sábado, 28 de abril de 2007

Llover


Ser lo que pasar en primavera cuando servidora llevar las gafas puestas...



(Y aquí, tal y como la escuchaba de peque ;-))

miércoles, 25 de abril de 2007

Mamá, ¿cuál es tu época del año preferida?




Mi niña y nuestros diálogos de buena mañana cruzando el parque :-)

Me quedó claro que me lo preguntaba para que yo le preguntara a ella lo mismo. Me dijo que el otoño, porque es su cumple y falta poco para la Navidad.

Y yo me quedé colgada, pensando en mi primavera. En estos días que son cada vez más largos. Y en este cielo tan azul que te quedarías todo el día mirándolo, mirando... mirando a los vencejos y a su danza alrededor del patio para entrar en el nido que están arreglando, mirando a esas nubes que no están, mirando sin mirar y buscando esa mirada que echas de menos...

Me gusta ver a la naturaleza brotando, me gusta esquivar a estas malditas abejas que me asustan, me gusta respirar y notar el olor a hierba recién cortada. Me gusta notar el sol en la piel y dejar que me toque con esos dedos que no aprietan...

Me gusta pensar en comienzos, en historias que están empezando, en un érase que se era y fantasear sobre cómo se desarrollarán, cómo seguirán y cómo llegarán a su clímax. Igual también toca pensar en que acabarán y cómo y por qué. Pero ahora están empezando. Vamos a disfrutar de la narración... es primavera.

domingo, 22 de abril de 2007

El mar lo perdona todo





-"Ha cambiado la temperatura... hace más fresquito ¿no?"

Es sólo uno de los pequeños milagros del mar. Y uno de los que más me gustan.

Anteayer leía una entrada en Paleofreak (¡gracias, Algernon!) sobre cómo salimos del mar. Tuve que acabar riéndome porque de repente se me vino a la cabeza el inicio de los capítulos de "Érase una vez...", con el pececillo transformándose en anfibio, transformándose en reptil, transformándose en mamífero, transformándose en mono, transformándose en persona... De ahí venimos, y por eso será que necesito saber que tengo el mar cerca, para poder volver a él en cuanto lo echo de menos.

No quiero que me entendáis mal: no tengo extraños ritos con el mar como protagonista. Ni necesito bañarme cada día en el mar, ni he sometido a mi hija a ningún rito iniciático hundiéndole la cabeza bajo sus aguas, ni bebo de sus aguas para purificarme. Pero me pregunto si sabría vivir lejos de él. Creo que no.

Su ruido, su olor, su color... Hasta esta semana no sabía qué diantres es el efecto Fresnel, pero qué tendrá eso que ver con perderse en todos y cada uno de los colores y matices que regala. Es energía en movimiento, con el mismo poder hipnótico que tiene el fuego, ¿quién puede resistirse al baile de las olas?. He pasado muchas horas mirando el ir y venir de las olas, caprichoso o no, pero con su propio mensaje y su propia coreografía... un relajante cuando necesitas respirar hondo, un murmullo amigo con una canción eterna. Tus propios pensamientos pueden sincronizarse con él, hasta que notas bailar pensamientos y olas en sintonía. La cabeza, en paz por unos instantes... y qué contradicción, que tanto más me calme cuanto mayor es el oleaje. Cuánto daría a veces para que este Mediterráneo junto al que vivo, sacara pecho de vez en cuando y me bailara como lo hace el Atlántico. Pero no me puedo quejar: este Mediterráneo me cuida y me ofrece otros colores...

Gracias por llevarme el otro día junto al mar... ya sabes, todo lo perdona :-)




viernes, 20 de abril de 2007

jueves, 19 de abril de 2007

...melting in light


La mancha azul se extendía perezosa, derritiéndose, empapándolo todo y cubriendo aquello que alcanzaban a ver.

Cada beso hizo estallar una pequeña flor amarilla, como botones de oro. Las caricias se abrían en pequeños tulipanes malvas que parecían bailar al compás de la mano.

¡Y las risas! Las risas conseguían que grandes hojas verdes les cobijaran y les protegieran, al abrigo de todo lo que estaba fuera, atenazándoles.

