viernes, 31 de agosto de 2007

Covers










Ni siquiera han escrito igual el título en los tres ficheros... Supongo que las versiones son una metáfora de las distintas formas de ver una misma realidad, una misma vida. Tú eres Jamie Cullum, él es Radiohead y yo soy Jorge Drexler. O no.

O sí. Con Radiohead me entran ganas de llorar, con Drexler me entran ganas de cantar y con Jamie me entran ganas de escuchar.

miércoles, 29 de agosto de 2007

lunes, 27 de agosto de 2007

Una extraña mezcla




On vit au jour le jour
Nos envies, nos amours
On s’en va sans savoir
On est toujours
Dans la même histoire...

jueves, 23 de agosto de 2007

La forma y el fondo



Las dos mayores causas de errores en las relaciones con otro ser: tener uno buen corazón, o bien amar al otro ser. Nos enamoramos por una sonrisa, por una mirada, por un hombro. Esto basta; entonces, en las largas horas de esperanza o de tristeza, fabricamos una persona, componemos un carácter. Y cuando después tratamos a la persona amada ya no podemos, por muy crueles que sean las realidades con que nos encontremos, quitar ese carácter bueno, esa naturaleza de mujer que nos ama, a ese ser que tiene esa mirada, ese hombro, como no podemos quitarle la juventud, cuando envejece, a una persona que conocemos desde que era joven.


El párrafo anterior es de Marcel Proust, en La fugitiva que es parte de En busca del tiempo perdido.

No sé cómo explicároslo. Normalmente, me engancho a los libros por el argumento, por la trama. Muchas veces me noto impaciente por poder avanzar y ver cómo avanza, cómo se hace grande, cómo se va deslizando hacia el final. Creo que por eso tengo que releer los libros, porque la primera vez casi no atiendo al libro por atender a la historia que cuenta.

Y en este me pasa justo lo contrario. Leí por ahí que Proust es un gran novelista y empecé el libro soñando con una gran historia. Pero no hay trama. O es tan pobre que es como si no estuviera. Un hombre pierde dos veces a su amada -primero le abandona y, después, muere- y... no hay más salvo un cierto repaso a su temor confirmado de que la mujer era homosexual. No sé si hay más, aún estoy leyendo, pero no parece haber mucho más. Cada día cojo el libro tentada de dejarlo por otro que tengo justo al lado, provocando. Y lo dejo fascinada, por párrafos como el anterior o más bellos aún. O más tristes aún.

Tanto decir que no me gusta la poesía, que necesito que ocurran cosas... y aquí estoy enganchada a una novela que no lo es y a unos párrafos que se van sucediendo sin dejarme respirar apenas entre uno y otro. Curioso.

Por supuesto, no tengo ni idea. Igual no debí empezar por el sexto volumen de la obra (el que rondaba por casa... ). Igual ser un gran novelista no es lo mismo que ser un gran cuentista. Y puede que lo realmente difícil sea enganchar al lector con la forma, sin sobornarlo con una gran historia que podría venderse sin ningún tipo de literatura.

Miel


Tengo la boca llena del sabor de la miel mientras escribo esto. Es uno de los placeres que me regalo desde hace... creo que desde casi siempre. Una rebanada de pan del horno de Manolita, queso fresco y miel por encima, en la cocina de la casa de mi madre, sin darme casi tiempo a sentarme. Y con los ojos cerrados.

Supongo que una de las formas de saber que algo te gusta de verdad es darte cuenta de que necesitas cerrar los ojos para disfrutarlo... ¿Cuántos besos habéis dado con los ojos abiertos?

Pequeños placeres, pequeñas vidas salpicadas con esos pequeños placeres. Como poder tumbarte al sol y quedarte completamente quieta mientras notas los rayos concentrados en alguna parte de tu cuerpo, que nunca eliges tú. Como encontrar un tela suavísima y poder pasarla entre los dedos, una y otra vez. Como abrir un bote de cacao y sentir el aroma a vainilla. O cuando la risa sale sola, sin forzarla, desde el centro de tu estómago. También se cierran los ojos para adivinar la caricia del aliento de un amante en el cuello, cuando ni siquiera te ha tocado su boca, tan cercana y tan lejos...

