martes, mayo 20, 2008

Morir


Me rondan ideas sobre la muerte por la cabeza desde hace algún tiempo. Pongamos que desde que vi el vídeo del profesor Andy Pausch (... por no remontarme más atrás en el tiempo). Y, una de estas mañanas, al pasar el autobús frente al tanatorio, pensé en mi madre pagando a "El Ocaso", casi desde el día que nací, para asegurarme un buen entierro (es curioso, a mí ni se me ha pasado por la cabeza hacer eso con mi hija...). Y pensé que sería un gasto inútil si quiero que me incineren. Y pensé que esperaba que a María le devolvieran el dinero si llegaba el caso (a una amiga le pasó cuando murió su padre). Y pensé en qué diantres me gustaría que hicieran con mis cenizas. Lo del mar es muy típico, pero el pobre Mediterráneo está ya el pobre como para que le caigan más cosas encima. Y mi mar, mi Atlántico, pilla algo lejos desde aquí. Claro que tampoco sé dónde me voy a morir. Y tampoco sé si quiero que hagan algo con mis cenizas.

También me acordé de cuando fuimos a esparcir las cenizas de Pedro. Me costó vencer una cierta aprensión inicial y meter la mano en la urna. Era una sensación rara, había ceniza pero también arenilla (¿los huesos?). Sé que metí la mano, tiré cenizas y me quedó ceniza pegada a la piel y metida entre las uñas. Y parte de esa ceniza la respiré (hacía viento) y me cayó en los ojos, además de notarla en mis manos. Y me dio una sensación rara, mezcla de escalofríos, pero también una sensación plácida, por llevarle pegado y, de alguna manera, "llevármelo puesto", llevarlo conmigo.

Al margen de estas ideas de sueño mañanero y matutino en el autobús, está la sensación... no, la certeza, de lo mal que afrontamos lo más natural y lo más conocido de nuestra vida: que igual que empezó, acaba. Pero mientras nadie suele preocuparse por lo que pasaba antes, sí solemos hacerlo por lo que pasará después. Claro, somos taaan importantes. No puedo concebir la vida después de mi muerte, al mundo le faltará algo... mejor pensar que soy perdurable ¿no?

A mi pequeño ego le puede venir bien engañarse. Pero, seguramente, lo que pasará después es lo mismo que pasó antes: nada. El mundo funcionaba sin mí, y seguirá funcionando sin mí. Seré yo la que no funcione, no confundamos términos.

Cada cual es libre de consolarse como quiera (si es que lo necesita y cuando lo necesite), con religión, esoterismo, o lo que mejor le venga. Yo estoy convencida de que no vendrá nada. Antes me daba algo de vértigo, pero ya no. Pensaba en ello por culpa de una amigo. Ya me dirán ustedes que tiene de trascendente la película de "Speed Racer", más allá de mis recuerdos de infancia del bueno de Meteoro. Pues un poquito antes de empezar va este y me pregunta: "Si dentro de tres días un meteorito fuera a arrasar el planeta Tierra completamente, ¿qué harías?". Me quedé pensando y pregunté a mi vez: "¿Se supone que Bruce Willis no está disponible, verdad?". "No, está apagando incendios en el Sol..". Honradamente, en ese momento no le di muchas vueltas, que empezó la película y los títulos de créditos eran lo bastante psicodélicos como para marearme por sí solos.

Pero el tema quedó en mi cabeza, procesándose en background. Y, después de considerar muchas posibilidades más o menos noveleras, sólo quedó una cosa clara en mi cabeza: la diferencia entre que me quedaran tres días o tres veces tres mil... ahora mismo tampoco lo sé. Aclarado eso y dejando de lado en la influencia que podría tener en mi comportamiento el del resto de la población en una situación de pánico... y sabiendo que ni siquiera tendría que preocuparme por asegurar la situación de mi hija una vez yo hubiera desaparecido (porque ella vive en el mismo planeta que yo)... sentí una infinita paz, la inmensidad por delante, como el increíble hombre menguante en la escena final.... Vaya, esto no es mío, lo he cogido prestado de alguna canción. Pero es verídico: puede que últimamente vaya muy pillada de tiempo, pero en lo primero que pensé fue en tiempo libre para hablar con mis amigos, para leer, para estar en la playa mirando el mar sin sentimiento de culpa, sin estar postergando nada, porque no habría nada que hacer... salvo vivir esos tres días.