También hubo pequeños suspiros. Con cada uno se desprendían pequeñas burbujas irisadas, que ascendían y se iban perdiendo por el azul, azul... azul que se derretía, lo empapaba y lo cubría todo. Azul acogedor y confortable.

No había tantos colores como en Goab, pero tampoco era Fantasía. Eran ellos dos, un pequeño rincón del mundo real y el poder mágico de la luz...

martes, 17 de abril de 2007

Sonreír


Hizo como que seguía leyendo, pero la verdad es que desde que había entrado en la habitación había estado siguiendo con el rabillo del ojo todos sus movimientos.

Hizo como que se movía despreocupadamente por la habitación, pero la verdad es que desde que había entrado en la habitación había estado siguiendo el juego, dejándole que leyera en sus movimientos. Al final, tuvo que girarse y sonreír.

Sólo entonces levantó la mirada del libro y sonrió también.

Mientras salía de la habitación, surgió la complicidad y la picardía. "Ya caerás..."



domingo, 15 de abril de 2007

It was a rainy day


Fue una tarde después de comer. Creo que estaba leyendo, pero puede ser que simplemente estuviera perdida en el sofá. Sé que fui consciente de que te echaba de menos.

Qué extraño. Qué dolor tan extraño. No te conocía. Cómo se puede echar de menos lo que no conoces. Pero era así: te echaba de menos.

Y te he echado de menos tanto tiempo, tantas veces...

Va a ser todavía peor. Sé que va a ser peor, que te echaré todavía más de menos. Y que es sólo el principio, porque cada vez estarás más lejos.

Buen viaje y buena suerte. ¿Volverás de vez en cuando?... aunque sólo sea para que pueda seguir echándote de menos...

martes, 10 de abril de 2007

Los saltadores siempre pierden


Si lo pensáis bien, en el salto de altura ganar significa perder: en el resto de especialidades te mides en relación con tus compañeros, compites con ellos y el que lo hace mejor gana. Pero cuando practicas salto, tu rival es un listón que, a la larga, siempre acaba ganándote: ganas cuando el listón te hace perder. Es la única especialidad, además, en la que puedes seguir compitiendo sólo, a la espera de que llegue esa altura que no puedes superar al cabo de tres intentos. Y en el momento en el que pierdes, ganas.

¿O era al revés?

No era una cuestión como para perder el sueño, hasta que, no sé por qué, el hilo de mis pensamientos me llevó a la cuestión de "¿Qué hay más paralizante que el miedo al fracaso?" y me descubrí respondiendo que el miedo al éxito. Es casi humano escudarte en el miedo a un posible no que te cubra de ridículo para dejar de hacer algo... lo que no está tan claro es cómo asumir ese miedo al , salvo que sepas que te obligará a seguir adelante y a tomar decisiones, en lugar de dar vueltas.

Así, me he pasado casi la mitad de la noche en blanco, sintiéndome como una saltadora, compitiendo sola contra un listón. Perdiendo por miedo a ganar. Y sabiendo que si gano, pierdo.

jueves, 5 de abril de 2007

Tu sei un attimo senza fine



Senza fine
Tu trascini la nostra vita
Senza un attimo di respiro
Per sognare
Per potere ricordare
Ciò che abbiamo già vissuto
Senza fine, tu sei un attimo senza fine
Non hai ieri
Non hai domani
Tutto è ormai nelle tue mani
Mani grandi
Mani senza fine
Non m'importa della luna
Non m'importa delle stelle
Tu per me sei luna e stelle
Tu per me sei sole e cielo
Tu per me sei tutto quanto
Tutto quanto io voglio avere
Senza fine...



Senza fine. Sans fin. Without end.

Infinito.

Bucles sin fin, bucles extraños, paradojas. Tenía que encontrarte así, para cerrar un círculo. Para completar un ciclo, para permanecer en él.

Infinito.

Pero sin ayer y sin mañana. Siquiera sin hoy.

lunes, 2 de abril de 2007

Telarañas


Hace tiempo leí una historia en la que una araña le salvaba la vida a una persona que estaba huyendo: tejió una telaraña por el hueco del pasadizo usado para huir y nadie buscó por ese camino.