Ya sé que tendré que ir al cuarto de baño, lavar los dientes y dejar de notar el sabor a miel en la boca si no quiero criar una caries. También sé que hay que ir por la vida con los ojos abiertos. Pero es bueno cerrar los ojos y soñar, de vez en cuando.

lunes, 20 de agosto de 2007

Se acerca el otoño


Tengo que reconocer que vacilé. Hacía tiempo que no visitaba el cementerio y al llegar a la puerta me quedé como dudando. Me parecía que iba a cruzar la línea de lo irreversible, que si entraba pasaba a aceptar lo que había ocurrido y que ya no me quedaba la más mínima posibilidad de engañarme a mí misma y hacer como si no hubieras muerto. Y no sabía si estaba dispuesta a admitir lo que había pasado. Entiéndeme. Ni el sitio me parecía desagradable -de hecho era como un jardín, tranquilo y bastante bien cuidado, por lo menos por la parte más antigua- ni el ambiente era tétrico. No, el día invitaba a pasear y el sitio invitaba a hacerlo tranquilamente y sin prisas, idóneo para reflexionar y pararse a pensar en emociones que normalmente solemos esquivar, por incómodas.

No, no quería pasar porque pasar significaba reconocer de forma inexorable que estabas muerta y que no volvería a verte. Y había muchas cosas que aún quería haber hablado contigo y muchas risas que aún teníamos que haber compartido. Teníamos que habernos gritado al menos un par de veces más. Y quedaba pendiente una cena y la celebración posterior. Si cruzaba aquella puerta y entraba, reconocía que eso nunca iba a pasar ya. ¡Si seré idiota! ¿Qué tonterías... ? Entré.

Entré y empecé a buscar referencias a lo largo de la avenida principal, orientándome. Primero crucé la zona antigua, con los jardines, las tumbas y algún que otro mausoleo. No puedo evitar considerarlos un despilfarro, tanto de dinero como de falso boato. Siempre me han parecido un monumento al autobombo, más allá de una existencia tal vez igual de hueca. Y, sin embargo, me gusta ver la pequeñas tumbas con epitafios más o menos afortunados, ripios más o menos manidos, sentimientos mejor o peor expresados; pero me parecen de una medida humana, contando historias cotidianas y pequeñas.

A medida que avanzaba por la avenida principal y me iba adentrando en la zona nueva, desparecían las pequeñas tumbas, los árboles, las flores y aparecían los bloques de nichos. Qué metáfora tan absurda, qué imagen, el cementerio ilustrando cómo ha cambiado nuestra vida, nuestra forma de vida, también fuera de él. Nichos de cemento, poco adornados, funcionales y con flores artificiales. Visitas que deben hacerse en escaleras o ascensores, invitando a las prisas y a acabar pronto con el arreglo, si es que alguien encuentra tiempo para hacerlo. Si es que alguien encuentra sentido en hacerlo.

No me perdí. Me habían dado unas buenas indicaciones y llegué sin problemas al sitio en el que te habían enterrado. Se había levantado una brisa algo más fresca de lo que cabía esperar para la fecha, pero este verano tampoco ha sido muy cálido. Quizás nos iba preparando para esto. Me sorprendí con los ojos cerrados, oliendo la brisa y dejando que me resbalara por la cara. Posiblemente, quería sentir, quería notar en la piel la brisa, el sol y saber que yo estaba viva. Y cuando por fin abrí los ojos y me decidí a mirar a tu tumba y me obligué a leer, para convencerme de que estaba allí, de que estabas allí... de alguna forma mi cinismo me protegió, no me dejó dar rienda suelta a lo que pensaba de verdad. Mascullé un "Estarás contenta, lo has conseguido, ya no tendrás que comer nunca más..."

Me di la vuelta, no sé si salí corriendo. Creo que uno de estos días te podré llorar tranquilamente, cuando se me haya pasado el enfado. Cuando luzcas para siempre una talla 34.

viernes, 17 de agosto de 2007

With a little help from my friends

Ya sé que me estoy marcando un tópico, pero... ¡os aguantáis! :-)



Tú, anda, arregla el reproductor de audio y escúchala.
Y tú, creételo, no sobras en ningún sitio y nos caes bien a todos.
Tú, no seas así... date una oportunidad, respira y sonríe ¡eres una pasada!.
Tampoco me olvido de ti, el día menos pensado cojo un autobús y voy a conocerte.
Tú, no te quedes ahí atrás y pasa, la invitación también es para ti. Y, ¡claro!, para ti también...

