miércoles, 6 de agosto de 2008

Odios, fobias, miedo y amor


El lunes volví de Galicia; volví a subir en avión. Esta vez iba sola y en los dos vuelos (de Coruña a Madrid y de Madrid a Valencia) mi asiento estaba al final, en la cola. La primera etapa fue bien, hasta que llegamos a Madrid: al bajar me estaba recreando con una vista impresionante sobre el Retiro y el Paseo del Prado cuando el avión pegó un bote increíble. Creo que se me escapó un "¡Yepaaaaa!" como podría haberme pasado en una montaña rusa. Me hice al ánimo de que el resto del aterrizaje iba a ser movidito (lo fue) y pensé que, al fin y al cabo, sólo iban a ser cinco minutos.

Con lo que no contaba era con que las turbulencias nos iban a acompañar todo el vuelo de Madrid a Valencia. El despegue fue movido, muy movido... el avión tuvo que subir, y mucho, para lograr estabilizarse. Apenas un cuarto de hora de tranquilidad y volvieron a encenderse las luces para que nos pusiéramos otra vez los cinturones. Creo que era el embalse de Contreras lo que veía abajo... no lo sé bien: me iba agarrando a los brazos del asiento con toda mi alma, mientras mi compañero de fila maldecía en arameo. Tres chicas que iban en la fila de atrás habían dejado de hablar y, en general, se oían suspiritos y gritos por toda la cabina. Bueeeeno... ¿vértigo? ¿miedo? ¿yo? ¿la que pide ventanilla para consolarse pensando aquello de "¡... qué vista, qué espectáculo!... ya puedo morirme después de ver esto". Vamos, supongo que iba paliducha tirando a color ceniciento. Lo pasé mal, diantres... :-)

En esas, empecé a pensar en María y agradecí que no estuviera y que el viaje de ida hubiera sido tan tranquilo. Aunque luego me quedé pensando. Primero en lo que hubiera hecho y dicho mi chiqui. Y luego, en lo que hubiera hecho y dicho yo. No sé bien cómo explicarlo. Igual se entiende mejor si os hablo de avispas: de siempre, les he tenido pánico. Daba lo mismo que intentaran explicarme racionalmente que lo mejor es estar quieto y esperar a que se vayan sin molestarlas. Era sospechar la sombra de una volando cerca de mí y empezar a patalear, gritar, mover los brazos y salir corriendo (sí, un espectáculo en mí misma, qué cosas :-)). Pero nació María y no me daba la gana de que heredara mis fobias. Así que empecé a comportarme y dejé de montar el número de baile ante las avispas, abejas, abejorros y demás bichos volantes en general, para que ella no les temiera. No sé si he logrado convencerla, pero a mí me ha venido bien. Así que es muy posible que si hubiera estado conmigo en el avión, pensando en ella y en cómo lo estaría pasando, yo hubiera estado más comedida y más tranquila, por tranquilizarla a ella.

O, estoy pensando en el miedo que me daba la sola idea de parir... antes de quedarme embarazada. De repente, parir era la cosa más natural del mundo y algo que pasé a esperar con ilusión (aunque sigo diciendo que la Naturaleza es sabia y que llega un momento en que lo único que quieres es reventar de una vez y volver a verte los pies ;-)). Qué curioso, a cuántas fobias te puedes enfrentar, cuántos miedos puedes olvidar, cómo dejas de lado manías, odios y resquemores si piensas que con ello ayudas o beneficias a alguien a quien amas. Y qué raros somos ¿no? Hay miles de cosas que hacemos por amor a los demás y que nunca haríamos por nosotros mismos, como si nosotros no nos mereciéramos ese amor propio. Igual por eso todos los superhéroes tienen novia están enamorados y Don Quijote se inventó a Dulcinea...

4 comentarios:

Marta dijo...

Qué bonito post. Me ha encantado. Y me ha tranquilizado, que yo si algún día tengo hijos, uno de mis miedos es al parto. :D El otro es a que se hagan adolescentes, pero ese no me parece que sea tan fácil de evitar... jajaja

Gracias. :)

servidora dijo...

¡De nada! :-P

A mí también me da algo de miedo que llegue esa etapa adolescente... aunque si mis recuerdos no me engañan, creo que ni la décima parte del miedo que tendrá ella :-) Si lo pienso despacio, creo que será hasta bonito recordar todo aquello de su mano...

En fin, en cuanto llegue te cuento ;-)

Luen dijo...

Odio, odio, odio las turbulencias. Yo también soy de los que se ponen paliduchos y empiezan a hacer balance de su vida en cuanto el avión se mueve más de lo necesario. La última vez que volé, Paris- Valencia, estuvo movidito, menos mal que tenia buena compañía para soportar mis paranoias.

servidora dijo...

Valeeee... me has convencido ;-) en el próximo viaje le digo a Mai que me acompañe :-D