Es como una paradoja, pensar que una frágil telaraña puede cerrar así una puerta, aunque lo cierto es que nunca sabes lo que te puedes encontrar dentro de una caja olvidada en el trastero y sellada con telarañas. Y, a pesar de su fragilidad, tampoco sabes si serás capaz de romper ese sello. Porque para romperlo, basta simplemente con querer hacerlo.

Y dentro te puedes encontrar una encrucijada rota, rota cuando tuviste que tomar una decisión y, o no tuviste paciencia o te faltó coraje y acabaste tirando por la calle del medio. Te puedes encontrar tu corazón congelado, tu respiración suspendida y tu cabeza palpitando. Te puedes encontrar el hueco de una mano, el abrigo de un abrazo, el consuelo de una caricia. Te puedes encontrar olor a caramelo, el estallido del pan recién cocido, la frescura de la sandía en verano. Te puedes encontrar un relámpago, la naúsea del olor a asfalto, la monotonía cansina del tráfico que odias. La sonrisa que creías pérdida para siempre.

Claro que también te la puedes encontrar vacía.

¿Qué guardas en tu trastero, qué esconden tus telarañas, qué protegen las telarañas que sellan tus recuerdos?

Sin palabras



Visto en 20minutos.es

viernes, 30 de marzo de 2007

iParty


Antes de ayer me pasaron esta foto:



No os pienso permitir que la critiquéis. Me encanta tal cual está. Es una auténtica foto de una auténtica cámara en auténtico papel brillo y auténticamente escaneada. La pitufa, claro, es María. Tenía dos años y medio y estaba pasando la varicela (¡yo la pasé la semana siguiente! :-)) y como su padre había estado toda la semana cuidándola, decidí llevármela a la UJI para que el hombre respirara tranquilo. ¿A la UJI? ¿Y qué pintaba allí tu niña? Nada, que había iparty, montada "por los de Aditel"... la iParty 3, para ser más exactos.

La primera iparty de María y de una servidora. La pobre iba "de lunares", toda pintada con la tintura de las pupas de la varicela (cuando digo toda pintada es literal: como me aburría al curarle las pupas, me rallaba y empezaba a pintarle coches, caballos, árboles, pajaritos...). En fin, llegamos un poco desorientadas, la verdad. Y ¿sabéis qué? que me gustó. Me gustó porque estaba con mis alumnos y ellos controlaban el cotarro y yo no me enteraba... bueno, vale... me gustó después. Al principio no tenía muy claro qué diantres pintaba yo allí y me sentía muy despistada y desplazadilla... hasta que me dije aquello de "relájate y goza... ¡qué se lo están currando ellos!".

Pero pongamos que en la que me enganché fue en la iParty 4. Fue la primera que duró más de un día, todo el fin de semana. Empecé tan tranqui, yendo a las conferencias. Hasta que me enteré de que Jorge estaba en coma. Viajes varios, idas y venidas al hospital, idas y venidas al Hall de Jurídicas... porque, sobre todo, descubrí que estar con mis compañeros alumnos me ayudaba a llevar aquello mucho mejor. Así que me quedé hasta el final, y me puse a recoger cables.

Tuvimos que esperar un poquito para la iParty 5, también de fin de semana, también en Jurídicas. Pero en la iParty 5, María y yo ya íbamos como Perico por su casa, tan felices. Me volví a quedar el último día, para recoger. Y si el mantra Nanana nanana nanana ¡ná!, nanana nanana nanana ¡ná! tiene algún significado para ti... es que también estabas allí viendo como algún sin sentido ;-) le dejaba un micrófono a mi hija para que cantara :-)

La iParty 6 fue especial por muchas cosas. La primera en el pabellón y la primera en que dejé de echarle morro y me inscribí oficialmente. Y la recuerdo como puede un naúfrago recordar al barco que pasa a recogerle. ¡Lo que me reí en esa party!... Y lo que necesitaba reirme, cuánta falta me hacía... Creo que ninguno de los que estuvieron allí fue consciente de lo mucho que me ayudó a pasar un bache. Y como creo que no lo agradecí, aprovecho ahora :-). Sí, también me quedé a recoger cables. Y me fui de cena y hasta me perdí y todo :-D

De la iParty 7.. ay, fue rara. En Septiembre, en la zona de raquetas. Pero sobre todo, fue la primera sin Natxo. Nos costó reirnos, pero nos reímos. Lo que más recuerdo es la sensación de estar en medio de un cambio, como un relevo: eché de menos muchas caras, pero a cambio me encontré otras nuevas. Entre ellas, la mía que, por aquel entonces, ya era socia. Y ya me inscribí "de verdad", y me fui con el ordenador y me quedé por las noches y monté mesas e hice pulseras y ¡cómo no! :-) ;-) ¡¡recogí cables!!