El caso es que la pregunta también me hizo recordar el día que María me dijo que le daba miedo la muerte. No sé si salió de su cabeza o es que ha prestado oídos a quien no debía. El caso es que me quedé mirando para ella y le dije "No tengas miedo a la muerte, que ahí ya no te puede pasar nada. Ten miedo a fastidiarla en la vida, que es dónde tú decides y dónde puedes desperdiciar tus oportunidades y perder la oportunidad de vivirla bien...". No sé si me entendió; tampoco sé si se lo dije a ella o me lo estaba diciendo a mí, porque eso fue poco después de irme de casa.

Sí, miedo a fastidiarla en vida... bueno, y miedo al dolor, eso sí tengo que reconocerlo. Espero que el meteorito ese tenga garantía de rapidez y eficacia. Es curioso, el pasado viernes asistí a una conferencia y, casi al final, el conferenciante comentaba el caso de uno de sus tíos, que era sacerdote y que, cuando tenía ochenta años, le había confesado que era ateo. Cuando este le preguntó escandalizado que cómo podía ser eso y cómo se entendía (teniendo en cuenta su condición de sacerdote) su tío le dijo "He pasado toda mi vida ayudando a la gente a consolarse y lo he hecho bien, estoy feliz. Sólo hay algo que me preocupa, que es el dolor ¿tú no dejarás que sufra, verdad?". Al margen de las reflexiones sobre noticias sociales que me puedan venir a la cabeza, me alegra saber que el buen hombre murió a los 82 años de un infarto y sin enterarse. Descanse en paz. Como algún día espero descansar yo.

No sé muy bien cómo acabar esta entrada; será porque tengo la sensación de que os he ido soltando ideas que me han ido asaltando estos últimos tiempos, sin hilvanarlas ni darle forma. Disculpad por la impudicia, más cuando es completamente gratuita. Y aceptad con las disculpas este vídeo que me pasó un amigo:





Echadle un ojo a la letra. Igual os ayuda, como a mí, a reír... pensando en que no es tan terrible, no soy tan importante, no soy imprescindible. Sólo hay que vivir y vivir plenamente. Y luego, descansar. Vaya, qué dos cosas... vivir bien, descansar mejor :-)

sábado, mayo 17, 2008

Celebrar

Casi se me pasa el cumpleaños: hace cinco años que dejé de fumar.
Y no me cansaré de presumir de ello en la vida.
Ni de celebrarlo.
Ni de invitarte a dejarlo si fumas :-)




La foto se ve más grande si picas sobre ella; es de aquí y la encontré esta mañana en menéame



oooOOooo


Actualización: Vengo de cenar y... acabo de decidir que a partir de ahora sólo dejaré propina en los restaurantes que tengan áreas de fumador y no fumador o sólo no fumador. Odio volver a casa con la ropa apestando a tabaco (y el pelo y la piel...) pero, sobre todo, no entiendo esa política tan mal traída de negocio, en el que prima la atención al que menos atención tiene con los demás.

viernes, mayo 16, 2008

Naranja


Te cuento un secreto si prometes no reírte... ¡¡Eh, no vale!! qué te estoy viendo, caramba... Venga, voy: me gusta el naranja porque me recuerda a mi infancia. Mis padres no me dejaban tomar Coca-Cola y siempre tomaba Fanta de naranja. Y me gustaban aquellos caramelos que eran como gajos de naranja y que apenas cabían en la boca... La cosas de color naranja siempre olían bien, menos las bombonas de butano. Y aún así, me acuerdo de que el repartidor me regalaba bombonas pequeñitas de caramelo blandito...

Me gusta el naranja y me gustas tú y me gusta lo que te ha pasado. Me encanta y me hace soñar y reír y me hace pensar que el mundo merece la pena, ¡qué diantres!, y que les den a los hombres grises. Me gustan más los hombres naranja.

Eso sí, perdona. El miércoles me pasé tres pueblos contigo. Tanto decirte "Pero... ¿te lo has merecido?" era mitad darle la bienvenida, mitad fastidiarte a ti, mitad envidia y mitad haceros un guiño y daros mi cariño. ¿Cómo? ¿demasiadas mitades? ¡pues claro! ¿no habíamos quedado en que estaba pasando algo muy grande?

