sábado, 2 de junio de 2007

¿Era eso?


A veces llego a conclusiones raras.

Y, ahora mismo, no hay quien me baje de la burra: hacerse mayor es aprender a mentir.

Lo hacemos poco a poco, convenciéndonos de que es por una buena causa, aprendiendo a sacar tonos grises de ese blanco y negro que tanto respetamos cuando somos niños. La verdad es que la analogía que se me ha ocurrido es un poco absurda, pero creo que expresa lo que quiero decir. Cuando vas con un niño por la calle, te obligas a ti mismo a parar cada vez que el semáforo está en rojo. Te quedas ahí, con cara de buen ciudadano, esperando estoicamente a que el señor rojo se convierta en el muñequito verde que te franquea el paso. El resto de la gente cruza sin esperar, pero aguantas contra viento y marea, con paciencia porque quieres que el niño saque una lección clara: se cruza en verde y, mientras está en rojo, uno se espera.

Las consecuencias suelen ser variadas. Para empezar, hay días que vas sola por la calle y no cruzas ni un semáforo en verde para desquitarte de tanto semáforo en rojo respetado. Pero lo peor es el día que decides que el niño ya es bastante mayor para decirle. "Venga, aprovechamos ahora, que este semáforo tarda mucho y no vienen coches...". Y empiezas a meter el gris en una cabeza que hasta ese momento seguía un razonamiento binario...

Usamos la mentira para defendernos, para justificarnos, para ahorrarnos esperas, para ahorrarnos daños... las más de las veces nos ofrece una salida cómoda y un abrigo confortable. Nos permite escondernos a los ojos de los demás igual que la ropa nos ahorra la vergüenza de que nos vean como somos. Nos permite proyectar nuestros sueños, la idea que tenemos de nosotros mismos o, al menos, la idea de cómo nos gustaría ser... haciéndonos la ilusión de que igual engañamos a alguien y se cree que realmente esa imagen proyectada es real.

Por eso es adictiva, por eso la usamos tanto. Por eso una mentira engendra más mentiras y de esa primera mentirijilla que soltamos en defensa propia, de ese primer momento en que decidimos Esto no es negro, sólo es un poquito gris.. acabamos tejiendo una red que no sabemos si nos sujeta o si nos ata. Queremos tejer una red como la de los equilibristas y lo más normal es que tejamos una tela de araña que nos pringue y que no nos deje movernos, que nos vaya inmovilizando más y más...

Pero vivimos en un mundo de color gris, y es absurdo intentar ir de color blanco puro por ahí. Casi es mejor decidirse por el negro absoluto, te respetan más. Igual por eso este mundo nos da tantas naúseas en ocasiones y tantas ganas de salir corriendo y no parar. Porque por mucho que te empeñes en no crecer, con esto de vivir aquí y no en Neverland, te toca mentir. Y algunas mentiras son hasta divertidas, son travesuras... Pero otras te dejan con ganas de gritar. Salvo que hayas aprendido a engañarte a ti mismo, pero es que entonces ya no tienes salvación.

Bueno, puede que hacerse mayor sea precisamente eso. Más que aprender a mentir, aprender a que las mentiras no se te coman vivo. O aprender a mentirte sobre qué grado de mentira es aceptable y cuál no. Porque tal vez el verdadero problema es que la verdad, esa a la que tanto quieres, no tiene el éxito social que se merece. Son muchos los que salen huyendo horrorizados ante ella y son más los que entenderán mejor tus mentiras que tu verdad.

No entiendo por qué no puedo decir lo que pienso de verdad. Pero al actuar así se supone que me comporto como una adulta responsable. Pues qué mierda...

14 comentarios:

amanda dijo...

Pues eso, que qué mierda ¿no?

Yo también voy de adulta responsable. :(

Besazo (de verdad, sin mentiras), corazón.

Natxo dijo...

la vida, en cierto modo, es una paleta de grises.


feu bondat

Mars Attacks dijo...

Acabo de pasar un rato con un amigo que tuvo una embolia cerebral hace unos meses (y la superó casi por casualidad), y oírle hablar es como recuperar un poco a nuestro querido natxo (no el del comentario de antes, que no digo que no lo queramos, te queremos, natxo, sino a otro natxo que conocíamos). Te recuerda que preocuparse por el pasado no tiene sentido, porque ya no se puede cambiar. Y que el futuro no existe, se puede ir a pique todo mañana, o dentro de un rato.

Espero ser mayor y aprender aún mejor a decir la verdad. Porque es cansado mentir. Porque cruzas la calle con más calma si pierdes ese minuto hasta que se pone verde. Y, total, tampoco ibas a aprovechar mejor ese minuto.

Reivindiquemos el binario.

servidora dijo...

¿Seguro?

Mars Attacks dijo...

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Crónicas de Sepelaci dijo...

Pues mira que estoy de acuerdo contigo Servidora.

El problema que tengo yo es que tengo muchos problemas (y está puesto adrede) con el decir lo que pienso.

A veces me gustaría poder decir una mentira y quedar bien, pero me resisto. Suelto lo que pienso y ala, comienzan los líos.

Pero que le vamos a hacer. Total, el resto de la humanidad tiene pensamientos similares a los míos, pero los muy canallas, se los callan y los disfrazan de amabilidad y simpatía.