Así que en la iParty 8 decidí que sería más práctico apuntarme a la organización. Te tiras de los pelos y te estresas pero también te ríes más, para compensar. Como este año, que también he pringado en organización y también estoy estresada y de los nervios, pero... ¡lo que pienso reirme!. Pero sobre todo, lo que pienso disfrutar de mis amigos, de mis compañeros con los que tanto aprendo. Bueno, no sé.. porque luego va y resulta que no me entero de nada, pero ¿he dicho ya lo mucho que me río? ;-)

¿Nos vemos en la iParty 9? :-)

miércoles, 28 de marzo de 2007

Ojos de color violeta


Me estaba mirando con unos ojos increíbles, de color violeta. Yo creía que sólo Elizabeth Taylor tenía los ojos de color violeta. Pero no, aquella niña que tenía delante, mirándome tan fijamente, tenía también unos ojos increíblemente violetas, increíblemente grandes e increíblemente dulces.

-"¿Cómo te llamas?"
-"Estefanía", me dijo.
-"Yo tengo una nena de nueve años... ¿cuántos años tienes tú?"
-"Tengo once, soy mayor que tu hija..."

Me quedé callada un rato, no sabía muy bien cómo seguir, ni qué decir. La niña me miraba con sus ojos de color violeta, con carita algo asustada y yo no sabía muy bien si estaba esperando consuelo o si se suponía que esperaba que yo le explicase lo que estaba pasando.

Y yo no tenía nada claro qué podía hacer o qué podía decir. Estaba allí con ella y se suponía que yo era la adulta. Se suponía que yo debería tener respuestas o que yo debería saber qué era lo que ella quería oir. Pero la verdad era que, seguramente, yo debía de estar poniendo la misma cara de susto que ella ponía.

-"¿Cómo se llama tu hija?"

Bueno, para esa pregunta sí tenía respuesta.

-"María"
-"Tengo una amiga que se llama así..."

Descubrí que hablar con ella era una forma de suavizar su carita de susto. Así que seguí.

-"¿Tienes hermanos?"
-"Sí, dos... y tú ¿tienes más niños que María?"
-"No"
-"Vaya..."

Del tono de voz no pude discernir si le parecía bien o mal. Seguramente no le importaba mucho, pero creo que ella también se había dado cuenta de que hablar era bueno para quitarnos el susto de la cara. Aunque yo no pudiera regalarle la vista con unos preciosos ojos de color violeta.

No sabía muy bien cuál era su situación. A mí me dolía cada vez más la pierna.

-"¿Sabes? Si ahora estuviera aquí mi mamá, le daría un beso muy grande y le diría todo lo que la quiero... aunque ayer me porté mal... le desobedecí y compré las chuches aunque me dijo que no..."
-"No te preocupes..."- tuve que sonreír ante la cara de culpable que puso -"...ella seguro que lo sabe. Sabe que comiste las chuches y, sobre todo, sabe que la quieres... Yo también quiero a María y también sé cuando me desobedece..."
-"Tengo sueño... se me cierran los ojos..."
-"No es buena idea, debemos estar despiertas... ¿sabes alguna canción? ¿quieres que cantemos? ¿te gusta cantar?"
-"Sí..."

Nunca creí que fuera a bendecir al triunfito de turno. Empezó a cantar una de esas tontas canciones que le ruego a María que no cante cuando yo estoy delante. Pero en aquel momento me pareció maravillosa porque consiguió que no cerrara sus ojos de color violeta. La cantaba con toda su letra, con todas sus notas y con toda su alma... si me descuido hasta se hacía los coros a sí misma...