Yo, no sé si lo sabes, estoy "en tránsito". Estoy feliz porque he podido salir sin perderme -eso creo, toco madera- de un laberinto con paredes de cemento. Y estoy feliz porque creo que me merezco ser feliz y que lo seré. Sobre todo estoy feliz por la gente que me ayudó a salir, fuera o no consciente de que lo hiciera. Es la gente que sabes que hace que merezca la pena levantarte cada día y que consigue que al mirar el cielo lo veas azul. Un día que estaba triste un amigo me pasó esta canción. No creo que supiera la falta que me hacía escucharla. Igual por eso es más valiosa. Quería ofrecerosla... digamos que es mi regalo de bienvenida para una persona que he conocido esta semana. Y también para ti, claro.





Hay personas a las que se quiere nada más verlas. Y tengo la suerte de conocer a mucha de esa gente. Que dure la racha.


martes, mayo 06, 2008

Espejo de dos vistas


Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo


Me senté delante del espejo, en penumbra; para iluminarlo, tenía que usar una palanca, pero no pude: miré a su través y me dejé arrastrar por la imagen de un barranco a mis pies, un acantilado cortado a plomo sobre una costa abrupta en la que rompían las olas. Y me mareaba y me sentía caer. Y me aparté gritando...

Volví a sentarme, volví a mirar a la palanca, pero seguí sin poder accionarla: estaba viendo, a través del espejo, una botella morada, una botella con flores muertas, olor a vómito, a sangre seca. Estaba llena de limo, la cubrían babas que me daban naúseas. Y me retiré, muerta de asco...

Lo intenté de nuevo, pero ni siquiera vi la palanca esta vez: una nube de humo gris y plomiza me envenenó la cabeza. Me secó la garganta y no me dejaba respirar. Tiritaba. Boqueaba y mis piernas se doblaban. Tuve que salir de allí, perdía la orientación y tosía y me ahogaba...

No sé si fue el último intento, no sé si fue el primero, no sé cuándo ocurrió y cómo me afectó, cómo influyó en el resto de las visiones... pero fue la peor y ni siquiera sabía que había algo a mi alrededor, sólo podía mirar a través de aquella ventana... el color rojo haciendo daño a mis ojos, dando paso al amarillo quemando mi retina, amarillo doliéndome, mientras olía a azufre, mientras me quemaba con el olor a azufre, con el recuerdo del azufre surgiendo de donde no debería haber surgido, azufre nacido de la luz del Sol, luz del Sol transformada en azufre para hacerme daño en donde más daño podía hacerme, en donde más podía corroerme y escarbarme. Naranja fétido para romper la poca magia que quedaba. Y sólo pude llorar y ni siquiera me aparté.

Me diste la mano y me enseñaste la palanca mientras te ponías al otro lado. Y te vi allá, a través del espejo. Sonreías.

Tardé mucho tiempo. Me atreví a extender la mano y usé la maldita palanca de una maldita vez. Y entonces, por fin, se iluminó el espejo. Confié en ti. Dejé de ver a través de él y me pude ver. Me atreví a mirar. Me vi feliz, sonriendo.

Poco a poco me invadió la paz. Muy poco a poco, fue lento. Seguías al otro lado, pero persistía el recuerdo de lo que había visto antes. Cerré los ojos muchas veces. Los volví a abrir. Me atreví a sonreír porque me sentía feliz. Y me atreví a mirar otra vez. Me volví a ver feliz, sonriendo.

La luz no se apaga ya. Sólo es un espejo y me refleja a mí.

Oesed

Y recordé que una persona feliz podía utilizarlo como un espejo normal, para verse como es.

Carta abierta al profesor de mi hija



Estimado Vicente:

María me ha comunicado que ayer fue castigada por olvidar un libro de lectura y llevar otro en su lugar; con esta nota me doy por enterada.

La escribo de motu propio, porque María también me ha comentado que iba a enviarme una nota para que yo la firmara, pero que a usted se le olvidó dársela.

Como a mí se me olvidan muchas cosas, no le doy mucha importancia a ambos hechos. Estimo que se producen más por despiste que por falta de interés.

Un cordial saludo,




lunes, mayo 05, 2008

¿Por qué... ?



Creo que alguna vez te he visto volar. Yo vuelo cuando estoy a tu lado.
Gracias.

... y gracias y gracias...




(Y, por supuesto, gracias a Erlich por su viñeta de hoy en el El País).

miércoles, abril 30, 2008

Vivan las chicas...