En cuanto a ti, no puedo decirte nada que no te haya dicho ya.

Por lo que respecta a una servidora, ya sabéis dónde estoy. Gracias por quererme.

martes, 14 de agosto de 2007

Una lechuga en la cabeza


O algo igual de absurdo. Es una frase de mi madre, que empezó a aplicar a mi persona -no tengo muy claro si en mi favor o en mi contra- cuando yo tenía ¿16 años?. No sé, no podría jurarlo. Pero era algo como que "... si está cómoda con ella, irá con una lechuga en la cabeza como si tal cosa, sin importarle que todo el mundo la mire". ¡Je! Ya daría yo algo por derrochar esa seguridad que me atribuye mi madre. Y por poder aplicarla a todos los aspectos de mi vida.

Sí que creo que es cierto que cuando estoy convencida de que una determinada forma de proceder es la correcta, intento aplicarla le pese a quien le pese, gane amigos o enemigos, me haga quedar bien de cara al público o me haga quedar mal. Lo malo es cuando estoy equivocada y me lo hacen notar. Soy muy pejiguera con las críticas y las acepto muy mal, por una especie de sentimiento de niña pillada en falta, que quería hacerlo todo perfecto y a la que han afeado que cometa errores. Igual eso me ha hecho enfrentarme a ellas con una especie de chubasquero y esa actitud es lo que mi madre confundía con seguridad. E igual no es malo que me haya ido quitando poco a poco ese chubasquero, que me haya hecho más sensible a esas críticas y que las tenga en cuenta. Posiblemente, el único truco esté en pensar que una buena crítica es una ayuda, no una zancadilla. Y puede que el gran engaño sea pensar que somos más fuertes cuanto más insensibles somos a esas críticas. Suena hasta paradójico, pero es posible que estemos mucho más seguros de lo que hacemos a medida que nos despojamos de esa falsa seguridad aparente y evalúamos en justicia lo que los demás tengan que decirnos.

Últimamente se están derrumbando muchas cosas a mi alrededor y me he tenido que autocuestionar en más de una ocasión. Decidir qué hago mal y que hago bien, si es que hay cosas que hago mal y cosas que hago bien. Es duro. Pero es una aventura. Tener claro hasta dónde mis convicciones y mi forma de ser me harán ser una orgullosa portadora de una lechuga en la cabeza y ser consciente -aunque duela- de cuándo estoy montando el número con esa lechuga ahí plantada por simple orgullo, dejar de empeñarme en lucirla por simple cabezonería, reconocer que no siempre tengo razón y que dársela a quien la tiene no me hace ser más débil, sino más fuerte.

Y qué difícil veo alcanzar ese equilibrio. Quizás lo intente, lo intente y nunca lo consiga. En fin, en cualquier caso, no parece que sea un mal empeño. Y estoy segura de que merecerá la pena: me va en ello la vida. O por lo menos, el disfrutarla.

lunes, 13 de agosto de 2007

Costillas agridulces


Pues me han pedido que cuelgue una receta. Y me da mucha vergüenza porque no soy muy cocinitas yo... eso sí, las costillas quedan de muerte y cada vez que las hago María me declara "mamá del año". Si eso, os cuelgo la receta oficial (para puristas) y luego os digo el destrozo que hago yo.

La receta se la encontró una compañera de piso en una revista, años ha, cuando estudiábamos y dice así:

Para cuatro personas,

- Un kilo y medio de costillas de cerdo troceadas,
- 3 cucharadas de aceite,
- 1 cebolla grande,
- 2 dientes de ajo,
- 2 cucharadas de zumo de limón,
- 4 cucharadas de zumo de naranja,
- 2 cucharadas de miel,
- 4 cucharadas de salsa de soja,
- 1 cucharadita de mostaza,
- 1 vaso de caldo de carne,
- sal, pimienta.

Separar las costillas; colocarlas extendidas en una fuente de horno. Colocar en una cacerola el aceite y rehogar la cebolla picada y los ajos machacados. Cuando esté blanda (no dorada), añadir los demás ingredientes y dejar hervir unos minutos. Verter la salsa sobre las costillas y asarlas en el horno a calor moderado durante una hora y media, rociándolas con la salsa a menudo. Servirlas escurridas y bien calientes.


