domingo, 3 de diciembre de 2006

Un vestido anticuado


Era un vestido de entretiempo, de viscosa color marrón. La falda era fruncida; tenía una franja de franela roja de la que salía un volante estampado de marrón, rojo y varios tonos de ocre a juego. La parte de arriba tenía un cuello mao, tan de moda en aquella época, y vivos a juego con el volante.

Se lo había regalado su madrina; bueno, más bien se lo había ganado con su trabajo en la boutique. Se lo pidió en Febrero, ¿o fue en Marzo?. Las rebajas habían acabado sin que se hubiera conseguido vender el vestido, que era ya de la temporada anterior. No le fue difícil convencer a la madrina. Nunca lo era.

El caso es que el vestido era suyo y sabía cuando estrenarlo. Primero dudó sobre si debía ponerlo el viernes por la tarde o el domingo; mejor el domingo. El viernes era un rollo, tendría que ir con el vestido ya puesto al instituto y seguro que alguien soltaría alguna suspicacia sobre el "modelito" (anda, la empollona se nos ha puesto guapa ¿querrá ligar con el de Historia?). No, mejor los vaqueros de siempre. El vestido para el domingo.

Los domingos eran de ellos solos. Nunca agradecería bastante a sus padres esa bendita costumbre de ir a comer a Covas y dejarla solita en casa. Bueno, en casa...

Desde que él se había ido a León, a estudiar veterinaria, los viernes por la tarde eran el principio de la semana. Ese día no tenía clases y bien temprano cogía el coche, un ocho y medio que aún tiraba bastante y que había sido patrimonio familiar hasta la llegada del GS nuevo. Llegaba a mediodía, a tiempo para comer en casa y salir a buscarla a la salida del instituto, a las cinco. Tenían toda la tarde para ellos, aunque apenas llegaba el tiempo para comentar la semana, comparar sus respectivas crónicas, reir, enfurruñarse a veces, hablar, hablar y hablar y, por supuesto, para todos los besos y caricias que aprendían poco a poco.

El sábado era un agujero en el tiempo que había que sobrellevar de la mejor forma posible. Pero ninguno de los dos se atrevía a romper rutinas que hubieran sembrado preguntas incómodas en casa y esperaban, esperaban hasta su momento, el domingo.

Él decía que volvía a León y ella se quedaba sola a las once de la mañana. Iba con su madre a la iglesia y, a la vuelta, sus padres se iban. ¿Seguro que no vienes?, No, mañana tengo evaluación, prefiero preparar las mates... Las benditas mates que aquel año le costaban y le estaban dando la excusa perfecta. En cuanto salían, llamaba. Solían coger el coche e ir hasta Pontedeume o Ares (y aún así, había que andar con ojo, nunca se sabía con quién podía encontrarse uno) y pasaban la mañana juntos; de nuevo, hablaban, fantaseaban, montaban planes absurdos y se aprendían con los ojos, las manos y la boca allá hasta donde la moral y las buenas costumbres lo permitían en los lugares públicos.

Sí, el vestido quedaría para el próximo domingo.

Pero nunca llegó a ponerlo. Él no estuvo el viernes a la salida del instituto. En algún sitio de la nacional VI se había salido de la carretera.

Habían pasado 25 años. Buscaban retales para completar una falda, cuando abrió la caja y su hija descubrió el vestido, aún sin estrenar, y bastante anticuado. Cerró la caja y la metió de nuevo en el armario. En sus recuerdos, ese domingo habían paseado juntos, ella había estrenado el vestido, él le había dicho qué guapa estaba y ella se había sonrojado de felicidad.

7 comentarios:

Carlos dijo...
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Bridget dijo...

glups

Mars Attacks dijo...

De mayor quiero ser como tú...

servidora dijo...

Pos habrá que ir empezando con los bocatas de estrógenos, pero ya... :-P

Mars Attacks dijo...

Y nandrolona, que no estoy yo por la labor de hacer ejercicio como su señoría.

servidora dijo...

(hmmmmm... y ahora es cuando me pregunto inquieta si se está faltando conmigo o qué...)

:-P

Bridget dijo...

Siempre he dicho que el marciano venía de Venus y no de Marte.