[..] yo advertía que a veces, por lo común a la hora de la siesta, cuando mi padre se acercaba a mi madre y empezaba a cercarla con caricias, besos y abrazos furtivos, en ciertas ocasiones mi madre sonreía, le devolvía algún beso y luego ambos se encerraban en el dormitorio. Pero otras veces, cuando mi padre empezaba con sus arrumacos, mi madre se ponía seria y simplemente le decía: "Hoy no puedo, viejo. Vinieron los de Galarza". Para mí esa respuesta era un enigma, porque yo había estado toda la mañana en casa y nadie había venido: ni los de Galarza ni los de ninguna otra familia. Además, yo no conocía a nadie que se llamara así. Sólo varios años después supe que Galarza era el nombre de un jefe colorado, durante los años de guerra civil y, según la leyenda, cuando sus hombres pasaban por algún poblado, los derramamientos de sangre eran inevitables. O sea que lo que mi madre le avisaba a mi padre (en clave, claro, debido a mi indiscreta presencia) era que estaba con la regla y en consecuencia no se hallaba en disponibilidad erótica.

Mario Benedetti, La borra del café.



Mi chica se ha comprado un libro titulado ¡Vivan las chicas!. Fijaos en el subtítulo: La guía de las que pronto serán adolescentes. Fue el miércoles pasado (¡claro!, si es que lo tenía todo calculado): "Mamá, que como es San Jordi y hacen un 10% de descuento y me quiero comprar un libro, pues me he esperado a hoy para comprarlo, ¿vamos?". Y allá que nos fuimos. Ella se fue directa a por el libro; yo me demoré un ratito saludando a mi Loli que, en cuanto le mencioné el título, me echó una sonrisa cómplice... que entendí perfectamente en cuanto apareció María con el trofeo en la mano. Fue ver el libro (no sabía de qué trataba) y empezar a partirme de risa: me reí porque entendí la mirada cómplice de Loli, me reí al ver la cara -mezcla de ilusión y de nervios- que ponía María y, sobre todo, me reí al pensar la que se me venía encima.

Al día siguiente le tocaba dentista y tenía que llevarla yo. Fui a cortarme el pelo antes de ir a esperarla a la salida del cole. De allí al dentista y luego, a comer. Un lujo, en mi caso, hacer todas esas cosas con ella. Para lo que no estaba muy preparada fue para el tercer grado que me esperaba.

María tiene 10 años y una todavía se acuerda de lo que se cuece en un aula entre las niñas a esa edad. Unas antes que otras, todas notan cómo van cambiando y cómo sus cuerpos se van transformando en lo que algún día se convertirá en ese cuerpo que hasta hace nada ni se imaginaban. Entre chistes y risas nerviosas suele haber miradas de reojo a las compañeras cuyos pechos ya han comenzado a crecer, o que empiezan a lucir pelo en el sobaquillo... empiezan a circular rumores, historias verídicas ("De verdad que sí, que a mí me lo contó Fulanita...") y se monta un bonito contrachapado de nervios, miedo, expectación y risas. Los chicos son lo de menos, aún dan auténtico asco, son unos brutos que se ensucian, pegan y que no se fijan en nada y no tienen ninguna sensibilidad (cosa que, ahora que lo pienso, es de agradecer: por favor, que se me vayan presentando las crisis vitales poco a poco; no se me amontonen, que al fondo hay sitio... )

No sé aún bien cómo lo hizo, porque el libro lo compró el miércoles por la tarde; yo no le vi leer durante el resto del día y el caso es que el jueves a mediodía parecía haberlo leído completamente. Al menos, todos los capítulos relacionados con la menstruación. Ni en mi peor examen en la facultad tuve que responder a tantas preguntas: "¿Cómo se lo dijiste a tu madre?", "¿Duele mucho?", "¿Es cierto que te puede venir a mitad de clase?", "¿Cuántos días dura?","¿Cuánto manchas?", "¿No da asco?", "¿Dura toda la vida?", "¿Y prefieres tampones o compresas?", "¿Y cómo voy a hacerlo yo para decírtelo a ti?", "¿Y te puede doler el pecho?", "¿Y a ti cuándo te vino?", "¿Y a mí cuándo me vendrá?"...