Bueno, pues la primera en la frente. No me gusta que las recetas midan los ingredientes en cucharadas, vasos y similares... No sé si soy una fanática del sistema métrico decimal, pero es que yo no hago más que comparar mis vasos y cucharas con los que hay en otras casas y veo que cada uno es hijo de su padre y de su madre en cuanto a capacidad se refiere. Así que la lista anterior más bien la utilizo como regla para guardar las proporciones entre ingredientes. Vamos, el doble de naranja que de limón, tanta salsa de soja como naranja... Bah, mejor os digo la liada que monto.

Empiezo haciendo el caldo. Pastillita de concentrado, sí de ese que mejor que no nos cuente nadie los ingredientes. En lugar de deshacerla en el litro de agua habitual, le pongo sólo tres cuartos de litro y además lo dejo que se evapore y se consuma... y eso que me ahorro después echando sal. Mientras espero a que hierva y llegue el puntito del ¡chup, chup!, voy extendiendo las costillas... nada de "en una fuente": la propia bandeja del horno (¡bien fregadita!) es la medida perfecta para hacerlas. Coloco las costillas y aunque parezca que no caben, no pasa nada: acaban menguando de tamaño y sobrando sitio. Cuando ya tengo hecho el caldo y colocaditas las costillas, paso al resto.

Una cebolla grande. Vale. Afortunadamente, con esto de la vida moderna, casi todas las cebollas de la malla son del mismo tamaño, así que pillo una cualquiera y eso que me ahorro de que las demás se sientan ofendidas. Para picarlas, a mí me gusta pegarle un corte longitudinal, de abajo -donde están los pelillos- hacia arriba -donde están las barbas-. Y cada una de esas dos mitadas, la voy cortando en rodajitas, pero sin que se deshaga la forma... y cuando acabo vuelvo a hacer rodajitas perpendiculares a las primeras. Y, es curioso: nunca lloro picando cebollas. También tengo la manía de picar el ajo y echar ajo y cebolla juntos en la sartén. Picar el ajo requiere más puntería (¡son más pequeños!) pero, más o menos, hago lo mismo. Bueno, como los ajos no se separan en aros, hay que pegar una tercera ronda de tajos para conseguir picarlos en cuadraditos.

Tres cucharadas de aceite. ¡Y dale! Coged la sartén honda o la cacerola que vayáis a usar y cubrid el fondo de aceite. Vamos, que haya aceite en todo el fondo de la sartén, pero sin hacer charquito. Y a quitarle el orgullo a la cebolla: a dejarla hacer a fuego muy lento y que se vaya ablandando hasta que quede casi transparente. Mientras a por las naranjas y los limones.

Que por culpa de ellos, por cierto, surgió mi rebeldía contra las cantidades de la lista de ingredientes de la receta. Dos cucharadas, cuatro cucharadas... ¡pero bueno! ¿y qué hago con el resto del zumito? Creo que la primera vez que hice la receta, ya decidí que echaba el zumo de un limón y dos naranjas... y a completar la salsa con lo que dieran de sí los demás ingredientes. A ver: cuando la cebolla está transparente, echo un poco de caldo; más o menos, como para doblar el volumen de lo que haya en ese momento en la sartén. Y echo las tres cuartas partes del zumo que me haya salido y luego voy echando el resto de cosas de poquet a poquet... la cucharadita de mostaza (de la de verdad, de Dijon, no de la del burguerquín) sí que la respeto, que no tengo ganas de que pique mucho. De miel, pongo un pelín más de la que toca... echo y mezclo, echo y mezclo... hasta que deja de picarme el limón (normalmente, tres cucharadas que se salen por los lados). Y luego cojo la botella de salsa de soja y echo tanta como zumo he echado. Entonces lo pruebo. Si ha dejado de saberme al zumito, echo un pelín más, que para eso he guardado un poco. Si lo noto soso, o echo un pelín de sal y pimienta, o echo algo más de caldo (eso si noto que me sabe mucho a la salsa de soja). Cuando veo que me gusta, lo dejo cocer un poquito más, lo vuelvo a probar (tranquilos, por mucho que probemos ¡quedará bastante salsa! ;-) ) y, ya, lo echo encima de las costillas... toda la salsa que puedo, hasta que amenace con salirse de la bandeja. Lo normal es que sobre algo, pero reservadlo por si hiciera falta para añadir mientras se asan las costillas...