Entonces reuní el valor para echar un vistazo. Mi pierna derecha estaba atrapada en un amasijo de hierros que habían conseguido fabricarme una especie de media metálica. Pero en el cuerpo de la pobre niña no podía distinguir nada a partir de la cintura... su cuerpo se perdía en una espiral roja y puntiaguda... ¡Santo Dios! ¿Es que todavía iban a tardar mucho más en venir a rescatarnos?

Lo tuyo es puro teatro




Tengo un amigo que es muy, pero que muy tímido. Pero sabe hacer magia.

La he podido disfrutar pocas veces, pero cada vez que está dispuesto a hacerla, me deja con la boca abierta y una sonrisa en los labios. Basta con observarle cuando aparece. Igual hay algún pequeño detalle que te hace ponerte al loro, como que vista una gorra; y esa gorra va a formar parte de la performance, porque debajo de esa gorra hay un nuevo personaje, que es amigo de mi amigo, pero que no es mi amigo: es mi amigo multiplicado por veinte, crecido, potenciado y aumentado. Aullará, cantará, bailará, exagerará, gritará, llorará, meditará, reirá, lo hará todo en aras de ese personaje porque, al fin y al cabo, la magia consiste en darle vida a alguien que eres tú, pero que no eres tú, y que los demás lo vivan.

Y una servidora en esos momentos, mira de reojillo por no romper el encanto y disfruta de la suerte de tener un amigo, capaz de hacer esa maravillosa magia, de transformarse, de meterse y de meterte en esa magia.

Ayer, mi amigo estuvo de patrón. Por muchos años.

sábado, 24 de marzo de 2007

Momento Sunsilk


Hay días en los que tú eliges la ropa y hay días en los que la ropa te elige a ti.

¿Por qué no tiras esos vaqueros? Descoloridos, rotos, zurcidos, desflecados, con agujeros, cuatro tallas más grandes y con más de diez años. Pantalones viejos, zapatillas gastadas, camiseta con agujeros.

Y el cielo del color que me gusta. Y sol. Y no tengo resaca. Y tengo hambre y desayuno y me ducho y me visto y salgo a la calle. Y me pongo a andar, está toda la carretera para mí sola.

Y llevo mis vaqueros viejos, mis zapatillas gastadas y mi camiseta con agujeros. Y meto las manos en los bolsillos y la cadera se adelanta y la espalda se descuelga y pego zancadas de metro.

Y camino, camino, camino y el viento en la cara. Y me acuerdo de otro sábado, cuando tenía ocho años y estaba con el pelo mojado, recién duchada y en mi bici bajando una cuesta, con el el viento en la cara, el pelo y el vestido revoloteando y, de repente, lo único que importaba era estar allí disfrutando, respirando y como flotando en medio de la velocidad.

Y sigo pegando trancos, con las manos en los bolsillos y el viento en la cara.

Hay días en los que tú llevas la ropa y días en los que la ropa te lleva a ti.


Viento Sur (Josele Santiago)

miércoles, 21 de marzo de 2007

Mamá


"¡Miér... coles!"

Se había vuelto a romper el hilo. Esa costura le estaba costando dos años de salud. Pero no había encontrado el hilo de nylon y el de algodón se le estaba rompiendo cada dos por tres. Volvió a ajustar la tensión de la canilla y enhebró de nuevo la máquina. Pero le estaban doliendo los ojos y la espalda. Paró un momento, suspiró y miró el reloj. Las dos menos veinte de la madrugada. Una pila de platos por fregar en la cocina... y la colada por hacer. Pero tenía que acabar el vestido para el día siguiente. Si lo entregaba y le pagaban, podría ir a la carnicería. Si no, tocaría volver a hacerle a Luis un bocadillo de croquetas para comer. Llevaba casi una semana sin comer carne. Y con lo comedor que era, tenía que darle carne alguna que otra vez o se le quejaba.

Que día había llevado. La niña estaba preciosa, pero ¡menuda faena daba!. Y cómo comía... ¡y lo que hablaba!, no se callaba ni debajo del agua. Y había veces que las soltaba tremendas. Como hoy, que cuando dijo aquello no supo ni que contestarle, "Mamá... ¿papá quién es? ¿el señor que vive en casa los domingos?". No pudo evitar torcer la boca en un gesto de amargura. Luis echaba tantas horas en el astillero que los niños no le conocían y sólo lo asociaban al domingo. ¿Cómo iban a conocerle, si salía de casa a las seis y media de la mañana y volvía pasadas las once?. ¡Malditas horas extras! Maldito dinero que nunca llegaba, maldito alquiler que se llevaba más de la mitad del sueldo, maldito... ¡maldito el continuo desgaste, el nunca parar, tanto tener que romperse el lomo para sacar adelante una familia!

