martes, 25 de septiembre de 2007

Día de difuntos


Es una fotografía tremenda, en la que ves a una pobre niña con cara de dolor y toda la cabeza vendada. Está en casa, la niña es mi madre y la acababan de operar del oído derecho. También hay una foto de mi abuela con los gemelos, uno en cada brazo, y en los tres se pueden adivinar un gesto de desesperación. Y recuerdo otra de mi tía Canucha; cuando la vi, se me ocurrió decir "¡Qué ojos tan grandes...!" y es que la pobre niña tenía una inflamación, se le estaban inundando literalmente los ojos con humor vítreo y estaban casi amenazando con explotar. Qué bonita galería fotográfica ¿verdad?

Todo tiene una explicación. Cuando mi abuela veía que uno de sus hijos se ponía muy enfermo, salía corriendo al fotógrafo. Tuvo trece hijos, pero sólo sobrevivieron siete. Murieron los cuatro mayores, uno entre los gemelos y mi madre y otro entre mi madre y mi tía Canucha. Y de los mayores no tenía ninguna foto y, por eso, en cuanto temía que se le podía morir un hijo, salía corriendo al fotógrafo, para quedarse con su imagen al menos...

Dice mi madre que le afectó tanto la muerte de los dos mayores, que iba al cementerio de noche a llamarlos para que se le aparecieran. No fue algo que me chocara cuando me enteré. Tengo asociada a mi abuela la narración de mil y una historias sobre muertos, aparecidos, las ánimas del Purgatorio, visitas de amigos recién fallecidos, premoniciones extrañas y más fenómenos paranormales de los que podría contar Iker Jiménez en todos sus programas.

Aunque igual en esto de ir al cementerio a buscar a tus muertos, yo tampoco estoy muy libre de culpa. Me perdonaréis si ya lo he contado, pero creo que no. Un buen día, el verano después de la muerte de mi padre, discutí de forma bastante brusca con mi madre. Tanto como para agarrar la puerta y salir corriendo de casa. Empecé a andar, a andar y cuando me di cuenta estaba en Catabois, en el cementerio de Ferrol, a más de diez kilómetros de mi casa. Mi intención era buscar consuelo en la tumba de mi padre, pero fui allí y me encontré ¿qué? Una lápida. No hay consuelo en las lápidas, o no había en aquella el consuelo, o el consejo, o lo que fuera que yo necesitaba en aquel momento para calmarme. Más bien, encontré algo con lo que no contaba. Puede que fuera en aquel momento cuando me hice consciente de que mis decisiones tenía que tomarlas yo... en cualquier caso, sí que sirvió para que mi madre se diera cuenta de que tenía dieciocho años y que legalmente podría salir por aquella puerta para no volver a entrar. De alguna forma, ambas decidimos al mismo tiempo que había ingresado en el mundo de los adultos.

De todo esto me he acordado esta mañana, cuando el autobús pasaba por la curva del cementerio. Hará dos o tres días, iba con un compañero que me confesaba su miedo al cementerio, las historias que había oído sobre gente que se había quedado encerrada dentro, de noche, y que ni loco viviría por aquella zona... Yo no le dije nada pero sonreí, escéptica. Quizás haga que mi abuela se retuerza en su tumba, pobre. Pero yo temo más a los vivos que a los muertos, mucho más.

Dejemos descansar a los muertos que están tan tranquilos y disfrutemos de su recuerdo para tenerlos con nosotros toda la vida. Como mi querido Santi, mi amigo; hoy he sabido que ha muerto. Un buen hombre al que tuve la inmensa suerte de conocer.

2 comentarios:

Mars Attacks dijo...

Descanse en paz.

Quizá lo de ese rito familiar tenga algo que ver con el pánico que tienes a que te saquen fotos. En tu familia, eso venía a equivaler a la extrema unción :S

Laura dijo...

Yo tb los temo, bueno más bien temo encontrarme una lápida con un nombre conocido. Prefiero vivir en la ignorancia en la hinopia, pensar que hacen la suya. Pero que continuan estando ahi...Y luego la de los temas macabros soy yo!!! :-)

besotes!