El horno lo tengo a tope desde un ratito antes de meter la bandeja. En mi horno eso son 250 grados... cuando meto las costillas bajo la temperatura hasta unos 200 grados durante tres cuartos de hora y luego vuelvo a ponerlo a tope hasta que están hechas. Para mí están hechas cuando están churruscadas y casi toda la salsa se ha consumido (bueno, se ha transformado en algo espeso y caramelizado por la miel, que está de vicio...). No olvidéis coger de vez en cuando una manopla de horno y una cuchara, abrir el horno y empezar a regar, con la salsorra que sobra por los lados, las costillas por encima mientras se asan. Ojo, que puede quemar: la manopla de horno es para ponerla en la mano que vayáis a meter en él.

Si todo ha ido bien, os podéis beber el zumo de limón y naranja que ha sobrado (¿ha sobrado?). Y fregad los cacharros. No olvidéis los consejos de Colette en Ratatouille: el puesto de trabajo tiene que estar limpio.

¡Qué aproveche!

jueves, 9 de agosto de 2007

Más álbumes, más fotos...


Hoy me he parado a recoger los álbumes. Habían quedado en el pasillo, encima de la silla, y mientras los guardaba me he puesto a mirarlos otra vez. Y se me ha ocurrido la idea tonta de que las fotografías son como tatuajes... haces una fotografía y hay un trozo de tu vida, muy breve, que queda ahí congelado. Que no cambia aunque tú cambies. Y que, además, puede quedar expuesto públicamente sin que valgan excusas ni explicaciones: está ahí, lo puedes ver ¿quieres más pruebas?

Y, lo que es peor, te trae asociados recuerdos.

O no, era por eso por lo que hacíamos fotos ¿no? Para recordar, para no olvidar ciertas cosas, ciertos momentos... aunque sea después de rescatarlos debajo de una nube de polvo, de un Scruffy de esos que igual no sólo se alimenta de polvo, lanillas y nuestras células muertas. Seguramente, también se alimenta de trocitos de nuestros recuerdos, de pequeños trozos de nuestra vida que ha tomado de las fotografías. Y entonces, sí que es posible que sueñe cuando limpiamos y lo matamos.

Aunque no consigamos arrastrar todos los recuerdos que acompañan a las fotografías. Claro que no sé si es buena idea querer olvidar lo que se ha vivido... Si ha sido bueno, sería una tontería desperdiciar un bonito momento. Y si ha sido malo, debería servir para aprender.

Queda la música, Luis Eduardo Aute.


Claro que es posible que todo esto sólo sea un intento cutre de convencerte de que no me hagas fotos...

martes, 7 de agosto de 2007

Siempre se me olvida...



...si sube, también baja.

lunes, 6 de agosto de 2007

Dos pájaros y ningún tiro (afortunadamente)




-"¡LA SAETAAAAAAAAAA!"
....
-"¡LA SAEEEEEETAAAAAAAAAAAAAAAA!"
...
-"¡LA SAAAEEEEEETAAAAAAAAAaaaaa!"
...
-"¡Qué canten la SAAEEEEEETAAAAAAAAA! ¡¡SERRAT!! ¡¡¡GUAAAPOOOOO!!!"
-"¡... Mujer, pero dile algo a Sabina!"
-"¡¡Sabinaaa, BIIICHOOOOOOOO!!" -un momento de reflexión- "¡Ay, no quería decir eso...! Quería decir... ¡Ay, no me acuerdo de la palabra...! ¡Ah, sí! ¡¡¡GRANUJAAAAAAAAAA!!!"

-oooOOOooo-

Qué difícil es encontrar el sudoeste en medio del asfalto y rodeados de casas. Pero al final de la avenida estaban las montañas y se convirtieron en el mejor chivato. Si allí estaba el oeste, nos podíamos ahorrar intentar buscar el musgo para descubrir el norte. Había que buscar el sudoeste a las 21:34, aunque no veríamos nada hasta las 21:36 y por el sudsudoeste. La altitud máxima sería a las 21:39 por el... ¡Qué diantres! Qué tontería fueron de repente esos números, en cuanto el resplandor de la ISS apareció... dejando al papelillo con las instrucciones en el bolsillo de atrás del vaquero, y una sonrisa enorme en nuestras caras: tocaba programa doble, y el primero sólo duraba diez minutos. Eso sí, muy brillantes.