De la sala llegaron las campanadas de las dos y le sacaron de su ensoñación. El flexo le transmitió una extraña sensación de familiaridad que no le hizo mucha gracia; al fin y al cabo, esa familiaridad venía de la mano de muchas noches bajo su luz. Como la de hoy. "Bueno, a acabar el vestido, para poder ir a la compra mañana... que si sigo renegando seguro que no lo acabo". Ahora parecía que iba mejor y que hasta la máquina hacía menos ruido. Debía de tener el hilo de la canilla muy tirante y por eso rompía... Y qué ruido hacía la máquina, tenía que acordarse de aceitarla. Ahora no, que podía mancharse el vestido.

¡Por fin! Ahora sólo faltaba sobrehilar la bastilla, rematar los hilos de las costuras, quitar todos los hilvanes y plancharlo. Empezó el sobrehilado, pero lo dejó a las dos y media. Podía acabarlo mañana, después de preparar el desayuno. Ya no podía más, se le estaban cerrando los ojos.

"Trini, ya me voy...". Eso quería decir que ya era la hora de levantarse. Cada noche dejaba el bocadillo del almuerzo de su marido ya envuelto y el desayuno casi preparado; así, él no tenía más que calentar la leche y ella podía dormir algo más, hasta que él se iba. Hacía frío aquella mañana. O igual le había cogido el frío por la noche.

Se calentó la leche, desayunó una tazada y dejó ya listas las de los niños. Aún faltaba un buen rato antes de tener que despertar a Luis Ángel para ir al colegio... y confiaba en que el terremoto no se despertara antes. Ay, ¡qué dos!, el uno tan dormilón, la otra que apenas paraba en cama. El uno que no comía nada y la otra que comía todo lo que le pusieran por delante y más.

Pero le dio tiempo de rematar todas las costuras antes de que despertaran. Y pudo quitar los hilvanes y planchar el vestido mientras desayunaban. Para cuando el niño salió hacia el colegio, ya estaba el vestido listo. A entregarlo, a cobrar y a la compra.

Se aseó y se vistió y luego arregló a la niña. Por lo menos, no llovía. Con la cartera y la bolsa de la compra en el bolsillo, la niña en una mano, y el vestido en la otra, salió hacia la calle Dolores con la prisa de quien lleva ya casi cuatro horas sin haber parado de trabajar, pero sin haber empezado todavía a realizar su faena diaria. Llegó a la casa. Llamó al timbre y salió la chica. Cogió el vestido y le dijo "Espere un momento...", mientras se volvía hacia dentro y la dejaba plantada en las escaleras, sin invitarle a entrar. No le importaba, le iban a pagar y podría ir a la compra. Oyó pasos de vuelta...

-"Dice la señora que hoy no le viene bien pagarle, que pase dentro de cuatro días... ¡Adiós!"

lunes, 19 de marzo de 2007

Smile, please!

No hay que ser un hacha para darse cuenta de que últimamente no me río mucho. Pero, mira tú por donde, esta tarde me he metido en Coudal Partners, una de mis adicciones en Internet. Y os paso tres motivos que justifican ese vicio:

  1. Empiezo con una dedicatoria para amanda. Y puede que para mí, también...

  2. Ayer fue San Patricio en el mundo anglosajón: ayuda a un devoto

  3. First annual SXSW Interactive Geek T-Stream







Con mis mejores deseos: a mí me han hecho sonreír. Espero que os causen el mismo efecto.

domingo, 18 de marzo de 2007

Miedo


Dedos helados recorren mi espalda. Tengo que rebajar el ritmo de mi respiración porque temo hacer demasiado ruido y despertar al que duerme. El estómago se contrae y las piernas están flojeando. Noto un sabor amargo en la boca, y el vientre tenso como si el deseo estuviera agazapado dentro de él y preparado para saltar. Las manos tiemblan y apenas siento los dedos, quiero tapar mi cara con las manos, pero no me están obedeciendo y tengo que mostrarla... me da vergüenza, como si estuviera desnuda en la plaza del pueblo. En las sienes golpea el pulso, apenas puedo dominar el temblor de los labios... no puedo tragar ni el aire...

