLA es mi primera película, y tengo la suerte de haber trabajado con actores como Edu Soto, Bárbara Goenaga, Dominique Pinon, Leigh Zimmerman, Pep Jové, Paco Algora y Federico Luppi. La banda sonora es de René Dupéré, compositor de la música del Cirque du Soleil, y el póster lo está haciendo Dave McKean (Sandman). La peli se estrena el próximo 16 de noviembre de 2007.

LA LUNA EN BOTELLA es un cuento coral de personajes que intentan conseguir lo imposible, y dicen NO a sus vidas, lo que puede resultar tan difícil como meter la luna en una botella. Pero el que lo intente, como dice uno de los personajes en la película, será un valiente, no un loco.

Grojo


No os pongo el tráiler: os dejo su enlace en You Tube... ¡qué hay que ayudarles! ;-)

Killer Bean Forever




Página oficial de la película


Hay sueños que merecen ser perseguidos ¿no? :-)


El Jueves (martes y 13)



La página de verdad