Entre preguntas, cosas que había oído y anécdotas de clase, yo intentaba hacerme oír para dar respuestas, desfacer entuertos y colar mis propias anécdotas, pero no era fácil; tocaba acribillarme y no darme apenas tregua para respirar y para contestar. Al final nos organizamos y fue saliendo una bonita conversación. Algo sí procuré dejarle claro: ella es una mujer desde que ha nacido. No hay frase que odie más que ese emparejamiento de la condición de mujer al inicio del ciclo reproductivo. Somos mujeres, nacemos mujeres y morimos mujeres. Independientemente de que estemos en ese rango de edad en que nuestro vientre puede convertirse en la mejor cuna del mundo, en el mejor refugio, el primero, el más cálido y el más difícil de abandonar.

Al final, una servidora también se vio recompensada. Cuando volvíamos al colegio, después de comer, me enteré de que ostento el título de "Mamá más enrollada del colegio", ganado a pulso, por lo visto, por no dedicarme a hablar de compras ni de ropa, estar dispuesta siempre a echar una carrerita o a ponerme a cantar y bailar por la calle (esto sí que no lo entendí bien porque de normal, cuando lo hago, se pone muy seria y me dice toda digna que no haga esas cosas, que le da corte... ) y, sobre todo, por contar los mejores chistes. ¡Ah! Y ser buenísima buscando cosas en internet (¡gracias, google!). Con eso se despidió con un beso y se fue corriendo con sus amigas. Y, de alguna forma, fue tierno verla, antes de entrar en el cole, haciendo travesuras de niña y darme cuenta de que aún le queda (¡nos queda!) tiempo para disfrutarlo. Y para disfrutar de lo que se nos viene encima también, por supuesto. Va a ser divertido. Antes, por lo menos, de que sea ella la que se dedique a hablar de compras y de ropa ;-)

sábado, abril 26, 2008

Zelig


Estaba mirando la escena como si la viera desde fuera. Como si yo hubiera quedado sentada a aquella mesa pero al mismo tiempo me hubiera levantado y pudiera verlo todo desde fuera. Y dentro de mi cabeza oía caer, uno a uno, todos los naipes del castillo... con un ruido sordo. Sería porque se me estaba rompiendo el alma.

Aquella tía se estaba destapando. Muy maja me había parecido cinco meses atrás: decidida, con las ideas claras, sabiendo lo que quería y diciéndolo sin morderse la lengua. Qué bien me cayó. Al poco de conocernos me comentó lo de los cursos del INEM, cómo habían montado aquella academia y habían comprado los ordenadores y que necesitaban a más gente para poder cubrir más horario y amortizarlos. A mí me venía muy bien el dinero; con un cursillo de tres meses tendría para mantenerme todo el curso, así que enseguida le dije que sí. Qué maja, la tía. Hasta pensamos -ella, su marido, un par de amigos y yo- en montar una sociedad anónima laboral. Menos mal que había quedado en nada.

Lo que estaba oyendo me estaba alterando. Caramba, qué divertido es escuchar a la gente cuando el alcohol le desata la lengua y no está midiendo sus palabras para causar justo el efecto que pretenden conseguir. Qué experimento tan curioso. Esa tía tan legal era el perfecto ejemplo de lo que en unos meses se iba a transformar en el prototipo perfecto de ejecutor de pelotazo de la primera era psoecialista de este país, progres de familia bien, muy solidarios y muy rojetes, poniéndose morados de paté y cava mientras calculaban mentalmente cuanto exprimir del último "arreglillo" que se le había ocurrido. Mayormente, porque necesitan redecorar su vida: acababan de descubrir el minimalismo, la arquitectura orgánica y los diseños de Alvar Aalto.

Pues como decía, la mujer se estaba descubriendo y yo me iba quedando sin habla, sin ganas de hablar, a medida que iba soltando frases graciosas sobre la educación pública, la sanidad pública y demás miserias a malmantener para dejar contenta a la plebe.

Pero lo que me estaba dando ganas de vomitar era la actitud de él, ¿cómo diantres era posible que le estuviera dando la razón en todo? ¡¡Pero si iba en contra de tantas ideas que compartíamos, de tantos argumentos compartidos en discusiones, de tantas causas que habíamos defendidos en manifestaciones y concentraciones... !! ¿De qué se estaba riendo, de qué? ¿Dónde podía ver la gracia a reírse de todo lo que me decía que compartía conmigo?

Él, simplemente, era así. Su único afán era caer bien, ser agradable, ser encantador. No tenía ideas propias: estaba cómodo con las tuyas y en cuanto se las explicabas un poco, incluso te prestaba argumentos, te ayudaba a defenderlas.

Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, va y resulta que una pobre imbécil se enamora y se ciega y en esa ceguera cree encontrar -¡por fin!- un alma gemela, alguien que suspira exactamente por las mismas cosas, que tiene exactamente los mismos intereses, que tiene exactamente los mismos gustos y que tiene exactamente las mismas aspiraciones. Las mismas ideas políticas, las mismas ideas religiosas, las mismas ideas sociales, las mismas ideas sobre el matrimonio, la educación, la paz, la ecología, los militares... Los mismos objetivos, el mismo destino, los mismos temores, los mismos temblores... el mismo golpe de latido cuando te inunda el deseo y la misma risa de satisfacción después de colmarlo. Los mismos gustos para la comida, para la bebida, para el tabaco... Hasta eso: acabó tomando cortados en lugar de café con leche, bebiendo gin tonic en lugar de gin kas y fumando Ducados en lugar de Winston...

No quería ver como era en realidad, no quería quitarme la máscara de los ojos. Era más fácil pensar en la pareja perfecta, pensar en que estábamos hechos el uno para el otro. Qué suerte, y qué empatía para con todos. Qué tío tan sociable, da gusto hablar con él, siempre te entiende, siempre te da la razón... siempre sabe exactamente qué estás pensando, siempre compartiendo tus argumentos.

Compartiendo tus argumentos... sí, incluso en contra de él. Es el riesgo que corres por ser encantador: el riesgo de perderte, de confundirte entre otros. De perder tu propia vida...

Supongo que aquel día se empezó a caer la máscara y empecé a abrir los ojos. Sí, qué tío tan sociable. Qué tía tan afortunada yo, ¿verdad?. Siempre dándome la razón...

Lo malo es que yo no quería la razón, quería un compañero.

jueves, abril 24, 2008

L'homme au coeur blessé


Yo era mayor y más grande que él. De hecho, casi era más grande que su padre. Sin embargo, yo tenía ocho años y había muchas cosas que una niña de ocho años tenía prohibidas. Una de ellas, cuestionar la actuación de un adulto. Incluso una como aquella. Nos educaban así: siempre que un adulto nos castigaba era porque nos lo merecíamos. Y siempre era por nuestro bien.

Pero aquella bofetada quedó flotando en el aire mucho tiempo. Su padre había salido ya de la cocina y yo veía caer las lágrimas de mi primo, que se había quedado con las gafas torcidas y una mueca de dolor dibujada, callado muy callado. Yo también estaba callada y, en el silencio que reinaba, aún podía oír el estallido, no sé si del golpe de la mano contra la cara o si de la rabia contenida... rabia de cobarde, cobarde por no atreverme a decir lo que pensaba, cobarde por no atreverme a protestar porque a los mayores no se les podía recriminar sus arbitrariedades.

Y allí estaba yo, con los palillos del xilófono en la mano, sin atreverme a mirarle directamente. Seguía llorando y lo único que se me ocurrió fue intentar demostrarle que era alguien importante, que me había aprendido aquellas notas que acaba de enseñarme, mientras escuchaba asombrada la melodía que arrancaba del xilófono sin saber cómo. Él, que era más pequeño y mucho más bajito que yo, tenía un poder que a mí siempre se me ha negado; no sabía música, pero la música vivía dentro de él. La música estaba a gusto con él y él con la música... formaban una extraña pareja, un niño tocando canciones que nadie le enseñaba, en instrumentos que nadie le enseñaba a tocar.

Y sin ritmo y dudando, recordé todas y cada una de las notas que él me repetía unos minutos antes. Nunca nadie habrá recibido un homenaje tan torpe...







... y han pasado tantos años, y sigo sin poder olvidar aquella tarde en aquella cocina. Sigue doliéndome aquella bofetada, como tantas más que le habían de pegar. Sigue doliéndome el que nunca le dejaran expresarse, el que nunca le pidieran su opinión.

No me vio en Navidades. Nos cruzamos por la calle. Iba con la mirada perdida, caminando solo bajo la lluvia -un adulto a la fuerza al que robaron su alma siendo niño-, y me quedé mirando, sin llamarle, porque aún no se me ha ocurrido qué decirle para consolarle de aquella bofetada. Y tampoco puedo olvidar que me regaló parte de su música, de esa música que ha ido perdiendo a medida que iban minando su espíritu...