Si no notara tanto frío, si no notara tanto vacío, si no notara que me fallan los miembros... si no notara tanto miedo ante la posibilidad de estar enamorada de ti...




viernes, 16 de marzo de 2007

En la plaza, a las ocho.


Las ocho y diez. Odiaba esperar a la gente. Odiaba llegar diez minutos antes de la hora, como mínimo, y luego saber que seguro que tendría que esperar otro cuarto de hora a los demás. Siempre era así. Y hoy tenía el día tonto... hay días en que sabes que la tendrás, que se va a liar; estás especialmente sensible para saltar, para ponerte huraño, para dar una mala contestación. Sabes que acabarás pegando un grito o diciendo algo que no quieres decir. Y hoy era uno de esos días, sabía que acabaría gritando, llorando o pegando un portazo...

Fue hasta el escaparate de la zapatería. Nada, qué zapatos, los mismos que hay en las otras sopocientas zapaterías, todas clónicas... ¿lo hacen a propósito?. Los mismos horribles zapatos puntiagudos, las mismas botas de peluche... deben de tener miedo a que salgamos de casa sin el uniforme puesto. Un reflejo en una esquina del cristal le hizo girarse, le había parecido ver a alguien conocido en una sombra. Pero no, aún no había aparecido nadie.

Dios, cómo se le había ocurrido acabar en esa ciudad. Si al menos hubiera mar... tenía necesidad de ver el mar, de oirlo, de sentirlo, de olerlo. Podía pasar horas mirando al mar allá en su pueblo, sin aburrirse... ¡cómo aburrirse ante el espectáculo del mar, hablándole, llamándole, inquietándole y llenándole todos los sentidos! No es posible aburrirse ante la vida, ante la plenitud y ante el poderío que desplegaba en cada ola, en cada marea. Y qué difícil era explicarle ese poderío a los que nunca habían visto desaparecer toda una playa bajo el manto de la marea. O cómo explicarles que cada año la playa era distinta, que las rocas desaparecían o emergían a capricho de corrientes y tormentas de invierno... ¡cómo explicarles qué era el mar, cómo sentir su poder... enmedio de aquella meseta seca y amarilla!

Cómo explicarse a sí misma cómo había acabado allí. Cómo convencerse de que no había sido un error seguir al amor para acabar en una plaza, aburrida, impaciente, cabreada y con morriña del mar, de su mar. Con morriña de su casa, de sus paisajes, de los sitios en los que había crecido y de los amigos de toda la vida; con morriña hasta de la lluvia y el viento, de las interminables tardes de temporal en las que parecía que nunca pararía de llover. Todo por seguir a una persona con la que ya no estaba. Pero era tarde para volver, había ya demasiadas cosas que abandonar: el trabajo, nuevos amigos, un piso hipotecado... y la rutina y el andar sin tener que molestarse en dirigir los pasos, sin tener que pensar, sin tener que saber hacia dónde quieres ir porque igual te da un sitio que otro.

Las ocho y veinte. ¿Iba a aparecer alguien de una puñetera vez?. Estaba convencida de que la gente miraba para ella preguntándose qué diantres hacía allí, colgada y modiéndose una uña. Vaya ¿qué hacía mordiéndose una uña?. En un gesto de impaciencia casi infantil, se sacudió la mano y se la metió en el bolsillo. Iba a tener los bordecillos de los mordiscos molestándole toda la noche, nunca recordaba meter una lima en el bolso... bueno, tampoco había cogido el bolso. Ahora que lo pensaba, esperaba no tener que identificarse, iba sin carnet... pero ¡qué tontería! ¿cuándo había sido la última vez que le habían pedido el carnet? ¡ni que necesitara demostrar que tenía más de dieciocho años para entrar en los garitos!