-oooOOOooo-


-"¡Sabina, GuaAAAAPOoooOOooo! ¡Quiero conocerte de cercaAAAAAaaaa!"
-"¡¡Qué zorrón!!"

-oooOOOooo-

A Serrat me lo presentó mi hermano (¡para eso están los hermanos mayores!) de la mano de Mediterráneo; la verdad, fue un salto cualitativo importante en una tierna infancia poblada por Fórmula V y Los Diablos. Pero, no lo conocí del todo hasta aquel verano con Esther. Un verano lleno de discos de Serrat, cafés con hielo y Pepe Navarro presentando La Tarde; en su casa y con el tocata viejo. Nos perdonaba los escarceos, a Sami con Pablo Milanés y a mí con Aute y con Sabina. Nos miraba como quien mira a quien no sabe y aún no ha visto la luz, pero está a punto de ver claro.

Anda, que no me acordé de ti ni nada la otra noche... Sabinianos versus Serratenses y yo flipando con los dos tres...


-oooOOOooo-


-"¿...Pero como me voy a tomar en serio a esa señora diciendo tonterías de que tiene el gen y que es alcohólica porque tiene el gen?"
-"Perdona, pero en eso tiene mucha razón y no me lo discutas, que yo tengo un máster."

-oooOOOooo-


Creo que el orden de los fragmentos no es el bueno, y que he mezclado de forma rara cosas que pensé con cosas que oímos... pero me ha salido así. ¡Qué noche! ¿Te he dado las gracias?

viernes, 3 de agosto de 2007

TO-DO: Todo


Hay quien tiene la teoría de que no se debe hacer la cama para no aumentar inútilmente la entropía del universo. Es una opinión que comparto según el día. Más bien, según la pereza del día. Hay días en los que el huequito que has dejado en la cama al despertarte es perfecto para volver a meterte dentro y sentirte como de vuelta al vientre materno. Hay días en los que no... definitivamente, el huequito no te mira con ojos pizpiretos, no lo ves como alguien de la familia. Tiras de la sábana de arriba con energía, pegas manotadas en la sábana de abajo procurando quitar todas las arrugas y dejarla lisa y luego vuelves a extender con cuidado la parte superior.

Pero llega un día en que decides que el universo, su entropía y la madre del cordero, todos juntos en el mismo paquete, se pueden ir a tomar aire fresco. O que eres tú la que necesita aire fresco. Coges las sábanas y tiras de ellas con todas tus fuerzas. Las echas a lavar. Le das la vuelta al colchón... o incluso piensas muy seriamente en la posibilidad de cambiarlo también. Fuera los trapos viejos, necesitas que sea todo nuevo y que huela bien.

De la expresión inglesa to do, siempre me ha hecho gracia el chiste fácil con el castellano todo. Hasta hoy. Tengo un to-do que hacer que fácilmente se podría enunciar como todo. Tengo que redibujar muchas cosas y rediseñar muchos planes. Aún no tengo ni idea sobre cómo hacerlo. Creo que voy a empezar especificando un poco ese to-do.

¡Qué diantres! Se supone que formular objetivos es parte de mi trabajo ¿no? :-)

Tomorrow is my turn, Nina Simone.


martes, 31 de julio de 2007

Perseidas



Se puso las sandalias a oscuras y a oscuras salió hacia la planta baja, aunque en la escalera le tocó tantear cada escalón con el pie. No podía despertar a sus tíos y a sus primos. No podía encender la luz, no podía hacer ruido. El juego de imaginarse como una heroína-espía escapando del cuartel general de los malos, que maquinaban mil planes terribles entre los muros de aquella mansión, se unía a la excitación propia de tener una cita a aquellas horas.

Seguramente estaban locos. "... Entonces ¿quedamos a la una en el castaño de atrás?". "Sí, y de paso cogeremos unos peladillos para tener algo que comer mientras esperamos". Los famosos peladillos. Cogieron todos los que cabían en la cazadora vaquera, que sirvió de bolsa improvisada, y se fueron al prado de atrás. Había oído muchas veces que acabaría convirtiéndose en un campo de tenis, pero la verdad es que era el aparcadero de reserva para los días de visitas numerosas. Y, seguramente, nunca sería otra cosa. Extendieron la manta y se tumbaron a ver caer las estrellas. Por una vez todo parecía perfecto: no hacía frío, no había nubes, apenas había luna y podían estar el uno junto al otro, cogidos de la mano. No querían, o no sabían, ir mucho más allá de aquella caricia y algún que otro beso. O, seguramente, es que no se atrevían.