¿Quién es peor persona, entonces, quien dice lo que siente/piensa, o quien siente/piensa pero dice otras cosas para no tener conflictos?

Pues eso...

Un saludín

PepeDante dijo...

Cuando yo sea viejo, seré un heroico anciano irresponsable que sólo dice lo que piensa. Cada vez me importa menos decir la verdad, así que voy por ese camino... Lo malo de la verdad, al menos en mi caso, suele ser identificarla.

servidora dijo...

Sí, esa es buena también... :-/

Torrija dijo...

Yo me jactaba de que no decía mentiras. Me jactaba, luego maduré un poco.

servidora dijo...

Hazme un favor, torrija, no madures en mi honor... de vez en cuando necesito cómplices, ya lo sabes :-)

nfer dijo...

Pues si es por llegar a mayor...ya he llegado :(
Servidora: una cosa es jugarse la vida cruzando la calle con el semáforo en rojo.
Otra es querer "ganar tiempo" diciendo al niño (o a quien sea) "vamos ahora que ya no vienen coches".
¿qué pinta un niño aquí?
(Como no entendí, sigo subida a mi burra:p)
Veamos un ejemplo: vamos a ver a una tía que ha salido de una operación de cáncer de mama.

El pronóstico es excelente, nos informan antes, el tumor extirpado por completo, no hay metástasis.

Estamos preparadas: la tía está del color de la cera, con el pelo desgreñado, ojeras de terror, marcas en los brazos, un tubo por donde le inyectan suero y medicinas,...y un pecho menos.
¿Qué hacemos? la verdad, nos alegramos: la queremos, está viva y el futuro pinta muy bien. Pero en ese momento está hecha una guasca...¿Qué hacer, mentir o decir la verdad?
Mitad y mitad. Sonreímos y en la medida de lo posible hacemos contacto físico - le apretamos la mano, le damos un beso, le acomodamos la almohada - pero callamos decir que tiene un aspecto deplorable.
Ella lo sabe, nosotros también, ¿es necesario decir "la verdad"? "te ves tan mal, pero tranquila, en poco ya te recuperas, verás"?.

Me dirás: es un caso extremo. Bien, vamos a casos cotidianos: en el trabajo, en el bus, en la casa...
¿A qué escala estamos en cada caso?
En el trabajo, puede que sea verdad que el jefe sea un explotador, o tenga un/a amante...¿de qué sirve decirlo? y, más importante ¿a quién lo diremos?, pero por sobre todo ¿qué cambiará si lo decimos?

En casa, ¿contamos toda la verdad a nuestros compañeros, padres, hijos? Podemos llegar a agobiarlos con datos que no son relevantes: que demoramos 15 minutos en cargar combustible, que en lugar de comprar carne de cerdo compramos carne de pollo para el estofado...Estaremos diciendo la verdad ¿pero alguien necesita tanta información?.

A la inversa, podemos mentir diciendo que compramos carne de pollo porque no había de cerdo, cuando la verdad es que nos dio pereza ir a otro negocio...¿hace eso a la "verdad"?. Nos ofrece una salida cómoda, nos evita que nos digan que somos perezosos...si es que a alguien le importa.

Ahora, cuando a alguien le importa, y ese alguien sale perjudicado con nuestra mentira, la cosa cambia.
Porque los perjudicados son,al menos, dos: el que miente y el que es mentido (curioso, no sé conjugar este verbo, debí poner "engañado" quizás).
Muchas veces no somos conscientes que mentimos. Nos vemos como querríamos ser, como queremos que nos vean, y vemos a los demás son, o serán, como nosotros deseamos que sean.

La red la tejemos entre todos. Ya estaba antes de que naciéramos, se llama sociedad. El tejido social es intrincado, difícil de ver, pero más difícil es ver lo que subyace, lo que está bajo tierra, la maraña de rizomas que sostienen la estructura visible.
No podemos vivir fuera de la sociedad. Tampoco podemos vivir dentro de ella si queremos ser absolutamente sinceros.
Porque ni siquiera estamos seguros (al menos la que esto escribe) que es sincera consigo misma.

servidora dijo...

Nfer, no es que no quiera contestarte. Es que aún estoy pensando en lo que me has dicho :-)

Por de pronto, de todo lo que he leído de ti, aquí y allá y acullá, tengo que decir que tienes una bonita forma de bailar con la vida (la expresión no es mía, pero espero que me la presten :-)).

Pep Trullén dijo...

Servidora, me ha encantado tu reflexión. Llevo cuatro años de psicoanálisis y el resultado principal es que ahora me miento mucho menos a mí mismo y, como consecuencia, tampoco siento tan a menudo la necesidad de mentir a los demás. De manera que, en mi experiencia, llega una época en la vida en la que el proceso de "aprender a mentir" puede revertirse, si nos trabajamos un poco el interior. Posiblemente muchas personas puedan hacerlo sin necesidad de un carísimo psicoanálisis, simplemente si conservan la capacidad de hablar consigo mismas sin rehuir las preguntas difíciles.

servidora dijo...

Hola Pep! Gracias. Yo estoy empezando a intentar a no refugiarme más en las mentiras... ¿lo conseguiré? No lo sé, pero creo que ahora estoy más a gusto... Aunque mira que joden las preguntas difíciles, ¿eh? ;-)

Un beso :-)