Debería irse, pasar de la gente con la que había quedado e irse sola. Con un poco de suerte, se liaría con alguien a quien podría olvidar antes de que se le pasara la resaca y, por lo menos, se le pasaría el cabreo y la impaciencia... que seguro que eran directamente proporcionales al tiempo que hacía que no se comía un rosco. Pero no, a quién quería engañar... lo más seguro era que acabaría en casa sola y sin haber ligado, con un pedo del calibre veintiocho. Y mañana seguro que tendría que comerse a dos carrillos la resaca, junto con las explicaciones cutres de por qué no había comparecido. No. Si se iba tenía que ser para romper con todo, para cambiar esas dichosas rutinas, para no volver a dar explicaciones, para poder respirar sin miedo a que la sorprendieran llenando los pulmones de ilusión y de oxígeno... para volver a su mar, a pasar las horas hipnotizada con su canción y su ritmo, a dejarse acunar por su balanceo, a dejarse lamer por sus olas y a dejarse sepultar por sus abismos. Tenía que irse, tenía que volver al mar, tenía que recuperar su sabor, tenía que volver a tener su sal en la piel, tenía que...

Demasiado tarde. Allí estaba Menchu, saludando con la mano.

miércoles, 14 de marzo de 2007

Asco


Te olvidas de ellos, hasta que sale uno, de repente, como puede salir un grano. Y sí que son granos purulentos y asquerosillos. No se me ocurre mejor metáfora para describirlos.

¿Quiénes son? Depende. Las pintas son variadas. Está el señor bajito con pinta de inofensivo y de no tener mitja bofetá que se te pega al culo en el metro. Para este el mejor tratamiento es darte la vuelta y mirarle a los ojos. Comprobado: sale huyendo.

Otro espécimen suele ser un señor que va tan tranquilo en el autobús, sentadito y mirando por la ventanilla; pero en el momento en que te sientas a su lado, y sin mirarte siquiera, inicia un movimiento rítmico en su bolsillo sin cortarse un pelo. Con estos las más de las veces sólo me he levantado bastante asqueada... pero un par de ocasiones, hice algo más de ruido, levantándome de forma brusca mientras vocalizaba con voz potente lo "Vale, comprendo que necesite intimidad para hacerse la paja..."

Con todo el más típico es el imperturbable que te pone en el sitio recordándote que el papel de tus tetas en este mundo era estar ahí mismo esperando sin hacer nada hasta que ha venido él, en forma de Redentor de la Humanidad a calibrártelas, evaluártelas y, si hay suerte, a darles el Visto Bueno. Pero no hay que confiarse, porque no se ha pasado completamente la prueba hasta que no te encuentras a su compadre, el evaluador de culos, que te someterá a un análisis todavía más exigente.

El que me he cruzado hoy es también curioso: un señor muy serio, muy trajeado, muy encorbatado... que va tan tranquilo hasta que se pone a tu altura en el paso de cebra o hasta que se cruza contigo por la calle y te suelta una animalada tan grande que no sabes que decirle, ni que clase de enfermedad mental puede sufrir...

Y a una servidora, casi que a estas alturas le da lo mismo. Pero ayer me fijaba en María, que ya es un proyecto de persona y está en esa edad en que está a punto de dejar de ser una niña, pero aún está muy lejos de ser una mujer. La edad preferida por esa pandilla de abyectos que son capaces de ensuciar cualquier cosa que miran... esos señores tan serios que se quedan mirando a las niñas cuando juegan en el parque, esos que se aprovechan en cuanto pueden de la más mínima familiaridad para tocar a la niña (y la referencia a la familiaridad no es gratuita)... esos que tan discretamente te hacen sacar los colores sin que puedas expresar exactamente por qué y sin que puedas quejarte concretamente de algo. Lo malo es cuando te convencen de que la que está haciendo algo malo eres tú. Y es que son jodidamente buenos en su discreción para hacerte creer que la sucia eres tú.

Empecé llamándoles granos purulentos. No todo el mundo acepta igual a los granos, ni los trata de la misma forma. Dicen que si no les haces caso, acaban yéndose (claro que eso no quita para que te sientas sucia y molesta mientras el grano está ahí). Dicen que si te dejas llevar por la impaciencia y les haces caso e intentas quitarlos del medio por las bravas, acabas con una marca en donde tenías el grano.

Y claro, si amenazo con reventaros como os atreváis a hacerle algo a mi niña, la "mala" seré yo...