No se oía apenas otro ruido que los murmullos propios del bosque vecino. El cielo se veía como un manto negro. Quizás se adivinaba algo de bruma, muy tenue, si se miraba hacia la ría, donde comenzaban las luces del puerto. Pero no afectaba al espectáculo en absoluto y se podían contemplar las estrellas casi como en un atlas. Bueno, no. Faltaban las líneas. Ninguno de los dos entendía bien como habían conseguido dibujarlas y coincidían en que no las podían ver nunca como aquello que decían que era.

Comenzó la lluvia de estrellas. Ella se sentía muy torpe. Confundía sus movimientos de cabeza con movimientos de estrellas y no atinaba con las estrellas fugaces de verdad. Por lo menos, al principio. Después aprendió a relajarse, a abrir los ojos y a mirar el cielo. Y pudo ver aquellos veloces destellos y sentir qué rápido podía pasar todo de repente. Esa noche empezó a intuir la importancia de aprender a abrir los ojos y disfrutar de aquel breve instante entre el primer brillo y la desaparición de la estrella.

Aunque eso lo aprendió después mil y una veces. En un par de años, una peste arrasó con el árbol de los peladillos, de aquellos peladillos que no comieron. Ya al año siguiente apenas dio fruto, pero ella no lo advirtió. Y es que él ya no estaba para hacérselo notar. Ahora formaba parte de aquellos destellos, el más fugaz y brillante de todos ellos...


Este año coinciden con la luna nueva, y eso es bueno. Puede que no sea la única cosa nueva. Espero que también sea bueno.

Como mezclar un estoyMintiendo con un laVidaMisma :-)

sábado, 28 de julio de 2007

Reír

Se les olvidó declarar que todo ser humano tiene derecho a reír.



Y no es tan mala idea, morir de risa.
Riamos.

miércoles, 25 de julio de 2007

Cruzar





Y ojalá que sí, que en esta orilla todo encaje bien y se cure la nostalgia de lo que ya no va a ser...

domingo, 22 de julio de 2007

Una caja de herramientas

Hay que difundirlo. ¡Pásalo!



Lo encontré gracias a JAM y a su blog del futuro del libro. ¡Gracias!

¿Sabes... ?


Tú no te acordarás. Tenías unos tres años y medio.

Era finales de Junio, creo. En cualquier caso, hacía ya calor y todas las ventanas de la casa estaban abiertas en un intento de provocar a las corrientes de aire. Era una noche de lo más normal: yo había vuelto a casa sobre las ocho y habíamos cenado. Aún fumaba y, después de recoger la mesa, me quedé un ratito en la ventana de la cocina fumando un pitillo.

Por el patio de luces subían rumores de conversaciones ajenas, pero extrañamente familiares, que se mezclaban con ruidos de cacharros en el fregadero. Se habían apagado los olores a fritangada propios de la hora de la cena. Y sí, corría algo de airecillo y yo estaba muy bien y muy tranquila en aquella ventana.

Y no sé qué pasó, pero lo siguiente que recuerdo es que estábamos los tres jugando con un globo en la cocina. Aquella cocina diminuta en la que apenas cabíamos de normal, y nosotros jugando con el globo a aquella extraña mezcla entre fútbol, voleibol y baloncesto.

Empezamos a reírnos, ¡dios, cómo nos reímos!. Empezamos despacio, cada vez que alguien fallaba un intento de pillar el globo y elevarlo, con carcajadas medio torpes, medio forzadas, que salían tímidas. Pero empezaron a desbordarnos y llegó un momento en que lo de menos era el globo... lo importante era reír, reír hasta que se rompieran las costillas, hasta que se descolgara la mandíbula... En un momento dado caímos los tres por el suelo abrazados, riéndonos, rompiéndonos, besándonos, riéndonos, con lágrimas de tanta risa. Yo creía que los vecinos vendrían a reñirnos y todo, pero seguía riendo, riendo y abrazandoos y el mundo podría haber acabado en aquel momento...

