martes, 5 de febrero de 2008

How young are you?


El anciano caminaba sin prisas, con el periódico bajo el brazo, como todos los días. Llevaba un traje de chaqueta de lana de color gris oscuro, quizás demasiado grueso para la época del año, y lucía orgulloso un viejo borsalino de fieltro, también gris, que siempre inclinaba, coqueto, hacia la izquierda. Al llegar a la plazuela, y tras comprobar que estaba libre, se dirigió a su banco preferido, bajo un laurel que protegía su cabeza del sol, pero dejaba el resto del cuerpo preparado para recibir una inyección de rayos solares. Llegó, pegó un par de manotazos con el periódico al banco, más por rutina que por intentar limpiarlo, se sentó y se dispuso a leer: sacó del bolsillo sus gafas, las limpió con gran protocolo, se las ajustó sobre la nariz y abrió, por fin, el diario.

No tuvo tiempo de salir de Internacional, ya que al poco tiempo de haber comenzado a leer, oyó una vocecilla,

-"Hola, señor, ¿quiere galletas?"

Levantó la vista del periódico y la dirigió sobre las gafas, para poder ver a quien le había hablado. Se encontró con una niña de unos 4 años, con el pelo castaño oscuro, muy corto, y con una cara todo sonrisas... allá donde no estaba oculta por el barro. Se notaba que la niña había estado muy ocupada: llevaba un cartón entre sus manos, como una bandeja, y sobre el cartón al menos una docena de deliciosas galletas del mejor barro de aquel parque: las había redondas, cuadradas, triangulares... todas ellas adornadas convenientemente con los toppings más variados: gravilla fina, arenilla, pétalos de margarita, diminutas flores de color azul, trocitos de hierba, semillas de diente de león...

Y el anciano sonrió y mientras lo hacía, volvió muchos años atrás a su pueblo, junto a la ría, a la ribera en la que jugaba de niño. Y recordó una tarde en que había estado cocinando mil delicatessen con su hermana pequeña: exquisitas empanadas de barro, rellenas de junquillos y unas semillas que ellos llamaban cebollinas, filetes artesanos escogidos con amor de entre los pedruscos de esquisto que se amontonaba por la zona y aliñados con el zumo lechoso que salía de una planta que su madre nunca les dejaba tocar porque podría provocar que se mearan en cama, y ¡cómo no! grandes tartas hechas con el barro del jardín de la casa, que era mucho más oscuro y consistente que el de la ribera. Decorar esas tartas era un gran reto y valía cualquier flor hermosa, cualquier piedra blanca brillante como de azúcar, cualquier trozo de cristal verde como de menta... realmente se habían emocionado y cuando estaba casi listo el festín, su hermana tuvo una gran idea, ir a casa a por su patito para invitarlo a la merienda. Le costó mucho convencer a su madre, que siempre temía que el pato, demasiado pequeño, se perdiera por la ribera pero ella le convenció con el argumento de que no estaría sola, que su hermano estaba también y el patito no podría perderse. Conseguido el permiso, volvió a donde estaba dispuesta la merienda y empezaron a reír mientras jugaban con todo el barro, mientras fingían que comían, mientras -ya sin ningún disimulo- comenzaba la batalla de barro y los trozos de empanada y de pastel se convirtieron en proyectiles que más valía esquivar... Hasta que sobrevino la tragedia: en medio de la batalla, al perder pie y dar un paso rápido atrás, la nena pisó al pato en la cabeza.

Se quedaron como congelados y sin entender qué pasaba. El pato comenzó a moverse haciendo eses, pero cayó antes de avanzar apenas un metro, con uno de sus ojos completamente lleno de sangre. Su hermana estaba tan aterrada que no podía ni llorar y él se sintió particularmente mal, porque se suponía que era el mayor y había sido la garantía de que el pato iba a estar bien... Les dolió tanto que su madre apenas tuvo corazón para otra cosa que ayudarles a enterrar al pequeño pato en la misma ribera en la que jugaban; nunca les riñó por el incidente, y no fue capaz de mencionarlo delante de la niña en una buena temporada. En cuanto a él, el golpe le sirvió como una dura entrada hacia el mundo de los mayores. Aprendió cada una de las letras de la palabra responsabilidad, de golpe, y sin que nadie tuviera que deletreársela.

-"Señor, están muy buenas... ¿de verdad que no quiere?"

La misma voz que le invitó a recordar el pasado, le devolvió al presente. Con gesto serio, dobló el periódico, se quitó las gafas, las metió en el bolsillo y estiró la mano. Cogió una galleta enorme, con enormes cookies de gravilla, semirrellena de hierba y con un toque de florecillas por arriba, y fingió que la comía. La niña sonrió feliz y cogió, a su vez, una pequeña galleta triangular, rebozada en arena y con pétalos de margarita dibujando un corazón. Mientras merendaban, el anciano comenzó a contarle una historia:

-"Verás, érase una familia de siete ratoncitos que eran muy golosos, y siempre hacían unas meriendas riquísimas: galletas de chocolate, tostadas con leche condensada y con mantequilla y miel, polvorones de canela, bocaditos de nata y grandes pasteles de manzana. Pero había también un gato bigotón que pasaba mucha hambre y vivía cerca de la casa de los sietes ratoncitos y no veía la forma de echarle mano a sus meriendas. Y que cada vez que pasaba por allí y olía lo que cocinaban, se quedaba sin aliento. Una tarde, mientras espiaba a los ratones, se le ocurrió un truco..."

4 comentarios:

servidora dijo...

Dedicado a María, que esta tarde ha aprendido que los ingleses son tan raritos, que no te preguntan la edad: te preguntan cómo eres de viejo...

Y a mi abuelo, que siempre llevaba sombrero y se inventaba cuentos sobre ratones larpeiros...

Jb dijo...

Pos mira el cuento ha estado bien. Buena narrativa ^^

PD: Nada que te he puesto en un enlace en mi blog. Era comentartelo :P

servidora dijo...

Pues gracias :-)
(Ahí, ahí... aumentándome la authority en technorati XDDDDD )

;-)

María dijo...

muy chulo! a mi también me has llevado de viaje a mi infancia que también hacía galletas y tartas con barro!!

Gracias por el viaje!