Estoy segura de que no lo recordarás. Pero confío en que sea uno de esos recuerdos que llevamos inconscientemente en nuestra cabeza, una de esas cosas bonitas e importantes que nos dejan el ánimo marcado para toda la vida. Y que ese recuerdo, aunque no sea consciente, te acompañe y te ayude. Que un día caímos los tres abrazados, rodando por el suelo sin poder parar de reír.

Puede que hasta te ayude a comprender por qué lloro al recordar aquellas risas, como me pasó hoy en el coche cuando íbamos a la playa.

miércoles, 18 de julio de 2007

En las nubes...


Os vais a reír, pero tengo que escribir sobre aquella nube.

Estaba agotada, llevábamos todo el día de congreso. Llevaba, además, todo el día con la cabeza partida en dos trozos igual de estresantes: una mitad diciéndome todas las cosas que debo redecorar en mi vida, mientras la otra se ponía histérica por momentos, pensando en la asamblea que tenía que presidir. Así me fue en la asamblea, la reina del despiste... ¡Qué mal lleva mi pobre neurona lo del proceso en background!

Pero, fuera como fuese, la asamblea acabó, sobrevivimos a la experiencia, nos echamos unas risas y subimos al autobús. Nos llevaban de excursión a todos los profes del colegio. Al verme sentada, con un par de asientos a mi disposición, para mí sola, solita... fui consciente de lo cansada que estaba. Me descalcé, me abracé las piernas para hacerme un huevito, suspiré y cerré los ojos. Cuando los abrí ya estábamos saliendo de la ciudad, cogiendo la carretera que nos tenía que llevar hacia el pueblo que íbamos a visitar. Me estaba fijando en los contrastes de colores que mostraba la plana que atravesábamos -el amarillo de los rastrojos, el verde de los pinos y el rojo de la tierra-, cuando miré al cielo.

¡Qué tontería! Iba a describirla como tan perfecta que parecía de mentira. Bueno, igual no es ninguna tontería. Lo bello no tiene por que ser perfecto, lo natural suele ser imperfecto (lo que, por supuesto, no tiene que convertirlo en bello, pero ayuda... ). Y aquella nube era tal y como todos hubiéramos dibujado una nube en un dibujo escolar. O tal y como la hubiéramos modelado con algodón para colocarla en el cielo de algún Nacimiento. Con una base larga y amplia, otra capa algo más pequeña encima y una última capa coronándola como toca: con un redondelillo que coronaba perfectamente el perfil triangular. Todas sus esquinas estaban perfectamente redondeadas y eran suaves y tenían las sombras perfectamente dibujadas.

Me quedé un buen rato mirándola. Todo el que me permitió la panorámica de mi ventana antes de que las vértebras del cuello empezaran a recordarme que vivían allí y que no era buena idea retorcerlas mucho más allá de su ángulo natural.

Cuando la perdí de vista, no pude descolgarme del cielo. La visibilidad era perfecta, la luz del crepúsculo que empezaba a adivinarse me estaba regalando un tono azul que no creía haberme ganado.

Y mirando al cielo, mirando al cielo... así vi al águila y pude seguirla con la vista y la imaginación un buen rato.

Y mirando al cielo, mirando al cielo... así me pude regalar con la Luna creciendo y Venus brillando, una vez acabó la visita al pueblo y volvíamos al hotel.

Quizás por ese regalo mereció la pena toda la excursión. La excursión que me llevó de una nube a un águila, de un águila a la Luna, de la Luna a Venus. Cuando me veáis despistada, no me digáis nada. Igual estoy en las nubes...

lunes, 16 de julio de 2007

Tráfico


A veces, meterse en una conversación ajena es tan difícil como intentar cruzar a pie una autopista de varios carriles.

Estás en la orilla, viendo pasar las letras y las palabras, incluso las que no se dicen, como una exhalación, con la ropa y los ánimos revueltos del aire que mueven al pasar. Y estás ahí, parada, casi sin respirar, con cara de susto. Intentando meter baza y cruzar, como si te fuera la vida en ello.

Quieres cruzar, pero al final tu buen sentido te obliga y se impone. Relajas el gesto, dejas atrás la crispación. Descubres que puedes respirar, dejar de contener el aliento, dejar de jadear... sólo esperas. ¿Es de cobardes? ¿es de sensatos? ¿o es de locos?